[R-P] [Alberto J. Franzoia] Instituto Dorrego:dudas, aclaraciones y batalla cultural
Gustavo Battistoni
gustavo.battistoni en gmail.com
Mie Dic 14 17:35:04 MST 2011
Instituto Dorrego: dudas, aclaraciones y batalla cultural *
Por Alberto J. Franzoia
Hace ya unos días estalló la polémica en torno a la creación del
Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e
Iberoamericano Manuel Dorrego. Si bien en un primer momento dicha
polémica surgió a partir de las fobias manifestadas por los exponentes
de la historia oficial, ya que sospechan que el gobierno intenta
“imponer” un relato histórico alternativo al que Bartolomé Mitre y sus
discípulos produjeron y difundieron por décadas, lo que me interesa
abordar en este artículo son las reacciones que la cuestión ha
generado entre algunos intelectuales que adscriben o apoyan al
kirchnerismo formulando algunas reflexiones, a partir de ellas, sobre
la batalla cultural. La primera cuestión (la fobia mitrista) no es un
tema menor pero ya ha tenido suficientes y contundentes respuestas
desde la intelectualidad nacional-popular, por lo tanto pasemos a la
segunda.
Para comenzar vale una aclaración: quien escribe dará su punto de
vista desde el interior del bloque nacional, poniendo de manifiesto un
absoluto desinterés por sostener un simulacro de neutralidad; tema que
con frecuencia desvela a ciertos intelectuales que sobreactúan su rol
de científicos. Por otra parte, si bien he escrito bastante sobre este
problema epistemológico, debo dejar en claro que siempre defenderé la
necesidad de cultivar ese rigor conceptual y metodológico que algunos
compañeros equivocadamente subestiman; pero esto nada tiene que ver
con la postura cientificista de quienes reclaman una (falsa)
neutralidad como requisito para gestar conocimiento verdadero, ni con
la descalificación automática de todo aquel que carezca de diploma,
minimizando numerosos aportes realizados en largos años de práctica
fecunda y comprobable; pero sólo en esos casos, lo que no supone
ningún tipo de concesión a los improvisados de cualquier ideología,
que suelen aprovechar las aguas del río cuando viene revuelto para
macanear.
No faltarán desde ya quienes desde una tan vieja como desautorizada
(por lo hechos) filosofía cientificista intenten convencernos de que
la neutralidad es producto de los últimos avances registrados por las
ciencias sociales, por lo que resistirse representaría una
manifestación de anacronismo intelectual. En realidad la propia
historia de la epistemología demuestra que semejante pretensión,
contaminada por una cuota inocultable de soberbia, no representa más
que un reciclaje de los viejos postulados positivistas del siglo XIX,
tan afines con la versión liberal (y neoliberal) de la historia o de
cualquier otra disciplina social. Esta visión cientificista de la
ciencia fue desarticulada en nuestro país (y en el seno de su
universidad) hace unas cuatro décadas por Oscar Varsavsky en un
estupendo libro de lectura muy recomendable: Ciencia, política y
cientificismo” (1).
Dudas y aclaraciones
Resulta evidente que todo cientista social que participe del bloque
nacional-popular (y en primer lugar sus historiadores), no puede
acordar con la crítica prejuiciosa cuando no falaz surgida desde la
intelectualidad liberal para justificar su rechazo al Instituto
Dorrego. Sin embargo, como entre el apoyo al gobierno por todos sus
logros y el aplauso bobo de los adulones (que en muchos casos son
menemistas reciclados) hay un gigantesco abismo, algunos nos vemos en
la obligación de manifestar dudas y ciertos cuestionamientos fundados,
ya sea por los antecedentes de Pacho O’Donnell (el elegido para
dirigirlo), como por algunas líneas internas presentes en su seno que
motivaron la negativa nada menos que de Norberto Galasso a la
invitación para integrarse como Miembro de Honor.
Enrique Lacolla en su artículo Los muertos que vos matais… (2)
manifiesta dudas que comparto plenamente si nos remitimos a recientes
declaraciones realizadas en un reportaje, concedido al diario La
Nación (el diario fundado precisamente por Mitre), por el director del
Instituto Dorrego. Refiriéndose a ellas Lacolla sostiene: “En el
reportaje O’Donnell se apresuró a puntualizar que no será objetivo del
Instituto incorporar textos revisionistas a las escuelas secundarias.
Estima que la historia de “ese personaje maravilloso que es Mitre” no
será cuestionada. Nos preguntamos entonces para qué ha sido fundado el
instituto. Pues si algo requiere este país es una visión que ponga en
discusión –en sede escolar, universitaria y en los institutos
militares-la pesada carga de una manera de comprender a la Argentina
forjada en el siglo XIX a partir del interés coaligado de la burguesía
comercial porteña, los usufructuarios de la renta agraria y la
presencia del poder imperial de origen británico, que encontró en los
libros fundadores de Mitre y de Sarmiento la base conceptual que
suministró el relato que necesitaba para consolidar intelectualmente
lo que ya había logrado con las armas.”
Por si alguna duda cabe sobre su pensamiento, O´Donnell expresó
conceptos similares en posterior programa televisivo (Hora Clave)
conducido por Mariano Grondona en la noche del 4 de diciembre de 2011.
En otro trabajo sobre el mismo tema (titulado La discusión histórica
es siempre sobre el presente) (3), Hugo Presman si bien considera
positiva la creación del Instituto, simultáneamente manifiesta
inquietantes reservas en relación a la figura de su director:
“O´Donnell, como hábil equilibrista, es revisionista en muchos
aspectos pero al mismo tiempo no quiere romper con el guardaespaldas
que dejó Mitre en cuyas páginas llegó a defender la guerra de la
triple infamia. Ser revisionista mitrista es como atacar en materia
futbolística lo que sucede en la AFA y defender al mismo tiempo a
Grondona. O criticar la dictadura establishment -militar y defender a
Videla. Incluso ahora que desde La Nación critican a O´Donnell
recordándole " que participa en la televisión de las campañas
publicitarias del gobierno", no tiene empacho en afirmar: " La
historia de Mitre no será cuestionada. Yo soy un revisionista que
nunca ha hecho antimitrismo...La historia oficial nace de ese
personaje maravilloso que es Mitre". La Nación, lunes 28 de noviembre
de 2011.
Si Mitre colocó arbitrariamente en la misma trinchera a enemigos
irreconciliables como San Martín y Rivadavia, O´Donnell con el mismo
método manifiesta su admiración por los caudillos federales sobre los
cuales ha escrito conmovedoras páginas y enaltece al enemigo y asesino
de algunos de ellos como Bartolomé Mitre. Siguiendo el mismo criterio,
algún divulgador histórico del siglo XXII, imitando a Mitre y
O´Donnell podrá escribir páginas emotivas sobre las Madres y Abuelas
de Plaza de Mayo y reivindicar a los terroristas de estado, colocando
a todos en la misma trinchera histórica.”
Las dudas que despierta en Lacolla un espacio dedicado a investigar y
difundir nuestra historia, argentina e iberoamericana, como
consecuencia de las declaraciones de O’Donnell, más el detallado
abordaje que hace Presman sobre su figura, resultarían suficientes
para entender, por otra parte, la no aceptación de Norberto Galasso
para integrarse al Instituto Dorrego. Pero, en realidad, su rechazo es
producto no sólo de la particular visión y trayectoria del director
sino de otras cuestiones no menos preocupantes. Al respecto son
reveladores dos fragmentos de la conocida respuesta (con fecha 30/11)
de Galasso a Víctor Ramos, hijo de Jorge Abelardo Ramos, quien en
texto dirigido personalmente al historiador se había lamentado por sus
“enigmáticos” argumentos para justificar el rechazo (4). Sostiene
Galasso en dicha respuesta:
“Carecería, pues, de sentido, sumarme a otro grupo donde es fácil
advertir que no coincidimos en interpretaciones sobre asuntos
importantes, como por ejemplo, la Revolución de Mayo, la
caracterización de Rosas, Urquiza, Mitre y Sarmiento hasta diferencias
políticas respecto al Golpe del 30 o al menemismo que derivan de la
influencia liberal-conservadora que pesa sobre algunos integrantes de
ese Instituto así como la influencia nacionalista clerical que pesa
sobre otros.
Trabajemos, pues, cada uno por nuestro lado. Por esta razón, señalé en
mi declinación al nombramiento, que deberíamos evitar equívocos para
dar la polémica a la Historia Social con posibilidades de éxito. Para
esa polémica es necesario, a nuestro juicio, tener en claro que hay
enorme distancia entre saavedrismo y morenismo, entre rosismo y
“chachismo-varelismo”, entre uriburismo e irigoyeinismo, entre
menemismo y peronismo histórico, entre nacionalismo e izquierda
nacional.”
La batalla cultural
El proyecto político del kirchnerismo desde hace tiempo viene
insistiendo, con acierto, en la necesidad de librar una batalla
cultural, consciente de que si esa batalla no se gana será imposible
construir otro país. El mismo deberá ser muy distinto al que se impuso
a sangre y fuego durante la dictadura cívico-militar iniciada en 1976,
y profundizado luego en los nefastos años de la democracia menemista.
Este segundo dato no es para nada secundario como algunos compañeros
pretenden, por lo que no puede soslayarse en el debate que desde
adentro del campo nacional-popular estamos dando, y que desde ya debe
incluir una revisión de ese periodo por parte de TODOS los que ahora
apoyan (¿por convicción?) al kirchnerismo.
Una batalla cultural es obviamente una batalla de ideas, un intento
por instalar una visión de mundo en este caso nacional, popular,
latinoamericanista y democrática que confronte con otra antinacional,
oligárquica, balcanizadora y autoritaria que durante décadas guió los
destinos de nuestra nación. Nación que por imperio de la hegemonía
cultural ejercida por esta última no fue durante gran parte de su
historia una nación (y mucho menos latinoamericana), sino una
semicolonia al servicio de los intereses materiales minoritarios de su
oligarquía (con todas sus fracciones, incluida una supuesta e
inexistente gran “burguesía nacional”) y de su aliado externo, la
burguesía imperialista del capitalismo desarrollado.
Desarrollar, difundir e instalar una cultura alternativa, propia de
los sectores mayoritarios y populares (trabajadores, capas medias y
grupos sociales frecuentemente marginados) necesita entre otras cosas
de un relato histórico (desde ya validado por toda la documentación
disponible) acorde con sus intereses, que les permita reconocer una
identidad para proyectarla desde un presente promisorio hacia un
futuro definitivamente alternativo. Un pueblo que ignore su historia
verdadera, porque ese lugar ha sido ocupado por una versión
falsificada que lo excluye como sujeto, tendrá serías dificultades
para construir un futuro de liberación. Dicha falsificación se ha
construido con curiosos criterios “científicos” que conducen a sus
cultores a ocultar, fragmentar, adulterar o diluir toda documentación
existente contraria a los intereses de las clases dominantes, para que
su producto se convierta luego en texto y discurso “verdadero” de los
medios encargados de educar y formar generaciones enteras. Los
sectores del privilegio con su fiel intelectualidad, conscientes de
las ventajas que acarrea el ocultamiento de la verdadera historia de
un pueblo, no pueden menos que crisparse cuando sus certezas corren
algún riesgo.
En ese marco se inscribe el temor y la desmedida reacción que ha
generado el Instituto Dorrego. Pero lo cierto es que la crispada
respuesta de la intelectualidad pro statu quo no alcanza para aplaudir
su aparición obviando cualquier crítica, so pretexto de hacerle el
juego al enemigo. Semejante postura sólo serviría para empobrecer la
propuesta kirchnerista, cuando lo que se necesita es profundizar el
modelo a través del debate franco entre compañeros. Desde ese lugar de
compromiso militante y a la vez crítico considero pertinente entonces
exponer cuestionamientos, algunos implícitos en grandes interrogantes
que varios nos formulamos. Por ejemplo:
¿Es posible dar la batalla cultural, generando y difundiendo un relato
histórico alternativo y riguroso (que sea capaz de sacar a la luz
todos los documentos históricos existentes), con una actitud
simultáneamente respetuosa hacia Bartolomé Mitre (según declara
O´Donnell, su director), quien fue maestro en el “arte” de ocultar la
historia que contrariaba los intereses de la oligarquía y la burguesía
inglesa durante el siglo XIX? ¿No hay una evidente contradicción en
ese dualismo histórico? ¿Tiene sentido dar la batalla cultural con
algunos intelectuales que en los noventa fueron parte del relato
menemista, que entre otras cosas incluyó el abrazo de Carlos Menem con
el fusilador Isaac Rojas, algo bastante parecido por cierto a un
revisionismo respetuoso de Mitre y su descendencia? ¿Esa postura no
tendrá consecuencias políticas no deseadas para nuestro presente y
futuro si lo que buscamos es profundizar el modelo para gestar una
Argentina realmente liberada de sus opresores? ¿Se puede construir un
relato histórico no sólo alternativo sino riguroso si comenzamos
ocultando en recientes declaraciones y artículos datos pertinentes,
como por ejemplo aquellos que dan cuenta de los aportes gestados por
todas las figuras destacadas de la izquierda nacional y no sólo de una
fracción afín con la conducción del Dorrego? ¿Se puede desvincular la
política mitrista del siglo XIX de lo que expresó el menemismo en las
postrimerías del siglo XX?
Tanto la pretensión del fin de los paradigmas como de la supuesta
fusión de los mismos en el campo de las ciencias sociales, si bien
tiene varios antecedentes a lo largo del siglo XX, es consolidado como
producto simbólico por los intelectuales orgánicos de la clase
dominante (burguesía financiera imperialista) en el último tramo de
dicho siglo. La intención era gestar una hegemonía cultural a nivel
mundial (legitimada por la “ciencia”), como superestructura del
dominio económico que el neoliberalismo venía desarrollando desde
mediados de los setenta. Su caballito de batalla fue el fin de las
ideologías que se manifestó con tremenda potencia a partir de la
crisis y posterior desaparición de la Unión Soviética. Y su expresión
más burda, “el fin de la historia”, que fue proclamado por Fujimori,
no ocultó que en realidad lo que se estaba planteando era el
definitivo triunfo del neoliberalismo. El conflicto había concluido y
sus teóricos (científicos o no) estaban enterrados, por lo menos ese
era el deseo de la reacción mundial. Desde ya esta visión
internacionalista llegó a nuestro país y se instaló con numerosos
cultores que intentaban consolidar hacia adentro la hegemonía
oligárquica, clase aliada desde siempre a la clase dominante del mundo
imperialista y fiel reproductora de su pensamiento. El menemismo de
los años 90 resultó la expresión más brutal (por su desfachatez) de
esta aberrante ideología con pretensiones de “verdad científica”. Pero
lo peor fue que más allá de su magra producción intelectual, no estuvo
exento de consecuencias políticas, económicas, sociales e ideológicas
que aún hoy estamos tratando de revertir. Entonces: ¿qué hacer para
revertirlas hasta sus últimas consecuencias?
Una historia revisionista que no ponga en tela de juicio la historia
oficial narrada por Mitre y sus descendientes (incluida la historia
social y su supuesta cientificidad surgida en la universidad de la
“revolución libertadora”), no es otra cosa que causa y consecuencia de
aquella fenomenal derrota vivida hace más de veinte años, cuando el
peronismo fue vaciado de contenido nacional y popular. Y una historia
que no explicite los vínculos entre mitrismo y menemismo nos condena a
un futuro incierto. No resulta secundario por lo tanto que el
designado director del Dorrego haya actuado como funcionario de Menem
y reivindicado su acción política (como deja constancia en el prólogo
que escribió para las memorias del riojano), o que exista una línea
interna en el instituto que, en el mejor de los casos, no se expide
con claridad (y mucha autocrítica) sobre aquellos años de derrota. Si
este revisionismo no es antagónico con la figura de Mitre y su
corriente histórica por qué motivo habría de cuestionar, entre muchas
otras cosas, el abrazo Menem-Rojas. La lógica de esa visión
historiográfica que O´Donnell expresa, sirvió precisamente para
consensuar la lógica política de los noventa, y ésta, a su vez., se
apoyó en ella. Pregunto entonces ¿es este tipo de visión las más
aconsejable para profundizar el actual modelo con una historia de
claro contenido nacional y popular que lo avale y potencie? ¿O no
tiene nada que ver, por ejemplo, el Plan de Operaciones de Mariano
Moreno (que Mitre ocultó o “perdió” cuando Norberto Piñero se lo pide
para publicarlo en la edición de “Escritos de Mariano Moreno”) con la
Argentina que queremos ser?
Si lo que intentamos construir es un presente distinto de aquel pasado
cercano (aún demasiado cercano) para proyectarnos hacia un futuro
superador de la Argentina que estalló en 2001, resulta conveniente
impulsar un conocimiento riguroso de toda nuestra historia que nos
permita gestar y difundir un relato realmente alternativo al de la
historia oficial (ocultadora de datos y de otras interpretaciones
posibles); en su defecto estaremos condenados a repetir errores y
dramas. Esto nada tiene que ver con el intercambio democrático de
opiniones, como pretende hacernos creer la descafeinada visión
posmoderna o el menemismo desmemoriado. Cuando se aborda la historia
no hay opiniones sino relatos verdaderos o falsos. Un relato verdadero
(nunca la verdad absoluta pero tampoco el inconsistente relativismo)
se construye con toda la documentación histórica disponible; recién a
partir de allí pueden surgir diversas interpretaciones del dato. Pero,
y ese es el meollo de la cuestión, sin datos validados por la
documentación observable (y diversas técnicas complementarias) no hay
ninguna posibilidad de tener un relato histórico verdadero. Desde ese
lugar es que se le debe negar entidad a la figura del “historiador”
Mitre y descendientes. Si el revisionismo nacional y popular tiene una
razón para existir (con los enormes aportes del revisionismo de la
izquierda nacional incluido) es porque ha sacado a la luz lo que la
historia oficial ocultó. Y esos datos revelados le dieron un sentido
totalmente distinto a nuestra historia. Por lo tanto no se trata de
incorporarle al mitrismo un poco de revisionismo, o al revisionismo un
poco de mitrismo para posar de democráticos. La única posibilidad de
conocer la historia verdadera (con la mayor objetividad posible pero
sin neutralidad) es exponiendo todos los datos, validándolos con la
documentación disponible e interpretándolos con el rigor conceptual
(nada neutral) que los oprimidos necesitan para liberarse de sus
históricos opresores.
En el final debo dejar constancia entonces, de que los hechos
señalados por otros compañeros, unidos a los que he podido constatar
personalmente, me generan más dudas que euforia a la hora de evaluar
el surgimiento del Instituto Dorrego. Necesitamos consolidar y
difundir un relato histórico definitivamente distinto al
liberal-conservador (o su versión progre) para la construcción y
desarrollo de un proyecto de liberación consecuente. Lo deseable es
que, con los matices que nos diferencian, podamos marchar juntos con
aquellos integrantes del Dorrego que han sido militantes consecuentes
del campo nacional y popular, ya que el enemigo es demasiado poderoso
como para dividir esfuerzos. De los que extraviaron el rumbo en los
noventa lo menos que se puede esperar es una sincera autocrítica, en
su defecto no resultarán confiables. Se sabe que en política las sumas
a veces restan, por lo tanto lo mejor será poner el necesario filtro
para que este intento no sea copado por los oportunistas de siempre.
Desde ya, tratándose de historia, ella tendrá la última palabra…
La Plata, 13 de diciembre de 2011
(1) Oscar Varsavsky: Ciencia, política y cientificismo, Centro Editor
de América Latina, 1972.
(2) http://www.elortiba.org/cs_doc5.html#Los_muertos_que_vos_mat%C3%A1is
(3) http://www.elortiba.org/cs_doc5.html#La_discusi%C3%B3n_hist%C3%B3rica_es_siempre_sobre_el_presente
(4) http://www.facebook.com/pages/Corriente-Pol%C3%ADtica-Enrique-Santos-Disc%C3%A9polo/212288542152335
* Producido para Cuaderno de la Izquierda Nacional
http://www.elortiba.org/in.html
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