[R-P] [Enrique Lacolla] Clase media y conciencia nacional

Nestor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Jue Oct 21 01:10:42 MDT 2010


*Clase media y conciencia nacional*

/Por Enrique Lacolla/

/La nacionalización del estamento medio en Argentina tiene un recorrido 
atormentado y tortuoso, pero es clave para la victoria del país./

La clase media argentina ha sido siempre un factor oscilante en las 
luchas por el poder que han señalado a nuestro país a partir de la 
consolidación del modelo salido de la organización nacional. Es el fiel 
de la balanza entre un estamento superior (calificado por la oligarquía 
agropecuaria en un comienzo y por una oligarquía sistémica nutrida con 
la incorporación de factores empresariales y financieros en la 
actualidad) y los estratos que han sido esquilmados por este. Es decir, 
los segmentos del proletariado industrial y rural, que se configuraron 
como un factor renuente a ese dominio y que han adherido a las 
experiencias populistas del radicalismo yrigoyenista y del peronismo. 
Las clases medias, por lo general enfeudadas a la visión oligárquica de 
nuestra historia, cuando han podido liberarse de esa perspectiva y 
repensar al país desde un enfoque diferente, han sido determinantes para 
que esos procesos movimientistas alcanzaran un cierto grado de éxito y 
pudieran, durante algún tiempo, revertir las tornas y neutralizar por 
momentos el poder del segmento dominante.

Se han producido, y seguirán produciéndose todavía, cambios moleculares 
en la masa electoral compuesta por los estratos medios, que tanta 
importancia tiene en nuestro país. Esos cambios aun no parecen tocar, 
sin embargo, el punto crítico, el que define el desplazamiento del 
individuo desde una condición de difuso y a veces estéril descontento al 
nivel de la autoconciencia. Razón por la cual la objetivación de la 
conciencia política de las clases medias debería ser un motivo esencial 
del debate de ideas en la Argentina. Fue un asunto abordado en extenso y 
con profundidad por pensadores como Arturo Jauretche, Juan José 
Hernández Arregui y Jorge Abelardo Ramos, para hacer unos pocos nombres 
de una lista larga y significativa. Desde la dictadura 1976-1982, sin 
embargo, esa polémica se atemperó o, con posterioridad al proceso, fue 
desviada hacia el campo de las grandes simplificaciones del progresismo, 
con su énfasis en la vigencia de los derechos humanos y de la moralidad 
o la inmoralidad de los hechos de la historia. Todo en un ámbito que, 
aunque se quiere detonante, no deja de ceñirse a los marcos del discurso 
políticamente correcto. Compárense los escritos de aquellos autores con 
las generalidades de Osvaldo Bayer sobre la conquista del desierto y su 
maniquea divisoria entre milicos malos e indios buenos. La trasfusión de 
un humanismo “ecologista” al campo de los estudios sociales es una 
detestable manera de aguar la historia y de nublar la visión de las cosas.

La configuración o, si se quiere, la desconfiguración ideológica de 
nuestras clases medias es compleja. Se trata de un proceso que viene de 
lejos y que ha experimentado flujos y reflujos. Surge de la traumática 
experiencia del desarraigo y la desnacionalización que devienen de la 
liquidación de las resistencias interiores al modelo propuesto por la 
burguesía portuaria y asimismo del impacto generado por el alud 
inmigratorio. Este por un momento pareció que iba a sumergir 
definitivamente la escasa conciencia de patria que había quedado en el 
país después de la derrota de las montoneras, de la reducción del 
paisanaje a la condición de paria y del cuasi exterminio de la población 
paraguaya en la guerra de la Triple Alianza.

Después del huracán devastador posterior a Pavón que cerró un período de 
guerras civiles que había durado 70 años, la historia oficial intentó 
socializar a las masas provenientes de la inmigración inculcándoles una 
visión del pasado que aunaba el cuento de hadas con el de terror: esos 
caudillos hirsutos y depositarios de una barbarie elemental, devotos del 
“violín y violón”1, eran distintivos de un pasado que convenía abominar.

De manera bastante rápida, en el curso de apenas una o dos generaciones, 
la nueva población se adaptó al país y se fundió con los remanentes de 
la patria vieja. El molde con el que se había pretendido forjar su nueva 
identidad resultó atractivo y capturó la imaginación de los 
descendientes de los inmigrantes, aunque de una manera un tanto 
paradójica y que no necesariamente respondía a las intenciones de 
quienes lo habían concebido. El mármol en el cual se encerraba a los 
próceres, más que brillar, emitía una luz opaca; por el contrario, los 
retratos de caudillos como Rosas y Facundo, los malos de la película, 
marcados por sus detractores con una perversidad o una barbarie innatas, 
tenían el don de seducir por una intensidad vital derivada de su 
carácter sanguíneo. Eran hombres y no pálidas estampas escolares. Parte 
esencial en esta transubstanciación la produjo el arte de Domingo 
Faustino Sarmiento, a quien “las lanzas se le volvieron cañas”. En 
efecto, al describir la naturaleza aberrante de esos dos individuos las 
dotes de escritor del sanjuanino lo traicionaron: se enamoró de las 
posibilidades dramáticas de sus personajes y al distorsionar su 
verdadero carácter con el fin de condenarlos los salvó de su 
petrificación en el santoral de los héroes impolutos… y eviscerados.

/La dialéctica de la integración/

La incorporación de la conciencia histórica en el /melting pot/ que 
resultó de la fusión de la población criolla con el aluvión inmigrante 
llevó tiempo y fue precedido por la adquisición de una conciencia 
política en las nuevas masas. El radicalismo yrigoyenista fue el 
vehículo de esta dinámica. Se trató empero de una incorporación a la 
política que no ponía en tela de juicio el modelo ideal forjado por la 
casta oligárquica. Con todo, ese trasvasamiento implicaba la 
aproximación a la corriente popular de nuestra historia; no en vano el 
radicalismo se encontraba ligado al viejo tronco federal a través del 
tío de don Hipólito, Leandro Alem, hijo de un mazorquero fusilado por 
Urquiza después de la caída de Rosas.

No fue hasta la crisis de 1930 y la década infame que una visión 
distinta del pasado de nuestro país comenzó a calar a nivel masivo. 
Hasta entonces la visión oficial de la historia –la Civilización y la 
Barbarie, la regimentación y organización del país gracias al Puerto, y 
la concepción de una Argentina nacida de sí misma, abierta a la Europa 
ilustrada y desinteresada de América latina- había prevalecido no sólo 
en las escuelas sino en la conciencia de la pequeña burguesía, que no 
tenía por otra parte motivos muy fuertes para dudar de ella.

La crisis de la Gran Depresión de la década de 1930 agrietó el patrón 
agro-exportador que había sostenido los privilegios de la casta 
dominante al hacer patente la subordinación a Gran Bretaña y la 
incapacidad de esta para seguir fungiendo a modo de protectora de una 
semicolonia privilegiada. La crisis rompió el espejo deformante en el 
que nos mirábamos y nos devolvió a una realidad connotada por la 
necesidad de construir un nuevo modelo productivo y de incorporar a él a 
las masas oscuras del interior, que fueron afluyendo a las ciudades.

De la mano de esta imagen recién descubierta proliferaron los estudios 
revisionistas de nuestra historia, los cuales, a pesar de que en algunos 
casos adolecían de una orientación aristocratizante, hispanófila o 
eventualmente filofascista, desbrozaron el camino para la llegada de 
historiadores y pensadores de raigambre democrática y que no se sentían 
propensos a idealizar un pasado rudo y pastoril, que tenía a Juan Manuel 
de Rosas como arquetipo de un paternalismo despótico, sino a hurgarlo 
para encontrar en él la razón del desarrollo contrahecho de la nación.

El salto del nacionalismo aristocratizante al nacionalismo popular 
estuvo dado por el peronismo y por la importancia que cobró la figura de 
su jefe, cifra y símbolo de un movimientismo que resolvía las 
contradicciones de una sociedad compleja fusionándolas en la figura del 
líder. Pero cuando este no fue capaz de conjugarlas para sacarse de 
encima la conspiración que lo asediaba y prefirió abandonar la lucha en 
1955, esa condensación de las contradicciones en una persona reveló las 
dificultades que tal fórmula tenía para resolver los problemas del país.

El papel de la clase media en ese momento decisivo fue determinante. 
Aunque trabajada por la nueva conciencia de la historia en muchos de sus 
integrantes, gran parte de ella, en especial en Buenos Aires, seguía 
atada a una visión marcadamente antipopular, enfeudada a los lugares 
comunes de la historia oficial y de un progresismo para nada proclive a 
decodificar los componentes de nuestra realidad a partir de sus datos 
intrínsecos, sino predispuesto a ver la escena nacional desde el prisma 
europeo o norteamericano. Siguiendo en esto a la construcción imaginaria 
del país tal como había sido generada por la clase dominante desde 1810 
en adelante, fue presa fácil del discurso opositor. El fenómeno no era 
muy diferente en el interior del país, aunque en el caso de Córdoba, por 
ejemplo, esos datos se mechaban e incentivaban por el bullir de un 
clericalismo muy arraigado todavía y erizado por el torpe manejo que 
Perón hizo de su conflicto con la Iglesia.

/Punto de inflexión/

El ’55 y sus secuelas, sin embargo, representarían un punto de inflexión 
en la predisposición ideológica de la clase media. Si a partir de 
entonces se produjo un retroceso nacional que no tendría tregua y que 
culminaría, tras muchos altibajos, en la desastrosa segunda década 
infame, la de los años 90, también comenzó a operarse una transmutación 
que se derivaba de la ascendente ola popular que buscaba resarcirse del 
daño infligido por el retroceso del ’55. En su estela la generación 
pequeño burguesa que salía de la adolescencia y se asomaba a la política 
se sintió cautivada por la originalidad del fenómeno peronista, 
experiencia multitudinaria inédita en el país a la cual vincularon, de 
manera imaginativa pero también un poco ilusoria, a la contestación 
sistémica de carácter radical, individualista y semianárquica propia de 
la década de los ’60, nutrida de la leyenda heroica de la revolución 
cubana y de la retórica del Mayo francés.

Fue esa la rebelión de los hijos de los estamentos de la clase media, 
que se precipitaban con entusiasmo a la política aspirando convertirla 
en política revolucionaria, estimulados por esos ejemplos y también por 
la vaga percepción de que sus oportunidades sociales no eran ya las 
mejores en un país cuyo desarrollo se estancaba. En ese proceso 
absorbieron las lecciones del revisionismo y se tornaron inmunes al 
verso liberal de la civilización y la barbarie, pero no terminaron de 
deshacerse –quizá porque era imposible que lo hicieran en esa etapa de 
su maduración ideológica- de una comprensión autoritaria y arrogante de 
la política que invertía pero no anulaba los parámetros gorilas de la 
generación de los padres. Cuando el Perón real se reveló diferente del 
imaginado por su fantasía y cuando este se rehusó a convertirse en la 
figura de paja de unos dirigentes jóvenes que pretendían adueñarse del 
movimiento secuestrando a su cabeza, mucho de la antipatía de piel para 
con el viejo caudillo que había sido connatural a sus padres, volvió a 
manifestárseles. Esa inmadurez y esta herencia se revelaron fatales para 
su trayectoria y convirtieron a esos jóvenes en sujetos susceptibles de 
una manipulación que terminaría haciéndolos protagonizar una embestida 
en solitario contra los factores de poder en una sociedad que era, y es 
aun más hoy en día, sustancialmente conservadora.

Este desajuste respecto de la realidad acabó en un desastre. Una 
generación que poseía valores, generosidad e inquietud intelectual 
terminó exterminada por una represión ejercida en primer término contra 
ella, pero que en el fondo estaba dirigida contra la sociedad y los 
fermentos que en ella existían en el sentido de retomar la 
transformación de corte industrialista, popular y de redistribución más 
equitativa de la renta que se había expresado en tiempos del primer 
peronismo.

Los horribles procedimientos de la junta militar enajenaron a esta el 
consenso que en un primer momento le había sido concedido por la vasta 
capa de los sectores medios, ansiosos de orden y cansados de la 
violencia y de la turbulencia sin meta de la guerrilla. El desprestigio 
originado por la estulticia asesina de la represión y la evidente 
corrupción que la corroyó, la dejó en un vacío que la dictadura intentó 
colmar, con mala fortuna, a través de la aventura de Malvinas. Empresa 
emprendida sin preparación y sin una noción cabal de los riesgos que 
entrañaba, y sin que hubiera, en el gobierno que la propulsó, conciencia 
respecto de cuál era la naturaleza de la lucha en la que empeñaba al 
país, y coherencia para apelar a los recursos que requería la situación: 
la movilización popular y una reversión sincera de todas las coordenadas 
que en materia de política económica y política exterior habían movido 
al gobierno militar.

La clase media salió de la larga noche de la dictadura aturdida y 
persuadida de que la “democracia” –en la acepción más formalista del 
término- suministraba la panacea para curar las heridas que el cruento 
período 1955 -1982 había causado. No alcanzaba a discernir las complejas 
raíces de donde arrancaban los horribles episodios que se habían vivido. 
La ecuación que la encandiló era simplista: los golpes militares eran la 
manifestación de la arrogancia de casta de las Fuerzas Armadas y la 
exteriorización de una brutalidad propia de milicos, afligidos por una 
especie de fatalidad genética que los llevaba a atropellar las 
instituciones civiles y a abominar el intelecto. Esta interpretación en 
cierto modo prolongaba el esquema de civilización y barbarie, y no 
tomaba en cuenta ni la acción de las fuerzas económicas y ni el /diktat/ 
imperialista que habían propiciado la desestabilización institucional 
del país a partir del 55 y el exterminio en que acabó, y sin cuyo 
concurso nada de eso hubiera sido posible.

/Necesidad de ganar al estamento medio/

La idiosincrasia de la pequeña burguesía tiende a hacerla sobrenadar en 
la superficie de las cosas. Es una forma de escurrir el bulto respecto 
de las tareas de fondo que es preciso asumir para promover un cambio que 
la asusta, pues no suele ver más allá del interés individual. Sus 
integrantes, sin embargo, son esenciales para promoverlo, ya que en ese 
estrato se reclutan los cuadros intelectuales y técnicos que son 
indispensables para administrar la sociedad, y los elementos capaces de 
motorizarla en uno u otro sentido. Favorecer la capacidad de los mejores 
de sus miembros para fortalecer su conciencia nacional es un trámite que 
no puede eludirse. La experiencia de nuestros años de plomo y la 
aplanadora de la política neoliberal sin duda han generado un sedimento 
de conciencia entre ellos, que en este momento aflora en el rechazo de 
parte de la clase media para con el discurso que el sistema dirige 
contra las iniciativas del kirchnerismo que intentan levantar al país de 
la postración en que lo dejó el tsunami neoconservador. Pero esa 
predisposición favorable a una modificación ponderada (demasiado 
ponderada, tal vez) del estado de cosas, que ostentan ciertos sectores 
de la pequeña burguesía, no afecta todavía al grueso de las clases 
medias ciudadanas y rurales. El proyecto de ley sobre las retenciones al 
campo que soliviantó al /establishment/ agroexportador encontró un 
sorprendente eco no sólo entre la pequeña burguesía agraria –que ha 
transformado la aspiración a insertarse socialmente de los primeros 
inmigrantes en un espíritu de rapiña teñido de racismo-, sino también en 
amplias capas urbanas que reproducen el fenómeno del desdén social 
nutrido contra los sectores populares de los tiempos del primer peronismo.

Hay algo duro y consolidado en el seno de los grupos más incultos de ese 
estrato, que es propio de la inseguridad psicológica característica de 
la flotación entre las clases. Entre nosotros estos rasgos típicos y 
muchas veces descritos por la sociología, se enturbian aun más por el 
efecto deletéreo del lavado de cerebro promovido por los medios masivos 
de comunicación. Aquí este proceso ha alcanzado niveles que sorprenden, 
incluso en un mundo donde el deterioro intelectual y la bastardización 
de la cultura de masas es un fenómeno generalizado.

El discurso único del neoliberalismo y la plasta decadente de los 
programas televisivos y de un cine que en gran parte está copado por la 
basura cultural del peor Hollywood, se aúnan al machaconeo de la prensa 
y de los programas informativos controlados de forma monopólica para 
mantener a una gran cantidad de gente suspendida en una atmósfera 
gaseosa, pegajosa, que apunta a neutralizar cualquier capacidad de 
reacción crítica que eventualmente se pudiera insinuar entre los 
receptores de ese mensaje.

Romper este encantamiento es una tarea difícil y que no podrá realizarse 
si no es través de una batalla cultural que ataque sin contemplaciones 
las prebendas de los escribas al servicio del sistema y al sistema en sí 
mismo, enquistado en los medios masivos de comunicación, que son su 
prolongación y su agente más activo. La batalla por la clase media viene 
a ser algo así como la batalla del Atlántico: sólo después de vencer a 
los submarinos alemanes los aliados fueron capaces de allegar hasta 
Inglaterra los efectivos que eran necesarios para proceder a la invasión 
de Francia y la apertura del segundo frente. Los monopolios 
periodísticos estrangulan el acceso de la información y mantienen a la 
población sofocada en un océano de detritus. Mientras tengan esta 
capacidad operativa o no sean contrabatidos por una campaña que disponga 
de los elementos comunicacionales capaces de expandir su radio de 
influencia con un alcance equiparable, el sistema oligopólico que ha 
condenado al país a la dependencia continuará disponiendo de una ventaja 
difícil de anular.

La Ley de Medios es un primer paso en el camino para compensar esta 
situación; pero hay que fortalecerla y tornarla realmente activa con una 
mayoría consolidada en el Congreso, que sea capaz de impedir que sus 
cláusulas se reviertan. Esto torna aun más urgente la necesidad de tener 
una idea clara sobre lo que estará en juego en las elecciones del 2011. 
Hay que derrotar la amenaza de un retorno a la década de los ’90, 
primero. Después habrá que apoyar la eventual victoria del kirchnerismo 
de la única manera en que se podría hacerlo: apoyándole las manos en la 
espalda, no sólo para sostenerlo, sino para impulsarlo hacia delante.

N O T A

1 Para los jóvenes, que suelen ser poco lectores o no han recorrido las 
páginas de José Mármol, Esteban Echeverría o Guillermo Enrique Hudson, 
vale la aclaración: “violín y violón” era la expresión usada por el 
gauchaje para describir el degüello de un enemigo. El acto de pasar el 
cuchillo por la garganta de un unitario remedaba el recorrido del arco 
sobre las cuerdas de un violín. “Le toqué violín y violón”, le corté el 
pescuezo.

(www.enriquelacolla.com)





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