[R-P] [José Luis Muñoz Azpiri (h)] Los paradigmas de la Generación del 80 y el Centenario
Néstor Gorojovsky
nmgoro en gmail.com
Jue Dic 29 06:03:43 MST 2011
[A nuestro modo de ver, que creemos que es el de la Izquierda Nacional
y en parte difiere del de nuestro gran amigo el "Pepe" Muñoz Azpiri,
existió un positivismo nacional y un positivismo antinacional, así
como un antipositivismo nacional y otro antinacional.
En ese marco, nos deslindamos, por considerarla extremada y bastante
unilateral, de la afirmación de que "En el marco de la balcanización
mencionada al comienzo, se modelan los Estados o mejor dicho los
fallidos estados Nacionales de la década del 80: Rafael Núñez en
Colombia, el general Roca en la Argentina, el coronel Latorre en el
Uruguay, Porfirio Díaz en México, Santa María en Chile, Alfaro en el
Ecuador, Guzmán Blanco en Venezuela y Ruy Barbosa en el Brasil
instauran el reinado de la prosperidad agraria o minera y la hegemonía
del positivismo."
Nos parece que esa ennumeración mezcla cipayos irreparables con
personalidades que al menos en un momento de sus vidas pusieron el
positivismo al servicio de una causa de contenido profundamente
nacional (esto lo tenemos en claro con el argentino Roca y el uruguayo
Latorre, pongamos por caso, verdaderos constructores de los
respectivos Estados contra la voluntad de los sectores más
proimperialistas).
Creemos que las cosas son bastante más matizadas. El positivismo no
escapó a la contradicción fundamental de los latinoamericanos y es en
ese contexto concreto que deberíamos estudiarlo. Hace muchísimo tiempo
leímos un texto del panameño Ricaurte Soler sobre el positivismo
argentino que, por desgracia, hemos perdido y tenemos algo olvidado,
pero que si no recordamos mal retoma algunos de estos asuntos.
(De paso: nuestras últimas noticias nos daban a Ricaurte como
desaparecido durante la invasión estadounidense a Panamá. Si alguien
tiene datos más actualizados, agradeceríamos que nos los hagan
llegar.)
Pongamos por ejemplo a la Reforma Universitaria. Se pueden notar
claras señales de positivismo en el "Manfiiesto Liminar" de la Reforma
Universitaria, redactado básicamente por Deodoro Roca. Es que en
Córdoba la Reforma se oponía al clericalismo antinacional de los
"doctores" mediterráneos.
Por igual motivo, es completamente comprensible el giro
antipositivista de Alejandro Korn, en La Plata, frente al positivismo
antinacional allí predominante, y que aquí denuncia el Pepe Muñoz
Azpiri.
Justamente esto es lo que demuestra, digámoslo ya que viene a cuento,
que ese movimiento, fomentado por el krausista Hipólito Yrigoyen y
capturado al poco andar por el campo antinacional, fue profundamente
nacional en sus orígenes.
La fidelidad a esos orígenes le costó el hundimiento en las sombras a
figura tan valiosa como Saúl Taborda (que no escapó, por supuesto, al
mote de "fascista", lindo subterfugio para negarse a discutir sus
fértiles ideas).
Pero esta ponencia del Pepe es valiosa en sí misma, y al margen de
divergencias menores, nos agrada poder difundirla aquí.]
“Los paradigmas de la Generación del 80 y el Centenario” *
Por José Luis Muñoz Azpiri (h) **
Contrariamente a la América morena que se extiende desde el sur del
Río Bravo hasta el Cabo de Hornos, desde 1870 el predominio de la
burguesía en Europa y Norteamérica era absoluto. La Gran Nación
latinoamericana, que en los albores de la emancipación pretendía
proyectarse como un sueño colectivo, constituía a mediados del siglo
XIX una anfictionía de pequeños estados que rivalizaban entre si y que
apenas superaban la categoría de feudos familiares. En Europa y los
Estados Unidos, la clase social surgida de los escombros del antiguo
Régimen, impondrá sus criterios en todos los aspectos de la vida por
más de tres generaciones. La razón de su éxito no se apoya únicamente
en la prosperidad de los negocios, sino también en la conciencia de
ser una clase social benéfica, defensora de la libertad individual
dentro de un orden: positivo en Europa y puritano en los Estados
Unidos. Esta burguesía, que se enriquece de un modo extraordinario y
defiende el capitalismo como único sistema económico que permite el
progreso dentro de la libertad individual, construirá una falsa teoría
antropológica para legitimar su dominación sobre el Tercer Mundo: el
evolucionismo spenceriano y un edificio teórico que formule una
“ciencia social” para justificar la defensa del capitalismo de libre
competencia: el positivismo.
Fue precisamente en Francia, con Augusto Comte (1798-1857) donde se
funda esta corriente filosófica y se da comienzo al desarrollo de la
sociología, pero fundamentada como una ciencia exacta, fuertemente
influenciada por el sistema de Newton, que intentaría formular las
leyes tendientes a conservar el orden social, gravemente cuestionado
por sucesos como la Comuna de París. El núcleo de esta filosofía lo
constituye la ley de los tres estados en el desarrollo de la
Humanidad: el teológico, el metafísico y el positivo. Comte procuró
desarrollar un sistema de ideas generales de caracteres definitivos,
que basó en esta ley de los tres estadios sucesivos, concebida a
través de la experiencia histórica y de observaciones realizadas en el
terreno de los procesos biológicos del hombre. Intentó asimismo
sistematizar el desarrollo social con el aporte de todos los
conocimientos científicos de la época, concibiendo de esta forma a la
sociología como una ciencia “dura”, colocándola en el estadio supremo
del saber y elaboró la doctrina del orden y el progreso.
Alejandro Korn, positivista en sus primeros años pero más tarde
crítico severo de esta corriente, fue quién mejor definió el credo que
intentó convertirse en una religión laica. Consideraba que esta
orientación filosófica había nacido y se había definido bajo el
imperio de la situación histórica dada en Europa desde mediados del
siglo XIX y que reemplazaba al clima de ideas propio del romanticismo.
Constituía una teoría del saber y una doctrina de la ciencia. Esta
corriente, más consagrada a los problemas científicos y sociales que a
la especulación metafísica pura, nutrió a la generación que gobernó al
país entre 1880 y 1900 así como también a las clases dominantes del
resto del subcontinente. En el marco de la balcanización mencionada al
comienzo, se modelan los Estados o mejor dicho los fallidos estados
Nacionales de la década del 80: Rafael Núñez en Colombia, el general
Roca en la Argentina, el coronel Latorre en el Uruguay, Porfirio Díaz
en México, Santa María en Chile, Alfaro en el Ecuador, Guzmán Blanco
en Venezuela y Ruy Barbosa en el Brasil instauran el reinado de la
prosperidad agraria o minera y la hegemonía del positivismo.
Pero también la otra orilla del Canal de la Mancha nutrió con maestros
al positivismo, tales como Herbert Spencer (1820-1903) y John Stuart
Mill (1806-1873), cuya preocupación, basada en la tradición
utilitarista del pensamiento británico, fue realizar la síntesis del
pensamiento evolucionista. Ambos aplicaron las teorías de Carlos
Darwin quién elaboró su famosa doctrina tras su conocido viaje por
nuestro país y otras zonas del mundo a bordo de la fragata “Beagle”.
Sería en la Argentina donde Darwin habría observado por primera vez el
proceso de selección artificial de las razas ovinas – paradójicamente
no lo había advertido en Inglaterra, uno de los países pioneros en el
tema, ya que en esa época no estaba interesado en tales problemas.
Según Sarmiento, “los inteligentes criadores de ovejas son unos
darwinistas consumados y sin rivales en el arte de variar las
especies. De ellos tomó Darwin sus primeras nociones, aquí mismo, en
nuestros campos, nociones que perfeccionó dándose a la cría de palomas
(…). (1)
Spencer se interesó particularmente por transportar a la sociología
las categorías biológicas del concepto darwiniano de la evolución, tal
como el de la “lucha por la supervivencia”, y no tardó en ser
entusiastamente adoptado por Sarmiento. Al respecto hay que destacar
que este clima de ideas favoreció la expansión imperialista europea en
Asia y África y estadounidense en el Pacífico y el Caribe. En el caso
de las repúblicas latinoamericanas donde los positivistas tuvieron
larga influencia, sirvió asimismo para justificar el desarrollo
desigual de las regiones del continente y el sistema político de
gobierno no precisamente burgués, sino de castas parasitarias
embebidas en veleidades aristocráticas.
El positivismo fue en la Argentina la expresión filosófica de un
modelo de vida concebido para usufructo de sus sectores dirigentes,
políticos e intelectuales; dado que hacia fines del siglo XIX las
bases estructurales de la formación económico-social de nuestro país
estaban prácticamente delineadas. Las mismas se asentaban en el atraso
y la dependencia nacional que, a su vez, conformaban los fundamentos
de un original “bloque histórico” comúnmente conocido como “factoría
agro-exportadora”.
En lo esencial, ese modelo de nación ideado por los integrantes de la
llamada “Generación del 80” sólidamente se asentaba en dos clases de
pilares. Por un lado, la importación de capitales, de mano de obra
barata y de productos industriales europeos mientras, por otra parte,
en el plano interno se reforzaba el régimen latifundista de
inspiración semi-feudal con el monopolio de grandes extensiones de
tierra y de la renta agraria, por parte de una clase social hegemónica
asociada estrechamente al imperialismo inglés: la oligarquía
terrateniente.
Ahora bien: la conformación de una Argentina terrateniente y
dependiente de las potencias imperialistas también suponía – y de
manera especialmente significativa – la necesidad de proponer al
conjunto de la sociedad nacional una ideología legitimizadora del
“nuevo orden” impuesto. Y a tal fin, la doctrina positivista venía
como anillo al dedo. Era “la” ideología “para” el momento; que servía
para justificar tanto el colonialismo interno con la llamada
consolidación de las fronteras interiores, como legitimar el orden
interno que comenzaba a ser cuestionado por las expresiones
ideológicas que también desembarcaban de Europa, pero con los
contingentes de los desahuciados del Viejo Mundo.
El positivismo, como “orden contrapuesto a la anarquía”; de aquí el
lema del gobierno de Roca: “Paz y administración” y el lema de la
bandera de la república del Brasil: “Orden y progreso”, y la idea de
un “progreso indefinido” habían servido, no solo para liquidar las
últimas resistencias populares, sino también para justificar de allí
en más, el dominio oligárquico como necesario y expresivo de toda la
sociedad. “En esa tarea de conformar la nación y consolidar la
modernidad del Estado, la filosofía positivista resultó una poderosa
herramienta ideológica. Sirvió para explicar las consecuencias del
proyecto, señalar los obstáculos, delimitar el campo de lo moderno y
disciplinar a los sectores renuentes – por atrasados o contestatarios
– a incorporarse al proceso. Acorde con el espíritu positivista, a la
ciencia se le acometió un contenido central…” (2).
Dentro de ese contexto ideológico, el “europeísmo” y el “racismo”
fueron elementos permanentes del pensamiento “oficial” y los
instrumentos más adecuados para justificar la dominación imperialista
como forma de integración de la Argentina al “progreso” (ahora, en
estos tiempos globalizados cambiamos el término “progreso” por
“mundo”, es decir, un nuevo artilugio semántico con que disimular el
sometimiento) y a la “prosperidad capitalista”, a través de su
integración al mercado mundial. La ideología cientificista y la utopía
del progreso indefinido estaban presentes en el conjunto de la vida
intelectual y política argentina; en los cuadros intelectuales del
régimen conservador y en los profesionales que integraban los equipos
con que los gobiernos finiseculares buscaban modernizar la acción del
estado en la sociedad civil. También en las vanguardias obreras
(socialismo, anarquismo) influenciadas por las tendencias
racionalistas de la izquierda europea y que comulgaban con un cierto
cientificismo crítico en su lectura de la realidad, pero con un
criterio transformador: “La izquierda en la Argentina –escribió David
Viñas – aparece como resultado mediato del impacto inmigratorio: con
la entrada masiva de obreros europeos, y el proceso correlativo de
concentración urbana, se darán las condiciones para la formación de
partidos que a través de sus voceros formulen la necesidad de
modificar la estructura social en su totalidad”.(3) Tanto más cuanto
que a esta semejanza infraestructural se une el que los inmigrantes
traían ya las ideas proletarias de Europa, siendo no pocas veces ellos
líderes obreros voluntaria o forzosamente exiliados.
Concretamente, existe una relación ineludible entre la dominación
cultural y el racismo, siempre – claro está – en perjuicio de los
sojuzgados. Así, enmascaradas por el prestigio de las ciencias
naturales; que a partir de las grandes clasificaciones y del
reordenamiento del saber efectuado en el siglo XVIII habían
perfeccionado sus métodos hasta alcanzar resultados notables, las
potencias imperiales construyen el sofisma de “la pesada carga del
hombre blanco” quién asume voluntariamente la “sagrada misión” de
elevar a los pueblos colonizados de la “infancia de la humanidad a la
cima del progreso social y tecnológico”. Cuando, en realidad, este
falso “progreso” se reproduce gracias a la superexplotación de las
masas oprimidas y al irracional saqueo de los recursos naturales, que
son las materias primas indispensables para asegurar la continuidad de
la expansión imperialista.
A partir del siglo XIX y de la mano con la generalización del
colonialismo europeo en todo el mundo, la cultura occidental
desarrolló una ideología abiertamente racista y ampliamente aceptada,
a la que Ernst Nolte llegó a definir como una «rama del pensamiento
europeo», y George Mosse como “el lado oscuro de la Ilustración“. A
mediados del siglo XX, L’Encyclopedia Universalis incluyó un artículo
denominado “Razas”, escrito por De Coppet que finaliza con la
siguiente conclusión:
“A fines del siglo XIX, la Europa ilustrada es consciente que el
género humano se divide en razas superiores e inferiores.”
El racismo europeo recurrió a la ciencia y en especial a la biología
para justificar la superioridad de los propios europeos, o de algunas
de sus etnias, germanos, anglosajones, celtas, etc. sobre el resto de
los seres humanos, así como la necesidad de que éstos fueran
gobernados por aquellos. Este modelo de racismo seudocientífico fue
luego repetido también en algunos países extraeuropeos como Estados
Unidos para imponer el dominio anglosajón, Japón para colonizar Corea,
China y otros pueblos del sudeste asiático, Australia para impedir la
inmigración asiática, y en América Latina con las políticas
implementadas para “reducir el factor negro“, a través del mestizaje y
otros mecanismos de “limpieza” étnica…
Más clara aún es la adopción del racismo como defensa de su clase por
la oligarquía más tradicional de la Argentina, es decir, la
terrateniente y dentro de ella a la que menos mano de obra necesitaba,
la ganadera. La inmigración, en afecto, servia para fortalecer a sus
competidores de clase y amenazaba con crear una nuava clase proletaria
que la derrocara.
Contra esta inmigración se adujeron, pues, múltiples argumentos y se
estrellaron las protestas de los grupos más tradicionalistas que
denunciaban “las hordas apátridas” o las “masas iletradas” que “ya no
saben servir”. Ya antes, incluso, los conservadores se replegaron en
clanes, ofreciendo un sistema endogámico rígido como defensa de sus
intereses económicos. Nadie lo dijo más claro que Cané: “Nuestro deber
sagrado, primero, arriba de todos, es defender nuestras mujeres contra
la invasión tosca del mundo heterogéneo, cosmopolita, híbrido, cómodo
y peligroso…. Salvemos nuestro predominio legítimo, no solo
desenvolviendo y nutriendo nuestro espíritu cuando es posible, sino
colocando a nuestras mujeres a una altura a que no lleguen las bajas
aspiraciones de la turba”. Santiago Calzadilla recuerda nostálgico
“aquellos lindos cuerpos de mujeres… productos de la raza española sin
mezcla de gringo, o gringa. Eran criollas pur sang, como se dice hoy”
y Julián Martel, indignado y decepcionado, anota: “da pena ver la
facilidad con que estos aventureros encuentran aceptación entre las
muchachas porteñas… Ellas posponen a cualquier hijo del país cuando se
les presenta uno de esos caballeros de la industria que al venir a
nuestra tierra se creen con los mismos derechos que los españoles de
tiempos de la conquista”. (4)
Para intentar clarificar este panorama, Oscar Bosetti, en un artículo
publicado en los albores del período democrático iniciado en 1983,
remarca que este “corpus” de ideas y conceptos que él denomina “el
concreto de pensamiento” se dio, efectivamente, en el plano de la
realidad objetiva (el concreto real): la oligarquía terrateniente y
sus más ilustres “intelectuales orgánicos” (abogados, dirigentes
políticos de la partidocracia demo-liberal, escritores y, en fin, el
grueso de los cuadros superiores de las Fuerzas Armadas) se sintieron
social y culturalmente identificados con las élites metropolitanas y
transfirieron, por ejemplo, el “racismo” de éstas a las poblaciones
indígenas, mestizas y criollas del Interior y, más tarde, a los
españoles, italianos y centroeuropeos que conformaban la mayor parte
de la ola inmigratoria producida entre 1870 y 1890. (5)
Y esto se inserta en uno de los puntos difíciles del nacimiento de la
Antropología Argentina, con hombres preocupados por la cultura
material de los pueblos originarios pero no tan preocupados por el
aniquilamiento de los portadores de esa cultura. Así, algunos epígonos
del “progreso” saludaron al alcoholismo y las enfermedades, como una
forma “incruenta” de despejar los territorios que serían ocupados por
los brazos laboriosos de una inmigración que, suponían, estaría
compuesta por los arquetipos idealizados del conde de Gobineau. Al
respecto, de una verdad insoslayable nos parecen las palabras de
Miguel Cané, pronunciadas el 29 de agosto de 1899 en ocasión de
debatirse la concesión fiscal a los salesianos de aquella misión,
expresando: “Yo no tengo, señor Presidente, gran confianza en el
porvenir de la raza fueguina. Creo que la dura ley que condena los
organismos inferiores ha de cumplirse allí, como se cumple y se está
cumpliendo en toda la superficie del globo…”
Aunque hay que reconocer que este período también produjo voces
disidentes, aunque no lo suficientemente reconocidas. Tal, la de un
gran argentino, un olvidado, Adán Quiroga (1863-1904) quién, desde una
actitud apegada a lo telúrico y empeñada en la revalorización de las
razas que poblaban nuestro territorio en el momento de la conquista,
advertía sobre los peligros de un exagerado cosmopolitismo. Dice
Quiroga en su obra “Calchaquí”: “los acontecimientos históricos han de
hacer resaltar la virilidad de la nación calchaquí y la importancia
del suelo catamarcano (sic) por sus recuerdos clásicos en la lucha de
las dos civilizaciones y de las dos madres razas” Y agrega: “Apartar
al indio de nuestra historia es desdeñar nuestra tradición, renegar de
nuestro nombre de americanos.”
Hay que recordar que en ese momento histórico el pensamiento positivo
había alcanzado una validez universal y sus concepciones abarcaban
todas las disciplinas. A partir de 1860 las ciencias biológicas
ganaron terreno sobre los estudios físicos y matemáticos: parecía que,
de algún modo, los biólogos estaban en posesión de las leyes que rigen
la vida, así como los sociólogos aparentaban señorear el desarrollo
del cuerpo social. Así lo creyeron, al menos, hombres como Sarmiento
quién, a lo largo de su obra plantea el modelo biocultural spenceriano
de la irredimibilidad de las razas criollas hispanoamericanas para
alcanzar el progreso, tal como está de manifiesto en el contexto de la
teoría del hombre blanco, o en los textos de Carlos Octavio Bunge y
José María Ramos Mejía.
Para la “oligarquía paternalista”, expresión que pertenece a Pérez
Amuchástegui, son tiempos de optimismo, de fe profunda en el progreso
indefinido. Y a medida que la naturaleza va dejándose arrancar sus
secretos y la clave de su evolución, va creciendo en forma paralela el
intento fáustico de llegar al estadio positivo de Comte, donde el
poder espiritual pasa a manos de los sabios y el poder temporal a
manos de los industriales. De ahí el afán fundacional de Museos, que
oficiarían como “catedrales profanas” del saber y el científico
ejercería la función de sumo sacerdote.
En la Argentina había honrosos antecedentes en este campo. En 1872 se
constituyó la Sociedad Científica Argentina en el Departamento de
Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires, por inspiración
del entonces estudiante Estanislao S. Zeballos. Zeballos había
expuesto la necesidad de “fundar una sociedad que sirviera de centro
de unión y de trabajo para las personas que desearan servir al
desarrollo de las ciencias y sus aplicaciones. Fue, como lo recuerda
el matemático e historiador de la ciencia José Babini, la única
tribuna científica argentina y el único centro de consultas sobre
cuestiones de este tipo para los gobiernos de la Nación y de la
provincia de Buenos Aires. La Sociedad Científica creó un Museo,
organizó cursos y conferencias, promovió expediciones y viajes a
territorios a un no sometidos al Estado nacional – Como los de
Francisco P. Moreno y Ramón Lista a la Patagonia – y desde 1876
publicó sus Anales, que continúan apareciendo en la actualidad.
Pero, ya que de paradigmas hablamos, estos estudios se realizaron en
el marco de un acentuado etnocentrismo, anterior aún al desembarco del
positivismo en nuestras playas. Las terribles palabras de Alberdi son
la prueba elocuente: “El salvaje del Chaco, apoyado en el arco de su
flecha, contemplará con tristeza el curso de la formidable máquina que
le intima el abandono de aquellas márgenes. Resto infeliz de la
criatura primitiva: decid adiós al dominio de vuestros antepasados. La
razón despliega hoy sus banderas sagradas en el país que no protegerá
ya con asilo inmerecido la bestialidad de las razas” (6) Este párrafo,
escrito en los años 50 se arraigará con fuera en el escenario político
argentino de treinta años después. Ante la imagen didáctica de un
indígena que observa pasar un ferrocarril, Alberdi desarrolla
magistralmente toda la teoría cientificista desarrollada en 1880,
cuyos máximos exponente fueron los intelectuales positivistas ya
nombrados y en el campo de la literatura los representantes de otro
paradigma de la época: el naturalismo.
Este género literario, cuyas fórmulas lograron la mayor precisión en
las novelas y los ensayos teóricos de Emilio Zola, se introdujo en la
Argentina en los mismos ambientes en que pudo prosperar el liberalismo
librepensador, anti-clerical y cientificista, que alcanzaba en esos
años una difusión considerable en las grandes ciudades. Más que una
corriente política clásica el librepensamiento criollo fue un
movimiento intelectual y cultural. Una verdadera subcultura que abarcó
a gran cantidad de hombres y mujeres en la Argentina cosmopolita y
devota del progreso de la transición entre dos siglos. En esta
subcultura convivían distintos grupos con una identidad doctrinaria
propia (masones, espiritistas, positivistas comtianos, teósofos, etc.)
pero que encontraban un punto de convergencia alrededor de algunas
ideas eje: laicismo anticlerical, la aplicación de criterios
científicos para la solución de todos los problemas de la sociedad y
una ingenua fe en una reforma racionalista de la conducta humana. (7).
No por casualidad Antonio Argerich (1862-1924) fue quién llevó más
lejos los supuestos del naturalismo zoliano al convertir a su novela
“¿Inocentes o culpables?” (1881) en una verdadera novela de tesis, con
la exposición de un diagnóstico y la elaborada descripción de
pretendidos morbos sociales. Médico como el naturalista Holmberg y
Ramos Mejía, Argerich acepta algunos conceptos polémicos de la ciencia
de su tiempo, sobre la presunta superioridad o inferioridad de las
diversas razas, y pasa a demostrar en su novela que la inmigración de
procedencia europea, que por entonces empieza a romper el equilibrio
demográfico del país, será desastrosa para la sociedad argentina.
Prevenciones similares encontramos, tras la crisis del 90, en el
llamado “Ciclo de la Bolsa” y su incipiente antisemitismo en el libro
de Julián Miró. Eugenio Cambaceres, Segundo Villafañe y Carlos María
Ocantos son los otros exponentes de este período literario. En
realidad, la obra de estos autores reflejaba la desilusión del ideario
forjado por Sarmiento, Julio A. Roca o José Ingenieros dado el escaso
aporte cultural y científico de los obreros, artesanos y campesinos
inmigrantes que no se compadecía con los técnicos e ingenieros que no
llegaron a estos puertos, o que vinieron solo como gerentes o
especialistas de las empresas europeas y, ciertamente, poco
contribuyeron para la imperiosa transformación social y cultural del
pueblo.
De ahí que la glorificación liberal del extranjero manifestada por
Alberdi, que la burguesía asumía contra el conservatismo xenófobo, se
pase después, cuando la burguesía esté en el gobierno, a un
antiliberalismo contra la inmigración y los movimientos contestatarios
ligados a ella. El tránsito de Leopoldo Lugones del mayor radicalismo
a la extrema derecha no es sino otra manifestación de esta evolución
de la élite burguesa; y lo mismo, en sentido parcialmente contrario,
la de Ingenieros.
Dado que la población exigía cada vez más su participación en el
manejo de los asuntos de gobierno y no quería ya una democracia
cosmética sino real, la burguesía renegó – como la francesa de
principios del XIX – de tan peligrosa doctrina y se fue entregando a
las dictaduras militares, en un ejército ya blanco, como diría
orgulloso Ingenieros, que la libre de la “chusma” que rodeaba a
Yrigoyen. Cuando a partir de 1916, los sectores dominantes advirtieron
el fracaso del liberalismo y se asustaron ante la corporización de la
participación popular, volvieron a equivocar el camino, “en lugar de
replegarse hacia la tierra y reivindicar la nacionalidad junto al
pueblo, buscó la adopción de modelos europeos: renegaron de Rousseau y
admiraron a Maurras, denostaron el plebeyismo de Yrigoyen y se
embelesaron ante la rusticidad de Mussolini, denigraron a Marx y
aceptaron a Goebbels”. (8)
Coherentemente, el esquema liberal positivista adoptado por la
oligarquía terrateniente nativa es la base misma de la elaboración
histórico-cultural argentina, que afirma el principio de dependencia
como ineludible camino para “transitar el desarrollo hacia el
progreso” y, en ese intrincado recorrido, ayer la industria inglesa y
la cultura francesa y en nuestros días el poderío y la “modernización”
de las transnacionales de la globalización; aparecen, según algunas
corporaciones, como las metas a alcanzar mientras se mantengan
abiertas las puertas del país a las corrientes económicas, políticas y
culturales provenientes de estos nuevos “centros de civilización”.
No obstante, en el 80 se concreta para la Nación un proyecto que a
muchos puede no gustarle, aunque en su momento pudo ser aceptable. Un
proyecto cuyos representantes no fueron un grupo homogéneo sino un
conjunto que el historiador Jorge E, Sulé definió como “Los
heterodoxos del 80” caracterizado por sus contradicciones y, a la vez,
por la riqueza de sus expresiones. Si bien se definió por su tendencia
europeizante, albergó al mismo tiempo un entrañable amor por el
terruño (Lucio V. Mansilla). Existió, como dijimos, adhesión al
naturalismo de Zola, pero sus expresiones en el Plata (Cambaceres,
Martel, Sicardi) no fueron dóciles remedos de postulados científicos
ni de la ley de la herencia. Cierto es que muchos fueron injustos con
el gauchismo y con su desdén al Martín Fierro, pero otros como el
nombrado Quiroga, también censuraron la inmigración masiva que
menoscababa las esencias nacionales. Se habla de un descreimiento
religioso, por haberse entonces sancionado la educación laica y el
registro y matrimonio civil. Pero existía en muchos un deísmo, quizá
no ajustado a dogmas, pero sincero y vivencial. En Wilde y Cané se
advierte cierta nostalgia de Dios, así como en Estrada y Goyena hay
fervorosa adhesión a la libertad de la mente.
La Argentina que nace en el 80, se proyecta en el siglo XX y XXI, se
renueva en 1916, entra en crisis en el 30, estalla en la década del 40
(tiene una fecha liminar en el 17 de octubre de 1945), se empantana en
el 55, sufre su hecatombe en el 76 y eclosiona en el 2001. En suma,
hemos recorrido un tortuoso camino para llegar al Bicentenario, pero
los acontecimientos que se avecinan auguran ser venturosos, con una
Argentina tajantemente insertada en Hispanoindoamérica, que rompa
definitivamente con la colonización cultural y la dependencia
económica. Solidaria con el dolor y la esperanza de todas las naciones
de la América morena “que aún reza a Jesucristo y aún habla el
español.”
(1) Orione, Julio y Rocchi, Fernando A. “El Darwinismo en la
Argentina”. En: “Todo es Historia” N° 228. Bs. As. 1986
(2) Pérez Gollán, José A. “Mr. Ward en Buenos Aires”. En: “Ciencia
Hoy” V. 5 N° 28 Bs. As. 1995
(3) Viñas, David “Literatura argentina y realidad política” Jorge
Álvarez. Bs. As. 1964
(4) Onega, Gladys “La inmigración en la literatura argentina:
1880-1890” Ed. Galerna Bs. As. 1969.
(5) Bosetti, Oscar “Las variables del pensamiento dependiente”. En
“Crear en la Cultura Nacional” Nº 15 Bs. As. 1983
(6) Alberdi, J.B. “Bases y puntos de partida para la organización
política de la República Argentina” En: Alberdi, J.B. “Organización
política y económica de la Confederación Argentina”. Bezanzon, 1856,
p.54
(7) De Lucía, Daniel Omar “Buenos Aires 1900. Imaginario cientificista
y utopía de progreso”. En: “Desmemoria” Año 7 Nº26 Bs. As. 2.000
(8) D´Atri, Norberto “Del 80 al 90 en la Argentina”. A. Peña Lillo
Editor. Bs. As. 1973.
(*) Prosecretario y Académico de Número del Instituto Nacional de
Investigaciones Históricas “Juan Manuel de Rosas”
(**) Comunicación para el Segundo Encuentro de Historia Revisionista
“José Gervasio de Artigas” realizado en la Universidad Nacional de
Lanús el 12 de noviembre de 2011.
________________________________
Imagen: La Infanta Isabel, invitada al país para realzar los festejos
del Centenario, durante la recepción oficial en Casa de Gobierno el 25
de mayo de 1910.
www.elortiba.org
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Néstor Gorojovsky
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