[R-P] Jua Jua Jua, diría Patoruzú el tehuelche estanciero

Néstor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Mie Feb 16 08:26:55 MST 2011


Copio textualmente una editorial de "La Nación" de hoy. El título en
sí mismo merece amplia difusión:

"El gobierno sigue empecinado en privilegiar la política doméstica
sobre la exterior".

Ajá.

¿Qué gobierno serio, en cualquier parte del mundo, hace lo contrario?

El resto, sigue abajo:

Extravíos diplomáticos
A la luz del grave incidente con EE.UU., el Gobierno sigue empecinado
en privilegiar la política doméstica sobre la exterior
Miércoles 16 de febrero de 2011 | Publicado en edición impresa

El Gobierno parece haber decidido que las tensiones que perturban la
relación del país con los Estados Unidos se agraven hasta desencadenar
un conflicto. Esta orientación comenzó a percibirse cuando el
presidente norteamericano, Barack Obama, no incluyó a la Argentina en
su próxima gira por América latina. En ese momento, el canciller
Héctor Timerman lanzó una disparatada acusación, al señalar que en una
escuela policial estadounidense con asiento en El Salvador, la
Internacional Enforcement Law Academy" (ILEA), que para él es heredera
de la Escuela de las Américas, se entrena en técnicas de tortura y
desestabilización política a agentes de la Policía Metropolitana, que
conduce el gobierno porteño.

Timerman confundió livianamente la institución de la que hablaba con
otra academia, la Western Hemisphere Institute for Security
Cooperation. Olvidó, además, que el Ministerio de Seguridad, que
conduce la ministra Nilda Garré y depende de la presidenta Cristina
Kirchner, envía a la ILEA a efectivos de la Policía Federal y de la
Gendarmería Nacional.

Ahora el Gobierno ha ido aún más lejos. El jueves pasado decidió
incautarse parte del cargamento de un avión de la Fuerza Aérea de los
Estados Unidos, destinado al entrenamiento de grupos especiales de la
Policía Federal. La excusa fue que ese material no había sido
declarado con anterioridad por las autoridades de ese país. Entre el
bagaje había una valija que los tripulantes de la nave se negaron a
abrir por contener "material sensible".

Timerman se presentó en el aeropuerto de Ezeiza y ordenó, ignorando la
resistencia de los diplomáticos estadounidenses allí presentes, que
fuera abierta con un alicate. Después, la Cancillería filtró en uno de
los diarios paraoficiales cuál era el contenido del equipaje.

La conducta de Timerman fue grave, por torpe y dañina. Desde el punto
de vista técnico, su ministerio deberá presumiblemente aclarar que no
ha violado la Convención de Viena sobre relaciones diplomáticas que
concede garantías amplísimas a los documentos y "objetos de uso
oficial".

Pero lo que ha causado "perplejidad" y "perturbación" -palabras
utilizadas por el vocero del Departamento de Estado de los Estados
Unidos- ha sido la decisión política de tratar como enemigo a un país
con el que, se suponía, había una relación amistosa de cooperación. La
Cancillería justificó su extremado celo en la inspección en la
necesidad de prevenir atentados terroristas, dando a suponer que el
personal militar estadounidense podría cometer un atentado o estar
involucrado en ese tipo de conducta, lo que parece simplemente
increíble.

El pretexto de que parte de esos materiales e instrumentos no habían
sido inventariados pone de manifiesto que Timerman ignora algunas
reglas básicas de la cooperación en materia de seguridad entre países
amigos. Una de ellas es ciertamente la de la buena fe. Parece bastante
comprensible que el "material sensible" destinado a la capacitación no
figure en documentación a la que acceden, por ejemplo, los
funcionarios de la Aduana, ya que está clasificado como de máximo
secreto.

Es, por ejemplo, el caso de la valija cuya apertura ordenó el
canciller. Al parecer, allí se guardaban las drogas con las que se
elaboran las sustancias paralizantes y los antídotos utilizados para
desbaratar de manera incruenta las tomas de rehenes. Timerman no se
conformó con hacer romper su precinto, sino que además no tomó
recaudos para evitar que se publicara su contenido. No sería
sorpresivo que haya sido él mismo, presa de su conocida incontinencia
comunicativa, quien divulgó los datos.

El servicio que el canciller prestó de esa manera a la inseguridad
internacional es realmente lamentable. Ahora, cualquier organización
que capture rehenes, entre ellas las integradas por terroristas,
conocería qué debe hacer para resguardarse de la acción de las fuerzas
de seguridad.

Desde el punto de vista político, la conducta del Gobierno no podría
ser más asombrosa. En principio, llama la atención que una valija
oficial transportada en un avión militar por agentes de los Estados
Unidos haya provocado en los funcionarios kirchneristas la curiosidad
que no despertó otra valija, cargada con 800.000 dólares, e ingresada
por un sinuoso empresario venezolano en una aeronave privada,
contratada por una empresa del Estado. Desde la cúspide del poder se
hizo entonces lo imposible por evitar que la opinión pública se
enterara del contenido del equipaje de Guido Antonini Wilson. Hasta
hoy, el oficialismo no puede explicar cuál es su relación con aquel
dinero. Tampoco consigue justificar cómo a su pasión indagatoria se le
escapó el contenido de otros vuelos: por ejemplo, las cargas de
cocaína llevadas a España por Southern Winds o por los hermanos Juliá.

También resulta muy curioso el cambio copernicano de Cristina Kirchner
en su relación con los Estados Unidos. En agosto del año pasado,
procuraba una foto con Obama y envió a Timerman a reunirse con la
secretaria de Estado, Hillary Clinton, para confirmarle el compromiso
de la Argentina en la lucha global contra el terrorismo. Daba la
impresión de que, entonces, el oficialismo consideraba a los Estados
Unidos un aliado muy confiable en esa lucha. Seis meses después, si se
tiene en cuenta cómo revisa sus aviones militares y se incautan sus
cargamentos, pareciera que los considera, en cambio, un Estado
terrorista.

Sobre las razones de esta nueva actitud se pueden elaborar muchas
hipótesis. Tal vez la señora de Kirchner se haya enojado por las
últimas filtraciones de WikiLeaks, que consignan la inquietud
norteamericana ante los innumerables indicios de una enorme corrupción
que hoy emite su gobierno y ayer emitía el de su esposo. Quizá se haya
ofendido porque el denominado narcojet de los Juliá fue descubierto
por un operativo internacional de seguridad, del que los países
participantes decidieron excluir a su administración por falta de
confianza y ausencia de mínima credibilidad. O a lo mejor la
Presidenta no se repuso de la desilusión personal que le provocó que
Obama no la visite. Es posible que ella y su entorno hayan fantaseado
con sacar réditos electorales de la presunta amistad con el joven
líder demócrata y que, ahora que no viene, se ilusionen con sacar los
mismos réditos hostigándolo.

Estas especulaciones son insignificantes comparadas con el daño a la
imagen exterior del país que está provocando el Gobierno con el manejo
del incidente en torno a la carga del avión militar estadounidense. Es
posible que Cristina Kirchner y su canciller crean que están
mortificando o perjudicando a los Estados Unidos. Pero, en realidad,
lastiman a la Argentina. Porque este conflicto no es sólo un episodio
de la política exterior. Implica también una decisión en materia de
seguridad.

Los cursos de perfeccionamiento de los que se beneficiarían los
oficiales de la Policía Federal han sido suspendidos. Esos agentes ya
no tendrán acceso a los sofisticados métodos e instrumentales que el
gobierno norteamericano había decidido poner a su disposición. Y la
sociedad, que se hubiera beneficiado de contar con policías mejor
entrenados y más capacitados, deberá renunciar a ese beneficio como
consecuencia de las temerarias e irresponsables actitudes del
Gobierno.

Sólo una cabeza infantil puede suponer que Obama y su administración
son las víctimas de este entredicho disparatado. No es así, los
perjudicados son, en primera instancia, quienes dependen de las
prestaciones de la Policía Federal para asegurar su vida y sus bienes.
Es la razón por la cual se vuelve inexplicable la indolencia de la
ministra Garré frente a las negligentes intrusiones de Timerman en su
propia área de competencia. Aunque, en rigor, esa pasividad revela que
el canciller obedece instrucciones presidenciales.

Los argentinos pueden esperar otros males de estos extravíos
diplomáticos. Cristina Kirchner decidió cometerlos cuando su ministro
de Economía negocia el pago de la deuda con el Club de París y cuando
buena parte de la asistencia social depende del financiamiento de los
organismos multilaterales en los cuales gravitan sustancialmente los
Estados Unidos.

Paradójicamente se aventuró en este absurdo conflicto cuando sobre la
Argentina sigue pesando la amenaza de ser desplazada del G-20. Son
estos costos y riesgos los que obligan a formular un par de
interrogantes: ¿cuál es la relación entre la conducción de la política
exterior del Gobierno y el interés nacional?, y ¿cuál es la que existe
entre la política exterior y los intereses partidarios domésticos?

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Néstor Gorojovsky
El texto principal de este correo puede no ser de mi autoría




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