[R-P] [Germán Ibáñez] El sentido común conservador
Néstor Gorojovsky
nmgoro en gmail.com
Dom Nov 21 09:29:49 MST 2010
El sentido común conservador de la Argentina
por Germán Ibáñez
El gran italiano Antonio Gramsci señalaba que el sentido común de una
sociedad se conforma por una suerte de “decantación” de elementos de
la cultura dominante que se conjugan, abigarrados, con otros
provenientes de pasados tiempos históricos. Por cierto, también con
aquellos elementos culturales que son producto de los propios modos de
vida de las clases populares; pero cuando se trata de aquello que nace
de una experiencia social (cuestión que implica un “aprendizaje” a
través de la práctica, aunque no sea una experiencia sistematizada en
un plano ideológico complejo), ya hablamos más bien de buen sentido.
Es decir, que si el buen sentido nace de la experiencia social y de un
grado, aunque sea mínimo, de reflexión propia, el sentido común es
invariablemente conservador y refleja, de manera difusa, los
prejuicios impuestos a una sociedad por sus clases dominantes.
En los últimos tiempos, se ha visto aflorar, nuevamente, en la
Argentina visibles indicios de un sentido común conservador,
especialmente en sus clases medias. Teñido a veces de un marcado
antiperonismo, otras veces “antikirchnerista”, y en todo caso siempre
antiplebeyo. Aunque tales prejuicios suelen dar señales de vida en
todas las épocas, el conflicto con la resolución 125 en el año 2008
los exacerbó. En las siguientes líneas intentaremos rastrear su
configuración histórica, sin pretender ser exhaustivos; más bien
señalando ciertos procesos que fueron especialmente relevantes en el
devenir de un sentido común conservador.
La conquista y los prejuicios sobre la inferioridad y “pereza” de los
trabajadores y pobres
La conquista y colonización de estas tierras por los españoles
estableció un sistema de dominación en el cual la noción de “raza”,
como señaló Aníbal Quijano, se constituyó en un pilar esencial. Los
conquistadores se impusieron violentamente sobre los pueblos
originarios y desarticularon sus modos de vida, al tiempo que negaban
tajantemente sus cosmovisiones. No solo eso: consideraron a los
hombres y mujeres americanas (como luego a los africanos capturados
para ser convertidos en esclavos) seres inferiores. Es recordada la
polémica entre Juan Ginés de Sepúlveda y Bartolomé de Las Casas acerca
de la “humanidad” de los habitantes originarios de América,
denominados “indios” sin más. Si bien se impuso la tesis de Las Casas
que reconocía la humanidad de los indios ya que poseían alma, al mismo
tiempo se los consideró una suerte de “menores de edad” que debían ser
tutelados por los españoles.
La relación de dominadores y dominados estuvo marcada por la violencia
y la intolerancia, resultando limitados los procesos de
transculturación creativa. Los indios eran simplemente inferiores y su
aspecto exterior, como el de los negros, fue codificado como expresión
de esa inferioridad. Es la teoría de “los colores”: los blancos son
superiores, el resto de los “colores” son inferiores. La sociedad
colonial fue una sociedad rigurosamente estamental, de castas. Cada
casta tenía su lugar, que no podía traspasar. Curiosamente, aunque las
clases dominantes coloniales sostenían su poder y riqueza sobre la
base del esfuerzo y sacrificio de una enorme masa de explotados
(tributarios, esclavos, trabajadores libres pobres), desarrollaron la
idea de que esos trabajadores eran “perezosos”. Aquí, en el Río de la
Plata , la palabra “gaucho” tuvo inicialmente un matiz peyorativo:
eran los “vagos y mal entretenidos”.
Así se constituyó la mirada dominante sobre los trabajadores y los
pobres en el período colonial, esa extraordinaria y bestial
“acumulación originaria de trabajadores”. Los prejuicios acerca de su
inferioridad (reforzados por la presunción de que había razas
superiores e inferiores) y su escasa vocación por el trabajo, no
desaparecieron con la Independencia , sino que se prolongaron en la
nueva sociedad republicana.
La construcción de la Argentina oligárquica
Las guerras de la Independencia comenzaron siendo guerras civiles. En
ellas se pusieron en juego distintos proyectos nacionales. Valga como
ejemplo la diferencia de visión entre un José Artigas, caudillo
popular, que se preocupó por dignificar a los trabajadores y pobres,
tanto criollo –mestizos como indígenas y negros, y un Carlos Alvear,
Director Supremo por un breve tiempo, que declaró que Artigas fue el
primero en sacar partido político de la “brutal imbecilidad” de las
clases populares. En esta segunda visión, las masas populares solo son
la base de maniobra a ser instrumentada desde arriba. Parece una
anticipación de la preocupación por el “clientelismo” y la “demagogia”
que hoy desvela a varios operadores de los grandes monopolios de la
comunicación.
Pero sin duda fue Domingo Sarmiento el gran constructor de una visión
hegemónica sobre el país que se organizaba, del imaginario dominante
de la Argentina moderna, impuesto a sangre y fuego por cierto. Son
conocidas sus opiniones sobre los criollos, mestizos e indios.
Sarmiento los consideraba biológicamente inferiores, e incapaces de
progreso. Por eso aconsejó “no ahorrar sangre de gaucho”, ya que sería
un buen abono para el suelo de la Patria. Esas opiniones constituyen,
como señalara el cubano Roberto Fernández Retamar, prácticamente una
justificación del etnocidio. Pero no solo se atacó a las “bases” de un
proyecto nacional alternativo (que no eran otras que los pueblos que
conformaron la actual Argentina), sino también a sus emergentes
políticos e intelectuales. Si las masas eran “bárbaras”, no menos
bárbaros eran sus caudillos. Bartolomé Mitre es el otro gran ideólogo
de esa Argentina que se pensó moderna, progresista, civilizada, y
devino finalmente oligárquica. En el relato histórico de la
nacionalidad argentina que Mitre moldeó en sus trabajos (y que durante
décadas fue sinónimo de “la historia argentina”), las elites
esclarecidas son las constructoras del país. Elites esclarecidas en
tanto europeístas, en tanto aliadas de un progreso que advenía de la
mano de las ideas y el capital metropolitanos. Es por eso que Mitre
afirmó que la fuerza que impulsaba el progreso argentino era el
capital inglés.
Elitismo, prejuicios antipopulares y europeísmo son claves
fundamentales de la ideología dominante que corona el Estado
oligárquico. Ese orden político republicano pero antidemocrático,
también mostrará su faz dura y excluyente frente a las oleadas
inmigratorias de europeos pobres que buscarán un camino de ascenso
social en la Argentina. Se va construyendo un imaginario profundamente
contradictorio. Por un lado, los inmigrantes concretos, que se
transforman en la fuerza de trabajo que requería la modernización
oligárquica (expansión agropecuaria orientada a la exportación y
pequeño puñado de “industrias”), son vistos con desconfianza en tanto
muchos de ellos contribuyen a poner en pie los primeros rudimentos del
movimiento obrero argentino. Pasan a ser entonces “agitadores” y
elementos “indeseables”, a los cuales hay que reprimir o expulsar. En
ese camino, hasta se revisa la visión del gaucho, aquel mal
entretenido de los tiempos coloniales, montonero de las guerras
civiles, y desheredado Martín Fierro; ahora pasa a ser el arquetipo de
la nacionalidad frente al militante obrero de origen extranjero, nueva
encarnación de una barbarie no prevista por Sarmiento. Pero por otro
lado, también se irá estableciendo la imagen de una inmigración
abstracta, idealizada, que “blanquearía” a la Argentina y permitiría
seguir soñando con ser Europa en América. De allí la expresión “los
argentinos descienden de los barcos”.
Por cierto, no puede de ninguna manera obviarse el fuerte impacto de
esa inmigración, sobre todo en el área metropolitana y litoral de
nuestro país. Lo que señalamos es otra cosa: ese imaginario contribuyó
a invisibilizar a los descendientes de los pueblos originarios, a los
que consideró vencidos o muertos. No serían contemporáneos de los
argentinos que bajaron de los barcos, sino curiosos ancestros a los
que puede visitarse en libros y museos.
Pero nos falta un punto más, una última zoncera como diría Jauretche.
Sobre la base de la formidable expansión agropecuaria (hasta circa
1914) que coadyuvó a un indudable crecimiento capitalista de la
Argentina de entonces, se estableció también el mito de que “el campo
hizo al país”. Es comprensible que los terratenientes (y los políticos
e intelectuales asociados a ellos) así lo creyeran, pues ellos eran
los “dueños” del campo en tanto propietarios, y no los miles de peones
y campesinos que se deslomaban en tierras ajenas o de tenencia
precaria. Más difícil era que lo creyeran las capas medias que
comenzaban a crecer en las ciudades, al compás de la modernización
oligárquica. Allí jugó todo el influjo de esa cultura dominante que
identificó transformación capitalista (en beneficio de los
propietarios) con progreso de la Nación. El modelo a imitar para el
incipiente empresario manufacturero o incluso los sectores más
acomodados de las clases medias era el gran aristócrata terrateniente;
así como para este último sus modelos se hallaban en las metrópolis.
Es lo que analiza Arturo Jauretche en ese formidable libro que es El
medio pelo.
De esa manera fueron acumulándose varios prejuicios: el colonialismo
interno sobre los descendientes de los pueblos originarios, vencidos y
considerados muertos, es decir arrancados de la contemporaneidad y
arrojados al pasado; prejuicio también étnico, o “racial” como se
decía entonces, sobre los morochos mestizos que conformaban una gran
parte de la fuerza de trabajo y los pobres del país; prejuicio
antiobrerista contra la nueva barbarie representada por el activismo
sindical; prejuicio antiindustrial o al menos ausencia de una
auténtica conciencia sobre el problema de la industria y sus
relaciones con el desarrollo nacional, en tanto se identificaba la
transformación capitalista agropecuaria con el progreso de la Nación.
El peronismo y el ascenso de la Argentina “cabecita negra”
4Aunque el antiobrerismo estaba ya instalado desde antes, es la marea
de los “cabecitas negras” a partir del 17 de octubre de 1945 lo que
estimula ese prejuicio hasta grados insospechados. Ya a raíz de esa
jornada en cierta medida fundacional del peronismo, se esbozaron los
peores dicterios y calificaciones sobre las masas movilizadas. La
formulación insuperable: la de “aluvión zoológico”, que retrocedía sin
escalas hasta Ginés de Sepúlveda. Algunos observadores más sutiles se
preguntaban de dónde habían salido esas multitudes; desorientación que
revelaba la presencia difusa del prejuicio antiindustrial. La
contraposición de dos Argentinas estaba ya allí latente, y el
peronismo la aprovechó con habilidad contraponiendo la Nueva Argentina
industrial y de la justicia social al parasitismo oligárquico del
viejo país.
Fue la extraordinaria vitalidad del ascendente movimiento nacional
(vitalidad alcanzada a través de importantes grados de organización,
conciencia y participación popular), lo que le permitió cuestionar la
hegemonía oligárquica con fórmulas sencillas pero precisas. Y no fue
de lo menos importante la capacidad de “dar vuelta” expresiones
teñidas de prejuicios antiplebeyos como la de cabecita negra o
descamisado, que pasaron a enriquecer el lenguaje popular con
resonancias de dignidad del trabajador. Pero esa presencia visible del
factor plebeyo, en la política, en el discurso, en el consumo, no dejó
de herir la “sensibilidad” educada en los valores oligárquicos de esa
vieja Argentina, ahora denostada desde las voces oficiales. Nuevas
formulaciones del sentido común conservador comenzaron a circular y
afloraron en virulento antiperonismo.
Se trataba ahora de una masa, que no solo era “negra” y perezosa, como
siempre, sino “soberbia” y “manipulable” al mismo tiempo. Soberbia
porque cuestionaba directa o indirectamente las jerarquías sociales,
el lugar de cada uno en la sociedad. Manipulable porque enfeudaba su
conciencia y libertad por “un plato de lentejas”. La manifestación
exterior de la soberbia era el “resentimiento” de la negrada por ser
pobre y no saber salir por sí misma de esa situación. La adhesión
fanática y el “amor” por el Líder vindicador y hábil titiritero era la
manifestación exterior de esa condición manipulable de las masas. Esa
combinación de prejuicios cristalizó en una visión distorsionada del
crecimiento capitalista: el ascenso socioeconómico de los de abajo era
leído como un correlativo “descenso” por las capas medias y
empresariales. Tal interpretación impidió a numerosas porciones de las
clases medias comprender la naturaleza del crecimiento económico de
aquellos años que, a diferencia de etapas anteriores, estaba asociado
a una expansión del mercado interno y del consumo popular.
También en esta etapa a la barbarie de las masas le correspondió la
barbarie de sus líderes. En primer término de aquellos que
directamente emergían de ellas, como los dirigentes sindicales, sobre
los cuales se proyectó todas las lacras (venalidad, corrupción,
autoritarismo) que el capitalismo hace crecer exuberantemente en los
empresarios y políticos del sistema. Si la negrada era perezosa, los
dirigentes sindicales eran ladrones. Tal la nueva configuración del
viejo prejuicio antiplebleyo, estimulado desde las clases altas y
reproducido por amplios contingentes de los sectores medios. Y también
se estigmatizó al máximo Líder: corrupto y demagogo, artífice de la
frustración del enjundioso destino del país, y sobre todo demiurgo de
la división de los “argentinos”. El hecho de que la violencia
terrorista se desatara desde los sectores antiperonistas, con el
demencial bombardeo a la Plaza de Mayo en 1955, no modificó
sustancialmente esa opinión; a fin de cuentas, como dijera un año
después un conocido dirigente de la oposición: “la letra con sangre
entra”.
La herencia de la dictadura
La política terrorista de exterminio del activismo popular y la
insurgencia que la última dictadura militar desarrolló desde el
Estado, marcó otro importante jalón en la imposición de un sentido
común conservador en la sociedad argentina. El objetivo manifiesto de
la represión era la “guerrilla” caracterizada por el régimen
dictatorial y sus socios civiles (empresariales, periodísticos y
eclesiásticos) como terrorista y subversiva. Sin embargo, los
objetivos profundos eran más vastos.
Uno de ellos era desarticular completamente el campo del pueblo a
través de la eliminación de sus dirigencias y activistas. Estos fueron
estigmatizados también como subversivos o cómplices de la guerrilla.
La Triple A había comenzando con esa tarea de exterminio selectivo de
los militantes y referentes del campo popular, con la impunidad que
garantizaba el Estado, bastante antes del asalto al poder de marzo de
1976. También puede recordarse las denuncias de un importante líder
del radicalismo acerca de la “guerrilla industrial”. En el complejo
período de tiempo que corre entre la muerte de Juan Perón en julio de
1974 y el zarpazo militar de marzo de 1976, el peronismo en el
gobierno se desintegró en medio de enfrentamientos armados. Ese
conflicto fue aprovechado por clases dominantes largamente entrenadas
en aprovechar las contradicciones en el seno del pueblo. La capacidad
de aprovechar las contradicciones del campo adversario es el arte más
sutil de una clase o bloque de clases con potencialidad hegemónica. La
burguesía argentina alcanzó así varios logros importantes. En primer
término endilgarle al movimiento nacional una naturaleza facciosa, ya
que el enfrentamiento era “entre ellos”, peronistas bárbaros que se
mataban entre sí. En segundo término, descabezar prematuramente al
campo popular, eliminando a dirigentes importantes, forzando el
repliegue de otros, y estimulando el enfrentamiento unilateral en el
terreno de las armas con los núcleos insurgentes.
Aquí comienza una gran victoria cultural del bloque dominante,
consolidada luego por el terrorismo de Estado pos -76: el terror a la
represión alimentó el rechazo a la voluntad de transformación social
liberadora. Demonizados y perseguidos, diezmados en gran medida por un
régimen que supo aprovechar las debilidades de sus adversarios, los
militantes populares y los revolucionarios fueron castigados como
encarnación de esa voluntad de transformación, del intento de poner en
pie un proyecto contrahegemónico. El mensaje fue para toda la
sociedad, difundiéndose el temor a los costos políticos y sociales de
esa transformación. El “no te metás” fue tal vez la fórmula más
gráfica del nuevo avatar del sentido común conservador. De alguna
manera, los revolucionarios habían atraído sobre sí la desgracia con
su ambición desmedida, con su voluntarismo. Eso debía castigarse. Los
vencidos son los culpables. El desencanto pasa a ser parte de la
ideología del sentido común. Un sentimiento que impone el temor y la
desconfianza como reacción primaria ante cualquier voluntad concreta
de transformación social liberadora. “No hagan olas”, no “crispen”,
parecería ser el reclamo de grupos sociales adormecidos en ese sentido
común conformista que es una herencia del Terror.
El neoliberalismo de los ´90
En rigor de verdad, el proyecto neoliberal comienza a imponerse en
nuestro país con la última dictadura militar. Sin embargo, no cabe
duda que los años 1990 marcaron una clara vuelta de tuerca en ese
proyecto, con la cruda imposición del paquete del ajuste estructural.
Las privatizaciones de activos públicos fueron una de las
manifestaciones más gravosas; pero también el crecimiento sin frenos
del endeudamiento externo, la apertura comercial indiscriminada, la
precarización de las condiciones de empleo y trabajo, la concentración
del ingreso y el aumento de la desocupación, pobreza y marginalidad de
amplios contingentes populares. Ahora bien, todo esto fue posible en
un marco de ofensiva cultural del proyecto neoliberal y de los
intereses que expresa (la burguesía trasnacionalizada). Un vector
fundamental de esta ofensiva fueron los grandes medios de comunicación
impresos y audiovisuales, también ellos en proceso de concentración y
privatización. Desde allí se difundió de manera repetitiva, simplista,
y a veces rozando lo cínico o brutal, un vendaval de zonceras, algunas
de viejo cuño y ya denunciadas por Jauretche, y otras nuevas pero que
se integran en una misma cosmovisión privatista en la cual todas las
cosas pueden comprarse y venderse. La lógica mercantil, connatural a
la expansión capitalista, avanzó sobre nuevos territorios, con
resistencias quebradas o neutralizadas por el ciclo anterior de la
violencia terrorista y la desarticulación objetiva del entramado
societario de los sectores populares. Así, la gestión privada se
impuso como superior (más eficaz y “transparente”) que la gestión
pública. Los pobres volvieron a ser considerados los artífices de su
fracaso social, y la riqueza fue considerada sin más sinónimo de éxito
y puerta abierta a la notoriedad pública (los “ricos y famosos”).
Podemos admitir que gran parte de este imaginario ya estaba presente
en la cosmovisión liberal conservadora de las elites argentinas. Pero
ahora este imaginario oligárquico se combina con una ideología del
desencanto frente a la transformación colectiva, que es herencia de la
instrumentación local del terrorismo de Estado en los ´70, y al mismo
tiempo se integra en un fenómeno global vinculado a la derrota de los
movimientos de liberación nacional y de las clases obreras
metropolitanas, así como la desarticulación ingloriosa del “socialismo
real”. Eric Hobsbawmn señaló, en su Historia del siglo XX, que la
derrota de los movimientos obreros europeos fue, en gran medida, una
derrota de conciencia. Bajar las expectativas sociales y democráticas
que los pueblos impulsaban cada vez más en el ciclo de la segunda
posguerra fue uno de los objetivos estratégicos buscados por las
burguesías y los Estados metropolitanos. Es comprensible: la
democracia real atenta contra la lógica unilateral del capital: la
maximización de la ganancia. Sin embargo, era necesario un “paliativo”
frente al desencanto de la transformación solidaria; el individualismo
extremo, el consumismo y el hedonismo fueron ese paliativo, los nuevos
valores exaltados. El hedonismo de la gratificación individual
(antisolidaria) e inmediata, retroalimentó el desencanto. Es más, la
vocación de transformación colectiva y progresista de lo social, paso
a ser una enojosa molestia; ya que implica un compromiso más allá de
la propia individualidad y una renuncia a las gratificaciones
consideradas deseables por el paradigma dominante. Por supuesto,
también conlleva la superación del lastre acumulado de prejuicios
sociales. Quienes impulsan esa transformación colectiva y solidaria se
convierten en nuevos indeseables: atentan contra el confortabilísimo
desencanto.
Patear el tablero
El proyecto nacional y popular encarnado por el actual gobierno de
Cristina Fernández de Kirchner ha “pateado el tablero”, incomodando a
algunos con su “crispación”. Es decir, ha puesto de relieve los
intereses societarios beneficiados con el desencanto y los siempre
redivivos prejuicios antipopulares. Para hacerlo produjo una
convocatoria pluralista y una apelación a las fuerzas de
transformación liberadora latentes en el pueblo argentino. La
convocatoria fue y es plural, más allá de las identidades políticas y
los partidos, porque recupera las banderas que algunos dejaron caer y
pone de relieve las tareas nuevas (las nuevas banderas). Allí está el
secreto del movimiento nacional: su recuperación del peronismo no es
en función de la liturgia vacía y los símbolos exteriores, sino de las
tareas históricas: la democracia, la autodeterminación nacional y la
justicia social. Y sobre todo, reactualiza esas banderas de cara a los
nuevos desafíos: o acaso sería posible hoy aludir a la democracia en
abstracto, sin plantearse concretamente la democratización de la
palabra, la democratización de la comunicación audiovisual. Frente a
esa cuestión, se levanta la tradicional zoncera de la “libertad de
prensa” que ya Jauretche había desenmascarado como “libertad de
empresa”. La consolidación y avance del Proyecto Nacional requiere de
cada vez mayores grados de participación, organización y conciencia
popular. Eso incomoda y despierta los “reflejos condicionados”, que
siempre van para el lado del sentido común y los prejuicios. El
trabajo colectivo de recuperación y autodeterminación nacional exige
no comodidad sino esfuerzo; también la discusión y el debate; la
determinación de los valores deseables para la comunidad; las
ideologías y estrategias políticas que nos conduzcan a esa liberación.
Y por cierto, la mística y la épica de transformación popular, siempre
tan temidas por los dominadores de todas las épocas y tan ajenas al
sentido común.
Germán Ibañez
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Néstor Gorojovsky
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