[R-P] [Enrique Lacolla] Una pausa para tomar aliento

Juan María Escobar escobar45 en infovia.com.ar
Sab Feb 19 15:05:21 MST 2011


 Política Global
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19 de febrero de 2001

Una pausa para tomar aliento

por Enrique Lacolla


La onda de la revuelta en Medio Oriente ha remitido apenas en Egipto. A 
pesar de la partida de Mubarak nada ha cambiado en la cima del poder. Se 
abre un período que estará marcado por un rediseño de la política imperial y 
por una turbulencia latente.


Los acontecimientos en el Medio Oriente siguen su marcha. Los enfoques de 
prensa occidentales equivocan deliberadamente sus análisis respecto a ellos 
cuando tienden a asimilarlos a las "revoluciones de color" o a episodios 
como la caída del Muro de Berlín. Lo que pasa en el mundo árabe es parte de 
un proceso inverso a lo que ocurrió en Europa desde 1989 en adelante. Allí 
el derrumbe del comunismo dio carta blanca a la política de Estados Unidos 
en el sentido de acorralar y disgregar a la Unión Soviética, hasta llegar a 
la actual situación que nos muestra a una Rusia acotada en sus fronteras, a 
una Yugoslavia fragmentada y a una Europa del Este integrada a la Unión 
Europea más para restarle equilibrio que para fortalecerla, como conviene al 
interés norteamericano.

El proceso desencadenado con las revueltas en Túnez y en Egipto no se 
verifica contra unos gobiernos como los que tenían los satélites de la URSS, 
más o menos correctos pero estancados y grises, que decepcionaban a unos 
pueblos ansiosos de participar en la aparente plétora de la sociedad 
consumista que tenían al otro lado del Muro. Los árabes insurgen contra unos 
regímenes dictatoriales que viven en una relación simbiótica con el Imperio, 
que los pauperizan y que practican una política exterior que repugna al 
instinto de las masas. Esas masas torturadas por una represión sorda pero 
continua y asqueadas por la corrupción de un estamento dominante que se ciñe 
al dictado de la política económica neoliberal más inclemente, ansían, como 
ansiaban las poblaciones del Este europeo, una mayor porción de libertades 
civiles; pero también requieren una mayor justicia social. En Europa del 
Este el factor del descontento social estaba atemperado por la inexistencia 
de grandes desigualdades y por la presencia de redes de seguridad derivadas 
del modelo socialista de organización estatal. Cuando la población empezó a 
echar de menos esas ventajas, como ocurrió después, fue ya demasiado tarde: 
su mundo ya no era el que había sido.

En el universo árabe, en cambio, las desigualdades son enormes y las 
tensiones derivadas de ese hiato se encuentran a flor de piel. En este 
momento la revuelta en Egipto ha sido provisoriamente aplacada por la salida 
de Hosni Mubarak y por la promesa de que habrá elecciones en el plazo de 
seis meses. Pero no cabe engañarse respecto a las proyecciones que se 
incuban detrás de esta aparente calma: los personajes llamados a reemplazar 
al dictador y a preparar la transición no son otros que los hombres de 
confianza de Mubarak, los jefes de las fuerzas armadas, sostenes y valedores 
del régimen a lo largo de décadas y referentes de la estrategia 
norteamericana para la región. El ejército egipcio está armado y entrenado 
por Estados Unidos, que en 30 años le ha proporcionado ayuda militar por 60 
mil millones de dólares, según cifras oficiales, a las que cabría sumar 
otros financiamientos secretos. Sus últimos ejercicios tácticos, realizados 
con la participación de fuerzas especiales de Estados Unidos, no se han 
desarrollado en el desierto; han estado vinculados a la lucha en las 
ciudades, lo que pone de relieve la naturaleza del cometido que el mando les 
asigna: combatir a una insurrección popular o a unas guerrillas urbanas.

Los generales que han tomado el gobierno en Egipto representan lo mismo que 
Mubarak, aunque se puede tener la casi certeza de que los rangos inferiores 
de las fuerzas no identifican con su alto comando. La semiprueba de esto es 
la contención que el ejército demostró durante las semanas de disturbios que 
precedieron a la partida del dictador; al contrario de lo hecho por la 
policía, el ejército no actuó contra los manifestantes y estos demostraron 
mucha inteligencia al intentar ganárselo en todo momento. No se puede 
aseverar nada con total certeza, pero es probable que un intento abierto por 
reprimir o escamotear lo logrado por el pueblo en esos días, traería 
aparejada la fractura del andamiaje militar.

Como quiera que sea, la ola del cambio seguirá golpeando el modelo 
instaurado por el imperialismo en la zona. El eje conformado por EE.UU. y la 
UE tiene una larga experiencia en capear tempestades y manipular desarrollos 
que inicialmente pueden parecer muy adversos. Es bastante obvio que el 
objetivo provisorio que se plantea el imperio es canalizar la agitación 
popular y llevarla a la instauración de un sistema representativo que hasta 
cierto punto permita mantener una fachada democrática, sin alterar lo 
sustancial del arreglo que desde hace décadas se mantiene en la región.

De momento, la situación parece haberse calmado en Egipto, pero la revuelta 
cunde en Yemen, Bahrein, Libia e Irak, donde miles de manifestantes reclaman 
trabajo y mejores servicios. La tormenta se cierne asimismo, y de manera 
potencialmente aun más grave, sobre los países del Magreb, desde donde Túnez 
dio la señal de partida del actual proceso. De cualquier modo, lo que suceda 
en el país del Nilo será determinante: por su peso demográfico y por su 
valor estratégico como vital vía marítima de comunicación entre el Mar Rojo 
y el Mediterráneo a través del Canal de Suez, se trata de una carta de un 
valor inconmensurable, a la que ni el Pentágono ni el Departamento de Estado 
renunciarán en ningún caso. A menos que resolvieran modificar las 
coordenadas de su política hegemónica, cosa improbable sin un desastre 
político-militar previo, de envergadura monumental.

Los pesimistas suelen evaluar a la historia como un corsi e ricorsi, como 
una serpiente que se enrosca sobre sí misma y se muerde la cola. Nosotros no 
estamos tan seguros y creemos más bien que la historia se replica 
modificándose continuamente, y que cuando repite en apariencia los episodios 
del pasado lo hace cambiándolos y, a veces, proyectándolos a un escalón más 
alto. Lo cual no quiere decir que este vaya a ser más confortable.

Ahora estamos frente a la apertura de este capítulo de sentido ascensional. 
El imperialismo occidental cedió terreno ante la primera oleada de la 
revolución colonial después de la guerra, para recuperarlo luego 
desfigurando esos procesos independentistas al transformarlos en ficciones 
de soberanía. Pero en el trayecto hubo de resignar el dominio militar 
directo. Hoy el orden establecido por la restauración neocolonialista está 
siendo puesto de nuevo en entredicho por insurrecciones populares que se 
encuentran en camino de poner todo en tela de juicio, desde la inequitativa 
repartición de la riqueza hasta las relaciones internacionales. En esta 
agitación la presión popular es grande, pero si no dispone de un instrumento 
político capaz de comprimirla y orientarla en un determinado sentido, es 
factible que pierda fuerza y termine disipándose en el aire. Este es el 
objetivo del imperialismo. Al que poco le importa el destino de Mubarak como 
poco le importó el de Suharto en Indonesia a fines de los '90 y como menos 
aun le interesó el de los dictadores militares argentinos a principios de la 
década de los '80. Los esbirros son material gastable. Lo que cuenta es la 
continuidad del dominio, según la práctica aconsejada en la tan citada frase 
de Tommaso di Lampedusa: que algo cambie para que todo siga igual.

La cuestión entonces pasa, en el Medio Oriente como en tantas otras partes, 
en que exista o surja un movimiento capaz de aglutinar las fuerzas que 
propugnan el cambio, para que este apunte no sólo a la personalidad de los 
dirigentes, sino al conjunto de factores que conforman el esquema de la 
dependencia. No hay nada seguro en este sentido todavía. Aunque suele 
ocurrir que las circunstancias, si el vapor insurreccional sigue vigente, 
provean el compresor político que lo atrape y lo conduzca al impacto 
regenerador, necesario para que el estatus quo no se reconstituya. Esto 
tiene mucho de conjuro mágico para invocar la buena suerte, pero no sería la 
primera vez que algo parecido ocurre en la historia. ¿Qué proceso más 
caótico que la Revolución Francesa, por ejemplo, en sus primeras fases al 
menos? Y sin embargo, cuando 26 años más tarde se reconformó el Antiguo 
Régimen, tras la Convención, el Terror, el Directorio, el Imperio y las 
guerras napoleónicas, se descubrió que de aquel quedaba apenas la cáscara, 
que desprendería en forma casi natural pocos años más tarde. 





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