[R-P] Pobre Carlos Pagni, lo que tiene que escribir
Néstor Gorojovsky
nmgoro en gmail.com
Jue Abr 14 10:53:38 MDT 2011
Carlos Pagni merece mi respeto profesional. Es un buen periodista y,
más allá de algún chanchullito que se le ha adjudicado, tiene buena
cabeza por más que la haya puesto bajo una bota empresarial que huele
a mierda de vaca y sangre humana. De algo hay que vivir, claro, así
que no lo criticaré por ello so pena de ser acusado de envidioso. Hay
tantos tipos mediocres que hicieron lo mismo y ni siquiera se exponen
públicamente como Pagni, que lo suyo es en cierto modo encomiable.
Pero a veces el pobre se ve obligado (crueldades del puesto que ha
elegido) a defender lo indefendible cuando no tiene argumentos reales.
En la editorial de La Nación de hoy, como hemos mostrado en un correo
que recién llegó a la lista Reconquista Popular, se establece el
principio del apartheid patrimonial en desmedro del Estado. A Pagni,
en esta batalla por el control omnímodo de la economía por parte de
los grandes capitalistas concentrados, le toca dar una argumentación
más "democrática", si se quiere.
¿Qué logra hacer, entonces? Defender el apartheid, cualquier forma de
apartheid, es difícil. Al menos desde que se estableció en Francia la
famosa consigna de la "égalité". Más sencillo es hacerlo en los países
anglosajones, donde las tendencias igualitaristas de la Gran
Revolución de 1648 quedaron reducidas a pequeñas sectas religiosas
que, por lo general, siguen hoy tan recluidas en pequeñas comunidades
como dos siglos atrás. Pero en el orbe iluminado por las hogueras de
1789 la cosa es más difícil.
Pagni, profesional sin vacilaciones, puede sin embargo encarar la
cosa. Esta vez, sin embargo, pierde un poco de su habitual altura.
Lo que está en juego es lo siguiente: cuando se devolvió a la órbita
estatal el conjunto de fondos de la seguridad social, se mantuvo (por
cálculo político o por omisión involuntaria) una norma según la cual,
fuera cual fuera la suma de dinero que las AFJP pusieran en las
empresas privadas, jamás tendrían más de una representación nominal en
los directorios.
Esto era un acuerdo pampa entre piratas, que se mantuvo aún cuando al
desaparecer las AFJP y ocupar su lugar el Estado uno de los grupos de
piratas había sido sustituido por otro tipo de entidad. Para entender
bien la cosa conviene refrescar el mecanismo del acuerdo original
entre piratas de ambos lados del escritorio.
La idea era más o menos así: cuando el sistema de AFJP funcionaba a
plenitud, lo que sucedía era lo siguiente: los piratas de las AFJP
succionaban fondos del pueblo argentino, porque le chupaban la parte
del salario que ponían los trabajadores para sostener a los jubilados
(en rigor, se quedaban con salario diferido, porque a su vez el
sistema preveía que esa detracción se compensaría en el futuro con la
que efectuarían las nuevas generaciones al momento de su propia
jubilación, etc., etc.). De esa masa monumental de guita se
embolsicaban sin más trámite el 30%, como retribución por el hecho de
habérselo quedado en forma compulsiva.
Luego, como igual tenían en sus manos muchísima guita, buscaban "invertirla".
Para ello se ponían en contacto con otras bandas de piratas, esta vez
los que manejaban las empresas privadas dispuestas a tomar fondos de
las AFJP. Estos piratas, que de tontos no tenían nada y sabían muy
bien de qué se trataba el negocio de las AFJP (a veces estaban de
ambos lados del mostrador), nunca creyeron que esos fondos vinieran
sin gato encerrado: por ejemplo, la intención de hacerse con el
control de /sus/ propias empresas. Así es que impusieron un límite a
los piratas de las AFJP. Les dijeron "Muy bien, ustedes pongan toda la
plata que quieran, cómprennos todas las acciones que quieran, pero su
negocio estará en cobrar los dividendos y nada más, ya que bastante
mosca morfan con el 30% que le sacan a la gilada. Nada de pretender
dirigir /nuestras/ propias empresas (en muchos casos, agrego yo,
también de piratería, ya que tampoco se trataba de empresas que
hubieran puesto un solo centavo propio para correr el riesgo de la
inversión sino que también en muchos casos se habían beneficiado de la
entrega desvergonzada del capital social de los argentinos a manos del
menemismo y del Proceso).
Hasta ahí el acuerdo pampa entre tahúres.
Resulta ser que cuando se devuelven los fondos malhabidos por las
malparidas AFJP a las arcas del Estado, esa norma, derivada de un
acuerdito entre ladrones de guante blanco, siguió vigente. Solo que
ahora, los ladrones de guante blanco habían quedado de un solo lado
del mostrador. Del otro, estaba el pueblo argentino representado por
el Estado, más específicamete por la ANSES.
La norma de autoprotección de los tahúres contra sus equivalentes se
convirtió, automáticamente, en una norma de protección de los tahúres
contra el Estado argentino, representante directo del pueblo argentino
en su conjunto ante el capital concentrado. Y de allí que perdió todo
sentido, puesto que más allá de que lo haga bien o mal, el Estado
argentino defiende el bien común frente a cualquier empresario privado
(especialmente si se trata de un gran empresario concentrado) que solo
defiende el bien propio, sin interesarle el bien común. Era razonable
que esa norma cayera para que los representantes del bien común
empezaran a tallar en la conducción de las empresas que el Estado
financia en proporción al paquete accionario que el Estado, es decir
el pueblo argentino a través de su representación institucional,
controla.
La solución a esta "insólita" pretensión kirchnerista, ya lo dijimos,
es la doctrina del apartheid patrimonial que La Nación despliega en su
editorial. Pero a Carlos Pagni le toca defender políticamente la
doctrina. Y allí es donde le toca una tarea amarga, indigna de sus
grandes méritos.
Porque para defender la tesis del apartheid patrimonial, Pagni no
tiene más remedio que practicar el apartheid institucional. Y es más:
tiene que personalizarlo, tiene que hacer un apartheid personal. Para
defender el principio del apartheid contra el Estado, Pagni se ve
forzado a reducir la corrección de una norma que se volvió anacrónica
en el mismo momento en que se quitó de manos de los piratas la gestión
de la previsión social a la mera cuestión de que hace falta incorporar
a un integrante de la Cámpora al directorio de una de esas empresas.
A partir de allí se desbarranca hacia la degradación personal de ese
representante, y no sabemos hasta dónde llegará a caer en esa
pendiente espiralada abierta por Satán el día que Dios se hartó de sus
conspiraciones.
Lástima. Tan buen soldado merece mejor comando y, fundamentalmente,
causa más noble que defender.
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Néstor Gorojovsky
El texto principal de este correo puede no ser de mi autoría
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