[R-P] La guerra del Paraguay: precisar la historia
Néstor Gorojovsky
nmgoro en gmail.com
Mar Mayo 29 11:01:48 MDT 2012
[El texto que sigue no es de nuestra autoría, y llegó a nuestras manos
por vía de un tercero.
Como todos saben, no solo solemos informar la fuente en estos casos
sino que además hacemos expreso agradecimiento a quien nos arrima el
dato. En la presente oportunidad, se me hizo expreso pedido de
confidencialidad, y, por motivos de elegancia expositiva, mis
comentarios, datos de publicación y nombre del autor figuran al pie.]
La Guerra del Paraguay (como la Conquista del Desierto de Roca)
despierta pasiones que muchas veces transgreden los límites del rigor
historiográfico, transformándose en un campo de liza entre mitristas y
antimitristas, liberales y antiliberales, unitarios y federales.
Trataremos de despejar, con la mayor objetividad reclamable,
incógnitas de aquella conflagración, que se inscribe entre las más
sangrientas de la historia mundial.
Hacia 1862, y tras la enigmática batalla de Pavón, nuestro país
buscaba su destino bajo las riendas de la triunfante provincia de
Buenos Aires. Su líder, el general Bartolomé Mitre, tendría, ya con el
cargo de presidente de la nueva nación -terminado el conflicto con la
confederación provincial- la enorme responsabilidad de organizar una
república. La tarea no era sencilla. En los "trece ranchos", como
despectivamente algunos unitarios porteños, rebautizados liberales,
denominaban a las provincias "bárbaras", las ideas del puerto eran
vistas con desconfianza, dándose por sentado que la pregonada campaña
"civilizatoria", sostenida en la acción del flamante ejército
nacional, escondía intereses perjudiciales para las provincias.
Está claro que el conflicto con Paraguay, contrariamente a lo que
algunos afirman, fue un accidente indeseado por Mitre y los suyos,
pues no sólo interrumpió y complicó la consolidación de su proyecto de
organización nacional sino que lo puso en riesgo, por la impopularidad
de la contienda. Es también insostenible la hipótesis de que la Guerra
de la Triple Alianza fue promovida por Gran Bretaña y que los
gobiernos de Argentina, Brasil y Uruguay acataron sumisamente su
interés de que Paraguay se incorporara al libre comercio, y así
disponer del algodón que las hilanderías industriales inglesas
necesitaban, a partir de las dificultades con su habitual proveedor,
Texas. Porque lo cierto es que éste había sido reemplazado, a
cañonazos, por Egipto. Y las relaciones entre Brasil y Gran Bretaña
estaban rotas desde que esta última bloqueara la bahía de Guanabara y
apresara varios buques.
Francisco Solano López, quien había sucedido a su padre, Carlos
Antonio, en la presidencia del Paraguay, asumió una actitud agresiva
como forma de superar la asfixia provocada por sus inmensos vecinos,
Brasil y Argentina. Por ejemplo, erigiendo la fortaleza de Humaitá,
que amenazaba con controlar la libre navegación del Paraná. En
diciembre de 1864 y enero de 1865, tropas paraguayas tomaron posesión
de varias fortalezas y poblaciones del Mato Grosso brasileño y, en
abril de 1865, ocuparon la ciudad de Corrientes. Las acciones bélicas
fueron iniciadas por López. Tanto fue así, que el secreto Tratado de
la Triple Alianza se firmó recién el 1º de mayo de 1865.
La situación política interior de Paraguay fue, y eso no aparece
justamente valorado en los principales estudios sobre el conflicto,
una de las principales causas de la guerra, pues López intentó, al
mejor estilo de toda dictadura, una "huida hacia adelante" cuando se
sintió presionado por una creciente opinión pública que reclamaba una
organización constitucional, lo que hubiera significado renunciar a
porciones importantes de su poder omnímodo.
¿Por qué ingresó la Argentina en la guerra? Lo cierto es que no tuvo
otra alternativa. Sabiendo que Brasil estaba decidido a ella, lo que
el futuro auguraba a nuestro país era un Paraguay ocupado por el
Imperio y un Uruguay que, inevitablemente, sería devorado por tan
insaciable expansionismo y, por ende, un desbalance geopolítico en la
región intolerablemente desfavorable para nuestro país. Esas distintas
motivaciones marcaron el espíritu bélico en ambos países: Brasil,
galvanizado por la concreción de un antiguo proyecto expansionista; la
Argentina, beligerante a contrapelo, obligada a serlo contra su
voluntad.
Muchos provincianos antiporteños, ansiando revancha por su derrota en
la guerra civil, esperaron que el general Urquiza encabezara la
reacción, soñando con otra triple alianza, esta vez entre los blancos
uruguayos, las tropas federales argentinas y el Paraguay de López.
Todo indica que hubo un guiño del entrerriano en ese sentido.
Pero el arte de la guerra enseña la necesidad de debilitar al enemigo
y el astuto Mitre sabía cómo conjurar a Urquiza. El imperio brasileño,
su cómplice en Caseros, también conocía el punto débil del líder
entrerriano. Diría un historiador brasileño: Urquiza, embora
inmensamente rico, tinha pela fortuna amor inmoderado . Según José
María Rosa, el jefe de la caballería imperial, general Manuel Osorio,
le ofreció excesivos 13 pesos fuertes por cada uno de los 30.000
caballos que necesitaba para sus tropas. La emblemática caballería
entrerriana se transformaría de un plumazo en un inofensivo grupo de
jinetes desmontados. Negocio cerrado. Casi 400.000 patacones irían a
las arcas del Palacio de San José.
El apoyo popular al conflicto sólo se pudo lograr en Buenos Aires,
donde sus notables se comprometieron, a tal punto de que los hijos del
vicepresidente Marcos Paz y de Domingo Sarmiento perecieron en el
campo de batalla. Las provincias, en cambio, consideraron que era un
asunto ajeno a sus intereses. En Entre Ríos, el pendulante Urquiza
convocó con engaños a algunos centenares de hombres que, advertidos de
que su destino era el ejército, se sublevaron y desbandaron. Ricardo
López Jordán, oficial de su máxima confianza y futuro verdugo, le
escribiría: "Usted nos llama para combatir al Paraguay. Nunca,
general. Ese es nuestro amigo. Llámenos para pelear a los porteños o a
los brasileños. Estaremos prontos: esos son nuestros enemigos...".
A principios de 1867 Mitre dejó el mando de las tropas aliadas al
marqués de Caxias. Regresó a Buenos Aires obligado por la muerte de su
vicepresidente Paz y las complejidades políticas de la sucesión
presidencial. El creciente rechazo de la ciudadanía argentina al
horror de la contienda, que se prolongaría a lo largo de un
quinquenio, convenció al nuevo presidente, Sarmiento, de que era hora
de retirarse. Una visión historiográficamente demagógica pretende
consagrar a López como un héroe romántico, contrapuesto a la
inhumanidad feroz de sus enemigos. Como si toda guerra no fuera
inhumana y feroz y no consistiera en vencer y destruir al enemigo.
Como si las hubiera humanitarias y moderadas. Lo cierto es que el
Mariscal llevó la masacre de sus compatriotas más allá del límite que
la lógica indicaba, por su obstinada negación a aceptar la derrota y
rendirse. Su encuentro con Mitre en Yatayti Corá, el 12 de septiembre
de 1866 no fue una propuesta de rendición, sino un inaceptable intento
de acordar un armisticio en términos de igualdad, que le hubiera
permitido consolidar sus conquistas territoriales cuando el resultado
de la contienda era ya irreversible.
No puede ni debe obviarse que su última frase, "¡Muero con la
patria!", adquirió una realidad devastadora, ya que su obstinación
suicida precipitó al Paraguay a una catástrofe social y demográfica:
antes del inicio de la guerra, su población era de 1.300.000 personas;
al final del conflicto sólo sobrevivían unas 200.000, de las que sólo
28.000 eran hombres, la mayoría niños, ancianos y extranjeros. Del
poderoso ejército paraguayo de 100.000 soldados, en los últimos días
sólo quedaban cuatrocientos. En la retirada, la paranoica sospecha de
traiciones y conspiraciones contra su vida arrastró a López a cometer
torturas, degüellos y fusilamientos de familiares, altos oficiales de
su ejército y respetables asunceños que abogaban por la rendición.
Para el imperio brasileño, que llevaría el peso de lo que restaba de
la guerra y terminaría con la vida del mariscal López en Cerro Corá,
el 1º de marzo de 1870, el paso siguiente fue adueñarse de los
territorios en disputa y lo hizo, aprovechando su posición dominante,
a espaldas del Tratado de Triple Alianza, que prohibía la negociación
individual de los aliados una vez finalizada la guerra. En Buenos
Aires ello provocó indignación y se llegó al riesgo de una guerra
entre los ex socios, que pudo conjurar Mitre, ahora en funciones
diplomáticas. La Argentina sólo obtuvo, después de difíciles
negociaciones y como magro premio, el reconocimiento de sus derechos
indubitables al territorio enmarcado por los ríos Pilcomayo y Bermejo:
la actual provincia de Formosa.
Años después, en una polémica decisión, se devolvieron trofeos de
guerra conquistados por nuestro país, con lo que se condenó al
sinsentido a los 25.000 muertos y los más de 100.000 tullidos, al
gasto de nueve millones de libras esterlinas, que dejó exangües las
arcas de nuestra patria, y a los miles de inmolados por la peste,
importada por nuestros soldados sobrevivientes, que asoló a Buenos
Aires.
[Véase especialmente el último párrafo, y compáreselo con el primero.
Marx (¿o Engels?) decía que "el hombre explica al mono y no al revés".
O sea: la "razón de ser del mono" es la existencia de la especie
humana (y, en general, esa existencia es la justificación material de
la aventura biológica en el Planeta Tierra). En este caso estamos en
lo mismo. El último párrafo explica, da la "razón de ser" del
interesantísimo concepto de "mayor objetividad reclamable" con que se
abre el artículo que acabamos de presentar.
Si no entiendo mal, a la luz del último párrafo puede afirmarse sin
demasiado riesgo de equivocación que con ese giro el autor quiere
decir "objetividad que no ponga en peligro mi relación con 'La Nación'
y con la familia Mitre".
Esto se publicó el martes 5 de febrero de 2008, en plena guerra
destituyente de la oligarquía argentina contra la Presidenta de la
Nación Cristina Fernández de Kirchner, bajo el título "La guerra del
Paraguay: precisar la historia", en el matutino "La Nación", de Buenos
Aires.
Su autor es Pacho O'Donnell.]
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Néstor Gorojovsky
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