[R-P] [Michael Hudson] Las anteojeras económicas de Paul Krugman

Néstor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Vie Mayo 18 12:28:59 MDT 2012


[Michael Hudson, el asesor económico que impulsó el programa de
salvataje de Islandia, muestra que las propuestas de Paul Krugman no
superan el consenso neoliberal de Washington. Y propone condonar
deudas como único modo de reactivar la economía mundial.]

Original en inglés:
http://greenhouse.economics.utah.edu/pipermail/a-list/2012-May/054404.html

Gentileza de Bill Totten

Las anteojeras económicas de Paul Krugman
por Michael Hudson

New Economic Perspectives (May 14 2012)

Las columnas que publica en el New York Times, critcando los reclamos
de austeridad fiscal que hacen los republicanos, le ganaron a Paul
Krugman aprecio generalizado. Correctamente, plantea que bajar el
gasto público va a empeorar la depresión económica en la que nos
estamos hundiendo. Y pese a su politiqueo partidista por los
demócratas, advirtió –desde el inicio mismo, en 2009- que el modesto
programa de gasto anticíclico del presidente Obama carecía de la
audacia requerida para espolear la economía.

Son los temas que toca en su nuevo libro, “End this Depression Now”
(2012). Cree, al anticuado estilo keynesiano, que basta con que el
gobierno asuma déficits presupuestarios más grandes para solucionar la
demanda insuficiente. La cosa debería empezar dándole subsidios con
ingreso compartido por 300 000 millones de dólares anuales a los
estados y municipios cuyos presupuestos sufren en el exprimidor de la
caída de los valores inmuebles y el parate económico general.

Hasta allí, la idea es Buena. Pero Paul Krugman se detiene aquí, como
si todo lo que hiciera falta hoy fuera eso. Así que lo que hizo fue,
en lo esencial, plantear una pelea contra pigmeos intelectuales. De
ese modo estupidiza su planteo, y en realidad nos distrae de lo que
hay que hacer para evitar la depresión financiera y fiscal contra la
cual nos está alertando.

Éste es el problema. Paul Krugman piensa que si concentra el debate en
el ataque a los partidarios “austeristas” del equilibrio fiscal, los
economistasa dejarán de distraer su atención en charlas sobre asuntos
que no le parecen necesarios. No parece necesario, por ejemplo,
condonar deudas. Lo único que hace falta es reducer las tasas de
interés de las deudas ya existentes, de modo que se las pueda seguir
pagando.

Paul Krugman tampoco propone pasar carga impositiva de los
trabajadores a las propiedades. Una consecuencia es que California
puede sostener su Proposición 13, el congelamiento impositivo sobre la
propiedad comercial y los hogares a niveles de un lejano pasado. Esto
estranguló fiscalmente el estado, y llevó a una explosión de precios
de la vivienda impulsados por la deuda (como el valor fiscal de la
propiedad fundiaria no carga impuestos, éstos pueden ser pagados a los
bancos para conseguir préstamos hipotecarios cada vez más grandes, en
vez de pagárselos a las autoridades del Estado). En el periodismo de
Paul Krugman no hay la menor señal que sugiera la necesidad de dar
marcha atrás de la transferencia impositiva que liberó a los inmuebles
y las finanzas para recargar los ingresos y las ventas. A lo sumo,
restaurar un sistema impositivo un poquito más progresista.

El efecto de las sugerencias de Paul Krugman es que el gobierno
subsidie las estructuras financieras y fiscales existentes, que las
deudas se mantengan intactas, y que se ignore el ampliamente
regresivo, injusto e ineficiente sistema impositivo. Es injusto porque
las ganancias de los ricos (peor aún, las ganancias del precio de sus
activos, el “capital”) pagan impuestos de tasas más bajas y el sistema
está minado de chicanas y desvíos que permiten no pagar impuestos. Los
ricos se benefician con la lluvia de ganancias engendrada por la
inversión pública en infraestructura que propone Paul Krugman, pero no
se dice nada sobre la recuperación pública de esta inversión. Como
alternativa a los impuestos, claro, los gobiernos pueden crear su
propio dinero, pero basta con pensar en la justicia económica para
justificar ciertos impuestos (ante todo a las superganancias como el
aumento del valor de los terrenos por inversión pública en caminos u
otros medios públicos de transporte),

Es importante, entonces, hacer notar que Paul Krugman no toca los
asuntos que alguna vez jugaron tan importante papel en la política del
Partido Demócrata, antes de que la facción de Wall Street tomara el
control a través del proceso de financiación de campañas (incluso
antes del caso Citizens United). Los economistas admitieron durante
más de un siglo que la reforma financiera y la reforma fiscal tenían
que ser simultáneas. Cuando no se lleva a cabo una reforma conjunta el
sector bancario y financiero (junto a su principal base de clientes,
el sector de la propiedad inmobiliaria) achican los impuestos a la
propiedad para “liberar” la economía… por medio de impuestos que
permiten entregar los ingresos a los bancos bajo la forma de interés
que hace posibles préstamos más grandes. El efecto final es cargar la
economía en su conjunto con deuda pública y privada.

Tal como ve las cosas Paul Krugman, no hace falta condonar deudas, ni
tener un sistema impositivo más eficiente. Basta con tener mejores
subsidios (en particular a través de crédito bancario más sencillo y
más gasto público). Así que, me temo, su libro podría haber llevado
también el subtítulo “Cómo hacer que la economía tome préstamos para
salir de deudas”. Es lo que hacen los deficit presupuestarios: se
suman a los costos no productivos. En Europa no existe un banco
central que pueda monetizar el gasto deficitario, así que lo que se
hace es pagar intereses a transferencias a los bonistas (y a sus
herederos). En los EEUU, el sistema de la Reserva Federal puede
monetizar sus deudas, pero el efecto es subsidiar el servicio de la
deuda interna.

Hace más o menos un mes que Paul Krugman se puso en censor del asunto
de la deuda. En su columna del New York Times del viernes pasado
escribió: “Cada vez que algún político que se da aires (o algún guru)
empieza a hablar de cuánta carga representan los déficits para la
próxima generación, recuerde que el principal problema que enfrentan
hoy los jóvenes de EEUU no es la futura carga de deuda” [1]. Por
desgracia, Paul Krugman no se da cuenta de que el problema económico,
hoy, es de deflación de deudas. Esto refleja su incapacidad (que
sufren, por supuesto, casi todos los economistas) de reconocer la
necesidad de condonar deudas, reestructurar el sistema bancario y
financiero, y quitarle impuestos de la espalda al trabajo para
cargárselos de nuevo a la propiedad, la renta económica y las
ganancias del precio de las acciones (el “capital”). Su estrecho
conjunto de recomendaciones tiene el efecto de defender la situación
vigente. Y en mi consideración, por más reputación que tenga de
progresista, eso lo convierte en un conservador. No veo gran cosa de
su lógica que se oponga a la economía estilo Rubin, la rubinomía, que
sigue siendo el programa del Partido Demócrata con Obama en el
gobierno.

Muchos de los lectores de Paul Krugman creen que es la esperanza
central en la oposición a la política republicana, que es peor aún.
Pero ¿qué puede ser peor que la rubinomía que apoyan Larry Summers,
Tim Geithner, Rahm Emanuel y otros remanentes fósiles de Wall Street
en el Comité de Liderazgo Demócrata?

Quizás pueda, a fuerza de picanearlo, conseguir que Paul Krugman asuma
una posición más fuerte en este tema. Pero lo que me preocupa es su
tajante corrimiento hacia el ala “rubinómica” de su partido. Insiste
en que la deuda no interesa. El problema no está en el fraude
bancario, en las hipotecas basura o el capitalismo de casino. En todo
caso, no son problemas tan serios que no puedan curarse con más gasto
deficitario. Cuando critica el énfasis de los republicanos en el
desempleo estructural, escribe: “figuras que parecen autorizadas
insisten en el carácter “estructural” de nuestros problemas, que por
lo tanto no se pueden arreglar rápidamente ¿Qué significa decir que
tenemos un problema estructural de desempleo? La versión habitual
implica el supuesto de que los trabajadores de EEUU están entrampados
en actividades donde no deberían estar, o tienen habilidades que no
sirven” [2]

Por medio de una prestidigitación neoliberal que engancha y conmuta,
esrecha el significado de “reforma estructural” para referirse a los
economistas de la Escuela de Chicago, que acusan de “estructural” al
desempleo actual en el sentido de que los trabajadores están
entrenados para trabajos que no son los correctos. De este modo, la
atención del lector se desvía de los problemas imperiosos que son
realmente estructurales.

La palabra “estructural” se refiere a los desequilibrios sistémicos
que los economistas neoclásicos descartan porque son
“institucionales”: el costo adicional de la deuda, el sistema legal
(en particular las leyes injustas y disfuncionales de quiebra y
ejecución hipotecaria, las normas contra el fraude financiero) y la
distribución del ingreso en general. Por ejemplo, en mi monografía
sobre Canadá y el Nuevo Orden Monetario (1979) yuxtgapuse el
estructuralismo económico al monetarismo de la escuela de Chicago. En
mi libro de texto sobre Comercio, Desarrollo y Deuda Externa (nueva
edición, 2010) elaboré el planteo. Es una tradición que hunde sus
raíces en el programa de reformas de la Era Progresista. La economía
política clásica se dedica a eso: a corregir ese tipo de defectos
estructurales e institucionales que le impiden tener “almuerzos
gratis” a los privilegiados, y es lo mismo que intentó eliminar del
currículum la reacción neoclásica. Pero desde la perspectiva de los
autores neoclásicos que siguen los desreguladores rubinómicos, el
problema de la deuda masiva y en buena medida impagable que se expande
inexorablemente por el interés compuesto y las penalizaciones,
simplemente, desaparece.

Así que hoy el gran problema está en saber si hay que detener el sifón
de ingresos que dirige la riqueza hacia las instituciones financieras
que están al tope de la pirámide económica, o invertir la polarización
que se dio en los últimos treinta años entre acreedores y deudores,
instituciones financieras y el resto de la economía. Entiendo que es
más fácil criticar a alguien por un error de omisión que por un error
debido a que se hacen cosas. Pero cuando, un mes atrás, Paul Krugman
se extravió en el agujero negro de la banca, finanza y comercio
internacional que ya deglutió tantos economistas neoclásicos y
keynesianos a la antigua. Pero el mes pasado Paul Krugman insistió en
que los bancos no crean crédito (salvo cuando toman reservas
prestadas, que –desde su punto de vista- solo transfieren ahorros
prestables de los ricos a aquellos con mayor propensión a consumir).
En una crítica a Steve Keen, que acaba de publicar la segunda edición
de su excelente trabajo “Cómo desacreditar la economía” (2011),
escribió para explicar la dinámica de la creación endógena de crédito:

“…Keen continúa diciendo que los préstamos, por definición (si es que
lo entiendo bien), contribuyen a la demanda agregada. Me parece que no
lo entiendo. No se produce necesariamente un incremento neto de la
demanda si decido recortar gastos y encanutar mis fondos en un banco,
que a su vez se los presta a una tercera persona. Sí, (muchas) veces
los préstamos se asocian a incrementos de la demanda porque se
transfieren recursos a gente con mayor propensión al gasto; pero Keen
parece estar diciéndonos algo más, y no estoy muy seguro de qué pueda
ser. Pienso que tiene que ver con la idea de que cuando se crea dinero
se crea demanda, pero –nuevamente- eso no es cierto en ningún modelo
que yo pueda entender.

Keen afirma que eso se debe a que cuando uno incluye los bancos, los
préstamos incrementan la oferta de dinero. Bueno, sí. Pero ¿porqué
importa eso? Parece suponer que la demanda agregada no puede crecer
mientras no crezca la oferta de dinero, pero eso solo es cierto con
una velocidad [de circulación] del dinero fija” [3]

Pero “velocidad” no es más que una variable comodín, que “equilibra”
cualquier ecuación. Es una tautología, no es una herramienta
analítica. Paul Krugman es un economista neoclásico, por lo cual se
resiste a reconocer que los bancos no solo crean crédito; cuando lo
hacen, también crean deuda. Ésa es la esencia de la contabilidad por
partida doble. En cambio, Paul Krugman escribe como un principiante y
nos ofrece la mitología de que los bancos solo pueden prestar dinero
obtenido de los depósitos (como si estos bancos fueran los buenos y
viejos bancos de ahorro a la antigua, o sociedades de ahorro y
préstamo, en vez de ser lo que Keen denomina “creadores endógenos de
dinero”). Los bancos crean depósitos, electrónicamente, cuando hacen
préstamos.

Después, Paul Krugman duplicó su apuesta a que la creación bancaria de
deuda no interesa. La gente decide qué parte de sus ingresos quiere
ahorrar, o decide cuánto pedir prestado para comprar bienes que su
estancado nivel de salarios ya no les permite costear. Todo es
cuestión de elecciones, no hay necesidades (el eufemismo neoclásico es
“inelástico para los precios”):

“En primer lugar, de hecho cualquier banco tomado en sí mismo tiene
que prestar el dinero que recibe bajo la forma de depósitos. Los
oficiales de préstamos bancarios no pueden emitir cheques en el aire,
así como así, lo que sí hacen los empleados de una intermediaria
financiera: tienen que comprar activos con los fondos que tienen
disponibles.

Entonces, ¿cuánto efectivo elige retener el público, en vez de
encanutar fondos en depósitos bancarios? Bueno, es una decision
económica que responde a cosas tales como el ingreso, los precios, las
tasas de interés, etc. En otros términos, volvemos a encontrarnos en
el firme dominio de la economía ordinaria, donde se toman decisiones
sobre los márgenes y cosas así. Los bancos son importantes, pero no
nos llevan a un universo económico paralelo.

Cuando recorro diversas cosas sobre la actividad bancaria –aquí un
comentario, pero también otros textos, aquí y allá- suelo ver expuesta
la idea de que los bancos pueden crear crédito de la nada. Se ven
negaciones vehementes de la idea de que la capacidad prestataria de
los bancos está limitada por sus depósitos, o de que la base monetaria
cumpla algún papel importante. Se nos dice que los bancos apenas si
tienen reservas (lo que es verdad), así que la creación o destrucción
de reservas por el Fed carece de efecto”(4)

No solo los bancos sí crean nuevo crédito –deuda, desde el punto de
vista de sus clients- sino que, en ausencia de gastos y normas
gubernamentales que sigan lineamientos más progresistas, esta creación
de nueva deuda es el único camino que encontró la economía para evitar
una rápida contracción del consumo, ya que desde fines de la década de
1970 los salarios están estancados. La oferta de los bancos es una de
ésas que la mayoría no puede rechazar: “Saque una hipoteca o
arrégleselas sin una casa”, o “Tome un préstamo educativo o siga
adelante sin educación y trate de conseguir trabajo en McDonald’s”.
Dicho de otro modo: “La bolsa o la vida”. Es la oferta histórica de
los bancos. La diferencia ahora está en que pueden crear crédito
libremente, y tal como señaló Alan Greenspan ante los comités del
Senado, los trabajadores hoy en día están tan cargados de deudas (“a
un cheque de quedarse sin techo”) que temen quejarse por las
condiciones laborales, temen pedir aumentos de sueldo (ni hablar de
sindicalizarse), para no quedar cesantes. Si se pierden un solo pago
de sueldos, sus tasas de tarjeta de crédito trepan alrededor de 29%. Y
si se pierden un pago de la hipoteca, pueden enfrentar la ejecución y
la pérdida de la casa. Así que el sistema bancario, con su capacidad
de crear crédito y deuda, intimidó a la población.

El punto ciego de Paul Krugman frente a la sobrecarga de deudas
desbarata también la teoría del intercambio. Por ejemplo: si Grecia
abandona la Eurozona y devalue su moneda (el dracma), las deudas en
euros u otra divisa dura crecen proporcionalmente. Así que Grecia no
puede irse sin repudiar sus deudas en la litigiosa economía global de
nuestro tiempo. Pero Paul Krugman cree en el viejo sinsentido
neoliberal de que todo lo que hace falta para que baje el costo del
trabajo interno es una “devaluación”. Parece que el sufrimiento
provocado por semejantes medidas de austeridad (como el que les tocó a
los países de América Latina cuando quedaron en manos de los planes de
austeridad del FMI a partir de la década del 70) le resulta
indiferente. Los costos “pueden controlarse si se ajustan los tipos de
cambio” [5]. El problema se reduce a un asunto de tipos de cabmio (lo
que se traduce rápidamente a costos laborales). En la teoría del
intercambio de Paul Krugman, una devaluación monetaria hará bajar los
costos laborales y otros costos internos hasta que los gobiernos
puedan exportar no solo lo que necesitan para cubrir sus importaciones
sino también lo que precisan para pagar sus cuentas en divisas
extranjeras (que, medidas según la devaluada moneda local, se irán a
las nubes).

Si las cosas fueran así, en 1921 Alemania hubiera podido pagar la
deuda por reparaciones de guerra devaluando el marco. Pero lo hizo;
llegó a dividir por mil millones el valor de la moneda… y no le
alcanzó para pagar. Ni los teóricos del intercambio neoclásicos ni los
monetaristas de la escuela de Chicago perciben que cuando las deudas
públicas o privadas se contraen en una moneda extranjera (y dura)
cualquier devaluación es devastadora para la economía. El medio siglo
ultimo lo ha demostrado una y otra vez (el último ejemplo fue
Islandia). Se transfieren activos internos a manos extranjeras:
incluyendo las de las oligarquías internas que operan desde sus
cuentas offshore en dólares o bancos suizos.

Esta ceguera ante el problema de la deuda se convierte en una tontería
especial cuando se la aplica a un análisis de porqué la economía de
EEUU perdió su competitividad exportadora ¿Cómo cuernos se puede
esperar que la industria sea competitiva si los trabajadores tienen
que pagar alrededor del 40% de sus sueldos a los acreedores
hipotecarios, otro diez por ciento en préstamos educativos, tarjetas
de crédito y otras deudas bancarias, quince por ciento por la Ley
Federal de Contribuciones por Seguros (FICA), y entre diez y quince
por ciento más en impuestos a los ingresos y a las ventas? ¡El sector
financiero, asegurador e inmobiliario -conocido como FUEGO (FIRE) por
ser la abreviatura del inglés “Finance, Insurance, Real Estate”-
absorbe entre el 75 y el 80% de los salarios antes aún de que los
empleados puedan empezar a comprar bienes y servicios! No puede
extrañarnos que la economía se encoja, las ventas caigan, y detrás de
ellas lo hayan hecho la inversión y el empleo.

¿Cómo va a lidiar este gobierno -que ya arrastra un déficit muy
grande- con la dimensión actual del problema del endeudamiento, si no
es haciéndole caso a Paul Krugman cuando recomienda autorizar a los
estados y ciudades a que, en el margen, gasten más ingresos, y a que
impidan más cesantías, mientras el complejo militar industrial
fortalece su “capitalismo del Pentágono”? Hasta ahora, el gran
incremento reciente en deuda pública se usó para rescatar al sector
bancario, y no para ayudar a que la economía “real” se recupere.

Las mismas dramáticas consecuencias tiene el aumento de la carga de
deudas de las naciones europeas. Alemania se rehúsa a rescatar la
deuda griega si Grecia no aumenta la eficiencia de su abotagada e
ineficiente burocracia, detiene la evasión impositiva de los ricos,
limpia la corrupción y, para decirlo de una vez, si Grecia no se
alemaniza. Pero lo mismo pueden decir los recortadores de presupuesto
“austeristas” de EEUU que Paul Krugman critica: pueden señalar el
despilfarro del gasto público sin diferenciar la inversión positiva en
infraestructura de la construcción de “caminos que no llevan a ningún
lado” o las chicanas impositivas que promueven en el Congreso esos
políticos cuyas campañas están bajo el patrocinio de intereses
financieros especiales, del interés inmobiliario, o del interés
monopólico.

Pero me temo que la atracción gravitatoria de la rubinomía, el agujero
negro del Partido Demócrata desde el que no puede escapar un solo rayo
de luz sobre el tema del endeudamiento y las malas estructuras legales
y financieras, está ejerciendo su poder sobre Paul Krugman. Solo
admite variables no estructurales: el gobierno federal, realmente,
puede incrementar el gasto y reducir las tasas de interés
(especialmente las hipotecarias) para que la más alta deuda
hipotecaria, la deuda educativa y la sobrecarga de deuda corporativa
puedan pagarse con más facilidad. No hace falta eliminar una sola de
estas deudas. Esa solución estructural, tan obvia y sensata en
apariencia, queda fuera de la economía neoclásica de Paul Krugman. No
puede reconocer que las deudas que no se pueden pagar, no se pagan. Es
el problema más inmediato que enfrentan hoy las economías de EEUU y
Europa, y según cómo lo resuelvan será el aspecto que adquiera la
próxima generación.

El problema del análisis de Paul Krugman es que en sus propuestas de
rescate de la economía no juega ningún papel analítico la creación
bancaria de deudas. Es como si la economía funcionara sin riqueza ni
deuda: simplemente el gobierno hace fluir en su interior poder
adquisitivo, que se usa para comprar bienes de consumo y de capital, y
para pagar impuestos (no para pagar intereses por la deuda, para
separar una fracción en los fondos de pensión o para inflar los
precios de los activos). Que el gobierno cargue con un déficit lo
bastante grande como para inyectar suficiente dinero en el flujo de
gastos, al estilo keynesiano: si gasta lo suficiente, la economía
puede revivir lo suficiente como para “comprarse su camino de salida
de la deuda”. Se asume que el gobierno revivirá en tan gran escala la
economía que los individuos que adeudan hipotecas, préstamos
educativos u otros compromisos –y, es de esperar, lo mismo pasará con
los estados y ciudades que se han quedado atrás en sus planes de
fondeo jubilatorio- se “pondrán a tiro”.

Si no se reconoce el papel de la deuda y si no se toma en cuenta la
magnitud de la dependencia por pérdida de patrimonio neto (“negative
equity”, la situación vigente ahora según la cual el valor del rescate
de las hipotecas supera al valor de mercado del inmueble), si no se
toman en cuenta los déficits de ingresos, no hay modo de ver que lo
que impide exportar a la industria de Estados Unidos es la pesada
sobredeuda que deriva ingresos a los gastos en el sector FUEGO
(finanzas, seguros y valores inmobiliarios) ¿Cómo pueden competir los
trabajadores de EEUU con los de otros países, si tanto empleados como
empleadores están forzados a pagar semejantes deudas hipotecarias para
tener una casa, semejantes deudas educativas para formarse, semejantes
seguros de salud y semejantes gastos previsionales, semejantes tasas
de interés en sus tarjetas de crédito… antes incluso de haber hecho un
solo gasto en bienes y servicios?

De hecho, ¿cómo pueden los asalariados permitirse comprar lo que
producen? El problema que está interfiriendo el flujo cíclico entre
productores y consumidores (la “ley de Say”) no son los “ahorros” en
sí mismos. Es el pago de la deuda. Y a no ser que se condonen las
deudas, la economía de EEUU terminará por encogerse tal como lo
hicieron las de Grecia, España, Portugal, Italia, Irlanda, Islandia y
otros países sometidos al Consenso de Washington de austeridad
neoliberal.

Notas:

[1] Paul Krugman, “Easy Useless Economics”, The New York Times (May 11 2012).
[2] Ibid.
[3] Paul Krugman, “Conscience of a Liberal” blog (March 27 2012),
Minsky and Methodology (Wonkish).
[4] Banking Mysticism, Continued, “The Conscience of a Liberal” (March
30 2012). http://Paul
Krugman.blogs.nytimes.com/2012/03/30/banking-mysticism-continued/?emc=eta1
[5] Paul Krugman, “The Euro Trap”, The New York Times (April 30 2010).


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Néstor Gorojovsky
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