[R-P] [Carlos Pagni] Una ley de tierras para cosechar más votos (con una didáctica fabulita familiar introductoria)
Néstor Gorojovsky
nmgoro en gmail.com
Jue Sep 8 06:26:47 MDT 2011
[Carlos Pagni, es un suponer, tiene una familia. Y posee, con
seguridad, al menos un departamento donde vive, tan cómodamente como
sus ingresos se lo permiten, con su familia. Y si no fuera así, no
importa. Podemos despersonalizar, pero a los fines didácticos conviene
en este caso no hacerlo.
Supóngase que un hijo de Carlos Pagni se enamora de una muchacha que,
por esas cosas de la vida, empieza a pasar cada vez más tiempo en su
casa (la del novio) que en la propia. Una chica magnífica, a la cual
Carlos Pagni y toda la familia abren los brazos con toda justicia. Y
que se va metiendo en el corazón y la vida cotidiana de todos al punto
de que un buen día Pagni descubre que su esposa ha decidido rescindir
los servicios de la mucama que le limpia la casa, porque ese nuevo
integrante virtual de la familia, prácticamente, se encarga de todas
las tareas que antes hacía la mucama ("¿Viste, Carlos, qué haragana la
negrita ésa? Mirá cómo ahora todo se hace más rápido y mejor, y nadie
anda cobrando un sueldo o reclamando aguinaldos!")
Supóngase que con esa dulce tiranía del amor hacendoso, un buen día,
esta muchacha decide cambiar de golpe toda la vajilla, porque es
vieja. Sin decirle nada a Pagni ni a nadie, quiere darles una sorpresa
y compra, de su propio bolsillo, una de esas vajillas modernísimas con
platos tan cuadrados como incómodos y fuentes más largas que la mesa y
más angostas que un hilo de coser. Y una noche, cuando los Pagni
vuelven a casa después de haber disfrutado de una función de gala del
Teatro Colón, los recibe con la noticia sobre la mesa: la nueva
vajilla ha reemplazado a la vieja, y ésta fue entregada,
cristianamente, a Cáritas.
Ahora bien, resulta que esa vajilla "vieja", la chica ni lo imaginaba,
era una heredad familiar, una reliquia que Pagni adoraba por los
buenos recuerdos que le traía.
Ignoramos cuál será la reacción de Pagni. Pero si pusiera las cosas en
su sitio, incluso aunque lo hiciera a los gritos y señalándole a la
muchacha la puerta de salida con el gesto de Dios Padre expulsando a
Adán y Eva del Paraíso, jamás lo acusaríamos de creer que la propiedad
de un departamento implica tener "estatus ontológico superior".
Para Carlos Pagni, y en ello se revela el verdadero sentido del
cipayismo, una elemental medida (muy moderada) de defensa del interés
nacional en tierras, sí. Su crítica al espíritu de la ley de tierras
se fundamenta, precisamente, en este argumento: que implica considerar
a la "argentinidad" un "estatus ontológico superior".
He ahí al cipayismo en su expresión más pura y neta. Transformar una
mera cuestión de vajillas en un asunto de principios, como diría
Jauretche o el amigo Tato Díaz allá en su La Plata de adopción...
Pagni es -como Durán Barba, pero también como Jorge Luis Borges- un
"ciudadano del mundo" que desprecia los "nacionalismos".
Total, el mundo está organizado a favor de los nacionalismos de las
naciones opresoras, saqueadoras e imperialistas que Pagni, Durán Barba
y Borges (entre otros) consideran la razón de ser y el origen de toda
vida civilizada.]
Fuente: http://www.lanacion.com.ar/1404313-una-ley-de-tierras-para-cosechar-mas-votos?utm_source=newsletter&utm_medium=colum&utm_campaign=pagni
Jueves 08 de septiembre de 2011
El escenario
Una ley de tierras para cosechar más votos
Por Carlos Pagni | LA NACION
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Comentá83
A medida que se acercan los comicios es más fácil entender por qué
Cristina Kirchner se empeña tanto en reclamar la sanción del proyecto
de ley que limita la propiedad extranjera de la tierra. Y por qué sus
adversarios se muestran, como ayer, muy remisos a darle el gusto.
La iniciativa reúne varios rasgos que la convierten en un formidable
vector proselitista. No sólo tiene la dosis de nacionalismo
indispensable para desatar las inclinaciones xenófobas de un buen
número de votantes. Hay otra conveniencia para la
presidenta-candidata, y es que la propuesta siembra el desconcierto
entre sus rivales.
Casi toda la oposición ha venido impulsando medidas similares a la que
promueve la Casa Rosada en estos días. El debate se transforma,
entonces, en una broma pesada para los adversarios del kirchnerismo,
que no tienen más remedio que contradecirse o adherir a la política
oficial. Sólo el macrismo se salva de la trampa. No hay espectáculo
más reconfortante para un candidato que ver caer a sus contendientes
en un enredo semejante en plena carrera electoral.
La primera definición de la señora de Kirchner después de su victoria
en las primarias fue urgir el tratamiento del proyecto. Es
comprensible. Más allá de cualquier consideración técnica, la
restricción al derecho de los extranjeros a comprar tierras despierta
ese reflejo de "defensa de lo nuestro" que es intrínseco al sentido
común del populismo, sobre todo en meses de campaña. Para ese
atavismo, la iniciativa ofrece un encanto muy superior al de proclamar
la supremacía de las heladeras argentinas, como hizo la Presidenta
días atrás. Sobre todo porque el kirchnerismo no se atreve a hazañas
más audaces, como alguna estatización energética, a la boliviana.
Las razones por las cuales es mejor que la tierra esté en poder de
quienes nacieron del lado de adentro de los límites del país, y no del
otro, no aparecen demasiado claras en los textos en debate. Quizá los
autores, de las más variadas corrientes, no crean necesario
justificarlo. Para ellos ha de ser evidente que la argentinidad goza
de un estatus ontológico superior.
Pero esa explicación es inconfesable, y si se tira mucho de su cuerda
desnuda movimientos del alma un poco turbios. Por esos motivos los
promotores de la restricción esgrimen otros argumentos. Por ejemplo,
que hay congresos -extranjeros, por supuesto- que ya fijaron ese
límite. Y que, como explicó el ministro de Agricultura, Julián
Domínguez, en Diputados el último 14 de junio, "hay países que
pretenden 300.000 hectáreas". Una alusión obvia al inconfundible
"peligro chino".
Para conjurar ese fantasma, todas las propuestas, incluso la de
Federico Pinedo, que es la menos chauvinista, prohíben a otros Estados
el acceso a la propiedad de la tierra. También ponen un obstáculo a
los extranjeros que quieran hacerse de campos en zonas de frontera, y
dejan en manos del Congreso la determinación casuística de zonas
especiales, exclusivas para nativos.
El proyecto del Ejecutivo fija dos topes mucho más controvertidos: un
cupo del 20% para la totalidad de la tierra en manos de extranjeros,
que, además, no podrán poseer más de 1000 hectáreas.
Según Domínguez, la cuota del 20% fue calcada de Brasil. Debería
informarse. En ese país se encendió una polémica porque Dilma Rousseff
pretende no sólo más controles a las compras extranjeras -si superan
las 500.000 hectáreas deben pasar por el Congreso-, sino asociar al
Estado con esos propietarios a través de una acción de oro. En Uruguay
se extiende la misma moda. Contra el juicio de sus ministros de
Economía y Agricultura, José Mujica propuso un gravamen para los
propietarios rurales que no sean uruguayos. ¿Qué pensarán los
argentinos que lo aplaudieron el año pasado en Punta del Este porque
les prometió no aplicar nuevos impuestos?
Incoherencias
La nota sobresaliente del debate en la Argentina es la incoherencia de
casi todos los polemistas. Para empezar: hasta ahora el único que
abrió la puerta al "peligro amarillo" fue el kirchnerista Miguel Saiz,
gobernador de Río Negro, que firmó un tratado para que la República
Popular China pueda apropiarse de tierras.
La Coalición Cívica, en cambio, fue pionera en discriminar a los que
ansían "quedarse con lo nuestro". Elisa Carrió presentó un proyecto
más severo que el del Ejecutivo, y Patricia Bullrich exigió tratarlo
el 11 de agosto del año pasado, con o sin despacho de comisión. Por
entonces el moderado era Carlos Kunkel, que pedía a Bullrich estudiar
más la idea. La semana pasada Bullrich confesó no estar de acuerdo con
el texto de Carrió. Kunkel apura el trámite.
El último 1º de marzo, cuando abrió las sesiones del Congreso,
Cristina Kirchner fue sorprendida por un diputado que le gritó desde
su banca: "¡Tiene que haber una ley que limite la propiedad de la
tierra!". "¿Quién es el diputado?", reaccionó ella, y prometió,
astutísima: "Me hizo acordar de que vamos a mandar un proyecto sobre
el tema". El exaltado era Pablo Orsolini, de la UCR y la Federación
Agraria, autor de un proyecto como el que estaba reclamando.
Era comprensible que Orsolini estuviera ansioso. El 16 de septiembre
de 2010, el ministro Domínguez había enviado a la Comisión de
Legislación General, que preside Vilma Ibarra, a su asesor Julio César
Vitale para aplacar el nacionalismo opositor. Vitale recordó que la
limitación a los extranjeros chocaba con el artículo 20 de la
Constitución, que los iguala a los argentinos. También observó que
ignora tratados internacionales. "Aunque esos tratados pueden ser
denunciados", se cubrió, prudente. Ahora, los que piden contemplar ese
impedimento constitucional son radicales como Juan Pedro Tunessi,
quien hace ocho días pidió más tiempo. Tunessi pensaba distinto el 2
de septiembre del año pasado, cuando, contra la reticencia
kirchnerista, defendió la constitucionalidad del texto de Orsolini.
El articulado oficial tiene tantas inconsistencias técnicas que da la
impresión de ser sólo un papel de campaña destinado a morir en
tribunales. Además, pasarán años antes de que exista un catastro
digital para controlar el cupo del 20%. Ese porcentaje suena, de tan
generoso, extranjerizante: sólo 4 o 5% de la propiedad rural está hoy
en manos foráneas.
El límite de 1000 hectáreas también es impreciso. Esa superficie,
insignificante en Chubut, es carísima en Pergamino. En el corazón
sojero puede costar 18 millones de dólares. Y en tierras pasables de
Entre Ríos, 9 millones. Es difícil que un chacarero nacional y popular
acceda a heredades como ésas, aun cuando el valor de los campos se
deteriore con esta iniciativa. Lo más probable, aunque increíble, es
que Cristina Kirchner esté ofreciendo un cómodo resguardo a los ricos
argentinos frente a los ricos extranjeros. Es decir: que haya decidido
proteger a la oligarquía terrateniente que hace tres años convocaba a
los generales multimediáticos para desatar un movimiento destituyente
en contra de ella. Lo que puede la xenofobia..
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Néstor Gorojovsky
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