[R-P] [Enrique Lacolla] Libia y más acá
Néstor Gorojovsky
nmgoro en gmail.com
Jue Sep 1 08:09:14 MDT 2011
[Una extraordinaria reflexión, que en gran parte resume y eleva a otro
nivel muchas cosas que hemos viniendo conversando en esta lista]
*Libia y más acá *
/Por Enrique Lacolla/
/El racismo, la sed de petróleo y la desinformación son las tres patas
sobre las que el imperialismo sustenta su ofensiva contra el país
norteafricano. Pero el caso libio no es sino un síntoma de los tiempos
por venir./
Uno de los aspectos más repugnantes del emprendimiento imperialista
que azota Libia es su racismo. La prensa y los mass media hegemónicos
no mencionan el dato o lo pasan por alto con menciones casuales y
evasivas respecto de la naturaleza del problema, pero lo que ha
ocurrido y está ocurriendo en Trípoli y otros lugares supera a los
linchamientos del Ku Klux Klan y sus víctimas son las mismas: los
negros.
Se habrá reparado en que desde el comienzo del conflicto los mass
media han resaltado la presunta presencia de “mercenarios” de color en
las filas de los que defendían al régimen de Gaddafi. También se
insistió en que habían sido provistos de pastillas de Viagra (!) para
estimularlos a violar mujeres y dar rienda suelta a sus más bajos
instintos.[1] Y bien, los asesinatos y atropellos consumados en
Trípoli contra civiles indefensos o contra sostenedores del régimen
portadores de piel oscura, demuestran que de lo que se trata es más
bien de un fenómeno inverso; del desahogo de un resentimiento racista
que no es novedad y que tiene un carácter opuesto al que la prensa ha
querido prestarle. No se trataba de “mercenarios” maltratados por
haber servido de carne de cañón al régimen, sino de pobladores
provenientes del África subsahariana o de los rincones más
meridionales de la Yamahiriya, que encontraban en el gobierno de
Gaddafi una pantalla protectora que les permitía escapar a las
misérrimas condiciones de vida de los países de los que provenían y
una opción para un empleo que bastara a su subsistencia.
Trípoli fue “liberado” por los rebeldes (mescolanza de árabes
afincados en Cirenaica y jihadistas extranjeros provenientes de Qatar
y Arabia Saudita), en una operación controlada y dirigida por la OTAN,
cuyo apoyo aéreo y logístico, al que se sumaron comandos de élite
mimetizados con los insurgentes a los que dotaron de un cierto grado
de organización, fue decisivo para tomar el control de la capital. No
bien la ciudad cayó en manos de la turbamulta armada que responde al
Consejo Nacional de Transición (CNT), empezaron a aparecer cadáveres
de negros con las manos ligadas a la espalda y acribillados a tiros
frente a la residencia de Gaddafi, donde habían acampado en signo de
solidaridad con el mandatario. Las fotos de esos cuerpos martirizados
se sumaron a muchas otras donde se contempla a hombres de color
detenidos o maniatados en montón. Los cuerpos de los partidarios de
Gaddafi aparecieron sembrados en el humilde barrio de Abu Salim, donde
el régimen era fuerte y donde además se levanta la cárcel en la cual,
según los periódicos, fueron torturados miles de opositores al
gobierno depuesto. Las observaciones de la corresponsal de *La
Nación*, la italiana Elisabetta Piqué, dan cuenta de las atrocidades,
pero esforzándose en disimularlas enfatizando que el barrio en
cuestión es famoso por ser cuna de delincuentes y criminales.
/Dialéctica de un “casus belli”/
La operación de prensa en torno a Libia es desvergonzada. Y no es sino
una más de una serie inacabable, algunos de cuyos ejemplos más
próximos son la presunción de las persecuciones étnicas en Kosovo, que
ayudaron a completar la desmembración de Yugoslavia, y las historias
sobre las armas de destrucción masiva que, según Washington, Saddam
Hussein almacenaba en Irak. En el caso libio la magnitud de las
engañifas es flagrante; sin embargo, los medios siguen agitando,
agigantando o inventando la crudeza de ciertos hechos mientras se
cuidan bien de mencionar las raíces reales del conflicto e incluso se
abstienen de establecer referencias comparativas entre el estatus
social que existía en Libia y el resto de los países del África,
incluyendo los árabes.
Para los medios occidentales se trata de la insurrección espontánea de
un pueblo deseoso de bañarse en las bondades de la democracia, harto
de la opresión de un déspota pintoresco y brutal. Sin embargo Libia
era un país con un nivel de vida muy aceptable, una alfabetización del
83 %, un nivel de pobreza de apenas el 5 % y una situación sanitaria
equiparable a la de los países desarrollados de Occidente. La
organización tribal de su modo de regirse era posiblemente la más
adecuada para contener las tendencias centrífugas que la recorren. Por
otra parte, Gaddafi hacía tiempo que había renunciado a sus
pretensiones revolucionarias de corte panárabe, había dejado de lado
su plan nuclear y había trabado relaciones hasta demasiado flexibles
con los intereses de los gobiernos occidentales, permitiendo el
asentamiento de las grandes empresas petroleras en su suelo. Pero
entendía mantener el control oficial sobre los dividendos de esas
empresas y además había incurrido en el pecado imperdonable de
coquetear con la idea de abandonar el dólar como moneda de reserva y
preconizar en cambio que las naciones africanas y árabes comerciaran
con una nueva moneda única, el dinar de oro. Ya en 2002 Saddam Hussein
había comenzado a aceptar pagos en euros en vez de dólares por el
petróleo iraquí, y las consecuencias fueron las que se saben…
El episodio libio no tiene porqué ser muy diferente al iraquí: en las
raíces del /casus belli/ contra Trípoli no estuvo la represión contra
el pueblo en Bengasi, como se adujo, sino la necesidad del sistema
imperial en el sentido de contar con una provisión segura de crudo en
estos tiempos de recesión y crisis económica. Con Irak dominado
-aunque en este caso se debe puntualizar que los contratos petroleros
han ido más bien a manos chinas que estadounidenses-, con los emiratos
del Golfo Pérsico bien atados a Washington, con una presencia militar
consolidada en el Asia central, que garantiza el paso de las reservas
de gas y petróleo, Libia se ofreció como un campo de elección para
completar el cerco. Es un eslabón de una cadena que va de Marruecos a
Afganistán, con el aditamento de que dispone de una ingente reserva de
agua potable subterránea y de que proporciona una base avanzada para
operar sobre el África subsahariana. Pronto el comando africano del
ejército de Estados Unidos podrá mudarse de Stuttgart a Trípoli o a
Bengasi, y Francia por su lado podrá disponer de una cabeza de playa
hacia el África negra, que constituyera una parte muy importante del
imperio que adquiriera durante el siglo XIX. Hemos vuelto a los
tiempos del coloniaje.
Por lo tanto deberíamos saber, o el público de las potencias
dominantes debería saber, que las razones del conflicto son muy
diferentes a las alegadas por el Consejo Nacional de Transición, por
la ONU y por los voceros de la OTAN, practicantes de la “guerra
humanitaria”. Esta contradicción en los términos (¿puede haber una
guerra que sea humanitaria?) no parece sobresaltar a esa opinión. Cosa
natural, por otra parte, acostumbrados como están los europeos a la
vieja retórica acerca de la misión civilizadora de occidente y “la
carga del hombre blanco”. El caso es que la desaparición de Gaddafi no
implica ningún trauma para la opinión occidental, dado que la guerra
es librada por “luchadores por la libertad” surgidos milagrosamente de
las arenas del desierto para combatir contra un “tirano sangriento” y
que las bajas son exclusivamente libias. La OTAN golpea desde la
seguridad que le proporcionan las armas inteligentes y la distancia.
Es la guerra con cero bajas propias, el ideal de las batallas de
última generación. Y ahora se puede ir a por Siria, como antesala de
la guerra contra Irán…
En la indiferencia popular reside la clave del éxito de las prácticas
predadoras de Occidente. Y ella no es sino el síntoma de la decadencia
de la cultura política de este. Si incluso hoy, con el remezón
resultante de la crisis, no se verifican movimientos de resistencia
eficaces en el seno de esas sociedades, no hay que esperar mucho de
esos pueblos, al menos por ahora. Es verdad que los “indignados” en
España y Grecia dan cuenta de la existencia de un fermento importante
entre los jóvenes y que, de pronunciarse la recesión, podría comenzar
a cocinarse un cambio en Europa, pero de momento los organismos del
estado y la difusa maraña de mentiras y confusionismo que desciende
desde los medios, parecen bastar para mantener la protesta dentro de
límites manejables.
/Hacia una opción de cambio/
Ahora bien, la ola reaccionaria que se abate sobre la mayor parte del
mundo tiene un punto de partida bastante preciso: el hundimiento de la
URSS y la desaparición del contrapeso que hasta ese momento había
permitido, mal que bien, a las naciones en vías de desarrollo,
insurgir con mayor o menor eficacia contra el estado de cosas. Esa
opción ha desaparecido y es difícil que vuelva a fraguarse en un plazo
previsible. La cuestión pasa entonces por generar políticas y
proyectos que se adecuen a la naturaleza sombría de los tiempos.
Conviene no engañarse, los experimentos que intentaron revertir el
sistema de dominación imperial no tuvieron éxito. El capitalismo
salvaje en vigencia ha pisoteado en todas partes los logros que
obtuviera el mismo capitalismo cuando fue moderado por el Estado de
Bienestar.[2]
Se podrán invocar las razones que se quieran para explicar el fracaso
de las sociedades forjadas en la matriz del colonialismo cuando
ensayaron una salida, pero la cuestión es que los regímenes
provenientes de la gran etapa de la libeación colonial se anquilosaron
y no suministraron una respuesta práctica a sus sociedades, que
llevara a insertarlas en el círculo virtuoso de un desarrollo
dinámico. Avanzaron a medias, fueron contrabatidas por el imperialismo
y remataron en una situación que mezclaba atraso y modernidad sin que
esta última pudiera quebrantar el estancamiento.
Como parte del “desarrollo combinado”, esas sociedades, aunque pobres
y rudas, son hoy muy permeables a la comunicación electrónica. Ello
facilita la difusión de los mensajes inconformistas y alienta la
rebelión. Pero se trata de una ecuación que funciona a dos puntas,
pues en ella conviven, por un lado, unas redes sociales cuyos llamados
a la insurgencia poseen una ubicuidad que dificulta rastrearlos y
anticipar en sus directrices; y, por otro, esa misma articulación
electrónica brinda al sistema –superdotado de potencia tecnológica- la
posibilidad de contener o desviar la oleada de protesta.
De las revoluciones gestadas al calor de los grandes cambios
posteriores a la segunda guerra mundial, queda poco. Los movimientos
que las lanzaron se fosilizaron, se corrompieron o fueron barridos. En
el mejor de los casos, se transformaron hasta hacerse casi
irreconocibles. De cualquier manera restó una lección, a saber: que el
cambio revolucionario requiere de claridad de miras y de tiempo y
espacio para desarrollarse y tener éxito. El ejemplo de China debe ser
tomado muy en cuenta en este aspecto. Mientras que las tentativas de
liberación y crecimiento en el Medio Oriente fueron abatidas una tras
otra -Nasser fue suplantado por Sadat y por Mubarak en Egipto; Saddam
Hussein en Irak intentó una réplica mecánica y pobre del primero, y
fue desgastado durante un largo período de tiempo antes de ser
liquidado-, en cambio, a partir del igualitarismo radical de Mao sé
Tung, China evolucionó después de su muerte hacia una especie de
capitalismo gestionado autoritariamente por el estado. Mao alfabetizó,
liberó del hambre y organizó a un universo caótico, echando las bases
para el crecimiento exponencial inaugurado por las reformas de Deng
Xiao Ping y sus sucesores.
El único lugar del mundo donde existen atributos naturales y una
comunidad cultural a partir de los cuales se puede pensar en el
lanzamiento de una experiencia colectiva capaz de emular a la de las
grandes potencias sin incurrir en su ferocidad expansiva o en un
extremismo social similar al chino, es Latinoamérica. Aquí también se
vivió la crisis de las experiencias liberadoras que recorrieron al
subcontinente después de la segunda guerra mundial. El varguismo, el
peronismo, el emenerrismo en Bolivia, la tentativa reformadora del
general Velasco Alvarado en Perú, de Castro en Cuba o de Allende en
Chile, expresaron el fermento de sociedades que reaccionaban contra el
esquema de explotación al que estaban sometidas. Esto es, exportación
de /commodities/, asociación del estrato poseyente (oligarquía o
burguesía compradora) con el poder imperial; sujeción de la masa del
pueblo y colonización cultural de los estratos medios, esos eran y en
cierta medida son todavía, los parámetros a los que nuestras
sociedades estaban sujetas.
Las tentativas de reformar esa situación -o de revolucionarla, como en
el caso de Cuba-, adolecieron, sin embargo, de incomunicación entre
sí, o de hiatos cronológicos que las separaron unas de otras; o, en el
caso del movimiento cubano -que captó el carácter continental de la
lucha- de incomprensión respecto a la naturaleza compleja y
polivalente que revestía cada una de estas sociedades, lo que hacía
imposible imponerles una metodología única y fundada en el
voluntarismo de la lucha armada. En Cuba esta había tenido éxito, pero
sólo por la existencia de unas circunstancias peculiares e
intransferibles.
Hoy América latina ha despertado de la pesadilla neoliberal, está
descubriendo su unidad fundamental y empieza a construir instituciones
democráticas aptas para organizarla de manera flexible a través de la
Unasur y del Consejo de Defensa Iberoamericano. A Suramérica le sobran
recursos naturales, tiene una demografía en crecimiento y enormes
espacios donde verterla. Estos atributos son una ventaja, pero también
la tornan en presa apetecible para el Norte en crisis. Por lo tanto
una estructuración productiva orientada hacia su espacio interior, el
reforzamiento e institucionalización de sus fuerzas armadas y una
clara definición de las metas a las que progresivamente se debe
aspirar, son expedientes fundamentales para un diseño de futuro.
En este plano no estamos seguros de que gran parte de los cuadros
políticos tengan una imagen precisa y el sentido apropiado de su
responsabilidad. En lo referido a lo que conocemos más de cerca,
Argentina, resulta devastadora la irresponsabilidad y la estrechez de
miras de la oposición al actual gobierno, que se dedica al fragote
mediático y a la tontería obstructiva en vez de plantear un debate de
ideas. Sigue enganchada al discurso neoliberal y casi todos sus
exponentes se han convertido en promotores activos del retorno al
pasado.
En lo que respecta al gobierno, si bien lo que hace es muchísimo
mejor, sigue siendo elusivo en lo que respecta a las decisiones
fundamentales que deben tomarse si se quiere que el país arranque y se
instale en el camino de un desarrollo irreversible, aun admitiendo
eventuales períodos de aplanamiento de la economía como resultado de
la evolución de la crisis global. La expansión industrial y
agroindustrial debe ser planificada y los recursos para llevar
adelante y concretar tal planificación deben derivarse de una
indispensable reforma fiscal de naturaleza progresiva y de un control
del producido por las empresas transnacionales que se han asentado en
nuestro suelo. Esto no ha sucedido hasta aquí. No se trata por
supuesto de “nacionalizar” a troche y moche, sino de implementar los
expedientes que sean necesarios para que parte de las ganancias que
obtienen esas empresas se invierta en el país, en la producción de
bienes de capital, redes ferroviarias, locomotoras y barcos, en vez de
girarla al exterior, hacia los enclaves financieros que manejan los
hilos de la economía global de acuerdo a los intereses de las
potencias dominantes. La otra opción -catastrófica- sería recurrir al
crédito externo, reanudando el círculo vicioso que nos llevó al
descalabro y al agravamiento de la dependencia.
El gobierno de la presidente Cristina Fernández en este momento está
dando un paso importante en la buena dirección -que esperamos sea el
preludio a otras iniciativas en el mismo sentido-, al enviar la Ley de
Tierras al Congreso. El “/agrobusiness/”, motorizado por la cada vez
mayor demanda de alimentos y de biocarburantes se perfila como un gran
negocio y los países provistos de liquidez y escasos de tierras se
están lanzando al acaparamiento de espacios en África y América
latina. La Unión Suramericana es un expediente indispensable para
frenar ese desarrollo. Trabajemos a favor de todo lo que la ayude y
permita configurar a la región como un bloque provisto de autonomía y
de solidaridad frente a la presión extranjera. Será la única manera de
eludir destinos como el que hoy se está enseñoreando de Libia y de
enormes porciones del planeta.
(www.enriquelacolla.com)
N O T A S
[1] El fiscal argentino de la Corte Internacional de La Haya, Luis
Moreno Ocampo, un ambicioso y diligente jurista al servicio del
imperio, que hizo del juicio a las Juntas el trampolín hacia el
firmamento internacional, ha recogido este argumento y se muestra
proclive a utilizarlo en caso de que el dictador libio sea sometido a
la jurisdicción del tribunal internacional. Si es que a Gaddafi no lo
matan primero, claro está.
[2] La ley del desarrollo combinado atiende al salto cualitativo que
se da en sociedades cuantitativamente atrasadas, donde las
características de un desarrollo social bajo se mezclan con las
avanzadas y determinan un proceso por el cual una nación retrasada
puede en poco tiempo igualar a otras más evolucionadas. Al menos en
algunos aspectos, pues el pasado influye a su vez a en la nueva
formulación y puede lastrarla gravemente. León Trotsky dio una
explicación magistral de este tipo de proceso en su *Historia de la
Revolución Rusa*, que conserva una magnífica actualidad.
--
Néstor Gorojovsky
El texto principal de este correo puede no ser de mi autoría
Más información sobre la lista de distribución Reconquista-Popular