[R-P] [Enrique Lacolla] Sobre las revueltas arabes

Juan María Escobar escobar45 en infovia.com.ar
Lun Mar 28 20:14:46 MDT 2011


28
2011

Política Global
Una pregunta de difícil respuesta

Enrique Lacolla


Las realidades que van componiendo la historia no son nunca confortables. Y 
suelen suscitar interrogantes menos cómodos aún.


El lector, colega y amigo Jorge Cónsole me formulaba -y se formulaba, 
presumo-, en un comentario a la nota El Imperio contraataca, una pregunta de 
difícil respuesta. Decía Cónsole que "todos coinciden en que las revueltas 
en los países árabes son justas. ¿Qué hacer entonces para ayudar a los 
sublevados y que no queden a merced de sus gobiernos? ¿Hay que dejar que se 
arreglen entre ellos y muera mucha gente? ¿Cuál es la opción?"

Vamos a ensayar contestarle, en la medida que podamos.

Ante todo hay que subrayar que la historia es dialéctica, esto es, que está 
presidida por una lógica de las relaciones; que en ella no hay justicia 
inmanente ni trascendente y que los acontecimientos deben ser evaluados de 
acuerdo a las circunstancias y fuerzas que se vinculan a, y operan en, un 
momento y un escenario dados. Las fórmulas morales no se pueden aplicar en 
abstracto, prescindiendo de la evaluación de los datos de la realidad que 
componen una situación y sin tomar en cuenta el conjunto de factores de 
carácter tanto coyuntural como histórico que califican a un momento en 
particular. En el caso de los derechos humanos, por ejemplo, que sería lo 
que se juega en la revuelta árabe a estar por la pregunta de Cónsole, en 
primer término hay que determinar que es lo importante y qué es lo 
secundario en el elenco de temas que los significan. ¿Atienden estos 
derechos a la filosofía individualista de cuño occidental o a la gama de 
civilizaciones y culturas que proliferan en Oriente? ¿Apuntan con 
preferencia a las referencias clásicas de la libertad de expresión y el 
laisser faire económico, o hacen hincapié sobre todo en la exigencia de 
justicia social, autonomía nacional y solidaridad colectiva que están en la 
base de los movimientos populares en la mayor parte del mundo? Está bien 
estimar que lo ideal es que el liberalismo y la justicia social discurran 
mancomunadamente, pero es muy difícil que ello suceda sin largos y 
complicados procesos de maduración, que no se dan nunca de la noche a la 
mañana.

El primer principio que nos enseña la historia es que "cuando se estudia a 
fondo la conducta de las naciones, se descubre que sólo la guerra perdida es 
un crimen internacional".(1)  En consecuencia, la justicia es siempre la 
justicia de los vencedores. Esto es, la del sistema dominante. Pensadores 
tan eminentes como Hans Kelsen y Benedetto Croce plantearon graves reservas 
incluso contra el juicio de Nuremberg, donde los responsables de los 
horrendos crímenes del nazismo fueron juzgados por sus vencedores sin que 
hubiese contrapartida judicial alguna para evaluar los crímenes cometidos 
por estos. Los juicios en esas condiciones siempre han sido un despliegue 
asqueante de hipocresía. Frente a este tipo de procesos vale más remitirse 
al Vae Victis de Breno, cuando arrojó su espada en el platillo de la balanza 
que pesaba el oro del rescate que debía pagarle Roma. Es un procedimiento 
más limpio y que al menos nos ahorra la náusea.

La justicia del mundo actual es la del sistema dominante. Esto es, la del 
capitalismo imperial, tal como se ha modelado a lo largo de un período que 
pasó por las formas más salvajes de acumulación a través de la explotación 
colonial y por feroces luchas intraimperialistas, que dirimían la supremacía 
o la parte del león en la división del mundo en zonas de influencia. La 
revolución rusa de 1917 estaba dirigida a revertir ese estado de cosas. La 
revolución colonial posterior a 1945 prolongó y renovó ese ímpetu, que en la 
URSS había naufragado en un mar de sangre y en la grisalla del totalitarismo 
cultural. Pero el envite de los pueblos sometidos del Tercer Mundo fue a su 
vez acotado y deformado por las contraofensivas imperiales, gran parte de 
las cuales afectaron al mundo árabe, donde los líderes de la modernización y 
el cambio asentado en bases nacional-populares fueron destruidos o 
corrompidos. Esto nos trajo a la situación actual, cuando el hartazgo de 
esos pueblos árabes ante un autoritarismo fin a sí mismo y servil respecto 
de las potencias de Occidente, ha estallado por todos lados y parece 
prometer una reconexión con las antiguas luchas.

La unanimidad de la revuelta en el Medio Oriente no encontró una respuesta 
similar de parte de Occidente. El alboroto en torno de los derechos humanos 
respecto de Libia y la instantánea intervención militar en ese país, no se 
compadecen con los consejos de calma y reforma pacífica que las potencias 
occidentales prodigan a otros gobiernos manifiestamente dictatoriales, como 
los de Arabia saudita, Jordania y Egipto, cuando estos reprimen al pueblo en 
la calle. Podemos apostar también que la actitud que Occidente adoptaría si 
los acontecimientos en Siria se saliesen de madre o si en Irán aflorara una 
revuelta contra Mahmud Ahmaninejad, no sería igual de ponderada: más bien se 
parecería a la que se está aplicando ahora en Libia. Y desde luego con 
secuelas infinitamente peores.

El doble rasero es de práctica: lo que en un gobernante adicto es tolerable, 
merece la más violenta condena en el caso de un dirigente díscolo o de 
quien, tras ser un aliado útil, se ha convertido en una rémora que aumenta 
la presión social en su país y en consecuencia se transforma en una amenaza 
objetiva para el mantenimiento del estatus quo. Los casos de Mubarak y 
Gaddafi son ejemplares de esto; pero si Mubarak fue discretamente alejado 
del poder por sus pares, en el caso del dictador libio sus rasgos paranoicos 
lo convirtieron en un blanco más fácil y codiciable que permite ir a por 
todo. El perfil del jefe de la Jamaihrya facilita su demonización y permite 
levantar la apuesta para apropiarse de la riqueza energética del suelo que 
pisa. Pues no es otra la intención de la Otan.

El Código puesto del revés

La legalización de la intromisión en los asuntos internos de los países 
subdesarrollados, arbitrada por diversos organismos internacionales tal y 
como está sucediendo ahora, implica profundizar la reversión del derecho 
internacional y la vulneración de los frágiles vallados que restan entre la 
preservación de la integridad nacional y la fuerza bruta de las grandes 
potencias, lanzadas a hegemonizar el globo bajo la 
dirección -incontrastable- de Estados Unidos. La conciencia de este hecho es 
lo que determina al presidente Chávez y a Fidel Castro a tomar una posición 
categórica en contra de la intervención de la Otan en Libia. "Cuando las 
barbas de tu vecino veas cortar., pon las tuyas a remojar", dice el refrán. 
El tema nos toca de cerca y es de todo punto importante que la Unasur tome 
posición frente a él. No parece que vaya a ser así, por ahora, y ello es 
lamentable.

Volviendo al tema de la intervención "humanitaria", como la designa 
Occidente, más que de intervención debe calificársela como injerencia activa 
en busca determinados fines. De hecho, esto es lo que se desprende de los 
diversos estudios que brotaron del Pentágono a mediados de los años '90 y 
que estuvieron abocados a redimensionar las pautas estratégicas en el mundo 
posterior a la guerra fría. El Defense Planning Guidance de 1992 generó una 
cascada de documentos que tenían en su médula la proposición de que el 
triunfo en esta abría para USA la "extraordinaria posibilidad" de fundar un 
orden mundial basado en un sistema de seguridad que tuviese en cuenta la 
creciente interdependencia planetaria de los sistemas económicos, 
tecnológicos e informáticos. Hacía falta por lo tanto corregir la estrategia 
"defensiva" de la Otan, que había tenido a Rusia como principal enemigo, 
cambiándola por otra que tuviese en cuenta un marco geográfico global donde 
pulula el desorden y se multiplican los riesgos que provienen de una serie 
de áreas regionales.(2)  De ahí en más se sucedieron las intervenciones en 
los Balcanes, en el Cáucaso, en el Medio Oriente y en el Asia central, 
siempre guiadas, a nivel propagandístico, por una pretendida protección de 
los derechos humanos. Aunque sean impuestos a fuerza de bombas y de 
proyectiles de uranio empobrecido.

Esto es bastante evidente y no requiere de mayor explicación. Las 
pretensiones de legitimidad ética y jurídica que enarbolan la Unión Europea 
y Estados Unidos no resisten el análisis. Los pueblos que van a ser salvados 
de sus tiranos por las potencias dominantes pueden tener por seguro que el 
remedio será peor que la enfermedad, si no logran deshacerse de sus 
opresores por sí mismos. El caso de Irak así lo testifica. La invasión 
norteamericana costó cientos de miles de muertos, sin contar las victimas 
del embargo y los bombardeos anteriores a ella, y culminó en una virtual 
partición del país.

No hay otra alternativa que resistir a esta mecánica. Si se permite que el 
lema de la "injerencia humanitaria" se transforme en el principio guía de 
los asuntos internacionales, tengamos por seguro que las agresiones se 
sucederán en cascada, como ya está ocurriendo. Pues, ¿quién interpretará "el 
código de faltas" para que la ley se aplique? Los Estados dominantes, desde 
luego, que lo harán ajustándose a sus preferencias y objetivos. No existen 
caminos patrocinados por la moral y las buenas costumbres para salvaguardar 
los derechos humanos de los pueblos oprimidos, pues quienes tienen la fuerza 
suficiente para hacerlo están interesados en mantener a esos pueblos en el 
mismo estado en que se encuentran o en otro levemente modificado. Se tratará 
cuando mucho de cambiar la fachada, pero la esencia de la situación será la 
misma.

Los pueblos deben entonces operar por sí mismos su propia liberación. Para 
favorecer ese curso es mejor aplicar los viejos principios de la realpolitik 
que regodearse con los embelecos del humanitarismo abstracto. Por supuesto 
que este curso realista no tiene porqué desdeñar los apoyos externos que se 
puedan recabar si estos surgen de un contrato mutuamente ventajoso o si 
forman parte de un combate común contra la opresión extranjera. Los 
combatientes del Vietminh y del Vietcong estaban del todo justificados en 
buscar el apoyo chino y ruso para librar su lucha por la independencia y 
para batirse en su guerra civil contra los regímenes locales que eran 
títeres de Francia y Estados Unidos. Así, también, la República española 
tuvo razón en buscar la ayuda soviética frente a la insurrección que recibía 
el sostén militar y técnico del nazi-fascismo. A pesar del precio que el 
estalinismo le hizo pagar por ella y que en definitiva terminó viciando los 
objetivos del bando al que decía querer salvar.
Lo dicho no alcanza a responder, me temo, de manera satisfactoria a la 
pregunta del principio. Pero los interrogantes que plantea la realidad rara 
vez consienten una respuesta consoladora. El esfuerzo por encontrarla, sin 
embargo, nos puede ayudar a comprender mejor lo que nos rodea y puede 
permitirnos escapar de la desinformación que anida en la pirotecnia verbal 
de las grandes formulaciones sistémicas. Y a partir de allí se podrán ir 
estableciendo verdades provisorias y caminos tentativos que nos permitan ir 
modelando el rostro de una nueva Utopía.

Notas

1) Rhadabinod E. Pal, The Dissenting Opinion, citado por Danilo Zolo en La 
Justicia de los Vencedores, Ediciones edhasa, 2007.

2) Danilo Zolo, Op. Cit. 




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