[R-P] [Michael Hudson] La muerte de la Europa Social
Néstor Gorojovsky
nmgoro en gmail.com
Mar Feb 8 00:21:03 MST 2011
Gentileza de Ezequiel Beer
La muerte de la Europa social
Michael Hudson
Counterpunch, 25 de enero de 2011
www.sinpermiso.info , 06/02/11
/“Hay una alternativa, ni que decir tiene. Y es que los acreedores en
la cúspide de la pirámide económica carguen con pérdidas. Eso
restauraría los intensificados coeficientes Gini de desigualdad de
ingresos y riquezas a los niveles, harto más bajos, de hace una o dos
décadas. No hacerlo, significaría quedar atrapados en un nuevo tipo de
tributo de clase extractor internacional, muy parecido al que
impusieron los invasores vikingos de Europa hace mil años al
apoderarse de las tierras e imponer un tributo. Hoy, lo que hacen es
imponer cargas financieras a modo de neoservidumbre postmoderna que
amenaza con devolver a Europa a su estado premoderno.”/
Letonia y los “Tigres Bálticos”, ¿modelo para Irlanda, España y Portugal?
"¡Sed como Letonia!”, urgen los banqueros y la prensa financiera a los
gobiernos de Grecia, de Irlanda y ahora, también, de Portugal y
España. “¿Por qué no ser como Letonia y sacrificar vuestra economía
para pagar las deudas que contrajisteis durante la burbuja
financiera?” La respuesta es que no pueden hacerlo, sin sufrir un
colapso económico, demográfico y político que empeorará todavía más
las cosas.
Hace sólo un año se reconocía que varias décadas de neoliberalismo
habían destruido la economía estadounidense y la de muchos países
europeos. Años de desregulación, de especulación y de falta de
inversión en la economía real los han dejado con una desigualdad
creciente y con una magra demanda de consumo, salvo la financiada
incurriendo en deuda. Pero la prensa financiera y los decisores
políticos neoliberales contraatacaron sirviéndose de los “Tigres
Bálticos” como ariete paradigmático contra las políticas keynesianas
de gasto y contra el modelo de la Europa social soñado por Jacques
Delors.
Los analistas vieron en los resultados de las elecciones letonas del
pasado octubre una vindicación de la eficacia de la austeridad para
resolver la crisis económica. El mantra habitual –recitado nuevamente
hace poco por The Economist— es que el honrado y taciturno primer
ministro letón, Valdis Dombrovskis, ganó la reelección en octubre
pasado, a pesar de haber impuesto las políticas fiscales y de
austeridad más duras jamás adoptadas en tiempos de paz, porque un
electorado “maduro” se habría percatado de su perentoria necesidad y
desafió a la “sabiduría recibida” votando a un gobierno de austeridad.
El Wall Street Journal ha publicado no pocos artículos a favor de este
punto de vista. En el último de ellos, Charles Doxbury abogaba por una
estrategia letona de devaluación interna y austeridad como modelo a
seguir por las naciones europeas en crisis. La idea más comúnmente
argüida es que la caída libre de Letonia (la mayor entre todas las
naciones desde la crisis de 2008) ha tocado finalmente fondo y que la
recuperación, aun si muy frágil y harto modesta, está en camino.
Esa idea atrae a los banqueros que buscan evitar quiebras en la deuda
privada y pública, en la esperanza de que la austeridad pueda llevar a
la recuperación económica. Pero el modelo letón no es imitable.
Letonia carece de un movimiento obrero con voz, y apenas cuenta con
una modesta tradición de activismo que no se base en la etnicidad. Al
contrario de lo que suele figurar en la prensa, sus políticas de
austeridad distan mucho de ser populares. Las elecciones giraron en
torno de asuntos étnicos, no fueron un referéndum sobre la política
económica. Los étnicamente letones (la mayoría) votaron por partidos
étnicamente letones (la gran mayoría, neoliberales), mientras que la
considerable minoría rusófona (30 por ciento) votó con análoga
disciplina por su partido (vagamente keynesiano).
Veinte años después de la independencia, las consecuencias de la
emigración rusa a Letonia bajo la ocupación soviética siguen
configurando las pautas del sufragio. A menos que otras economías
puedan utilizar divisiones étnicas similares como cobertura de
distracción, los dirigentes políticos que se propongan políticas de
austeridad de tipo letón están condenados al naufragio electoral.
Aunque la crisis económica fue lo suficientemente profunda como para
sacar a la calle a una población despolitizada en el invierno de 2009,
el grueso de los letones no tardaron en hallar el camino de menor
resistencia en la pura y simple emigración. La austeridad neoliberal
ha generado pérdidas demográficas mayores que las deportaciones de
Stalin en los años 40 (esta vez, empero, sin pérdida de vidas). A
medida que los recortes en educación, asistencia sanitaria y otras
infraestructuras sociales básicas amenazan cada vez más con socavar el
desarrollo a largo plazo, los jóvenes prefieren la emigración al
sufrimiento en una economía sin puestos de trabajo. Más del 12% de la
población total (y un porcentaje mucho mayor de su fuerza de trabajo)
trabaja ahora en el extranjero.
Por lo demás, los niños (los pocos que hay, habida cuenta del desplome
de las tasas de matrimonio y nacimiento) han quedado atrás, en
situación de orfandad; lo que ha llevado a los demógrafos a
preguntarse por las posibilidades de supervivencia de este pequeño
país. De modo, pues, que, a menos que otras economías europeas
devastadas por la deuda y con poblaciones muy superiores a los 2,4
millones de habitantes de Letonia puedan encontrar mercados de trabajo
que acepten a sus trabajadores desocupados como consecuencia de la
austeridad financiera; a menos que eso ocurra, esta opción será
inviable.
El crecimiento de un 3,3% previsto para Letonia en 2011 se menciona
como prueba adicional del éxito de un modelo de austeridad que habría
estabilizado tanto su crisis de mala deuda como su crónico déficit
comercial financiado con préstamos hipotecarios en moneda extranjera.
Dado que el PIB cayó un 25% durante la crisis, con tamaña tasa de
crecimiento se tardaría una década entera sólo para recuperar las
dimensiones de la economía letona de 2007. ¿Cómo habría este “rebote
del gato muerto” [1] resultar suficientemente atractivo e inducir a
otros Estados de la UE a lanzarse por el despeñadero fiscal?
La economía comparada, de todo punto política
A despecho de sus desastrosos resultados económicos y sociales, lo
cierto es que el trauma neoliberal letón es idealizado por la prensa
financiera y los políticos neoliberales, a fin de imponer austeridad
en sus propias economías. Antes de la crisis global de 2008, los
“Tigres Bálticos” eran celebrados como la vanguardia de las economías
de libre mercado de la Nueva Europa. Los críticos de ese “milagro”
económico –fundado en préstamos en moneda extranjera para financiar la
especulación con propiedades y la adquisición de bienes públicos en
proceso de privatización— fueron ninguneados y despreciados como
obstinados negadores. Y ahora, sin perder comba, los comentaristas de
turno se avilantan a presentarnos la opción letona por la austeridad
como una política ejemplar para otras naciones.
La opción letona sirve a distintos señores. Permite a la prensa
financiera seguir disparatando con la autocorrección de los mercados y
con la idea de que la austeridad trae consigo prosperidad. El Banco
central letón (respecto de cuya estridencia neoliberal, dicho sea de
pasada, hasta el FMI ha expresado preocupación) desea una vuelta
torera de honor que le absuelva de la puesta por obra de unas
políticas que imponen sufrimiento masivo al pueblo letón. Y Washington
y los neoliberales de la Unión Europea desean que otros países hagan
suya la versión letona de la “Puerta Abierta” de China, cohonestada
con un sistema dickensiano de protección social. La apertura a la
penetración económica es el criterio de medida, y los bálticos la
exhiben grado superlativo; ergo, son “exitosos”, con independencia de
lo bien o mal que su economía subvenga a las necesidades de su pueblo.
Dada la proximidad entre Letonia y Bielorrusia, es iluminador comparar
el modo en que los neoliberales han evaluado sus economías. Letonia
sufrió el peor colapso económico europeo en 2008 y 2009, con un
continuado desempleo de dos dígitos. Su economía no experimentará
crecimiento hasta el presente año (2011), y es lo más probable que el
modesto crecimiento experimentado siga acompañado por una tasa de
desempleo de dos dígitos. Una fracción enorme de su población ha
evacuado el país, dejando atrás niños al cuidado de parientes, si no
valiéndose por sí solos. La vecina Bielorrusia, que cuenta con pocas
de las ventajas geográficas letonas (puertos y costas), tiene un PIB
no mucho más bajo que el de Letonia. Bielorrusia experimentó un auge
con tasas de crecimiento de doble dígito antes de la crisis, y mantuvo
a su economía en el pleno empleo durante la crisis, muy lejos del
colapso del 25% que desbarató a Letonia. Bielorrusia tiene también un
coeficiente de Gini (índice de desigualdad) aproximadamente a la par
con Suecia, mientras que Letonia se acerca más a los crecientes
niveles de desigualdad que ahora caracterizan a los EEUU.
Y sin embargo, Letonia es declarada un éxito, y Bielorrusia, un
fracaso. El World Factbook de la CIA recuerda a sus lectores que el
buen rendimiento económico bielorruso ocurrió “a pesar de los escollos
de una inflexible economía centralmente dirigida”. Tal es la
caracterización corriente de Bielorrusia. Pero lo que habría que
preguntarse es si lo que su éxito refleja no son precisamente las
virtudes de su planificación central. Letonia ha generado mayor
libertad política para sus disidentes, pero Bielorrusia tiene menos
desigualdad económica y menor deuda exterior.
Todas las economías que han existido en la historia han sido economías
mixtas. No estamos defendiendo a la prensa del Camarada Lukachenho, ni
menos su política represiva en Bielorrusia. Simplemente, no nos vamos
al extremo opuesto de aplaudir el modelo neoliberal letón. Se puede
criticar el sistema político bielorruso, sin tragarse la oligarquía
electoral en que consiste la vida política letona. Pero, ganen o
pierdan en materia de resultados económicos, el caso es que la prensa
y los académicos occidentales proclaman ganadores a Letonia a y los
hambreados Tigres Bálticos, mientas que Bielorrusia, sean los que
quiera sus rendimientos económicos, sean los que fueren su méritos, es
declarada perdedora. No se verá una sola mirada de comparación
objetiva entre las economías de los dos países; nadie se molesta en
examinar sobriamente dónde tienen éxito y dónde fracasan (también por
sectores) con la vista puesta en las lecciones de todo ello
derivables. Las comparaciones económicas son de todo punto políticas.
No estamos culpando a la nación letona por los crueles experimentos
políticos neoliberales a que está siendo sometida; lo que está en
cuestión es la comunidad global de decisores políticos, de
intelectuales y de parte de las propias elites letonas: su
persistencia en proseguir esa política fracasada y aun recomendarla a
otros países como vía al crecimiento económico (cuando de lo que se
trata es de un suicidio económico y demográfico). El pueblo letón
sufrió las consecuencias devastadores de las dos guerras mundiales y
de dos ocupaciones, lo que el neoliberalismo ha venido a coronar con
la desmantelación de su industria y el hundimiento cada vez más
profundo en la deuda –¡en moneda extrajera!— desde el logro de su
independencia en 1991. El neoliberalismo ha generado una pobreza tan
honda, que ha causado un éxodo de proporciones bíblicas al extranjero.
Llamar a eso un paso económico hacia delante y una victoria de la
razón económica no puede menos de recordarle a uno la caracterización
que de las victorias militares imperiales romanas puso Tácito en boca
del cabecilla celta Calgacus antes de la batalla de Monte Graupius:
“Desertizan, y lo llaman paz”.
A lo largo de los varios años que ambos llevamos visitando Letonia
hemos sido testigos de un pueblo industrioso y talentoso, rebosante de
gentes integérrimas aun inmersas en un medio corrupto. Lo que nos
proponemos aquí es explicar por qué el fracasado “modelo letón”, lejos
de entenderse como una política a imponer quieras que no a Irlanda,
Grecia y otros países europeos deudores, debería verse como un aviso
de lo que otros países han de evitar a toda costa. Los dos hemos
trabajado en la misma Letonia con el propósito de estimular allí un
cambio de política. Lo que, después de todo, anda ahora en juego es el
futuro de la democracia social europea y la continuación de la paz en
una región devastada por guerras durante un milenio antes de 1950.
La Unión Europea nunca desarrolló mecanismos sostenibles de
transferencia de capital desde sus economías más ricas hacia los
países más pobres, especialmente en la periferia
El problema es que las dificultades económicas europeas arraigan no
solamente en la prodigalidad, como comúnmente sostienen la prensa
económica y muchos políticos; la deuda es una consecuencia de faltas
estructurales financieras, económicas y fiscales en el diseño de la
Europa postsoviética. En substancia: la Unión Europea nunca desarrolló
mecanismos sostenibles de transferencia de capital desde sus economías
más ricas hacia los países más pobres, especialmente en la periferia.
El orden de Bretton Woods tras la II Guerra Mundial fue parte de un
sistema más hacedero de préstamos de reconstrucción y transferencias
de capital entre una Europa rota por la guerra y los EEUU. La ayuda
del Plan Marshall, acompañada de controles de capital e inversión
pública para estimular el desarrollo económico y la independencia
monetaria, permitió a las economías nacionales de la Europa occidental
comprar importaciones procedentes de los EEUU y, al mismo tiempo,
construir su propia capacidad exportadora y aumentar sus niveles de
vida. No es que el sistema careciera de tachas, pero el deseo de
evitar el anterior ciclo hemisecular de depresión económica y guerra
(así como las crecientes preocupaciones dimanantes de la Guerra Fría)
llevó a las economías de la Europa occidental a desarrollarse y sentar
las bases de una ulterior integración continental.
El período post-Guerra fría luego de 1991 refleja pautas similares de
subdesarrollo en la relación entre la Europa occidental rica y sus
socios más pobres del Este y el Sur europeo. En vivo contraste con lo
hecho tras la II Guerra Mundial, no se forjaron estructuras
institucionales que confirieran a estas últimas economías capacidad de
autosostenimiento. Al contrario: lo que consiguió el endeudamiento en
moneda extranjera –señaladamente, en préstamos hipotecarios para la
vivienda—, sin poner por obra los medios para su devolución, fue el
resultado exactamente opuesto.
Hoy, los Estados más ricos de la UE son economías manufactureras de
alto valor añadido. La ampliación de la UE hace veinte años quedó
marcada por unas exportaciones y unos créditos bancarios crecientes
desde esas naciones ricas hacia las que han llegado a ser las
economías en crisis de nuestros días; quedó marcada, por lo mismo, por
unos crecientes niveles de deuda en el contexto de ventas y
liquidaciones privatizadoras sin impuestos progresivos al ingreso y
con unos reducidos impuestos a la propiedad de bienes raíces (un
factor, este último, de la mayor importancia para entender las
burbujas inmobiliarias). Durante esta pasada década, los países
bálticos y de la Europa del este han financiado el grueso de su
déficit comercial con préstamos procedentes de bancos suecos,
austríacos y de otros países contra el colateral de bienes raíces e
infraestructuras, que se compraban y recompraban con una deuda
apalancada creciente. Eso no permitió sentar las bases y poner los
medios para la devolución de esas deudas, salvo con una burbuja
inmobiliaria continuamente hinchada que permitiera sostener los
empréstitos en moneda extranjera con un volumen bastante a cubrir los
crónicos déficits comerciales y las no menos crónicas fugas de
capitales.
Lo que han hecho ahora los Estados bálticos es equilibrar su balanza
por cuenta corriente, no produciendo más bienes y servicios, sino
empobreciendo a su población. Sus planificadores neoliberales han
destruido el consumo, no para crear capital para invertir, sino para
pagar deudas a banqueros extranjeros. Así es como se están ajustando a
la interrupción de los flujos de capital entrante procedentes de los
bancos extranjeros, ahora que el préstamo generado por la burbuja
inmobiliaria se ha secado. (Recuérdese, dicho sea de paso, que este
préstamo exterior generado por la burbuja inmobiliaria interior fue en
su momento calurosamente aplaudido por convertir a sus mercados
inmobiliarios en “Tigres Bálticos” cabalgables por unos bancos que se
enriquecieron con el proceso.) Los banqueros y la prensa financiera
pintan este programa de austeridad diseñado para poder pagar a los
bancos como un camino hacia adelante. Lo que dista por mucho de la
realidad. Porque la cruda realidad es que tal programa hunde a esos
países en una marea de títulos de deuda poseídos por unos acreedores
que nunca se preocuparon demasiado por la forma en que las economías
bálticas podrían pagar. Y pagar, sólo pueden hacerlo encogiendo la
economía, emigrando y exprimiendo aún más implacablemente a los
trabajadores.
La carga fiscal gravita mucho más pesadamente sobre el empleo que en
Europa occidental de hace sesenta años, en el período de su
reconstrucción. Los negocios con información interna privilegiada y el
fraude financiero se han extendido por doquiera. Para colmo, la deuda
denominada en euros para los miembros asociados se aseguraba ingresos
en sus propias monedas locales. Y lo peor de todo: los bancos
simplemente prestaban contra bienes raíces e infraestructuras ya
existentes, en vez de financiar el incremento de la producción y la
formación de capital tangible. A diferencia de las subvenciones de
gobierno a gobierno del Plan Marshall, la política del Banco Central
Europeo de centrarse en el préstamo bancario comercial lo único que
produjo es una burbuja inmobiliaria. El préstamo bancario hinchó sus
burbujas inmobiliarias y financió una transferencia de propiedad
inmobiliaria, pero no la formación de mucho capital tangible nuevo que
facilitara a las economías deudoras el pago de sus importaciones. Al
contrario: sus deudas crecieron sin que se incrementara su capacidad
de ingresos por el comercio exterior. Resultó, así pues, inevitable
que todo el castillo de naipes terminara por desplomarse.
Al instituir las relaciones económicas de la UE, la teoría del libre
mercado asumió que la inversión directa y el préstamo bancario
proporcionarían el capital necesario para ayudar a las regiones
económicas más pobres a acortar distancias. Ese supuesto se reveló
infundado. Los bancos prestaban contra bienes raíces y otros activos
ya existentes, hinchando sus precios a crédito. Lo que es ahora
preciso enjugar es el gasto de deuda y otras secuelas relacionadas de
esta filosofía económica de mente estrecha.
Todo eso sirvió a los grandes exportadores de la UE, pero no
desarrolló una estabilidad de alcance europeo fundada en un
crecimiento económico de mayor envergadura. Sin la amenaza acechante
de la guerra o la intimidación política de Rusia, las naciones más
ricas de Europa pusieron proa a una liberalización comercial y a unas
privatizaciones que aceleraron la desindustrialización en el antiguo
bloque soviético. A los miembros de la Europa meridional se les hizo
entrar en la eurozona, con su moneda fuerte y sus estrictas
limitaciones en el gasto público, lo que impidió que esos países
pudieran desarrollar sus manufacturas al modo como en su día habían
hecho la Europa occidental y los Estados Unidos.
Ese estado de cosas no podía durar mucho, porque el Este europeo fue
reconstruido de manera tal, que se hizo dependiente de la importación
y quedó financieramente subordinado al Oeste: más, pues, como una
región colonial que como socio de pleno derecho. Y como ocurre con las
regiones coloniales, el Oeste se convirtió en el destino de las fugas
de capitales, a medida que se vendía propiedad inmobiliaria a crédito
y los ganancias salían de las cleptocracias y las oligarquías
esteeuropeas y sudeuropeas. La moneda extranjera con que devolver los
préstamos bancarios que estaban hinchando los precios de los bienes
raíces se obtenía tomando todavía más a préstamo a fin de hinchar
todavía más los precios de la propiedad inmobiliaria: la definición
clásica de un esquema Ponzi. En este caso, los bancos europeos jugaron
el papel de nuevos entrantes en este esquema piramidal, organizando
las economíaas postsoviéticas como una vasta cadena de letras que
suministraban el dinero para mantener el flujo de la espiral alcista.
El problema fue que el crédito sólo se concedía para alimentar los
bienes raíces y para financiar la exportación de bienes de una Europa
occidental dependiente de la exportación (con su Política Agrícola
Común de excedentes de cosechas) a un Este desindustrializado y
agrícolamente no modernizado. La expansiva deuda piramidal tenía que
colapsar, porque no se pusieron los medios para devolverla.
Hubo una vaga esperanza de que los niveles de desarrollo económico
terminaran igualándose en toda la UE, como si el préstamo bancario y
las compras y tomas de control empresarial extranjeras pudieran llevar
a una mayor homogeneidad, y no a una mayor polarización financiera. El
problema fue que la Unión Europea veía a sus nuevos miembros como
mercados para los bancos y los exportadores existentes (lo que incluía
también el verlos como base de dumping y precios predatorios para sus
excedentes agrícolas), no como nuevos miembros precisados de ayuda
para hacerse económicamente autosostenibles, ni tampoco como países en
los que pudieran levantarse sistemas financieros nacionales viables
por sí propios.
La gran cuestión: o hundir a la propia economía para pagar la deuda a
unos bancos que fueron irresponsables o cargar a la banca con pérdidas
y salvar la prosperidad y una mínima igualdad social
Dadas las restricciones que el euro pone a sus países miembros, se
comprende que las naciones y los bancos acreedores de la UE quieran
resolver esta crisis con una “devaluación interna”: salarios más
bajos, menos gasto público y recortes en los niveles de vida, es
decir, medidas que posibiliten la devolución de la deuda. Es la vieja
doctrina del FMI que fracasó estrepitosamente en el Tercer Mundo.
Diríase que esta doctrina en pleno proceso de resurrección en Europa.
La política de la UE parece consistir en que los ingresos de los
asalariados y los ahorros de los jubilados rescaten a los bancos de su
herencia de malas hipotecas y otros préstamos que no pueden ser
devueltos (salvo yendo de cabeza a la miseria). ¿Entienden Grecia e
Irlanda, y ahora tal vez también Portugal y España, el modelo que se
les está exigiendo emular? ¿Qué dosis de “medicina letona” pueden
llegar a tragar estos países?
Si sus economías se encogen y se hunde el empleo, ¿a dónde emigrará su
fuerza de trabajo? Sin inversión pública, ¿cómo llegarán a ser
competitivos? La vía tradicional para las economías mixtas es el
suministro público de infraestructura a precios de coste o a precios
subsidiados. Pero si los gobiernos, como se dice, “se labran su camino
de salida de la deuda” vendiendo sus infraestructuras públicas a
compradores privados que las compran a crédito (¡con cargas de
intereses fiscalmente desgravables!) que lo que hacen es plagar la
economía de peajes extractores de renta, esas economías seguirán
quedando más y más rezagadas y serán aún más incapaces de honrar sus
deudas. Y el atraso en los pagos se resolverá en una curva de
crecimiento exponencial del interés compuesto.
Las naciones y los bancos acreedores de la UE están buscando resolver
la crisis por una vía que no les cueste mucho dinero. Lo mejor, dicen,
dada la imposibilidad en que se hallan las economías en crisis de
depreciar su moneda, es la “devaluación interna” la (austeridad
salarial), conforme al modelo letón. Los bancos y los tenedores de
bonos cobrarán a partir de los préstamos de rescate del FMI y de la
UE.
El problema es la austeridad impuesta con los existentes niveles de
deuda. Si los salarios (y por lo tanto, los precios) declinan, la
carga de la deuda (ya suficientemente elevada en términos históricos
comparativos) se hará más pesada. Es lo que sufrieron los EEUU a fines
del siglo XIX, cuando el nivel de precios fue inducido a la baja para
“restaurar” el oro a su precio anterior a la Guerra Civil (y anterior,
pues, al billete verde). El candidato presidencial William Jennings
Bryan se desgañitaba crucificando al trabajo en la cruz del oro en
1896. Es el mismo problema que había experimentado antes Inglaterra,
luego del Tratado de Gante que puso fin a las Guerras Napoleónicas en
1815. Aparte de la miseria y de las tragedias humanas que se
multiplicarán como consecuencia de ella, la austeridad fiscal y
salarial es económicamente autodestructiva. Creará una espiral bajista
de la demanda que llevará al conjunto de la UE a la recesión.
El problema básico es si es deseable para las economías sacrificar su
crecimiento e imponer la depresión –y niveles de vida más bajos— para
beneficio de los acreedores. Raramente en la historia ha sido ese el
caso, salvo en contextos de acrecida guerra de clases. Así pues, ¿qué
harán los letones, los griegos, los irlandeses, los españoles y otros
europeos cuando su trabajo sea crucificado por la “devaluación
interna” perdiendo poder adquisitivo para pagar a los acreedores
extranjeros?
Lo que se precisa es un botón de reinicialización de la filosofía
económica y fiscal de la UE. De cómo lidie Europa con esta crisis
dependerá si su historia sigue el curso pacífico de mutuo beneficio y
prosperidad económica tan preciado en los manuales de ciencia
económica o la espiral bajista de la austeridad que tan impopulares ha
hecho a los planificadores del FMI en las economías deudoras.
¿Es esa la senda en la que quiere embarcarse Europa? ¿Ese es el
destino que aguarda al proyecto de una Europa social de Jacques
Delors? ¿Es eso lo que esperaban los ciudadanos de Europa cuando
adoptaron el euro?
Hay una alternativa, ni que decir tiene. Y es que los acreedores en la
cúspide de la pirámide económica carguen con pérdidas. Eso restauraría
los intensificados coeficientes Gini de desigualdad de ingresos y
riquezas a los niveles, harto más bajos, de hace una o dos décadas. No
hacerlo, significaría quedar atrapados en un nuevo tipo de tributo de
clase extractor internacional, muy parecido al que impusieron los
invasores vikingos de Europa hace mil años al apoderarse de las
tierras e imponer un tributo. Hoy, lo que hacen es imponer cargas
financieras a modo de neoservidumbre postmoderna que amenaza con
devolver a Europa a su estado premoderno.
NOTA T.: [1] “Dead cat bounce”, o “rebote del gato muerto”, es una
expresión derivada del dicho inglés común: Even a dead cat will bounce
if it is dropped from high enough! (“Hasta un gato muerto rebota, si
se lo arroja desde la altura suficiente)”, y ha pasado a engrosar la
jerga metafórica del mundo financiero anglosajón actual: apunta a un
rebote más o menos sostenido de un valor o de un título, tras un
fuerte y duradero desplome; pero el valor en cuestión, como el gato,
sigue muerto, y yacer inerte en el suelo es su destino. Michael Hudson
trabajó como economista en Wall Street y actualmente es Distinguished
Professor en la University of Misoury, Kansas City, y presidente del
Institute for the Study of Long-Term Economic Trends (ISLET). Su
dedicación a los problemas de las economías postsoviéticas, y
especialmente la letona, le ha llevado a ser comisionado
recientemente, por parte de la coalición de izquierda letona Centro de
la Armonía, como economista jefe de la Reform Task Force Latvia, un
think tank encargado de elaborar una política económica alternativa
para ese país báltico. Es autor de varios libros, entre los que
destacan: Super Imperialism: The Economic Strategy of American Empire
(nueva ed., Pluto Press, 2003) y Trade, Development and Foreign Debt:
How Trade and Development Concentrate Economic Power in the Hands of
Dominant Nations (ISLET, 2009).
Traducción para www.sinpermiso.info: Mínima Estrella
--
Néstor Gorojovsky
El texto principal de este correo puede no ser de mi autoría
Más información sobre la lista de distribución Reconquista-Popular