[R-P] [Enrique Lacolla] ¿Sabes quien viene a tomar el té?
Néstor Gorojovsky
nmgoro en gmail.com
Mie Nov 10 20:59:05 MST 2010
*¿Sabes quién viene a tomar el té?*
/Por Enrique Lacolla/
/No se trata de un negro, precisamente, como se trataba en la película
casi homónima con Sidney Poitier. De las cavernas de la derecha
norteamericana están emergiendo los elementos más reaccionarios del
universo USA/
Las elecciones legislativas norteamericanas han desamparado al
presidente Barack Obama. Los demócratas quedaron en minoría en la
Cámara de Representantes y en el Senado apenas salvaron la ropa, y la
derrota se complicó aun más con la pérdida de varias gobernaciones. El
revés sufrido por el presidente estadounidense no tendría por qué
contar mucho a nivel internacional, dado que su política exterior
calca punto por punto la de su antecesor George W. Bush; pero en el
plano interno permite visualizar una serie de factores que resultan
inquietantes no sólo para quienes habitan el territorio de la Unión,
sino para el mundo entero, dado que este después de todo se encuentra
muy vinculado a los avatares de la sociedad norteamericana y a las
pulsiones que esta puede desarrollar hacia el exterior a partir de su
propio desasosiego. Y nada autoriza a suponer que esa sociedad vaya a
cambiar la necia tesitura que permite que los dueños del sistema sigan
ejerciendo el poder que detentan. Ya que sobre llovido mojado: las
últimas novedades que allí se detectan apuntan a un reforzamiento las
tendencias cavernícolas de su electorado.
El auge que el denominado movimiento del /Tea Party/ ha tomado de un
año a esta parte es un fenómeno al que no hay que perder de vista.
Algunos lo apreciarán como una rareza norteamericana, expresiva de un
malhumor pasajero y de una estolidez política vinculada a la cerril
ignorancia de gran parte de la opinión pública de ese país; pero creo
que sería un error subestimar su importancia. No porque vaya a hacerse
con el poder -no cuenta ni con los personajes ni con las estructuras
necesarios para llegar a tal fin, y el entramado político de la
oligarquía estadounidense es hoy por hoy demasiado firme para que vaya
a consentirlo-, sino porque es un caldo de cultivo que demuestra que
los fermentos para la eclosión de las tendencias más oscuras del siglo
pasado están presentes en ese escenario. El nazismo, tan negado y
repelido en la superficie por los políticos bien pensantes de
Occidente, está latente en el fondo de las cosas.
El nazismo fue un movimiento populista de derecha que llegó al poder
en Alemania por una serie de combinaciones irrepetibles. Había allí
por entonces una crisis económica catastrófica acompañada por un
desempleo masivo, estaba la rabia por la derrota en la guerra y se
creía asistir también a un intento de toma del poder por un comunismo
asociado a la proximidad de la Unión Soviética. Ninguno de estos datos
está presente en Estados Unidos. Lo cual acota las posibilidades del
/Tea Party Movement/ al cual, por otra parte, le falta el elemento
aglutinante que le daría la presencia de un líder carismático como era
Adolfo Hitler. Pero, como factor de presión manipulable por intereses
situados por encima de ella, su prestancia es innegable.
¿Qué moviliza a los militantes del /Tea Party/? Rechazan la
intervención estatal en la economía. Detestan (con razón en este caso
puntual, hay que convenir en ello) la aportación de fondos estatales a
los Bancos para estabilizarlos después de que su accionar especulativo
hubiera generado la crisis de la burbuja inmobiliaria. También y sobre
todo repelen la iniciativa del gobierno federal en el sentido de
proveer un seguro social de salud. Comulgan con las mayores ruedas de
molino que las usinas de la información producen respecto de la
amenaza terrorista y ello refuerza su rechazo a las minorías raciales.
Minorías que están en tren de convertirse en mayoría en pocas décadas
más, si los indicadores de la curva demográfica no mienten y si los
hispanos y los negros siguen afirmándose en su natalidad ascendente.
Las organizaciones que respaldan al movimiento y confluyen ahí de
manera inorgánica no son expresivas de tendencia alguna que pueda
denominarse como progresiva: las entidades antiabortistas, la
Asociación Nacional del Rifle, las milicias ciudadanas que pululan en
muchos estados y se disfrazan de Rambo los fines de semana para
practicar tiro en las áreas rurales. Todos reclaman un retorno al
espíritu que inspiró a “los Padres Fundadores”, difuso emblema
referido a una época informada por la ética individualista, la
supremacía blanca y la agresividad despojada de complejo de culpa que
iba ocupando las grandes praderas y los bosques de la América
primigenia.
La vuelta al entorno histórico que hizo posible ese espíritu es desde
luego inviable. Pero tal reclamo da cuenta de la existencia de una
disponibilidad política susceptible de ser agitada y utilizada al
servicio del mantenimiento de los parámetros más retrógrados del
neoliberalismo fraguado por los “Chicago boys”.
Nada de esto supone la emergencia de un espíritu contestatario en
Estados Unidos que signifique o pueda significar un correctivo a las
tendencias más oscuras que han informado al accionar de esa
superpotencia en el mundo. Por el contrario, cuando, como ahora, fluye
un movimiento que aparenta escapar al sello de lo políticamente
correcto, lo que expresa son impulsos reaccionarios, inspirados por el
temor al cambio. Y el temor al cambio, en la ecuación que estamos
evaluando, significa más armas, más encastillamiento en un complejo de
superioridad que requiere ser afirmado a través de la represión o
incluso el exterminio de los otros. No son estas unas hipótesis
vacías, si vemos lo que está pasando con el despliegue militar
norteamericano por el planeta.
El carácter reaccionario en el plano ideológico que padece la sociedad
estadounidense es un peligro para el mundo. Estados Unidos es un
fenómeno paradójico: hay por un lado una sociedad en permanente
ebullición tecnológica, que aporta modificaciones revolucionarias a la
existencia, y por otro está una masa de particulares que se aprovechan
de estas sin complementarla con una cultura que pueda hacerlas rendir
de manera positiva. En el caso del /Tea Party/ el resorte que lo ha
propulsado a un primer plano de la actualidad política y que le ha
permitido sumar adeptos es el fenómeno de las redes sociales, un
desarrollo brotado de la revolución informática. Lo cual demuestra una
vez más que la técnica en sí misma es ambigua, y que lo que cuenta son
las mentalidades que la operan, aunque se deba reconocer que hasta
cierto punto la forma es el mensaje, como lo decía McLuhan y que la
velocidad del intercambio de informaciones puede, como en este caso,
potenciar al infinito una predisposición a sobrenadar sobre la
naturaleza de las cosas.
Sobre todo el conjunto sigue vigente una estructura financiera incapaz
de moderar sus apetitos y que se emplea con infinita astucia para
atacar cualquier iniciativa que apunte a recortar la libertad de
maniobra del gran capital y a proveer de racionalidad a la economía.
Esta habilidad la tuvo para coartar cuanta iniciativa política hubo
para inducirla a razón. Ni siquiera Franklin Roosevelt pudo escapar al
remoquete de “peligroso socialista” cuando salvó al capitalismo de sí
mismo en la época del /New Deal/. Pero lo que por entonces se logró
gracias a la intervención gubernamental en la economía y al auge
productivo generado por la guerra, y que se prolongó hasta entrados
los años setenta, fue progresivamente demolido apenas se dieron unas
condiciones favorables para la reconcentración monopólica y la
expansión planetaria. El Estado de Bienestar se convirtió en una mala
palabra para los capitostes de un sistema que sólo quiere tener en
cuenta la maximización de las ganancias y que relega la distribución
social de la renta a las calendas griegas de un “derrame” que nunca
llega.
¿No hay una tendencia renovadora que apunte en una dirección contraria
al reforzamiento del estatus quo en Estados Unidos? Sí, la hay, y se
expresó en la oleada popular en cuya onda llegó Obama a la
presidencia. Pero se trató y se trata aun de una pulsión inorgánica,
expresiva de un malestar para con el estado de cosas, pero incapaz de
estructurarse como partido de acción. Y todavía no ha sido capaz
siquiera de dotarse al menos de una red de contactos equivalente a la
que los elementos más conservadores están logrando a través del /Tea
Party/. Mientras continúe así será incapaz de escapar a las mallas de
los aparatos de los partidos políticos tradicionales, y de
sobreponerse a un desencanto como el generado por la pobrísima
prestación del primer presidente negro que llega a la Casa Blanca.
Desde fuera de Estados Unidos lo vacuo de la retórica de Barack Obama
durante su campaña no ofrecía dudas para quienquiera tuviese un poco
de conocimiento político. Sin embargo, para la gente de la Unión que
se sintió tocada por el discurso que se sustentaba en la afirmación
voluntarista del “/Yes, we can!/” y por la novedad implícita que
suponía el color del candidato a presidente, el desinfle del hombre
que habían elegido tuvo que resultar dolorosa. Obama no pudo ni
siquiera sacar adelante el /“Health Bill”/, la ley para la salud
pública, cuya versión definitiva fue calificada por los entendidos
como una capitulación ante las compañías de seguros y los gigantes de
la industria farmacéutica. Y en el plano de la política exterior el
presidente fue incapaz de cambiar un ápice las líneas maestras
trazadas por su predecesor. O tal vez no tuvo el menor deseo de
hacerlo. El caso es que su fallo se ha revelado total.
En este naufragio han venido a sobrenadar los elementos más
conservadores de una vasta franja de clase media, desde hace mucho
desinteresada respecto de las ideas generales, ignorante y habituada a
juzgar las cosas a partir de su propio ombligo. Inficionada por una
deletérea cultura de masas promovida desde la televisión y el cine y
“educada” de acuerdo a parámetros que inventan al norteamericano medio
como arquetipo del hombre libre, el impacto de este sector en la
política sólo puede jugar a favor del reforzamiento de los “halcones”
que rodean a la Casa Blanca desde los emplazamientos del Pentágono, la
CIA y el Congreso.
(www.enriquelacolla.com)
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Néstor Gorojovsky
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