[R-P] Los caracteres adquiridos, quizás, pueden heredarse

Néstor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Dom Sep 12 09:58:12 MDT 2010


[Hasta ahora, un principio básico de la genética y la evolución era el
siguiente: el "plasma germinativo" (denominación de fines del siglo
XIX de lo que ahora se conoce como "genes") no se modifica por más
modificaciones que sufra el portador. Es decir, los caracteres
adquiridos no se pueden legar a la descendencia. Está en juego el
famoso experimento de los ratones a los que se cortaba la cola. Por
más que se les cortase la cola a centenares de generaciones, los
ratoncitos seguían naciendo con cola.

Esto engendraba una serie de problemas prácticos muy similares a los
que en filosofía provocó la necesaria división entre racionalismo y
empirismo, del tipo de "si A es cierto, entonces B es imposible, pero
si B es imposible A carece de sentido", etc. etc. etc.

Ayer salió una noticia de inmensa importancia: parece ser que SÍ HAY
UN CAMINO POR EL CUAL EL ENTORNO EN QUE VIVE EL PORTADOR DE LOS GENES
INFLUYA NO SOBRE LOS GENES SINO SOBRE SU POSIBILIDA DE EXPRESARSE.

Estas investigaciones representan, para la genética evolutiva, el paso
de la lógica formal a la lógica dialéctica. Como bien dice el último
subtítulo, "lo que no cambia también cambia".]

Sábado, 11 de septiembre de 2010

GENETICA: EL CONCEPTO DE “PROPENSION”
Y en el medio, se vive
 Por Marcelo Rodriguez

La idea de que existe una “predisposición genética” para cada
condición de salud –especialmente para las enfermedades crónicas no
infecciosas– se ha vuelto un lugar común en el mundo de la medicina, y
fuera de él también. Decenas de miles de médicos en el mundo les
explican cada día a sus pacientes que ese problema de hipertensión, de
várices, de diabetes, de psoriasis o de alergia, su carácter
maníaco-depresivo por el cual han concurrido a la consulta, o hasta
incluso un tumor, está causado por “una predisposición genética” a la
que seguramente se sumaron otros factores propios del estilo de vida,
el cigarrillo, otras enfermedades o un bajón en el estado de ánimo.
Poco importa si el médico conoce con exactitud cuáles son los genes
involucrados en dicha predisposición o, incluso, si algún investigador
básico en algún lugar del mundo ha logrado identificar el lugar del
ADN donde se hallan esos genes específicos: el argumento de la
predisposición genética se ha vuelto un estándar que marca un límite:
el límite de algo que –por ahora– no es posible modificar de la propia
vida. Y también el límite de lo que los médicos (y la ciencia médica
misma) aún desconocen.

Es cierto que esta explicación cobra sustento en la medida en que se
descubren las funciones que regula cada gen, pero es necesario admitir
que su efecto (el de marcar el punto donde empieza la resignación, o
bien la fantasía de una gran revolución genética) es más primario: es
tal vez el relato que toda sociedad necesitó, y necesita, sobre las
relaciones entre la salud y la enfermedad. El argumento de la
“predisposición genética” ha pasado a formar parte del sentido común
independientemente de las evidencias científicas que lo sustenten, tal
como sucede con tantos relatos que forman parte del sentido común.

¿Esto significa que da lo mismo que cualquier otro relato sobre las
causas de la enfermedad? En principio, no. Es un relato ampliamente
superador del “determinismo genético”, el del endiosamiento de la
microscópica hebra de ADN, y el que sirvió de caldo de cultivo a más
de una visión racista de las capacidades humanas. A partir de la
conciencia de que a lo largo de la vida de cada individuo las
potencialidades biológicas para sufrir ciertas enfermedades se
“despiertan” o se mantienen apagadas, surge la evidencia de que al
menos hay otros factores y que, por lo tanto, “algo se puede hacer”
para enfermarse menos (o para que la gente se enferme menos).


ZONA DE RIESGO

Pero así, a vuelo de pájaro, esto contradice uno de los principios
universalmente conocidos de la genética. Si bien es cierto que los
genes no cambian a lo largo de la vida de un individuo, hay algo en la
vida de un individuo que hace cambiar la expresión de los genes.

La epigenética estudia, justamente, los mecanismos por los cuales lo
que le sucede a cada individuo (todo, o algo de lo que le sucede, o
casi nada; quién lo sabría, en principio) puede influir a nivel de sus
genes para que estos expresen aquellas famosas “predisposiciones”, o
dejen de hacerlo. Y en un sentido más amplio, la epigenética estudia
también cómo varía la actividad de los genes en el tiempo de la vida
de un individuo.

Se sospecha, se induce o se presume desde hace siglos que los estados
de ánimo pueden favorecer o perjudicar la aparición o la evolución de
una enfermedad crónica. Que una profunda depresión, por ejemplo, puede
operar como desencadenante de la predisposición a una enfermedad
grave. De hecho, algunas de esas relaciones han sido corroboradas
mediante estudios clínicos. Todo ello tiende a apoyar la idea de que
“estar bien” –idea vaga y poco objetiva si las hay– tiende a favorecer
un buen estado general de salud, y que por eso el “estar mal” abre la
puerta a males mayores y más concretos. Llevada esta idea al extremo,
es fácil caer en el voluntarismo omnipotente de que sentirse (o
pensarse) “bien” o “mal” es la llave maestra que confiere pleno
dominio de los estados de salud y enfermedad.

Lo que se ha empezado a comprobar científicamente, y que toma forma
concreta a partir del Proyecto Epigenoma Humano, son los mecanismos
biológicos que desencadenan o silencian las predisposiciones
genéticas. Y una de las consecuencias más interesantes de estos
últimos descubrimientos es que tanto aquellos biologicistas acérrimos
que ninguneaban el papel de la cultura y la historia, como quienes
todo lo atribuían puramente a aspectos sociales y culturales (como si
cada ser humano no fuera, además, un cuerpo sujeto a leyes
biológicas), pueden ver en ellos una concepción ampliamente superadora
de sus prejuicios y posturas extremistas.


EL ESLABON PERDIDO

Como hace cinco siglos lo había intuido Paracelso, las expresiones y
los estados de ánimo se traducen, en el organismo, en marcadores
químicos: hormonas, neurotransmisores, enzimas. Las palabras, los
afectos, los maltratos y las caricias recibidas, las experiencias
placenteras y las otras alteran la química corporal, y así el
medioambiente social tiene la potencialidad de operar
“farmacológicamente” sobre el individuo, si nos decidiéramos a
considerarlo sólo en su aspecto biológico.

Pero a través de una serie de procesos químicos particulares que se
denominan de “metilación”, y que actúan a nivel del ADN mismo que se
encuentra en el núcleo de cada célula, algo de toda esa actividad
hormonal se traduce en alteraciones de la expresión del código
genético.

Los procesos de metilación del ADN parecen ser los principales
responsables de que dentro del núcleo de cada célula los genes se
encuentren activos codificando proteínas (es decir, que se expresen) o
bien se llamen a silencio y se escondan, plegándose alrededor de unas
proteínas circulares llamadas “histonas”. Un consorcio científico en
el que convergen la iniciativa privada y pública en Europa –el
Proyecto Epigenoma Humano– logró descifrar a fines de 2009 los
patrones de metilación del llamado complejo mayor de
histocompatibilidad, que es la región del ADN humano donde más
relaciones se han encontrado con diversas enfermedades. Y van por el
Epigenoma Humano completo.

Los integrantes de este consorcio, conformado por el Welcome Trust
Sanger Institute británico, la compañía alemana Epigenomics AG, con
sucursales también en Estados Unidos, y el Centre National de
Genotypage francés, se presentaron en su página web explicando que la
mutilación de ADN –el proceso que ellos se han concentrado en
estudiar– “es el único parámetro flexible que puede cambiar funciones
del genoma mediante la influencia externa”, y que por lo tanto
“constituye por lejos el principal eslabón perdido entre la genética,
las enfermedades y el ambiente, que según extendidamente se asume,
juega un rol virtualmente decisivo en la etiología de todas las
patologías humanas”. Los estadounidenses del Laboratorio de Análisis
Genómico del Instituto Salk también se pusieron a desovillar
denodadamente nuestro epigenoma, bajo la idea de que “nos conducirá a
una mejor comprensión de cómo se regula la función del genoma en la
salud y la enfermedad, pero también de cómo la dieta y el ambiente
influyen en la expresión génica”. De aquí surgió el primer mapa de las
alteraciones epigenéticas que se producen en las células del cordón
umbilical y de las células troncales adultas, publicado en Nature.


LO QUE NO CAMBIA TAMBIEN CAMBIA

Salvo la vieja idea instalada por August Weissmann a finales del siglo
XIX de que existía un plasma germinal inmodificable en virtud de una
suerte de “barrera” que les permitiría a los genes regular los
procesos vitales pero no ser regulados, los descubrimientos de la
epigenética no cambian en nada los conceptos de la genética clásica.
La secuencia de bases químicas que se suceden en un único y estricto
orden en el genoma es fija a lo largo de toda la vida, y en la forma
del ADN que atesora el núcleo de cada célula las variaciones del
genoma (mutaciones) son excepcionales.

El peligro de las radiaciones electromagnéticas como la luz
ultravioleta o los rayos X es que son capaces de producir mutaciones
genéticas, y hacer que las células con su ADN alterado se comporten de
manera atípica, cambien su naturaleza y comiencen a reproducirse con
esas alteraciones.

Un pequeño grupo de todas las enfermedades conocidas, y consideradas
como tales en la actualidad, son propiamente genéticas. En esos casos
no se habla de “predisposición”, porque tener la alteración genética
que la determina implica tener la enfermedad. Es lo que sucede con
muchas de las llamadas “enfermedades huérfanas”, un grupo de unas 8000
afecciones de muy baja prevalencia, que sufren unas 5 de cada 10 mil
personas.

Pero sin hablar de alteraciones propiamente genéticas, en cualquier
organismo se producen modificaciones a nivel de la expresión de los
genes. Al “esconderse” o quedar expuesto, principalmente en virtud de
la actividad hormonal, cambian sus posibilidades de ser trascripto, es
decir, de que la célula siga generando proteínas vitales en función de
aquel gen. Así, las funciones biológicas determinadas por ese gen se
expresan o dejan de hacerlo.

En concordancia con otra vieja idea presente en el léxico popular, la
de “hacerse mala sangre”, la actividad hormonal del organismo vivo
cambia de acuerdo con sus experiencias, fundamentalmente a través de
los estados emocionales. Y si de alguna manera la expresión genética
pudiera volverse una función de esa misma actividad hormonal,
perderían sentido las antiguas disputas. Por ejemplo, las que existen
en torno del origen de muchas psicopatologías: no puede ser meramente
social o vincular porque, sometidas a las mismas condiciones de vida y
a experiencias parecidas, algunas personas las sufren y otras no. Sin
embargo, si sólo fueran “genéticas”, ¿por qué una familia represiva o
contenedora puede ser determinante en el hecho de que la patología se
desate o no?

Y aún más: ¿qué hay de cierto en que las experiencias traumáticas
sostenidas en el tiempo son un factor que promueve todo tipo de
enfermedades? ¿Por qué sucede eso? En la artritis reumatoidea o la
psoriasis, por ejemplo, se conocen con bastante precisión los
mediadores químicos que desencadenan los procesos causantes, y se sabe
que pueden empeorar o mejorar (aunque nada es lineal, por supuesto) en
consonancia con los avatares y el estilo de vida, pero todos los
especialistas admiten que la causa última se desconoce.
LO NUEVO QUE HAY BAJO EL SOL

Las etapas de mayor actividad hormonal en el ser humano son la niñez,
en especial los primeros seis meses, y la pubertad. Los cambios tan
drásticos que sufre el cuerpo en estas etapas parecen corresponderse
con una intensa actividad de mutilación a nivel del núcleo de cada
célula, y esto explicaría por qué las experiencias vividas en estas
edades son tan “marcadoras” de la identidad y de la salud futura.

En diferentes etapas de la vida, las nuevas células que el organismo
va produciendo cuentan con un ADN marcado por la actividad hormonal de
ese momento, lo cual implica que tiene diferentes potencialidades. En
medio de la vieja dicotomía “genes o ambiente”, parece haberse abierto
un nuevo mundo, y lo que hoy entusiasma es la posibilidad de traducir
el código por el cual las experiencias pueden traducirse en fenómenos
a nivel de los genes.

Entre el genotipo, que es la configuración de los genes de un
individuo, y su fenotipo, que es la expresión concreta de ese código
genético en los rasgos, el color de pelo, la complexión corporal, la
voz y todas esas características que conforman la identidad de lo
físico, surgen ahora los endofenotipos. Los endofenotipos sí cambian a
lo largo de la vida y están relacionados, por así decirlo, con el
estado de los genes en cada momento de la vida y los procesos que
determinan esos estados.

La relación entre estos endofenotipos y las enfermedades crónicas no
infecciosas –la mayoría de los estudios actuales en epigenética
apuntan al cáncer– es una de las vetas más prometedoras de la futura
ciencia médica, pero por ahora está restringida a unos pocos países
centrales. Y otra de las vetas es averiguar si esos endofenotipos
–caracteres adquiridos– son heredables. Si fuera así, si se
corroboraran los resultados de trabajos como los del estadounidense
Larry Feig, de la Universidad Tufts, se le deberán a Jean-Baptiste de
Lamarck un par de disculpas.


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Néstor Gorojovsky
El texto principal de este correo puede no ser de mi autoría




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