[R-P] [Julio Bárbaro] El peso del pasado

hugopresman en yahoo.com.ar hugopresman en yahoo.com.ar
Dom Mar 27 13:19:59 MDT 2011


Comparto la opinión y por esta nota Julio Bárbaro estará  en EL TREN mañana.
Tiene un talón de Aquiles de orígen: se publicó en La Nación.
                                  Hugo Presman
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From: "Néstor Gorojovsky" <nmgoro en gmail.com>
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Cc: "Lucha de masas para recuperar la Argentina" 
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Sent: Sunday, March 27, 2011 3:54 PM
Subject: [R-P] [Julio Bárbaro] El peso del pasado


CITANDO LA FUENTE,EL MATERIAL DE ESTA LISTA ES DE LIBRE REPRODUCCIÓN


[Francamente, de lo mejor que Julio Bárbaro ha escrito últimamente.
Frente a la teoría de los dos demonios y frente a la sacralización de
los errores, una frase que merece ser de antología:

"Si la decidida acción de la Justicia contra los restos de la
dictadura era imprescindible, esto no autoriza a que se reivindique el
pensamiento ni el accionar del perseguido: las atrocidades del
victimario no convierten en válido el pensamiento de la víctima".

Y una reflexión con la que la mayoría de los argentinos no puede sino
estar de acuerdo:

"Recuperar la visión de los expulsados de la plaza mientras se critica
a Perón como si su intento desesperado de consolidar la democracia
fuera erróneo es un triste retraso en el camino de la democracia y la
pacificación nacional. Porque esto trae aparejada la concepción según
la cual los que nos quedamos en la plaza nos equivocamos. Lo que se
discutía en aquel tiempo era el ejercicio de la violencia en el seno
de la democracia, y quienes la reivindicaban lo hacían en la
convicción de que ese camino conducía al poder"]

El peso del pasado
Julio Bárbaro
Para LA NACION
Viernes 25 de marzo de 2011 | Publicado en edición impresa
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Los individuos y los pueblos necesitan tanto de la memoria para
convertir el pasado en sabiduría como del olvido para no ser
prisioneros de ninguna obsesión. En nuestro presente, el pasado es más
una carga que nos agobia que un capítulo de nuestro camino hacia un
mejor futuro. Lástima por los dolorosos resultados de una
confrontación que algunos imaginan poder reiterar revirtiendo el
resultado.

Si el exilio de Perón en sus 18 años terminó en una democracia con
cimientos de estabilidad, los errores que la frustraron parecen
ejercer mayor atracción que las virtudes con las que aquel líder se
despidió de su pueblo. Parece que no sabemos elegir su último gesto de
conciliación en el abrazo con Balbín, sino la dramática expulsión de
la plaza de un sector de la juventud y el pensamiento de los
expulsados.

La teoría pueril que asignaba a Perón vicios reformistas y ensalzaba a
los jóvenes con virtudes revolucionarias no sólo fue parte de la
tragedia, sino que en alguna medida integró una concepción suicida que
prefería el sacrificio del héroe al sólido camino político del pueblo.

Nadie ignoraba la voluntad y decisión asesina de los sectores de
derecha autóctonos; sólo una conducción políticamente insensata
suponía estar en condiciones de confrontar militarmente con las
Fuerzas Armadas. Debo aclarar que ninguno de nosotros imaginó los
límites que la demencia asesina iba a superar en nuestra realidad,
pero la famosa y poco analizada "contraofensiva" es un acto suicida
que sólo puede montarse sobre una negación psicótica de la realidad.

Era indispensable que con la democracia se consumara el castigo a los
culpables, se eliminara para siempre a aquellos sectores cuyo
pensamiento y conducta asesinos no podían convivir con una sociedad
dispuesta a transitar la libertad y la cordura. Pero si la decidida
acción de la Justicia contra los restos de la dictadura era
imprescindible, esto no autoriza a que se reivindique el pensamiento
ni el accionar del perseguido: las atrocidades del victimario no
convierten en válido el pensamiento de la víctima.

Recuperar la visión de los expulsados de la plaza mientras se critica
a Perón como si su intento desesperado de consolidar la democracia
fuera erróneo es un triste retraso en el camino de la democracia y la
pacificación nacional. Porque esto trae aparejada la concepción según
la cual los que nos quedamos en la plaza nos equivocamos. Lo que se
discutía en aquel tiempo era el ejercicio de la violencia en el seno
de la democracia, y quienes la reivindicaban lo hacían en la
convicción de que ese camino conducía al poder. La consecuencia
primera era, entonces, dejarnos a nosotros en el lugar del reformista
para instalarse ellos en el espacio de la revolución.

La elección de la figura de Cámpora marca un primer error. Cuesta
entender si Perón lo elige sólo por las limitaciones de la dictadura o
si además intenta dejarlo como responsable del gobierno. Pero cuando
les otorga a los jóvenes una enorme cuota de poder que incluye más de
veinte diputados nacionales, gobernadores y ministros, lo hace con el
objetivo de que abandonen la violencia e inicien su experiencia
política desde el poder. Fue el último intento de evitar la tragedia.

Cómo olvidar aquellas largas discusiones, por ejemplo, sobre la
voluntad de ocupar el Ministerio de Economía, ya que hasta Gelbard, en
su concepción, resultaba poco revolucionario. Es que nunca entendieron
el proceso de la democracia y el camino hacia el poder: el ala
militarista había avanzado demasiado y ejercía la conducción, siempre
soñando con la guerra y su triunfo. Cómo olvidar tampoco charlas con
algunos de sus jefes, que nos planteaban la necesidad del golpe
militar para que el pueblo los acompañara en la guerra popular y
prolongada. Es difícil aceptar que aquellos que opinábamos sobre el
error y sus consecuencias terminemos cuestionados y que quienes
optaron por el camino de la tragedia fuesen los dueños de alguna
verdad revelada.

Evita es inentendible al margen de Perón; la lealtad de Cámpora
aparece como una virtud excesiva, y sólo una imaginación sin sustento
puede verla como alternativa. Así, se deforma el pasado para traer al
presente sus desaciertos y olvidar sus verdades. Porque el heroísmo es
tan indiscutible como insostenible la escasa razón que lo asistía. En
cambio, los votos constituyen un tributo popular a la memoria de
Perón, a una epopeya donde fueron ellos los actores de la historia. Es
tan respetable que sectores remanentes de la izquierda argentina se
integren al Gobierno como carente de sentido que quienes jamás
tuvieron peso político ni presencia electoral se acerquen con soberbia
a criticar a nuestro líder y se erijan en dueños de un progresismo
alternativo.

Brasil, Chile y Uruguay ejercen en política buena parte de aquella
sabiduría que Perón trajo en su retorno. Duele sentir que cuando ayer
fuimos la avanzada, hoy algunos "imberbes" en edad de jubilarse
intenten recuperar fracasos perdidos.

Perón abraza a la guerrilla con la intención de recuperar la
democracia y pretende integrarla para evitar males mayores. No supimos
entenderlo y ya no nos basta con haber pagado duramente las
consecuencias de ese error: intentamos reiterarlo.

El presente es pobre en sus propuestas, la sociedad transita entre el
fanatismo de las minorías y la desesperanza de los que no encuentran
en quién confiar. Urge recuperar el diálogo porque la confrontación
está tan marcada por los excesos como por la pobreza de las ideas en
juego.

¿Quién puede restarle validez al compromiso de los jóvenes? Sin
embargo, resulta impensable que se dé en el marco del ensalzamiento de
Cámpora y de la tergiversación de la figura de Evita.

La dictadura fue nefasta; la guerrilla, heroica, y el pueblo, un
personaje ausente de dos minorías que se disputaban la conducción de
su destino. La violencia sólo se justificaba para enfrentar a la
dictadura y era condenable en democracia, la misma democracia que fue
un acierto tanto ayer como hoy. Dividir a la sociedad con criterios
maniqueos no implica hacer justicia, sino encontrar enemigos para
justificar las limitaciones de nuestro propio pensamiento. Conducir,
decía el general, implica poner voluntades en paralelo, y cuando en su
célebre frase cambió "peronista" por "argentino" estaba dando por
concluida la etapa de la confrontación.

Asumir los aciertos y superar los errores de nuestra historia es una
necesidad. Es tiempo de que el dolor de aquel sangriento golpe de
Estado se convierta en sabiduría y experiencia de la democracia
actual.

© La Nacion


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Néstor Gorojovsky
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