[R-P] [Enrique Lacolla] Ansiedad

Néstor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Mie Feb 15 14:37:19 MST 2012


[Importantes consideraciones.]

*Ansiedad*

/Por Enrique Lacolla/

/Respuesta a la pregunta de un lector. La crisis burguesa en el país y
en el mundo. Del bonapartismo y el poder vicario. /

Nos preguntaba un lector, la semana pasada, el por qué de la ansiedad
que a su juicio percibía, en las notas publicadas últimamente en esta
página, respecto de la demora del gobierno nacional en dar el
“volantazo” que terminaría rompiendo con “los paradigmas sociales y
económicos que venimos arrastrando desde más de hace dos siglos”.

Podría responderse al interrogante diciendo que a la “ocasión la
pintan calva” y que no hay que dejar pasar la oportunidad que asigna
al ejecutivo el refrendo del 54 por ciento con que fue elegida la
presidente Cristina Fernández el pasado mes de octubre. Y sería
cierto. Pero no se trata tanto de “volantazos” como de persistencia y
consecuencia. La inquietud a la que se refiere el lector cala más
hondo y se vincula a la duda respecto de la voluntad que el actual
gobierno puede tener para promover esa modificación, aun en los
tiempos y la graduación ponderada que estime necesarios. Es decir, que
se trata de un temor que está referido más bien a los límites que le
marca su conformación ideológica y su carácter de clase.

Admitimos que un movimiento nacional involucra a estamentos sociales
diferentes, cuya gestión exige un pulso sólido y una habilidad de
equilibrista para componer intereses que, aunque en unos aspectos
concuerden, en otros son divergentes. Esto es lo que se suele llamar
bonapartismo. En lenguaje marxista, el bonapartismo está apuntado a la
consolidación de un estrato burgués nacional que es, por sí mismo,
incapaz de sostener su propia causa. Las vestes de esa dirección
bonapartista pueden ser asumidas por una vanguardia política que, a su
vez, puede revestirse de los contornos de un radicalismo militar
–Mustafá Kemal en Turquía o Nasser en Egipto; Perón en Argentina  o
Velasco Alvarado en Perú- o por un partido como el Baas sirio o
incluso como los exponentes del comunismo que brotan en los países
emergentes y que quieren saltarse la etapa burguesa para llegar a la
realización del socialismo. El fenómeno se dio históricamente en los
países evolucionados del primer mundo (los Cabezas Redondas ingleses
con Cromwell, los jacobinos franceses con la Convención y su
prolongación autoritaria en el Imperio; en cierto modo también los
bolcheviques rusos  con Lenin y Trotsky, y luego con Stalin), pero
también y sobre todo en los que se encontraban en situación de
dependencia colonial o semicolonial y hubieron de apelar a ese recurso
para pararse sobre sus propias piernas. En Argentina un caso
arquetípico de bonapartismo que se proponía como un proyecto burgués
vicario, con sostén popular y por un período también con apoyo
militar, se dio durante las primeras presidencias de Perón.

Pero los tiempos de la burguesía como factor de progreso –consciente o
inconsciente- han pasado en todas partes. Como cabe advertir en los
estados burgueses consolidados del primer mundo, ese sector social se
ve cada día más comprimido por la existencia de una dictadura
financiera y una concentración dineraria que estrangula incluso la
representatividad formal de los gobiernos parlamentarios y los
convierte en títeres de un poder anónimo, irresponsable y concentrado
en cenáculos burocráticos inaccesibles. El FMI, el Banco Mundial o la
OMC son los instrumentos de un poder oligárquico anidado en las
finanzas del capitalismo y en los directorios de las grandes empresas,
que se prolonga en prótesis mediáticas, políticas y militares
encargadas de llevar a la práctica las decisiones de un “gobierno
mundial” que no tiene cara, pero que avanza en un proyecto dirigido a
realizar la globalización asimétrica de la economía. En esta distopía
lo que cuenta no es la voluntad popular ni la aspiración a la armonía
social que nutrió a gran parte de las corrientes surgidas de la
revolución francesa, sino una dictadura financiera, donde lo que
importa es la maximización y la concentración del beneficio en pocas
manos.

La única forma de resistir a este envite es un Estado fuerte y una
movilización popular capaces de asumir las medidas de defensa que sean
necesarias, articulándolas en un marco regional que suministre el
sustento y el espesor geopolítico que se necesitan para frenar esa
ofensiva del capitalismo salvaje. No sabemos en qué irá a terminar la
experiencia china (que practica una vigilada libertad de mercado, pero
que está engendrando un desarrollo brutalmente asimétrico dentro de su
propio país), pero al menos de momento esa práctica funciona. En
cuanto al resto…, lo dirá el futuro.

/En Argentina/

Ahora bien, en Argentina lo que se percibe es una actitud laxa de
parte del gobierno respecto de la clase empresaria y en especial de la
actividad de los capitales transnacionales que se mueven en el país.
Se han dado pasos importantes para solucionar los problemas de
pauperización que fueron el resultado de las políticas neoliberales de
los ’90 y se han realizado, al conjuro de una bonanza económica
determinada por la apreciación de nuestras commodities -bonanza bien
gestionada por los gobiernos Kirchner -, avances notables en la
creación de empleo, en la potenciación tecnológica del país y en la
recuperación del protagonismo del Estado. También se ha modificado por
completo la política exterior, poniéndola en un diapasón
latinoamericano que es decisivo para el fortalecimiento del bloque
regional, único marco concebible para un crecimiento con proyección de
futuro. Pero los puntos clave del dominio sistémico permanecen
intocados. La tributación fiscal de los sectores privilegiados sigue
siendo ínfima respecto a su capital acumulado. Las empresas
transnacionales que dominan sectores claves de la industria y la
agroindustria, y que se ocupan de la explotación minera, siguen
exportando divisas en cantidades desproporcionadas respecto a las
ganancias que reinvierten en el país. La exploración petrolera ha sido
casi abandonada por esas firmas, tras haber agotado gran parte de las
reservas conocidas.

Siguen en pie las leyes del menemismo, que rompieron las disposiciones
constitucionales que protegían los recursos naturales, con el
resultado de que los gobiernos provinciales pueden ejercer potestad
sobre estos. Ello pone a esos recursos a merced de la venalidad
potencial de unas autoridades que, por su dispersión, son más
difíciles de controlar que lo que puede serlo un organismo nacional.
Es difícil resistir, parafraseando a Napoleón, “un cañonazo de un
millón de dólares”. Las coimas tienen larga vida en el país, y cuanto
más alejado de la atención pública se encuentra el escenario de un
negocio más fácil resulta llevarlo a la práctica. Esos sobornos se
podrán usufructuar en provecho particular o, en el mejor de los casos,
prodigar en inversiones locales que les darán rédito electoral a los
políticos de turno y eventualmente mejorarán la provincia, pero no se
ajustarán a ningún plan preestablecido de desarrollo estratégico
comprendido a escala nacional.

En la medida en que este último no se plantee y se lo lleve a cabo,
los problemas congénitos de Argentina: inequidad social, paliada en
forma sólo provisoria por un gobierno que sigue expuesto a los
vaivenes de la alternancia política; distribución demasiado desigual
de la riqueza; inexistencia de una estructuración nacional que
equipare en forma gradual los desarrollos locales con arreglo al
interés del conjunto de la nación; vías de comunicación vulneradas e
insuficientes, en la medida en que ese plan no exista, repetimos,
estos problemas no tendrán solución.

Finalmente, las fuerzas armadas se encuentran en una situación de, por
lo menos, una reducción de su eficiencia operativa que no se compadece
con la realidad de nuestra situación geopolítica y con las tendencias
que se perciben en el mundo. Para colmo siguen siendo objeto de un
rencor que abreva en los episodios de los ‘70 y que entiende condenar
incluso la guerra de Malvinas como un emprendimiento criminal, sin
tomar en cuenta la lógica de las contradicciones que engendraron ese
hecho ni la singularidad revolucionaria –a pesar de lo que creían sus
propulsores- al hacer evidente al país la lejanía en que se encontraba
respecto al Primer Mundo, y su pertenencia a una Iberoamérica que se
le mostró solidaria.

/La coerción del tiempo/

El tiempo apremia. Los enemigos de siempre acechan. El estrato
poseyente que condicionó y en gran medida sigue condicionando la
historia argentina, desprecia las metas integradoras latinoamericanas,
se burla de la causa Malvinas, circunscribiéndola a una cuestión
jurídica y de mera “autodeterminación”, pasando por alto la
significación que el archipiélago tiene como reservorio energético y
como pivote para la conexión bioceánica y el acceso a la Antártida ; y
se desentiende de la solidaridad social. Por eso, quizá, la ansiedad
que entiende el lector cabría percibir en los escritos que pueblan
esta página. El gobierno de Cristina Fernández parece estar apostando
a un desarrollo cuyo sostén sería una clase empresaria que se avendría
a razones, no fugaría divisas e invertiría en el país. Y tal vez a una
capacidad de composición con Estados Unidos que nos allegue los
capitales que son necesarios para impulsar el crecimiento. Una especie
de neodesarrollismo, en una palabra, con Cristina en lugar de
Frondizi. En aras de esta política se está sacrificando el vínculo con
la CGT (o con la parte más movilizadora de esta) para reposar no se
sabe bien en qué, dado que el empresariado argentino no tiene vocación
combativa para enfrentar a los grandes monopolios, adolece de una
dependencia doctrinaria de la ortodoxia economicista y pone en
primerísimo plano las expectativas de ganancia a corto plazo.

Si las clases populares y su representación sindical son abandonadas a
sí mismas, lo más probable es que las últimas se orienten hacia una
política puramente salarial e ingresen a una colisión frontal con el
gobierno. Ni Hugo Moyano ni la Presidente parecen percibir el peligro
de esta situación. Las últimas declaraciones del líder de la CGT
(apoyando la dudosa requisitoria de ex conscriptos de 1982 que
reclaman, para sí, la misma compensación económica que merecidamente
reciben los ex soldados que combatieron en las islas) se inscribe en
el marco de una sobreactuación que parecería estar determinada por la
decisión de chocar con el gobierno en todos los ámbitos susceptibles
de polémica. Y las recientes declaraciones de Cristina Fernández en el
sentido de que Mariano Rajoy (el jefe del PP y presidente del actual
gobierno español) es un “suertudo” porque su  feroz ajuste ha
encontrado una respuesta gremial que hasta ahora ponderada, puede
leerse como una confesión involuntaria en el sentido de que su
pensamiento sobre la profundización del modelo no es exactamente lo
que solía suponerse.

Estos son, a nuestro entender, los nudos críticos del presente
argentino. No son poca cosa, aunque tampoco haya que creer que el país
y el actual gobierno estén incapacitados para desatarlos. El problema
reside en que este último y sus voceros progresistas se van demasiado
por las ramas, que la oposición en general es incapaz de asumir esa
problemática y que el ataque a los problemas estructurales se demora
de manera peligrosa, cuando es en esta época que podría habérselo
abordado sin generar las conmociones reaccionarias que son de esperar,
pues –por un instante- el sistema estuvo grogui como consecuencia de
un resultado electoral que durante más de un año consideró imposible.

Hemos dicho con frecuencia que Argentina es el país de las
oportunidades perdidas. Que no sea así otra vez.

(www.enriquelacolla.com)


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Néstor Gorojovsky
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