[R-P] [Enrique Lacolla] Perros de presa
Néstor Gorojovsky
nmgoro en gmail.com
Jue Mayo 24 10:01:10 MDT 2012
[Así se combate a la lepra "periodística" que ataca al gobierno y
escupe desfachatadamente sobre Angola la heroica]
*Perros de presa*
/Por Enrique Lacolla/
/Algunos ejemplares de la fauna periodística huelen sangre por estos días. /
Uno no desea caracterizar con insultos al bombardeo de mentiras,
falsedades y medias verdades que llueven día tras día desde los medios
de comunicación que responden a la red o las redes monopólicas que
copan el mercado global de la información en estos tiempos. Pero,
realmente, se hace difícil conservar la calma ante tanta “maldad
insolente” como dice el tango. No nos vamos a constituir en campeones
incondicionales del actual gobierno –que ya los tiene, por desgracia-,
pero en estos tiempos de diatribas, pobrezas y miserias mal
intencionadas que profieren los individuos que ocupan las columnas de
opinión de los grandes medios, los méritos de la gestión del Ejecutivo
nacional contrastan con el chorro de resentida impotencia que brota de
los referentes periodísticos del sistema.
¿Qué anima a esta procesión de enanos malignos? Desde luego, la parte
crematística de la cuestión no puede ser desdeñada. Bien pagos están
sus servicios. Pero, amén de este “detalle”, sorprende el entusiasmo
con que ponen en práctica su oficio. Es decir que, más allá de la
motivación que les da la contrapartida pecuniaria que se les brinda
por sus servicios, despliegan un cinismo que sólo puede entenderse si
se supone que obedece a una especie de fatalidad psicológica,
determinada por un sedimento social que incentiva su natural
propensión predatoria y servil. Perros de presa acostumbrados a la
impunidad durante décadas, encastillados en un infecto espíritu de
cuerpo que creían les aseguraba una posición invariablemente
espectable en la sociedad, hoy son desnudados a través de la ley del
archivo y de la señalización de sus mentiras y errores, pasados y
presentes. Esto los pone frenéticos.
La lluvia de tonterías, cuando no insolencias, que ha habido que
soportar por estos días en razón del viaje presidencial a Angola son
testimonio de esta mezquindad elevada a la enésima potencia. Pero
estos exabruptos al mismo tiempo son la exhibición de una
predisposición natural, que expresa inquina y bajeza, rasgos que,
aunque tienen carta de ciudadanía en todos los países del mundo, en el
nuestro se aúnan a una suerte de condicionamiento derivado de la
conformación histórica de esta sociedad, crecida bajo la égida de una
casta oligárquica que suprimió a las resistencias populares y
domesticó a gran parte de la clase media, amoldándola a sus propios
requerimientos, surgidos del desprecio a lo propio y de la reverencia
a los amos imperiales con cuyo concurso hicieron su fortuna.
El desdén del que la prensa oligárquica y sus personeros han hecho
gala frente al viaje presidencial es significativo. Los angoleños y
los africanos en general han sido destratados por los columnistas más
conocidos con un desparpajo sin paralelo y que en nada condice con la
condición democrática que dicen representar. La sorna, la burla y la
evaluación apresurada de la situación angoleña sirven para
desacreditar al viaje presidencial, desde luego, pero traslucen sin
quererlo una arrogancia del peor género, la misma que en el fondo han
nutrido siempre hacia las capas menos favorecidas por la fortuna en
nuestro país y que tiene un nombre preciso: racismo. El gorilismo es,
en efecto, una emanación mefítica de la ignorancia, el miedo y el odio
a quien podría llegar a subir en la escala social, reemplazándolos a
ellos, los semialfabetos que se derriten de admiración ante los dueños
del mundo, sin importar los crímenes y la corrupción que puedan
existir entre ellos. Argentina, por lo tanto, debe comerciar con el
“primer mundo”, aunque este nos cierre sus puertas, pues les parece
inconcebible que el país se atreva a incursionar en mercados que hasta
aquí eran privativos de sus explotadores coloniales o ex coloniales.
Por supuesto, están los derechos humanos. Nuestros periodistas de pro
encaramados en sus tribunas de papel se rasgan las vestiduras al
constatar la violación de esos derechos en Angola. Jorge Lanata chucea
al canciller Timerman con una pregunta al respecto. Él y otros como él
no parecen percibir, sin embargo, que sus admirados países líderes han
hecho y hacen lo propio, y con una intencionalidad que no excluye la
perversión, pues cuando pueden apuntan al saqueo de los recursos
naturales –petróleo y diamantes- que existen en esa tierra. Por otra
parte, ¡qué desenvoltura al calificar al presidente José Eduardo Dos
Santos como dictador sin tomar en cuenta las peculiaridades del
desarrollo de su país y su papel en la lucha por la independencia de
Portugal y en la guerra civil –fogoneada por intrigas imperialistas-
que la siguió!
Después de la independencia el las intrigas de belgas,
estadounidenses, británicos y sudafricanos de la época del
/apartheid/, intentaron descoyuntar a Angola aprovechando la
existencia de rivalidades étnicas derivadas de la composición tribal
de la región que fuera colonizada por Portugal. Es una vieja historia,
que se deriva de los modos de explotación introducidos por los
europeos y de su reparto de África. Esas divisiones administrativas,
empero, adquirieron vigencia con el tiempo y daban lugar a la
posibilidad de desarrollos futuros siempre y cuando los factores
explosivos que existían en su seno no fuesen alentados desde el
exterior. Fue esto, sin embargo, lo que ocurrió en Angola, donde el
Movimiento Popular de Liberación de Angola (MPLA) hubo de enfrentarse
a la Unión Nacional para la Independencia Total de Angola (UNITA). Una
guerra civil que duró desde 1975 a 2002, cortada por treguas
episódicas, dejó devastado al país y lo sumió en la miseria. El MPLA,
al que pertenece el presidente Dos Santos, tuvo el respaldo de la
Unión Soviética y en especial de Cuba, cuyas fuerzas fueron esenciales
para derrotar a las tropas sudafricanas que respaldaban a Jonas
Savimbi, jefe de la UNITA. El fantasma de la guerra civil sigue
gravitando sobre el país, sin embargo, pues Dos Santos debe enfrentar
ahora al FLEC (Frente Para Liberación del Enclave de Cabinda) que
reivindica la independencia de una provincia norteña que posee, ¡oh
casualidad!, unas formidables reservas petrolíferas…
Pero nuestros profesores de democracia nos dicen que el viejo miembro
de la guerrilla del MPLA Dos Santos es un dictador, porque ha
concentrado el poder en su persona y lo ejerce desde hace 23 años,
bien que su permanencia en el cargo haya sido renovada en elecciones
periódicas. ¿Podrían explicarnos de qué otra manera se podría
gestionar a un país en condiciones en que se encuentra Angola?
Ha de decirse, sin embargo, que esta erupción de fervor institucional
en individuos que en varios casos –los de Mariano Grondona y Joaquín
Morales Solá, por ejemplo- respaldaron al proceso militar en nuestro
país, coincide con un reverdecimiento de las esperanzas destituyentes
que florecieran cuando lo de la “resolución 125”, esperanzas
marchitadas luego. La demostración de fuerza en la legislatura de la
provincia de Buenos Aires de parte de “productores” rurales y la
ofensiva contra el tipo de cambio que se percibe por estos días
parecen ser parte de un movimiento de pinzas que apunta a
desestabilizar la situación. A pocos meses del triunfo electoral del
23 de octubre, el gobierno de Cristina Kirchner debe encarar un frente
de tormenta cuando no está bien parado. Las restricciones en la venta
de dólares castigan tan sólo a los pequeños ahorristas, mientras que
la fuga de la masa de las ganancias de las empresas extranjeras
prosigue y la inadecuación de una tributación fiscal injusta sigue
privando al Estado de los recursos que son necesarios para programar
un desarrollo sostenido.
En el ínterin, la Presidenta y sus asesores se han alienado el apoyo
del sector más combativo del movimiento obrero y están favoreciendo a
otros cuya lealtad se mide con el grado de éxito o de consenso social
que tenga el Ejecutivo. Es esta una situación delicada y, aunque
resulte impolítico, sería de mala ley dejar de señalarlo.
(www.enriquelacolla.com)
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Néstor Gorojovsky
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