[R-P] (EXCELENTE) El orgullo de responder con la verdad ( J.Fernandez Baraibar)

INFOR-MET rmermet en yahoo.com.ar
Dom Dic 11 13:39:16 MST 2011


La creacion del instituto Dorrego, ha posibilitado gracias a los ataques de tirios y troyanos, poder polemizar temas trascendentes para la Nacion, porque como sabemos, debatir historia es hacer politica.

Aqui, el Cro Fernandez Baraibar, en la mejor tradicion de la Izquierda Nacional, responde la canallesca y derrotista nota de Lorenz, que de pasada, atacaba a la Universidad de Lanus, en su politica Malvinera.
Vale la pena leerlo.
Copio ambas.

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El orgullo de responder con la verdad

Por   Julio fernandez baraibar en
http://fernandezbaraibar.blogspot.com/2011/12/el-orgullo-de-responder-con-la-verdad.html

El debate abierto por la presidenta de la República al crear el Instituto de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego no cesa y cada día abre nuevos meandros. En su edición del 10 de diciembre de este año, Clarín publica la colaboración de un historiador, investigador del Conicet y público detractor de la Guerra de Malvinas, Federico Lorenz, bajo el título “La que pierde es la enseñanza de la historia”.

No voy a abocarme, en este caso, al problema de “desandar el camino que miles de maestros, profesores, alumnos y padres venimos haciendo desde 1983 para abordar el pasado en su complejidad y con rigor, para reparar hacia el futuro las heridas de una sociedad binaria de palabra y de hecho”. Personalmente vengo intentando abordar el pasado en su complejidad y con rigor desde hace más de cuarenta años. En septiembre de 1969, pocos meses después del Cordobazo, me afilié al Partido Socialista de la Izquierda Nacional de Jorge Abelardo Ramos, como resultado de una reflexión intelectual sobre la política, la lucha de clases, la religión, el sentido de la historia y de una pulsión moral a transformar de modo radical la realidad argentina. Y fue el abordaje sobre el pasado ofrecido por la Izquierda Nacional lo que me convenció de dar ese paso trascendental que ha marcado mi vida hasta ahora. Sé, entonces, de qué hablo.

Lo que quiero responder en esta nota, por las mismas razones que acabo de mencionar, es una pregunta retórica que se hace el becario Lorenz y que pone en boca de un hipotético alumno: “Profe, ¿la izquierda nacional no apoyó el desembarco en Malvinas?”

Profesor Lorenz, con toda autoridad y orgullo le respondo que la respuesta que debe dar en ese caso es un rotundo y enérgico “Sí”. La Izquierda Nacional -todos los partidos y grupos que se identificaban bajo ese nombre, sin excepción alguna- apoyamos la recuperación militar de nuestras islas en manos del usurpador británico. Y ello no podía ser de otra forma, porque justamente por no pensar la realidad en términos binarios, como afirma Lorenz que hacemos, consideramos que esa acción militar, pese a la naturaleza ilegítima, despótica, oligárquica e imperialista del gobierno militar, se insertaba en la tradición del nacionalismo territorial que fue propio de los grandes movimientos populares argentinos. Sostuvimos, junto con una gran mayoría de compatriotas, que nuestro deber de argentinos era apoyar a nuestros soldados en guerra con el enemigo histórico de nuestra soberanía -el Reino Unido, al que hemos estado atados desde el nefasto
 préstamo de la Baring Bros.-, a explicar al mundo entero la legitimidad de nuestra acción y, en ese curso, intentar modificar la naturaleza de la dictadura.

Puede usted, además, contarle a sus alumnos que Jorge Abelardo Ramos, en la reunión que los presidentes de todos los partidos tuvieron con el general Iglesias, en el edificio del Congreso, comenzó diciendo: “Muy bien, General. Hemos echado al inglés. Sería bueno que ahora echemos al Alemán”. Se refería, obviamente, al ministro de Economía Roberto Aleman, notorio representante de las finanzas europeas en la Argentina. Puede explicarle también que lo que el sarcástico epigrama proponía y planteaba era, justamente, la lucha contra el opresor extranjero en todos los terrenos, no sólo en el archipiélago austral, transformando el nacionalismo territorial, que llevó a la recuperación de las Islas, en un patriotismo integral, político y económico. Algo que podría comentarle al alumno que tuviera el tino de formularle esa pregunta es que Jorge Abelardo Ramos, Jorge Enea Spilimbergo, Alberto Guerberof, Blas Alberti, y miles de compañeros
 llevaron adelante una ciclópea campaña de esclarecimiento y debate acerca de la Guerra de Malvinas, tanto en los ámbitos civiles como militares, carentes como estamos de una visión binaria -y sobre todo de un binarismo basado en la vestimenta-. Puede incluso citar a Ramos, diciendo: “Pero cuando está en juego el suelo de la patria, sólo un cipayo puede preguntarse si el gobierno que conduce la guerra le gusta o no. Si San Martín hubiese renunciado a luchar contra el Imperio español al descubrir a su llegada a Buenos Aires la catadura de Rivadavia y Pueyrredón, quizás seríamos todavía subditos del rey de España”.

El año que viene, cuando se cumplan treinta años de nuestra gesta patriótica, dígales a sus alumnos que los hombres de la Izquierda Nacional compartieron entonces los mismos criterios de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner quien contó en la celebración del último 2 de abril: “Tan es así, tan está hecho carne, por lo menos adentro nuestro, de quien fuera mi compañero y de esta Presidenta, esta situación, que también debo contarles -y algunos lo recordarán- que también durante esos meses en los cuales en Río Gallegos no se movía una mosca sin que fuera absolutamente controlado, porque era necesario, también se produjo un atentado contra el estudio en el cual mi compañero y yo ejercíamos nuestra profesión. Sin embargo, eso nunca nos llevó a confundir las cosas, porque es imprescindible que los hombres y mujeres que tenemos responsabilidades institucionales y también todos los argentinos, aprendamos, hagamos el duro
 aprendizaje de poder diferenciar las cosas y saber comprender que la patria y sus derechos están por sobre toda otra cualquier circunstancia o episodio que nos haya tocado vivir a cada uno de nosotros”.

Dígales todo esto con la tranquilidad de quien está diciendo una verdad como puño, documentable en fuentes y testimonios, como reclama el arte de Clío. Y una verdad de la que sus protagonistas se sienten orgullosos.
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La que pierde es la enseñanza de la historia
Por Federico Lorenz HISTORIADOR. AUTOR DEL LIBRO “COMBATES POR LA MEMORIA” (CAPITAL INTELECTUAL)
(clarin)

Los docentes debemos estar agradecidos. El director del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico “Manuel Dorrego” ha decidido facilitarnos la tarea al dividir las acciones humanas en el pasado por una tajante línea entre “nacionales” y “extranjerizantes”. Sin duda esa simplificación nos ayudará a organizar los contenidos.

Deberemos, eso sí, desandar el camino que miles de maestros, profesores, alumnos y padres venimos haciendo desde 1983 para abordar el pasado en su complejidad y con rigor , para reparar hacia el futuro las heridas de una sociedad binaria de palabra y de hecho. Las experiencias locales, regionales, familiares, deberán reinterpretarse en una clave dualista, planteada por los dos polos entre los que aparentemente se dirime la cuestión historiográfica. Habrá por supuesto, preguntas incómodas: “Profe, ¿la izquierda nacional no apoyó el desembarco en Malvinas?” “Profe, ¿no repatrió Menem los restos de Rosas? ¿No nos contó usted que quería demoler la ESMA?” Algunos críticos del Dorrego tampoco nos ayudan. Superponen a sus críticas metodológicas, que compartimos, sus simpatías ideológicas, respetables, pero que deben explicitar.

La verdadera discusión es acerca de quiénes tienen legitimidad para hablar sobre el pasado . Siempre ha sido así, pero muchos se han acostumbrado y formado en la idea de que existen prácticas y saberes inmunes a su contexto.

Desde el aula, es todo distinto. Lo que hoy vemos desde ella es que en el debate ambas partes comparten una visión que secundariza a las mayorías, que los despoja de un modo u otro de su capacidad de agentes de la historia.

Lo que es más grave, no tanto en el pasado, sino en el presente: apólogos y detractores del Dorrego asumen que las personas tienen una actitud pasiva frente a los relatos.

Si no han sido históricamente engañadas, están a punto de ser manipuladas. Ambas posturas les fijan estándares para relacionarse con el pasado.

En un caso, hay una voluntad explícita de intervención, cuestionada por su calidad académica; en el otro, hay un tardío descubrimiento del descuido de un campo que reforzaría la legitimidad del oficio, no de manera plebiscitaria, sino por apropiación.

Que el Gobierno sancione por decreto una visión, tanto como el abroquelamiento en ciertas formas “académicas” como respuesta, no hace más que empobrecer la discusión.

Los docentes sabemos que nada es tan lineal como se plantea. Un aula es un espacio complejo que nos obliga a pensar y revisar nuestro trabajo y nuestras convicciones, porque un saludable aprendizaje social nos ha hecho desconfiados y refractarios a las dogmatizaciones .

Como escribió el uruguayo José Pedro Barrán, historiador y profesor: “Para quien enseña, investigar es muy importante, porque ahí entendés lo frágil que es tu conocimiento, lo vulnerable, lo difícil que es lograrlo, y el contacto con los alumnos se dulcifica. Vos no das un conjunto de dogmas, de saberes inalterables (…) Le das a entender al otro que el conocimiento que le estás transmitiendo se reestructura permanentemente.

Transmitir eso a veces es más importante que transmitir verdades” . Puesta a elegir entre una ciudadela y una torre de marfil, la Historia, ese híbrido de poesía y razón, pasea a sus anchas, descalza y en primavera, en la tierra de nadie, dueña de sí misma, fotograma fugaz de una película que todos actuamos y nunca termina, pero de la que algunos se creen guionistas y directores.




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