[R-P] [Norberto Galasso] Dorrego:la causa de su fusilamiento.
Gustavo Battistoni
gustavo.battistoni en gmail.com
Jue Dic 15 05:58:10 MST 2011
TIEMPO ARGENTINO
Norberto Galasso Historiador
.
A 183 años del asesinato de Manuel Dorrego
La causa de su fusilamiento
Publicado el 15 de Diciembre de 2011
.
Los unitarios no podían dejar con vida a Dorrego sin correr grave
peligro de que este los pusiera al desnudo ante la opinión pública de
la época y ante la Historia. Necesitaban acallarlo para siempre.
En estos días, se han publicado varios artículos referidos al
fusilamiento de Dorrego. En general, se ofrecen algunas explicaciones,
en este momento tan importante en que estamos revisando nuestra
historia: que Lavalle y otros militares lo consideraban traidor por
haber pactado con el Brasil el reconocimiento de la Banda Oriental
como país independiente (no tuvo otra solución pues el Banco Nacional,
con mayoría de accionistas ingleses, cumplió con el mandato del cónsul
inglés, Lord Ponsomby, de negarle fondos para proseguir la guerra), o
que sostenía una concepción latinoamericana y de ahí su entrevista con
Bolívar, o que se apoyaba en el suburbio de Buenos Aires (siendo, en
esto, antecesor de otros caudillos populares como Alsina, Yrigoyen y
Perón), o sus tratativas con Bustos para sancionar una constitución
federal con el apoyo del resto de los caudillos. Hay verdad en estas
aseveraciones, pero no en todas, y creo que se omite la más
importante.
Creo que la causa fundamental obedece a otra razón: los unitarios no
podían dejar con vida a Dorrego sin correr grave peligro de que este
los pusiera al desnudo ante la opinión pública de la época y ante la
Historia. Aquí reside el motivo principal de que Salvador María del
Carril y Juan Cruz Varela presionaran a Lavalle para el asesinato:
ellos no podían permitir que Dorrego hablase. No podían ponerlo preso
y hacerle luego un juicio, ni siquiera solamente desterrarlo como ya
lo había hecho Pueyrredón en 1819. Necesitaban acallarlo para siempre.
Veamos la sucesión de aconteceres. En diciembre de 1824 se constituye
la Minning Association en Londres para explotar minas en la Argentina,
según autorización otorgada por el gobernador Martín Rodríguez y su
ministro Rivadavia. En esa sociedad, su principal accionista es la
banca inglesa Hullet y el presidente del directorio es Don Bernardino.
En 1825, la empresa envía al capitán Head al Río de la Plata con un
equipo de técnicos para iniciar la explotación, pero este se encuentra
con que en las provincias -salvo San Juan- le aducen que la riqueza
minera es propiedad provincial ya que no existe, desde 1820 –al caer
el directorio– un gobierno nacional. La banca Hullet le protesta a
Rivadavia y este contesta: “El negocio que más me ha ocupado, que me
ha afectado y sobre el cual la prudencia no ha permitido llegar a una
solución es el de la sociedad de minas. Con respecto a las de La Rioja
(el Famatina), cuya importancia es superior a las de las otras
provincias, en el corto plazo, con el establecimiento de un gobierno
nacional, todo cuanto debe desearse se obtendrá... Me veo obligado a
emplear la mayor circunspección para no comprometer inútilmente mi
influencia y no debo decir más por el momento (enero 1826)”.
Curiosamente, un mes después, Rivadavia es elegido presidente de las
Provincias Unidas del Río de la Plata. El 15 de febrero sanciona la
ley que declara propiedades nacionales a las minas de todas las
provincias. El 14 de marzo, Rivadavia le escribe a Hullet: “Las minas
son ya por ley de propiedad nacional y están exclusivamente bajo la
administración del presidente de la República”. Sin embargo, en La
Rioja, Facundo Quiroga se niega a que la Minning explote el Famatina.
La compañía quiebra. Entonces, Head publica en Londres un folleto
donde incorpora las cartas transcriptas, titulado: “Informe sobre la
quiebra de la Río de la Plata Association constituida bajo la
autorización otorgada por su excelencia don Bernardino Rivadavia”. Y
aquí entra a jugar Dorrego. Porque desde su periódico El Tribuno,
Dorrego publica ese informe, con las comprometedoras cartas de
Rivadavia a la Banca Hullet y le agrega estos versos definitorios:
“Dicen que el móvil más grande / de establecer la Unidad/ es que
repare su quiebra / de Minas, la Sociedad” (23/6/1827, El Tribuno).
Tres días después, Rivadavia renuncia a su cargo de presidente. Se
quiebra nuevamente la unidad nacional y pocos meses después, asume
Dorrego como gobernador de la Provincia de Buenos Aires.
El 14 de septiembre de 1827, Dorrego envía a la legislatura la demanda
de la Minning por 52.520 libras por los gastos ocasionados, con este
comentario: “El gobierno se encuentra con un recurso de la expresada
compañía (Minning), donde se reclama a la provincia los gastos de
aquella empresa. El engaño de aquellos extranjeros y la conducta
escandalosa de un hombre público del país (Rivadavia) que prepara la
especulación, se enrola en ella y es tildado de dividir su precio, nos
causa un amargo pesar, más pérdidas que reparar nuestro crédito.”
Los unitarios intentan justificar a don Bernardino sosteniendo que si
bien actuaba al mismo tiempo como presidente de las Provincias Unidas
y como presidente del directorio de la Minning Association que
negociaba con ese gobierno, y que aunque figura con un sueldo de 1200
libras como presidente de la empresa inglesa, “nunca tuvo intenciones
de cobrarlo”. Manuel Moreno y Manuel Dorrego contestan con
“Impugnación a la respuesta” donde afirman que no sólo quedan en pie
las acusaciones (preparar la especulación, dividir el precio) sino que
nada se contesta acerca de “30 mil libras, precio de esa
especulación”, “por los buenos oficios a favor de la especulación que
según afirmaba el señor Rivadavia en su autorización, estaba fundada
en una concesión especial”.
De aquí resulta que aprovechando el regreso de las tropas de la Banda
Oriental, se produce el golpe del 1ro de diciembre de 1828, por el
cual Dorrego es desplazado del gobierno. El general San Martín lo
caracteriza así, en carta a O’Higgins: “...Los autores del movimiento
del día primero son Rivadavia y sus satélites y a usted le consta los
inmensos males que estos hombres han hecho, no sólo a este país, sino
al resto de América con su infernal conducta; si mi alma fuera tan
despreciable como las suyas, yo aprovecharía esta ocasión para
vengarme de las persecuciones que mi honor ha sufrido de estos
hombres, pero es necesario enseñarles la diferencia que hay de un
hombre de bien a un malvado” (carta del 13/4/1829).
Derrotado y detenido Dorrego, los unitarios cavilan: ¿qué hacer
entonces con ese hombre que ha revelado el escandaloso negociado?
Imposible llevarlo a juicio, pues volverá sobre el tema manchando la
honra de quien luego sería denominado “el más grande hombre civil de
los argentinos.” ¿Dejarlo preso, para que algún día vuelva al
escenario político con esa documentación infamante? ¿Desterrarlo acaso
para que tiempo después regrese a la patria y ponga esos documentos
sobre la mesa? Probablemente, Lavalle no conoce estos entretelones de
la negociación pues es solamente “una espada sin cabeza”, pero los
rivadavianos se encargan de persuadirlo. Dorrego debe ser acallado lo
más rápido que se pueda y con su fusilamiento quedarían silenciadas
las denuncias y salvada la honra unitaria.
Y así se hace el 13 de diciembre de 1828.
Años después, el historiador Ricardo Piccirilli, un admirador de
Rivadavia pero honesto investigador, admite que de la testamentaría de
don Bernardino surge que “Rivadavia giró en noviembre de 1825 una
letra contra Hullet por 3000 libras solicitando se imputara a la
cuenta de las 1200 libras por gastos de mi singular comisión... y el
remanente lo agregarán ustedes a mi cuenta corriente.”
Resumiendo: para acallar la verdad, en relación a un negociado de un
“prócer” del liberalismo conservador con sus amigos los ingleses, se
procede a fusilar a un caudillo popular y se inicia un período de
tremenda violencia en nuestro país.
La tradición popular recoge ese hecho terrible de este modo: “Cielito
y cielo nublado / por la muerte de Dorrego / Enlútense las provincias
/ Lloren cantando este cielo”. En cambio, entre la burguesía comercial
del puerto circularán estos versos: “La gente baja / ya no domina / y
a la cocina / se volverá.” <
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