[R-P] Pagni lamenta la incompetencia opositora y establece los nuevos cucos

fernando cassia fcassia en gmail.com
Jue Ago 18 02:56:18 MDT 2011


[Pagni lamenta la incompetencia de la oposición al no poder "cambiar la 
historia" y habla de "Pulsiones Cesaristas", y "monarquía" y "falta de 
armonía" (sic) que "atemoriza la inversión"... ya sabemos por dónde 
vendrá el discurso en los próximos meses -FC]

http://www.lanacion.com.ar/1398607-cont-la-renuncia-a-cambiar-la-historia

La anatomía política del país que emergió de las urnas se puede 
sintetizar en dos números: 50 y 38. El primero es el porcentaje que 
obtuvo Cristina Kirchner . Indica que su fracción alcanzó por primera 
vez la mayoría, y que, por lo tanto, su gobierno será muy fuerte. El 
otro es la diferencia entre ella y el segundo. Indica que sobre el 
Gobierno habrá un déficit de control. El 50% habla de las capacidades 
del oficialismo. El 38% habla de la incompetencia de la oposición.
Para la caracterización de la democracia argentina es mucho más 
revelador el vacío del 38 que la consistencia del 50. Muchos países 
están regidos por administraciones con gran respaldo popular. En cambio, 
las sociedades que no cuentan con una alternativa a quienes las 
gobiernan pagan las consecuencias de ese desequilibrio de poder. El 
hiato de 38 puntos que hay entre gobierno y oposición es la señal más 
clara de que la crisis de 2001 sigue abierta. Más aún: al cabo de diez 
años, podría indicar que se está volviendo crónica.

La asimetría del 38% anticipa que el kirchnerismo verá facilitadas sus 
pulsiones cesaristas. El balance de poder en el Congreso, por ejemplo, 
volverá a la frontera de 2007.

La carencia de una alternativa de poder se proyectará también sobre las 
relaciones entre el Gobierno y la sociedad civil. El empresariado, los 
sindicatos, la prensa serán territorios más disponibles a la 
colonización oficial. Es decir, se difundirá un espíritu cortesano 
propio de las monarquías, no de las repúblicas. Es una falta de armonía 
que atemoriza la inversión.

Estas deformaciones no son simples vicios del kirchnerismo. Son las 
consecuencias del formato que ha adquirido la política. Ese diseño sólo 
será corregido cuando una fuerza, sin necesidad de combinaciones 
exóticas, alcance un consenso equivalente a, por convenir una cifra, el 
35% de los votos. Esa es la tarea que les espera a los rivales del 
Gobierno. Mejor dicho: ésa es la tarea que está esperando, sobre todo, a 
la dirigencia no peronista, desde que colapsó el radicalismo, en el año 
2001. Es la empresa a la que estaban convocados Mauricio Macri, 
Francisco De Narváez, Julio Cobos, Elisa Carrió, Ricardo López Murphy, o 
la dirigencia que quedó al frente del radicalismo residual. Hermes 
Binner, al parecer, se ha propuesto ahora alcanzar ese objetivo.

La formación de esa organización alternativa demanda operaciones de por 
sí virtuosas. La primera es la confección de una red humana de 
suficiente despliegue territorial. Desde el hundimiento de la UCR no hay 
fuerza política alguna, salvo el peronismo, que pueda ofrecer una 
prestación tan elemental como la de contar con personal para las 
fórmulas de presidente y vicepresidente, y de gobernador y 
vicegobernador de Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba y Capital Federal. La 
oposición al kirchnerismo intenta llenar esa grilla con un rompecabezas 
endiablado. Y no lo logra.

Esa red no debería ser la reproducción del viejo aparato burocrático, 
sino una urdimbre vinculada con los nuevos sectores y actores que 
emergieron con el ciclo económico abierto en 2001, aprovechando, entre 
otros medios, las facilidades de las tecnologías de la información.

La existencia de ese entramado de alcance nacional impulsaría un salto 
de calidad metodológico: las decisiones y estrategias pasarían a ser el 
resultado de procesos colectivos. Es decir, pasarían a ser hijas de la 
interlocución y del debate, sin los cuales no hay ideas. La ausencia de 
estas prácticas, que tanto se le reprocha al Gobierno, es un rasgo 
sobresaliente del arco opositor. Con una desventaja: el decisionismo es 
más patético en quienes carecen de poder.

La construcción de una fuerza que pueda seducir a un 35% del electorado 
requeriría, además, la elaboración de una imagen del país alternativa a 
la del oficialismo, y la formulación de un mensaje capaz de comunicarla. 
El kirchnerismo está en poder de ese activo. Arcaizante, de escasa base 
empírica, difusa, hay una visión de la Argentina atribuible a los 
Kirchner. La oposición o carece de ella o comparte la oficial.

El urdido de una organización humana y la formulación de un mensaje 
demandan una perseverancia propia de las grandes personalidades 
políticas. La oposición requiere hoy de un Mitre, un Roca, un Yrigoyen, 
un Perón, un Raúl Alfonsín. Así de simple. Así de exigente. Sobre todo 
porque no se trata de competir con otro partido, sino con el aparato del 
Estado, administrado con espíritu faccioso.

Los rivales del Gobierno vienen eludiendo esa tarea a través de cuatro 
atajos. El primero es la esperanza mesiánica en una figura que genere 
detrás de sí una ola de adhesión. Por ejemplo: Cobos, al votar contra 
las retenciones móviles, o Raúl Alfonsín, al fallecer, protagonizaron 
fenómenos de popularidad que introdujeron en la vapuleada UCR esa 
corriente de pensamiento mágico.

La segunda vía rápida es la fractura del peronismo. Es la ilusión óptica 
que produjeron en su momento Carlos Reutemann o Daniel Scioli, de quien 
muchos siguen esperando su "pronunciamiento de Urquiza". Figuras muy 
relevantes como Mauricio Macri o Francisco De Narváez vienen demorando 
sus carreras con la candorosa expectativa de que gobernadores e 
intendentes descontentos se sacudirán alguna vez el yugo de los 
Kirchner. También hombres más curtidos, como Eduardo Duhalde, vendieron 
y compraron esa fantasía. Las primarias desmintieron esta leyenda.

Otro amuleto del antikirchnerismo es el de la "unidad de la oposición". 
El experimento es sencillo cuando el Gobierno está atrapado por una 
figura demonizada por la opinión pública, como fue entre 2008 y 2010 
Néstor Kirchner. Con sólo vituperar al "demonio" muchos opositores 
consiguen ser vistos como ángeles. Ese método sirve para canalizar un 
repudio. No para obtener un mandato.

Un rasgo central y riesgoso de esta estrategia es su perezosa confianza 
en las denuncias de la prensa. Suele suceder que, cuando esas denuncias 
no conducen a nada por la falta de iniciativa política, las sociedades 
que las consumen terminan anestesiándose. Es difícil aceptar un infierno 
sin salida.

La desaparición de Kirchner significó para este curso de acción la 
pérdida de un activo principal. El empeño por mantenerlo en un contexto 
distinto al de 2009 mostró una enorme inconsistencia. Recuperada la 
imagen del Gobierno, el rompecabezas opositor comenzó a mostrar sus 
juntas mal soldadas.

La oferta opositora de este año comprueba que hay tradiciones y 
sensibilidades políticas que se resisten a las alquimias electorales. 
También demuestra que el axioma " Cristina ya ganó " fue asumido como 
propio por muchos líderes que, ante la perspectiva de una derrota 
inevitable, apostaron nada más que a conservar su identidad. Es la razón 
por la cual Binner, en Santa Fe, donde triunfa, exhibe una plasticidad 
para asociarse que se le desconoce a escala nacional.

Por supuesto, existe una sociología electoral homogénea, que alimentó en 
su hora al radicalismo, cuya representación está fragmentada de modo 
artificial. Es bastante evidente que Alfonsín, Binner y Carrió no están 
separados tanto porque piensen distinto, sino porque quieren lo mismo. 
Convendría releer a Freud, quien definía como "narcisismo de las 
pequeñas diferencias" a la obsesión de los que quieren distinguirse de 
lo más familiar y parecido.

Si las estrategias de la oposición tienen bastante de quimérico es 
porque se sostienen sobre una misma falla: un tedioso menosprecio sobre 
la capacidad de la voluntad en la política. El mayor pecado de la 
oposición radica en la suposición de que se puede llegar al poder por el 
mero aprovechamiento de una escena organizada por otro. Por las 
calamidades del Gobierno, por la llegada de un redentor, por la fractura 
del PJ o por la influencia de la prensa. Detrás de esa fantasía hay una 
renuncia grave. Es la renuncia a construir la escena, la renuncia a 
intervenir en el curso de la historia..




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