[R-P] Parcial mirada de Mario Toer.

Gustavo Battistoni gustavo.battistoni en gmail.com
Mar Ene 4 11:48:06 MST 2011


  [Superficial mirada de Mario Toer al negar la existencia de un grupo
político, la IN, que abreva en León Trotsky y que más allá de
desaciertos puntuales, jamás ha estado en contra del pueblo
argentino.Agrava su sesgada visión el ser profesor de Política
Latinoamericana e ignorar sus aportes a la compresión de nuestro
continente. Afirmar, muy suelto de cuerpo, que el trotskysmo es sólo
un heredero de la segunda internacional, sin recordar la posición de
Trotsky ante las nacionalizaciones del General Cárdenas o su denuncia
de la política del imperialismo inglés en América Latina, es mala fe o
supina ignorancia...
El PO, el Morenismo,etc.,etc., nos consideran unos traidores y
vendidos a los gobiernos burgueses, sin examinar o haciéndose los
boludos sobre la posición de Trotsky con respecto al gobierno
mexicano.¿O pensarán cómo Liborio Justo que terminó trabajando para
Wall Street?]


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EL PAIS › OPINION

La índole de ciertos oficios, el trotskismo y sus desaciertos

  	

 Por Mario Toer *

Es de suponerse que el arte de la política implica, al menos, una
cierta capacidad para obtener una creciente y apreciable audiencia en
el escenario en el que se está inserto. Puede aceptarse que haya un
cierto tiempo de gracia, dados los afanes de los rivales por
desmerecer mi propio discurso. Pero pasados varios lustros, incluso
contando con razonables estándares de libertades públicas, si quienes
están dispuestos a reconocer lo atinado de mis propuestas en una
compulsa electoral rondan el uno por ciento, casi siempre por debajo,
algo inadecuado está ocurriendo. Como en otras dimensiones de la vida,
se podría cambiar de oficio, pero si se persiste, la extrañeza tiene
que ir en aumento.

Aunque ni los más avezados de los estudiantes de Ciencia Política
puedan explicar sus diferencias, las sectas trotskistas que presumen
de partidos rondan la decena, algunos menos minúsculas que otras. No
puede ponerse en cuestión que en sus filas prima el rechazo por las
injusticias que el modo de producir capitalista provoca y que es
generosa su entrega, como lo evidencia la joven vida truncada de
Mariano Ferreyra, alevosamente asesinado por matones de un pseudo
sindicato. Tampoco que muchos tienen perseverancia para encontrar y
acercarse a sectores postergados para estimular y liderar sus
reclamos. Pero es más que evidente que semejante empeño no es
suficiente para emerger en la escena política.

Y aquí viene lo más penoso. Para encontrar la atención tan esquiva, se
llega a la desmesura. Desmesura que no tiene que ver con la índole de
algunos hechos en particular. Calles, avenidas, vías, terrenos y
edificios pueden ser ocupados y escenarios de una lucha cuando son
ganados por multitudes, que es cuando incluso se cuenta con la
comprensión y hasta el apoyo de las mayorías. Recuérdense si no
escenas del 20 de diciembre o antes las del Cordobazo, para mencionar
algunas insignes, como otras tantas que han jalonado numerosos
capítulos en nuestra historia. Pero cuando la insistencia proviene de
pequeños grupos o más aún cuando las víctimas están compuestas por
legiones de trabajadores, sin que quepa la menor duda, quien gana es
la derecha.

En general, el trotskismo, más allá de sus matices o algunas lúcidas
rectificaciones, ha quedado pegado al marco conceptual de la Segunda
Internacional, que se atenía a la fase del capitalismo que madurara en
el siglo XIX, esperando que el crecimiento imparable de la clase
obrera permitiera, con el peso de su número, ajustar las cuentas con
la burguesía de su propio país. Comparten esa premisa con los
reformistas, aunque pretendan otro final. No comprendieron las
transformaciones del siglo XX, todas las implicancias del imperialismo
y mucho menos la índole de los conflictos en las periferias. Su
propuesta estratégica, sea en Noruega, Francia, Mozambique o Bolivia,
será la misma: “frente obrero” o “frente de trabajadores”. Nunca
pretendieron encontrar un enemigo principal o procurar la unidad del
pueblo. Eso era para los “populistas”, deviniendo en tarea central
“desnudarlos” para que no confundan a los trabajadores. Lo que aquí
padece el kirchnerismo, lo sufren por igual Morales, Correa, Lula o
Chávez.

Incluso, como no logran audiencias apreciables, buscan a los
inconsecuentes en sus propias filas, para explicar las falencias. Se
dividen y a volver a empezar. La intolerancia se conecta con la
creencia que presume que la tierra prometida se alcanza por medio de
la insurrección, de allí que quien supone ser el “estado mayor”
verdadero debe poner límites a la democracia interna. Hay que
cohesionar las filas desde el vamos. Y si por un accidente histórico
se consigue algún concejal o diputado, habrá que estar alerta para
expulsarlo a tiempo antes de que sea el curso por el que penetre la
ideología parlamentarista. Luis Zamora ha sido elocuente para reseñar
las performances de las sectas.

Recientemente, el corte de las vías en el Roca y las consecuencias que
deparara nos enfrentan con esta pertinacia sorprendente. Los
argumentos de que no son responsables de la ira de los trabajadores
que querían regresar a sus casa resultan francamente asombrosos.

¿En virtud de qué lógica se puede sostener que las formas de lucha
deben ser indiferentes a los daños y los sentimientos que provocan en
el resto de los trabajadores?

En algunos medios estas propuestas venían gozando de cierta
consideración, seguramente por su empeño por acompañar reclamos
justos. Pero todo parece indicar que donde ya son más conocidos
comienza el reflujo. Los resultados de las elecciones en los centros
de estudiantes de Filosofía y Letras y Sociales, antiguos baluartes,
así lo atestiguan. También la de los no docentes en esta última
Facultad.

Pero el debate debe acrecentarse. La capacidad que poseen para nutrir
los argumentos del macrismo en la ciudad o incluso incrementar la
matrícula en universidades privadas no debe subestimarse. Aunque
seamos justos, no son los únicos responsables en provocar divisiones
en el seno del pueblo. Existe algo así como un trotskismo silvestre,
menos elaborado, que también florece en nuestros días, y que a veces
se suma a punteros y vivillos dispuestos a nutrirse de beneficios
propios o que coquetean con los adláteres del PRO.

Pero detengámonos en quienes se presume más permeables al debate de
ideas. Si estas prácticas sólo condujeran a profundizar su propia
insignificancia, no merecería que nos ocupemos de ellos. El problema
es que son los principales artífices del crecimiento de la derecha,
incluso en sectores populares. Si no supiéramos que antiguas
injusticias nutren su impaciencia, aquí y en cualquier parte,
podríamos suponer que están concebidos por encargo. Por eso, más allá
de la extrañeza que provocan, es necesario debatir y consolidar
autoridad política allí donde se hagan presentes. Sin aprioris ni
bravatas. Pero poniendo en evidencia a quién están sirviendo. Lo que
también supone ajustar las cuentas con lo grotesco que perdura en
muchos ámbitos y que a veces los hace aparecer verosímiles. De
últimas, llegarán a su mínima expresión cuando quienes estén al frente
de los reclamos sean quienes saben también dónde se encuentra el
enemigo.

* Profesor de Política Latinoamericana. Facultad de Ciencias Sociales de la UBA.




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