[R-P] [Roberto A. Ferrero] Los gramscianos argentinos: "Pasado y Presente"

Juan María Escobar escobar45 en infovia.com.ar
Lun Feb 14 19:56:34 MST 2011


Publicado en
Patria Grande, Revista mensual de la izquierda nacional
http://www.patriagrande.org.bo/impresion.php?valorart=1279

 LOS GRAMSCIANOS ARGENTINOS "PASADO Y PRESENTE": LO SCOPO MANCATO
(Objetivo Frustrado)
Por: Roberto A. Ferrero


      En los primeros años Sesenta, gran cantidad de dirigentes y pensadores 
jóvenes del socialismo, de la izquierda frondizista y del Partido Comunista 
rompían con sus organizaciones, hastiados del rutinarismo, el sectarismo o 
el oportunismo de sus respectivos partidos. Buscaban reinterpretar la 
realidad histórica mediante la recategorización y nacionalización del 
marxismo alienado y mecanicista que se les había inculcado.
    De manera que, cuando en 1963/64, alrededor de la figura de José 
 "Pancho" Aricó y su revista "Pasado y Presente" en Córdoba y de Juan Carlos 
Portantiero y la revista "Táctica" en Buenos Aires (más bien maoísta en un 
principio), una importante fracción de las huestes juveniles del comunismo 
se apartó del paradigma esterilizante del codovillismo, reivindicando las 
ideas de Antonio Gramsci, se desarrolló en la izquierda del campo nacional 
la razonable expectativa de que esa juventud iconoclasta se orientara a 
posiciones de una nueva visión del marxismo y el leninismo. Sobre todo 
cuando el propio Aricó declaraba en el Editorial del primer número de la 
revista cordobesa que era necesario indagar las trabas que habían impedido 
que el marxismo arraigara en la clase obrera argentina, "partiendo del 
criterio de que esas trabas no provenían exclusivamente de la clase o del 
país, sino también del propio instrumento cognoscitivo, o mejor dicho, de la 
concepción que de él se tenía y de cómo se entendía la tarea de utilizarlo 
como esquema apto para la plena comprensión de la realidad nacional" (1). 
Meses más tarde, en el n° l de "Táctica", Portantiero planteaba 
pertinentemente que "el rasgo fundamental de la autocrítica 
marxista-leninista obliga a colocar el eje del examen en la contradicción 
entre postulación y realidad en la estimación de las propias fallas 
 internas"(2). Más adelante agregaba que el destacamento de vanguardia del 
proletariado "debía realizar un análisis correcto, histórico, de la 
estructura económicosocial de un país, de las correlaciones entre las clases 
y de las contradicciones fundamentales y derivadas que emergen de la 
sociedad nacional" (3). Renegaba del voto comunista a la Unión Democrática 
en 1946 y mostraba una gran comprensión -lejos de los torpes insultos 
"antifascistas" típicos del codovillismo gorila- del rol del Ejército en 
1945 y del significado del 17 de Octubre. En diciembre de 1965, en su 
artículo "Socialismo y Nación", en la Revista "Nueva Política", insistía 
sobre el objetivo del grupo: "De lo que se trata [.] es de ser capaces de 
asumir, de raíz, la crítica de la sociedad argentina en su pasado (lejano o 
inmediato) y en su presente, pero asumirla desde el interior de la historia 
del pueblo-nación"(4). Quedaba así cuestionado el paradigma interpretativo 
del stalinismo tradicional y del marxismo que el mismo utilizaba, que Aricó 
y sus amigos deseaban superar apelando al pensamiento y las categorías 
desarrolladas por Antonio Gramsci, conceptos éstos que bien manejados eran 
curiosamente aptos para dar mejor cuenta de la realidad de la sociedad 
argentina. Categorías tales como "Hegemonía", "Voluntad Nacional-popular", 
"Cesarismo" (o bonapartismo), "Bloque Histórico", "Revolución Pasiva" (o 
desde arriba), "Rivoluzione mancata" aparecían, como dijimos antes, como 
posibilidades fructíferas para una nueva visión ideológica y política.
     No eran en esto originales, los nuevos gramscianos, ya que en 1951 
Héctor P. Agosti, el mayor intelectual del Partido Comunista, en su libro 
"Echeverría", había tratado de dar una interpretación de un tramo de la 
historia argentina y especialmente de la Revolución de Mayo aplicando la 
categoría gramsciana de la "rivoluzione mancata", vale decir: una revolución 
fallida, un proceso que no pudo ser completado por la incapacidad de la 
burguesía jacobina para movilizar a las masas de campesinos. El intento de 
Agosti fracasó, porque en nuestro país no existían "masas campesinas" más 
que en la imaginación febril del doctrinario, ya que lo que había eran 
gauchos e indios, una civilización ecuestre y no de cultivadores siervos de 
la gleba, y porque además Rivadavia (visto por Agosti como promotor de la 
"reforma agraria") no era ni de lejos un jacobino: era, sencillamente, un 
político conservador e ilustrado, al estilo borbónico y nada más. Así que lo 
que resultó "mancato" fue el ensayo de Agosti, pero al menos debe 
reconocérsele que hizo la tentativa.
     En cambio los jóvenes gramscianos de los Sesenta, después de un 
promisorio arranque, ni siquiera intentaron aplicar las nuevas categorías 
que estudiaban para entender la historia y la sociedad argentina superando 
el esfuerzo del maestro. Cuando insurgieron en el panorama intelectual de la 
izquierda, la revista "Izquierda Nacional", por la pluma de Ricardo Videla, 
saludó como muy promisoria su aparición, citando conceptos de Aricó y de 
Portantiero, y Alfredo Terzaga sostuvo varias charlas con el joven Aricó 
tratando de orientarlo por el buen camino. No lo consiguió. Los gramscianos 
argentinos se internaron cada vez más en la pura especulación filosófica y 
estética, por lo que Terzaga decía gráficamente que los disidentes habían 
pasado directamente "de los sótanos de la Lubianka a los perfumes de Coty". 
Se convirtieron en grandes estudiosos y conocedores del marxismo y 
especialmente de su versión ítalo-gramsciana. Portantiero publicó su gran 
libro "Los usos de Gramsci", Oscar del Barco el no menos notable "El otro 
Marx" y Aricó su mejor trabajo: "Marx y América Latina", terminando por ser 
editor de clásicos olvidados del marxismo europeo y comentador erudito y 
gran conocedor de la obra de Marx y de Gramsci, un gran marxólogo. Pero al 
parecer, por estudiar tanto el "instrumento cognoscitivo", no tuvieron 
tiempo de aplicarlo a la realidad nacional y latinoamericana. El libro más 
importante de Aricó -"Marx y América Latina"- no es una descripción ni una 
interpretación de la estructura social-económica y cultural de 
Hispanoamérica desde el punto de vista del marxismo, como podría creerse, 
sino una indagación de la relación entre el fundador del socialismo 
científico y nuestro continente, una búsqueda encarnizada de la razón por la 
que Marx ignoró y/o menospreció estos suburbios de Occidente. Lo mismo cabe 
decir de sus ensayos más importantes ("La cola del diablo", "La hipótesis de 
Justo" y su "Mariátegui y los orígenes del marxismo latinoamericano"), 
aunque contuvieran agudos pantallazos. En cuanto al concepto más específico 
y particular que esbozó acerca de una Córdoba como "ciudad de frontera", no 
se trataba de un hallazgo propio sino una reelaboración de ideas que ya 
estaban en José Ingenieros, en Alfredo Orgaz (la "bifacialidad" de Córdoba), 
en Santiago Monserrat y su interpretación de Modernidad y Tradición en esta 
ciudad, y en el Alfredo Terzaga de "clericales y liberales" de sus artículos 
de los años Sesenta. Lo que Horacio Crespo dice de Aníbal Ponce (que, siendo 
"conocedor del marxismo y experto anotador de los clásicos, no se vislumbra 
en él, sin embargo, la disposición de utilizar el marxismo como clave 
interpretativa original de la realidad") (5) es totalmente aplicable a José 
Aricó y a Portantiero. No surgió de ellos un nuevo examen crítico de la 
Argentina y de Latinoamérica, de sus peculiaridades y de sus problemas, como 
el que realizaron -mal o bien- Juan B. Justo, Jorge Abelardo Ramos, Nahuel 
Moreno y Milcíades Peña,  Rogelio Frigerio,  Silvio Frondizi e incluso el 
PCA, o Mariátegui y Haya de la Torre en el Perú. Y eso que contaban con un 
ejemplo muy cercano a sus inquietudes teóricas: "Las Tesis de Lyon" de 
Gramsci, de 1926, que -dice Campione- "forman parte de una re-lectura acerca 
de la estructura social y la configuración política de Italia" (6).
     Nunca realizaron los gramscianos argentinos esa "re-lectura", ese 
"análisis correcto, histórico, de la estructura económicosocial del país" 
que reclamaba para sí mismo Portantiero. Y su ausencia, su falta de una 
visión integral del país, de sus clases, su dinámica y sus perspectivas 
redundó en una línea política errática, inconsistente. Primero trataron los 
"pasadopresentistas" de constituirse como un grupo político-cultural 
informal, centrado en la revista, que reconocía la "centralidad del 
proletariado". Luego, en 1964, depositaron sus esperanzas en la guerrilla de 
Jorge Ricardo Masetti (el EGP), que decidió operar en el norte argentino 
rural en un país eminentemente urbano, cuyas concentraciones de proletariado 
industrial se encontraban a dos mil kilómetros de su zona de acción, y que 
les exigió ex post facto la formulación de un agregado a la tesis central 
del grupo: "En nuestro país, el proletariado urbano y rural podrá triunfar 
si sabe acompañar su actividad con la acción de las masas explotadas del 
noroeste del país, que constituyen el eslabón más débil de la cadena de la 
dominación burguesa" (7). Fracasado, como era previsible, este "foco" 
guerrillero descolgado de toda realidad social decisiva, Aricó y los suyos 
volvieron a acordarse de Gramsci, de Córdoba como la "Turín argentina" y de 
"la centralidad de la cuestión obrera", como dice Burgos (8) al analizar un 
ensayo de Aricó del n° 9 de la revista (septiembre de 1965), lo cual no 
obstará a que su mayor influencia se ejerciera durante el gobierno de Arturo 
Illia (1963-1966) sobre la pequeñoburguesía universitaria. Caído el gobierno 
radical, al aparecer "Montoneros", nuevamente los gramscianos experimentan 
el llamado de las armas y se aproximan con grandes simpatías al grupo de 
Firmenich. En 1976, con el golpe de estado de Videla, la plana mayor de los 
gramscianos argentinos emprende el camino del exilio a Méjico.
   En el país azteca, contrariamente a Aníbal Ponce -que había empezado a 
cuestionar allí, poco antes de su trágica muerte, sus propias concepciones 
liberal-marxistas para aproximarse a una visión más latinoamericana de las 
cosas- el grupo Aricó-Portantiero sufrió un proceso inverso: un paulatino 
alejamiento de la  circunstancia continental en que se insertaban. Así, para 
explicar la carencia de un análisis científico de Latinoamérica y sus 
hombres por parte de los fundadores del marxismo, José Aricó construyó un 
edificio teórico fundado en unas pocas evidencias y en mucho razonamiento 
deductivo, que se asemeja bastante a una explicación psicoanalítica por su 
penetración arbitraria en la mente de Marx, al que le adjudica "mecanismos 
de negación" indemostrables. Su endeblez es tal que hasta marxistas que se 
encuentran en su misma línea de pensamiento crítico, como el peruano Carlos 
Franco (9) o el venezolano Alberto Filippi (10), le han formulado serias 
objeciones. Comprimida a su esencia, la tesis de Aricó sostiene que la 
"ceguera" de Marx para entender a América Latina en su especificidad se 
debía a su animadversión por el régimen que contemporáneamente había 
establecido Napoleón III (Luis Bonaparte) en Francia, con el que Marx creía 
que se habían identificado los nuevos países latinoamericanos, cuyo 
funcionamiento estatal se asemejaría así más al esquema de Hegel que al del 
autor de "El Capital": actuar como centro "productor" de la sociedad 
nacional, fundar "desde arriba" las nuevas nacionalidades. Si semejante 
tesis explicativa fuera verdadera, la primera víctima de la "carencia" 
visual de Marx habría sido, naturalmente, el propio Napoleón III y su 
enemigo no podría haber escrito su formidable libro "El Dieciocho Brumario 
de Luis Bonaparte". No hay motivos para descreer que así como analizó tan en 
detalle el gobierno del sobrino de Napoleón I, pese a la aversión que sentía 
por él, podría haber estudiado y explicado también los regímenes 
"bonapartistas" - que así los "veía" Marx, según Aricó- de América Latina.
    En realidad, ese desinterés por los fenómenos de Latinoamérica (sólo 
quebrantado cuando ciertos procesos se relacionaban de modo decisivo con la 
economía o la política de los países centrales) y el desprecio por sus 
pueblos y sus dirigentes que sentían Marx y Engels, se sustentaba en una 
doble raíz: primera, la influencia de la opinión pública inglesa y europea 
en general, que Aricó descarta despectivamente, como si Marx y Engels fueran 
"inoxidables", impermeables a la atmósfera cultural en que estaban inmersos 
desde hacía muchísimos años; y segunda: la herencia de la concepción 
hegeliana de los "pueblos sin historia", asimilada por ellos sin crítica 
alguna.
     Es conocida la enorme influencia de Hegel en la constitución de la 
Weltanschauung marxista. Sus creadores no sólo recibieron del profesor de 
Jena su concepción de la dialéctica (a la que Marx puso "de pie", pues 
estaba "de cabeza" en su versión metafísica), sino otras ideas, entre ellas 
la de las "Naciones sin historia", que vendrían a ser aquellas que no tenían 
conciencia de su pasado y que carecían de la vitalidad nacional necesaria 
para culminar su desarrollo en la constitución de un Estado propio. De 
hecho, sin teorizarlo, Engels marcaba dos grupos de pueblos de este tipo de 
naciones "no vitales". En el primero incluía a las nacionalidades 
"reaccionarias": checos, rumanos, croatas y en general eslavos del sur y de 
los Balcanes, a quienes apostrofaba por haberse puesto del lado de la 
reacción europea en las revoluciones democráticas de 1848 (y de esta manera 
y muy arbitrariamente, elevaba un comportamiento político que era sólo 
coyuntural a la calidad de una característica ontológica: su imposibilidad 
de un destino histórico). Y se extendía además a otras pequeñas 
nacionalidades: búlgaros, eslovenos, rutenos: "estos pigmeos étnicos" como 
los llamaba en una carta a Kautsky, esos "desechos de pueblos", "pintorescas 
nacioncitas", "pueblos de bandoleros" como los balcánicos. En el segundo 
grupo, sin declararlo expresamente, se encuadraban las nacientes 
subnacionalidades latinoamericanas, a las que Marx y Engels menospreciaban 
sin haber realizado un juicio crítico de su evolución social y de sus 
posibilidades históricas de desarrollo. Vale decir: las menospreciaban desde 
el prejuicio. Es en este punto donde la raíz hegeliana del menosprecio 
marxista se conecta con la otra raíz, la del clima de época, que también 
debía mucho a Hegel.
     En efecto: Hegel no era el creador de las ideas minusvalorantes sobre 
el Nuevo Continente, pero les había dado jerarquía filosófica al aceptarlas 
en su sistema como de buena moneda. En realidad, todas las nociones absurdas 
sobre la inferioridad de la naturaleza, la fauna, la flora y las poblaciones 
americanas habían sido echadas a rodar desde un principio por eminencias 
como Cristóbal Colón, Américo Vespucio, Gonzalo Fernández de Oviedo en su 
"Historia General de las Indias", el científico Leclerc de Buffón, el abate 
Cornelius de Pauw, su colega Reynal, el historicista alemán Juan Gottfried 
Herder y otros. Hegel hizo el resumen final cuando escribió: "América 
siempre se ha mostrado y se muestra aún impotente física y culturalmente" 
(11), como estampó en sus "Lecciones sobre la Filosofía de la Historia". 
Esta faceta del hegelianismo -y no la más artificiosa de la inversión de la 
dualidad "Estado-Sociedad Civil"- es la principal herramienta explicativa 
del indiferentismo marxiano respecto de Latinoamérica, aunque en Aricó ocupe 
un lugar subordinado frente a la otra. Jorge Abelardo Ramos fue el primero 
en ponerla de relieve: "Ramos -reconoce justicieramente su adversario Néstor 
Kohan- supo advertir más de una década antes que Pancho Aricó -quien ni 
siquiera menciona su nombre en su Marx y América Latina- el origen hegeliano 
del prejuicio de Marx hacia Bolívar y hacia nuestro subcontinente" (12). 
Efectivamente, el fundador del FIP había aseverado ya en 1968, en su 
"Historia de la Nación Latinoamericana", que "como en los tiempos de Hegel, 
los pensadores de Europa, Marx entre ellos, consideraban a la América Latina 
como un hecho geográfico que no se había transmutado todavía en actividad 
histórica" (13), y páginas más adelante, haciendo mención a la biografía del 
Libertador pergeñada apresuradamente por el autor de El Capital, añadía: 
"Estos infortunados juicios de Marx sobre Bolívar estaban sin duda influidos 
por la tradición antiespañola prevaleciente en Inglaterra, donde vivía Marx 
y por el común desprecio europeo hacia el Nuevo Mundo, cuyos orígenes se 
remontaban a los filósofos de la Ilustración y a las observaciones olímpicas 
de Hegel en su Filosofía de la Historia Universal" (14).
    Por lo demás, en Méjico el equipo de "Pasado y Presente" abandona 
definitivamente el pensamiento revolucionario de Gramsci y elabora la teoría 
de la "profundización de la Democracia" (que ya no es calificada de burguesa 
ni semicolonial), basada en "reglas de juego claras" (¡que deberían respetar 
las clases explotadoras!), en un ámbito no cuestionado de "Economía de 
mercado" (ya no es más el régimen capitalista burgués). Un Gramsci 
socialdemócrata y evolucionista justificará de hecho el nuevo 
posicionamiento con la teoría de la gran "revolución moral e intelectual ¡a 
cargo de Alfonsín!, a quien Portantiero le redacta muchos de sus discursos, 
olvidando que la candidatura del hombre de Chascomús había sido urdida en la 
embajada de Estados Unidos. Y será Portantiero, precisamente, quien explique 
sobre la Democracia, en un reportaje de noviembre de 1986, que "Mc Fershon 
dice que no importa saber qué cosa es la democracia participativa, sino cómo 
se puede llegar a ella. Es decir, no es un lugar, una tierra prometida, sino 
un camino" (15). Era la vieja teoría revisionista de Edouard Bernstein de 
que "el fin no es nada, el movimiento es todo", sólo que degradada, porque 
al fin y al cabo el teórico alemán se refería al socialismo, mientras que el 
argentino se conformaba con la democracia burguesa semicolonial. Tampoco 
quedaba nada de la centralidad del proletariado: "en ciertos procesos de 
cambio en America Latina -había dicho Aricó en el mismo medio que su 
correligionario, dos meses antes- es necesario utilizar otra categoría que 
no es la del proletariado para fundar la idea del sujeto histórico" (16). No 
era nada original: ya lo había esbozado Nahuel Moreno.
     No tuvieron mejor suerte los intentos pasadopresentistas de conseguir 
"una unidad raigal y profunda del intelectual con el pueblo" y especialmente 
con la clase obrera (17), vale decir: de constituir una capa de 
"intelectuales orgánicos" del pueblo-nación argentino, por decirlo en idioma 
gramsciano. Para ello, siendo la aplastante mayoría del proletariado de 
ideología peronista hubiera sido preciso para empezar una empatía emocional 
hacia el gran movimiento, además de una comprensión del mismo y una 
estrategia de acompañamiento y solidaridad con su resistencia -todo lo 
moderada que se quiera- a las estructuras redivivas de la vieja Argentina. 
En cambio, Aricó veía al movimiento nacional no como un momento del 
desarrollo de la conciencia obrera y popular, sino como "falsa conciencia" y 
como un "inconveniente" puesto a la unidad entre la "intelectualidad 
pequeñoburguesa radicalizada y las masas populares" (18), como bien explica 
el aricosista Luis García. Por lo demás, Aricó impugnaba en el movimiento 
nacional tal cual era "el tipo de manejo que hacía el peronismo de las 
organizaciones sindicales o el aplastamiento de las ideas distintas", y 
exigía de la "voluntad nacional-popular" que fuera "moderna y democrática"(19). 
En una palabra: Aricó solicitaba de la historia que el peronismo fuera 
alfonsinismo. Éste sí era "moderno" y "democrático" (en el sentido burgués 
de instituciones partidocráticas que confiscaban la voluntad popular en el 
juego formal de la democracia semicolonial), pero sería difícil creer que 
encarnara una Voluntad Nacional consistente e históricamente conformada, ya 
que fue sólo la expresión momentánea de las veleidosas clases medias 
argentinas. De allí que hubiera una línea de consecuencia política cuando el 
grupo de la revista cordobesa decidió apoyar a la organización Montoneros, 
ya que ésta era una tendencia sustancialmente antiperonista crecida en el 
seno del movimiento comandado por Perón alrededor del terrible malentendido 
de "Socialismo nacional", como se vio en el famoso "Retiro" de las huestes 
de la Tendencia en la Plaza de Mayo en 1974.
    La producción del grupo, ya sea que proviniera de sus propios 
integrantes o de la gran cantidad de autores editados en artículos de 
"Pasado y Presente" o en la colección de sus "Cuadernos", satisfizo en su 
momento una gran curiosidad intelectual de la pequeñoburguesía, nacida con 
la caída del peronismo, bajo cuyo régimen había quedado comprimida e 
insatisfecha. Pero si sirvió a esta finalidad, fue estéril en cambio en 
orden a contribuir a la comprensión de la realidad nacional, de la que quedó 
enajenada por la extraneidad -presentada como diálogo con la cultura 
burguesa, "apertura" y similares- de los temas abordados y los autores 
difundidos, en un ochenta por ciento europeos o norteamericanos. Si algún 
argentino se incluía, era porque éste escribía sobre una temática ajena a la 
modesta circunstancia de estas tierras y pocas veces sobre la "estrecha" 
política, salvo en la segunda etapa, la época "montonera" de la revista. 
Tanto fue así que Raúl Burgos, un autor bastante favorable a la corriente 
gramsciana, escribe sin ánimo irónico que, "fuera de la primera página y 
algunos anuncios, algunos de los números dificultarían la vida de un lector 
desprevenido para descubrir el país de origen de la publicación" (20).
    Claramente, el primigenio objetivo de "Pasado y Presente" no había sido 
conseguido.

                                               N O T A S

1) Raúl Burgos: "Los Gramscianos Argentinos", Buenos Aires 2004, pág.75
2)Juan Carlos Portantiero: "Revista Táctica" N° 1, Bs.As. Enero/febrero 
1964, pág.15
3)Idem, pág. 16
4)Juan Carlos Portantiero: "Revista Nueva Política" n° 1, Bs.As diciembre 
1965, pág.18
5)Horacio Crespo: "José Aricó", Córdoba 2001, pág. 50
6)Daniel Campione: "Para leer a Gramsci", Bs. As. 2007, pág.30
7)Raúl Burgos: op. cit., pág .89
8)Idem, pág.94
9)Carlos Franco: "Presentación" al libro de José Aricó "Marx y América 
Latina", Méjico 1982.
10)Alberto Filippi: "Instituciones e Ideologías en la Independencia 
Hispanoamericana", Bs. As. 1988
11)Arturo Chavolla: "La Imagen de América en el Marxismo", Bs. As. 2005, 
pág. 77
12)Néstor Kohan: "De Ingenieros al Che", Bs. As. 2000, pág. 234
13)Jorge Abelardo Ramos: "Historia de la Nación Latinoamericana", Bs. As. 
1968, pág.480
14)Idem, pág. 495
15)Juan Carlos Portantiero: en diario La Voz del Interior, Córdoba 
23-11-1983
16)José Aricó: en idem., 21-09-1987
17)Raúl Burgos: op. cit., pág.74
18)Luis García: "La Insurrección es un arte y no un teorema", en AA.VV: "El 
Pensamiento Latinoamericano en la Universidad", Córdoba 2005, pág. 208
19)Idem: pág.211
20)Raúl Burgos: op. cit., pág.114
                                                                 Córdoba, 7 
diciembre de 2010 





Más información sobre la lista de distribución Reconquista-Popular