[R-P] [Gabriel Fernández] Las responsabilidades de TBA y el Estado, y la hipocresía de los privatistas

Néstor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Dom Feb 26 17:00:47 MST 2012


Editorial
Las responsabilidades de TBA y el Estado, y la hipocresía de los privatistas
por Gabriel Fernández *

Han pasado tres días de la tragedia de Once. Va decantando en la
inteligencia colectiva la secuencia de responsabilidades. Y es
pertinente efectuar una serie de reflexiones, algunas inhóspitas, con
el objetivo de situar el problema y avanzar hacia conclusiones firmes
que nos hablen del futuro.

Es claro que el eje de la culpabilidad explícita está situado en la
empresa concesionaria TBA. Es transparente que los empresarios que la
orientan deben ser procesados y que su licencia debe ser cancelada.
Pero es necesario ir más lejos.

Las denuncias de trabajadores, usuarios y especialistas se acumularon
en la Comisión Nacional de Regulación del Transporte y en la
Secretaría de Transporte sin que se adoptaran las medidas necesarias.
Es decir, el Estado argentino no cumplió con el control adecuado de la
concesionaria.

Por lo tanto, será preciso involucrar, en segunda instancia, a los
funcionarios sobre los cuales se depositó la responsabilidad de
monitorear el servicio y garantizar el cumplimiento de los acuerdos
relacionados con el transporte ferroviario.

Máquinas y vagones en mal estado, rieles y durmientes sin
mantenimiento. Estaciones descuidadas y andenes resquebrajados. Todo a
la vista, pero además denunciado puntualmente desde hace varios años.

Para todo eso, para resolver los aspectos operativos, el Estado
destina una suma apreciable. Más allá de las consideraciones de la
empresa, es ostensible que ese dinero no es aplicado a tal objetivo;
la sociedad puede inferir que el mismo se disuelve en los bolsillos de
los administradores.

Cuando todos esos factores se conjugan, el accidente es muy probable,
y se transforma en delito. Porque se ha establecido aquello que los
técnicos llaman "la escenografía del accidente". Es decir, una
variedad de elementos que confluyen en que, más tarde o más temprano,
se genere una distorsión que concluye en un problema  que afecta la
prestación y la salud del trabajador y del usuario.

Hasta ahi, un panorama bastante nítido de lo acaecido. Si no es un
freno, es una barrera; tal vez un riel, quizás el rodaje de un vagón.
Como delegados y especialistas han indicado oportunamente que el
mantenimiento falla en todos esos aspectos, es lógico indicar que TBA
es responsable. Y que los organismos de control no funcionaron.

Luces y sombras. El pensamiento antipolítico.

Ahora bien: siempre debatimos con franqueza sobre logros y falencias
del proyecto nacional y popular en marcha. El concepto base sería el
siguiente: los errores parciales, por graves que sean, no deben
hacernos perder de vista los progresos ostensibles en el plano general
económico, social y cultural.  Y ese progreso general no debería
forzar el ocultamiento de los temas irresueltos ni de las fallas
comprobables.

A quienes hacemos La Señal Medios no nos gusta que nos corran con la
vaina. Esto es: en las últimas horas, amparadas en el dolor de las
víctimas, muchas voces se vienen alzando para que descartemos de plano
todo logro general y no mencionemos la evidente alza productiva y la
mejoría en el nivel de vida que, evidentemente, exigen un sistema de
transporte nacional que no se encuentra a la altura de las exigencias
sociales.

Pero lo que es justo, es justo. Si al evaluar esta tercera gestión
kirchnerista no se mide el incremento del PBI, la mejoría en los
ingresos populares, el desarrollo del consumo masivo y de los niveles
de empleo, el crecimiento de la inversión y de los establecimientos
productivos, si se pretende dejar todo eso de lado porque se registró
un accidente que involucra -como hemos dicho sin ahorrar
especificaciones- al Estado, estaremos arrojando al niño junto al agua
sucia de la bañera.

Estos días han sido fértiles para el pensamiento antipolítico que
puede sintetizarse así: "qué me vienen con datos y crecimiento, acá
hubo muertos y la culpable es Cristina". Ese tipo de razonamiento  es,
habitualmente, sugerido por personas y sectores que en los 90 apoyaron
las privatizaciones, que suelen desdeñar el parecer de los sindicatos
y que en lugar de ofrecer soluciones exigen gritos, llantos y
denuncias ampulosas.

Entonces, luego de evaluar con direccionalidad las grandes
responsabilidades (reiteramos para que no se glose intencionadamente
este planteo) de TBA, la CNRT y la SdT,  vamos a señalar que la
comunidad debe volver a pensar en profundidad qué equivocaciones ha
cometido para poder elaborar un programa de acción vigoroso y adecuado
a los tiempos que corren, ligado directamente a las necesidades
populares.

Los privatistas ponen el grito en el cielo. ¿Quién llora y quién ríe
por lo bajo?

En principio, quienes nos opusimos en su momento a las privatizaciones
fuimos duramente cuestionados por una parte importante de una sociedad
que estaba muy confiada y esperanzada en la hegemonía del liberalismo
y la empresa privada. Esta franja nos dijo arcaicos, improductivos,
prebendarios, deficitarios, "populistas". Los medios de comunicación
desplegaron toda una batería de inexactudes y mentiras para convencer
a la población de las virtudes de ese modelo.

Sin que mediaran autocríticas que dieran cuenta de errores
particulares y colectivos que desembocaron en el quiebre nacional del
2001 y que deja sus esquirlas en estas empresas privatizadas que
siguen monopolizando zonas del mercado, las mismas personas y los
mismos sectores ponen hoy el grito en el cielo y pretenden anular las
virtudes del gobierno nacional, con el objetivo político estratégico
de ... volver a ese modelo que originó estos problemas.

No lo aceptamos. Esa fórmula ya se aplicó. Simbólica y prácticamente,
la experiencia aliancista de reponer a Domingo Cavallo en el área
económica para "resolver los problemas que él originó" resultó un
fiasco, porque el economista liberal hizo lo único que sabía hacer:
profundizó el modelo liberal, concentrador, financiero, antiproductivo
e ineficiente. Entonces, se podrá decir lo que se quiera de las
actuales autoridades, pero no que la solución es volver atrás.

Vamos más cerca, más duro. Cuando, ya en tiempos recientes, los
trabajadores del ferrocarril fueron anunciando medidas y protestas
debido a la falta de condiciones laborales adecuadas y a deficiencias
en el mantenimiento del servicio, buena parte de los pasajeros, de los
medios y en general de la población, se indignaron porque -en la misma
línea de pensamiento antipolítico- "no quieren trabajar" o "los
sindicatos piden cualquier cosa" o "a mi que me importa, quiero que
salga este tren".

Las grandes y heroicas huelgas ferroviarias contra las privatizaciones
en los 90, fueron realizadas por los obreros para que ésto no
ocurriera. Digàmoslo directamente: para que el accidente de Once no se
generara. También lo hicieron para conservar fuentes de trabajo y para
no permitir la descapitalización del Estado y el cierre de vías
férreas importantes para la integración nacional en el interior del
país.

Ningún medio, ningún opositor vociferante, han pedido perdón a
aquellos trabajadores, y a los que hasta hoy han seguido reclamando
por un servicio ferroviario y por empresas públicas ajustadas a las
necesidades nacionales y populares. Pero se toman el atrevimiento de
suponer y difundir que el problema radica en el proyecto nacional y
popular vigente en el país desde el año 2003.

 Gasto público o inversión social.

A menos que se descubra otro tipo de azar cósmico, las cosas no pasan
porque sí y la historia habita entre nosotros. Entonces, mientras
bregamos para que TBA, la CNRT y la SdT paguen por sus
responsabilidades en esta tragedia con origen delictivo, también vamos
a señalar que este es el decurso inevitable de una política
privatizadora y antiproductiva que operó como big bang de los grandes
dramas nacionales. A hacerse cargo, unos y otros.

Durante todo aquél período oscuro, una buena parte de los medios y de
la sociedad creyeron las estúpidas manipulaciones de quienes, como
Bernardo Neustadt, sostenían que los trenes en manos del Estado daban
pérdidas. Se escandalizaban cuando desde Canal 13 y desde Canal 11,
desde La Nación y desde Clarín, se "informaba"  sobre las cifras
destinadas al transporte ferroviario.

Evitaban decir que en todo el mundo los trenes suponen una gasto que
en realidad es una inversión, pues su sentido económico no es directo,
no se asienta en la venta del boleto, sino indirecto, situado sobre el
transporte de mano de obra, productos y mercancías por el territorio
nacional. La ganancia del ferrocarril está dada por el crecimiento
económico nacional,  no por las cifras manipuladas mezquinamente por
quienes decían verdades mentirosas.

Todo eso ha de ser puesto en la discusión presente. Junto con el resto
de los problemas sin resolver (petróleo, minería, finanzas) que habrá
que analizar a fondo para buscar salidas hacia delante, y no
disparatados retornos al origen de las dificultades. No sea cosa que,
mirando con lentes de aumento, nos encontremos con algunos rostros
indignados que, sutilmente, sonríen para sus adentros.



* Director La Señal Medios.


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Néstor Gorojovsky
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