[R-P] [Claudio Scaletta] Cantos de sirena
Néstor Gorojovsky
nmgoro en gmail.com
Lun Sep 26 09:13:34 MDT 2011
Página 12 - Suplemento Cash
Domingo, 25 de septiembre de 2011
ENFOQUE
Cantos de sirena
Por Claudio Scaletta
Dicen los que saben que las sirenas son tan bellas como impenetrables,
pero que además tienen la mala costumbre de atraer a los incautos con
sus cantos irresistibles. En la Odisea se describe el grave peligro
que hacían correr a los marinos. Las sirenas cantaban desde los más
peligrosos peñascos y los marineros, al quedar encantados y
enceguecidos por las voces melodiosas, conducían sus naves
directamente hacia el fin. La economía, en tanto ciencia que trata de
las relaciones necesarias entre los hombres en los procesos de
producción e intercambio, no es ajena a los cantos encantados, los que
sosegados durante la década pasada, reaparecieron en el presente. La
melodía es tan antigua como conocida: regresar a los mercados
financieros privados externos.
Vale adelantar que la realidad es cambiante, que en materia económica,
como en tantas otras, conviene no ser dogmático. No hay verdades ni
recetas inmutables. Pero existen, sí, las grandes directrices que
estructuran los modelos de desarrollo. En el caso local, las
directrices principales fueron mantener el tipo de cambio competitivo
con retenciones y el desendeudamiento en un marco de expansión del
PIB. El modelo instaurado a partir de 2003 no fue de la clase que
gusta a los economistas prolijos: por ejemplo, un sesudo plan
quinquenal, con un programa de desarrollo definido, con elección de
sectores a priorizar y establecimiento de metas temporales. Fue, es,
un “modelo de hecho” cuya definición fue dada, precisamente, por sus
férreas directrices, las que fueron marcadas a fuego por Néstor
Kirchner desde el comienzo de su gestión. Hoy, cuando reaparecen los
cantos de sirena, conviene recordar lo que se decía entonces.
Contra lo que sostiene la vulgata intencionada, la devaluación
argentina no fue una decisión que alguien tomó, sino el resultado del
cierre del grifo de la entrada de capitales cuando el inminente
default se hizo evidente. El precio del dólar es como el de cualquier
otra mercancía y depende, en última instancia, de su oferta y demanda.
Si al mercado interno no ingresan dólares excedentes, éstos se
volverán escasos y caros, y viceversa. Sobre este dato operan los
bancos centrales para mantener flotaciones administradas, aumentando o
reduciendo reservas.
En las postrimerías de la convertibilidad, el empeño en mantener un
peso artificialmente caro en dólares se consiguió a costa de la
licuación de las reservas internacionales. Eso sí; la economía no
estaba recalentada y nadie discutía los niveles de deflación medidos
por el Indec. Imposible encontrar mejor contraejemplo para destacar el
“trade off” entre tipo de cambio, inflación y crecimiento.
Producida la devaluación y en los años inmediatamente posteriores, los
comentaristas liberales al nuevo modelo optaron sin culpa por la
crítica “populista”. Sostuvieron que, con salarios bajos medidos en
divisas, todo el esquema se basaba en la apropiación de más plusvalía
por parte de empresarios ineficientes. Nada nuevo bajo el sol, pero lo
que en realidad ocurría era otra cosa: la devaluación en un marco de
capacidad instalada y trabajo subutilizados se expresó en crecimiento
y mayor empleo. El kirchnerismo de entonces era claro en sus
argumentos: “Los trabajadores argentinos –decía– no consumen en Nueva
York”. No es ocioso volver a recordar hoy esta defensa, cuando ante la
menor duda frente a la progresiva revaluación del peso, el que la
ostenta es rápidamente acusado de estar contra la mejora del salario,
precisamente, la argumentación del liberalismo populista y también la
del cavallismo originario. En la megadirectriz cambiaria, entonces,
profundizar el modelo es el desafío de mantener el tipo de cambio
competitivo pero, ahora, sin capital y trabajo subutilizados, una
tarea bastante más compleja que en el pasado. Y si hacen falta más
ejemplos para saber lo que pasa cuando la moneda se revalúa pueden
observarse los datos de la desindustrialización brasileña de los
últimos años, aunque no faltará quien diga que todo se explica por las
señales de precios de las commodities.
Pero lo más notable, los bordes del abismo, es lo que la revaluación
del peso trae aparejado. Dentro de las filas de los propios
economistas K crecen las argumentaciones sobre las supuestas virtudes
de volver a tomar crédito externo también en los mercados privados. La
aclaración de “también” es necesaria porque actualmente ya se toma
deuda con los organismos multilaterales, entre otros fines, para
financiar gastos corrientes, como es el caso de la Asignación
Universal por Hijo. Las justificaciones no dejan de sorprender. Sobre
la AUH se escucha que como se paga en pesos, los dólares que ingresan
sirven para reforzar la posición externa y que las tasas de los
organismos fueron tradicionalmente bajas. Entonces es inteligente
aprovecharlas y hacerse de dólares. Vale recordar que a Néstor
Kirchner se lo criticó por desendeudarse de una sola vez con el FMI
porque “la tasa con el fondo es baja”. Pero Kirchner, a diferencia de
algunos economistas K contemporáneos, comprendía que la cosa pasaba
por otro lado, sabía que algunas cuestiones de la economía eran
demasiado importantes para dejarlas en manos de los economistas.
Con inflación en divisas, un dólar barato es un aliciente para
agudizar la restricción externa: facilita las importaciones, limita
las exportaciones y alienta a pasarse a “activos externos”. Estos
temas ya fueron tratados aquí, lo concreto es que los mismos que no se
preocupan por el nivel del tipo de cambio con el argumento de que es
favorable al salario, son quienes comienzan a proponer que a la
restricción externa se la puede enfrentar, en el corto plazo, con
financiamiento externo privado que, en un círculo supuestamente
virtuoso, se destinaría a sustituir importaciones para, ya en el largo
plazo, dejar atrás la restricción. Nada muy distinto a las promesas de
cualquier inicio de ciclo de endeudamiento. Explican que el país está
en condiciones de conseguir tasas bajas, entendiendo por “bajas” a las
de menos de dos dígitos.
El panorama local contrasta con el interés de la oferta financiera de
los países centrales, donde se habla de conseguir mejores retornos en
los mercados emergentes. Pero el punto no es claro, porque también
están quienes limitan el endeudamiento no a sustituir, sino a la
dimensión estrictamente financiera. Sostienen que frente a
vencimientos que este año sumarán 16.000 millones de dólares, se corre
el riego de perder reservas internacionales en un momento en que, a
diferencia de los últimos días de H. M. Pérez Redrado, no están en
alza. Por eso, insisten, es mejor no debilitar el presente y
aprovechar las tasas bajas.
La pregunta que nadie se hace es hasta cuándo se mantendrán bajas las
tasas y qué pasaría si en un contexto de crisis como el actual el
escenario cambiase y, sólo por ejemplo, Estados Unidos subiese los
tipos de interés, esta vez, con una ratio deuda/PIB otra vez elevada.
No es mera hipótesis. Ya ocurrió en el pasado. Tampoco hablan del
agravamiento tácito de la restricción externa que, en el largo plazo,
siempre supone cualquier endeudamiento en divisas.
No es imaginable que “volver a los mercados voluntarios” sea algo que
pueda hacerse sin padecer el cambio de lógica, con resometimiento a
las condicionalidades del capital financiero y con la consecuente
pérdida de grados de libertad de la política económica. Lo notable, en
todo caso, es que se avance voluntariamente en esta dirección. Es
decir, hacia el desarme progresivo de las dos principales directrices
del modelo kirchnerista que, en el discurso, se buscaría profundizar.
La tentación que puede conducir la nave a los peñascos es fuerte:
patear hacia adelante la conflictividad implícita en la resolución de
las tensiones del presente. Tal el encantamiento, el facilismo
innecesario, de “volver a los mercados”
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Néstor Gorojovsky
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