[R-P] [Enrique Lacolla] Juan y Eva

Néstor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Sab Sep 17 21:40:21 MDT 2011


*Juan y Eva *
/Por Enrique Lacolla/

/Una película de mucho nivel, que devuelve inmediatez física y hace
afectivamente reconocibles a dos figuras a las que el imaginario
popular ha tendido a convertir en leyenda./

Me resulta difícil, casi imposible, disociar la crítica de una
película como *Juan y Eva* de mis propias vivencias. Mi infancia la
viví en Buenos Aires, en un hogar politizado si no en el sentido
técnico del término, el de la militancia, sí en el de un interés
apasionado por lo que ocurría en rededor nuestro. Eran los años de la
guerra mundial y del nacimiento de peronismo. El gobierno de facto del
’43 y sus figuras me eran familiares. El 17 de octubre lo sentí con
una inmediatez urgente. Vivíamos en Barracas y tuve ocasión de ver y
oír a los grupos de obreros que remontaban la avenida Vélez Sarsfield
rumbo al centro de la capital y la Plaza de Mayo, provenientes de
Valentín Alsina y Avellaneda. Ese día quedó grabado a fuego en mi
memoria. A mediodía parecía todo terminado, pero durante la tarde se
hizo evidente que la situación se tensaba cada vez más. Y a la noche
escuché al general Farrell por la radio, intentando hacerse oír por el
pueblo en la plaza, su fracaso y el discurso de Perón que cerró la
jornada en un baño de masas y una epifanía popular nunca vista hasta
entonces.

De modo que mi aproximación crítica a *Juan y Eva*, la película de
Paula de Luque que engrana sobre una idea original de Jorge Coscia, no
está muy en condiciones de establecer la distancia que se supone debe
tener un trabajo de este tipo. Y sobre todo es difícil separarla de
una exigencia de pertinencia documental que no es la mejor manera de
evaluar una obra de arte. Los obreros con gorra, por ejemplo, que
aparecen continuamente en *Juan y Eva*, eran típicos de los años ’20 y
’30, no de los cuarenta, como se observa incluso en las tomas de
archivo sobre el 17 de octubre que se muestran en la misma película.
En los ’40 los obreros andaban por lo general destocados e incluso el
sombrero en la clase media estaba retrocediendo. Más allá de esta
observación, sin duda banal y admito que quizá hasta pedante, tampoco
pude dejar de sentirme incómodo ante el tono docente y un poco
admonitorio que ostentan algunos personajes secundarios; tono que
remite, más que a la época de los orígenes del peronismo, a la
cabalgata romántica del militantismo de los ’70, que tan mal terminó.

Pero, si se prescinde de estas observaciones, la película de De Luque
es una interesantísima y poderosa aproximación a una historia
romántica que se imbricaría profundamente con el devenir argentino de
esos años decisivos. En el ir y venir de la vinculación entre Perón y
Eva Duarte, y en el trazo que se da a los personajes, hay una historia
íntima y una historia tumultuosa y colectiva, cuya dialéctica no es
fácil manejar y que la directora resuelve sin embargo con mucha
eficacia. Como observa Julio Fernández Baraibar, la película se abre y
se cierra con dos terremotos: el telúrico de San Juan, que brindará
ocasión del mutuo descubrimiento de los personajes, y el social del 17
de octubre, que pondrá a su relación en el umbral de la trascendencia
a un plano superior, histórico.

Es notable aunque no sorprendente, que hayan sido dos mujeres, De
Luque y María Luisa Bemberg, las primeras en combinar en el cine la
significación social de esa fecha y su llegada a un universo
particular y afectivo, articulando los dos ámbitos en un tramado
narrativo coherente. Para mi gusto, *Miss Mary*, de Bemberg, es la
mejor por su categoría poética y en lo referido a la ilación que va
produciéndose entre lo íntimo y lo social; pero también es natural que
así lo sea pues es un filme en cierta medida autobiográfico y centrado
en peripecias personales en el seno de un mundo muy protegido. Esas
peripecias, en consecuencia, son impactadas por lo que sucede en el
mundo exterior de una manera más bien asordinada. Es inevitable, en
cambio, que ese universo en convulsión invada la vida íntima de Juan y
Eva, pues estos son o serán protagonistas directos del drama
colectivo.

Contar y combinar personajes y datos que se mueven por este doble
carril supone un requerimiento muy exigente para las cualidades
narrativas de cualquier autor. Paula de Luque resuelve esta obligación
con gran eficacia. El guión, el montaje, la fotografía y la
combinación del color con el blanco y negro de las imágenes de archivo
-genuinas o reconstruidas- están logrados con total solvencia.

Es sin embargo en el trabajo actoral y en el diseño de los caracteres
donde el filme brilla con mayor intensidad y donde el riesgo de caer
en la hagiografía apologética es soslayado de manera impecable y hasta
implacable. En la definición de los perfiles de Juan y Eva hubiera
sido fácil caer en la tentación del panfleto partidista o sumirse en
el melodrama, edulcorar a los personajes o convertirlos en los
individuos de una pieza como después los dibujó la leyenda. Por el
contrario, De Luque los enseña con una rigurosidad psicológica poco
propensa a la sensiblería y no disimula aspectos de su personalidad
que, desde una mirada convencional o incluso no tanto, podrían
evaluarse de una manera negativa. Esos rasgos no distorsionan el
perfil de los personajes porque están aprehendidos desde una
comprensión simpática, capaz de concebir a ambos con una mirada
abarcadora, asumiendo sus defectos junto a sus virtudes y
balanceándolas en una totalidad humana.

Eva no es aquí una tierna niña como la encarnó Flavia Palmiero en una
película de Eduardo Mignogna, veintitantos años atrás. Es una joven
vivida (aunque de apenas 25 años), con metas precisas, grandes
ambiciones y de una decisión a toda prueba. Es con esta que se lleva
puesto al coronel Perón, secretario de Trabajo y hombre fuerte del
régimen militar salido del golpe del 4 de junio de 1943. Este, a su
vez, nos es presentado de manera simpática, pero sin disimular ciertos
repliegues de su conducta (su propensión por el fruto verde en materia
de jovencitas), que bien podrían haber configurado el delito de
estupro. Ambos personajes se descubren y se hacen crecer mutuamente en
el plano sexual y afectivo. La gazmoñería vigente en el ámbito militar
determina que muchos de sus camaradas le reprochen esa unión
“desigual” convirtiéndose en uno de los pretextos para sustentar el
golpe interno de los primeros días de octubre de 1945. Este era
expresión, en realidad, no de la disconformidad con la vinculación de
Perón con una figura del espectáculo, sino de intereses adversos a las
medidas tomadas por este en materia gremial y de política exterior,
que subrayaban un espíritu de justicia social e independencia
nacional, a la vez que le permitían construir un poder sustentado por
bases que iban en contra de los intereses del sistema oligárquico y
del esquema del cipayismo dependiente.

Cuando adviene el 17 de octubre, la película elude la fácil tentación
de otorgarle a Eva un papel que no tuvo en el rescate de Perón. Pero
enfatiza con mucho acierto la desesperación con que esta se lanza a
buscarlo por los despachos oficiales, sus arrebatos de ira impotente y
el estallido emocional cuando lo reencuentra. La estupenda actuación
de Julieta Díaz toca aquí su punto más alto y la aleja por completo de
la tentación de cierto feminismo al uso que quisiera ver en la figura
de Eva Perón un adalid en la guerra de los sexos. Por el contrario, la
muestra indisolublemente unida a la figura de su contraparte
masculina. Con esto también traza una raya respecto de la oblicua
forma de minusvalorar a Perón contraponiéndolo a la figura de Evita,
cosa más frecuente de lo que se cree. Un rasgo de este tipo lo tuvo
por ejemplo la inefable Dra. Carrió cuando dijo que ella era radical
de Alem y peronista de Evita, deshaciéndose así con un encogimiento de
hombros nada menos que de Yrigoyen y de Perón, los constructores de
esos movimientos… Bueno, la Dra. Carrió es coherente consigo misma:
políticamente nunca ha sido capaz de construir nada.

La interpretación de Perón por Osmar Núñez es también de primer nivel.
Aunque más viejo y menos pintón que el original en los años de su
surgimiento, Núñez trasvasa el discurso y las ideas del Perón del 45 a
un molde actoral patrocinado por él mismo y dotado de flexibilidad y
matices que conjugan la astucia, la firmeza, el realismo y el amor por
la joven mujer que lo ha elegido tanto como él la ha escogido a ella.

La responsabilidad de la directora en la marcación de sus actores es
por supuesto innegable, y a ella va parte del mérito de la labor
actoral. Pero para templar la cuerda de un instrumento y arrancarle
los acordes necesarios, es indispensable que este sea de muy buena
madera. Y Julieta Díaz y Osmar Núñez van a pervivir por este par de
retratos que abren -espero- una apasionante bien que difícil veta para
el cine argentino.

(www.enriquelacolla.com)


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Néstor Gorojovsky
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