[R-P] Esto es muy viejo, data de 2002

Néstor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Jue Nov 4 13:19:30 MDT 2010


[Encontré este documento, creado el 8 de junio de 2002. Francamente,
quien no perciba cuántas cosas han cambiado en la Argentina bajo las
presidencias kirchneristas o no quiere ver o tiene gravísimos
problemas...]

Ante todo, era el cuchillo. Allá en las alturas de la pirámide, cerca
de los dioses del Anáhuac y precipitándose en frenético vértigo
ritual, el cuchillo de obsidiana se hincaba en la piel de la víctima
propiciatoria, hendía la carne y descubría el palpitante corazón.

Luego venía el turno de la mano. La mano del oficiante, entrenada en
extenuantes jornadas de aprendizaje formal, tomaba la víscera con
celosa delicadeza, la abrazaba, tironeaba con la brutalidad necesaria
para sacarla palpitante aún, y la exponía a la muchedumbre.

Entonces era el momento de los dioses. El sacerdote daba la espalda a
la multitud, y ofrendaba el corazón a las Grandes Potencias divinas
como quien le muestra el recién nacido a una madre, chorreados y
enrojecidos ya sus antebrazos alzados hacia el tan cercano cielo azul.

Finalmente, era el momento del pie. Y el sacerdote, satisfecho consigo
mismo, iniciaba el largo y solemne descenso por las empinadas
escalinatas de la pirámide. También era el momento del soliloquio
silencioso, quizás, donde pensaba que ya se había hecho cuanto podía
hacerse y ahora solamente cabía esperar que los Dioses bendijeran al
mundo con una nueva primavera. En algún momento, su mirada quizás se
posaba en los templos lejanos donde, como correspondía, ya se estaba
empezando a preparar al sacrificado del año siguiente.

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¿Qué lógica presidía estos rituales? La convicción de que no había
garantía alguna de que una primavera fuera a seguir a cada invierno, a
no ser que los seres humanos hiciéramos algo para asegurarlo. Esa
Naturaleza que (para nuestra inquietud) moría y (para nuestro alivio)
renacía, bien podía alguna vez morir para siempre como parecía morir
para siempre cada uno de sus componentes.

Mero ejemplo de una legión de especialistas en mediar entre la especie
humana y los siempre amenazantes poderes de la Naturaleza, los
sacerdotes aztecas fueron quizás la más quintaesenciada expresión de
cierto tipo de intelectual cuyos orígenes se pierden en los más
recónditos orígenes de la vida social1, y que, trataré de sugerir
aquí, sigue presente hoy, y -me apresuro a disipar toda duda- no
precisamente en los templos religiosos.

Las religiones de la fertilidad funcionaban, en realidad, como un
saber técnico de fundamental importancia. La reproducción, en el
microcosmos humano, de los acontecimientos esperados en el macrocosmos
celeste buscaba actuar sobre fuerzas que no se dominaban,
propiciarlas, inducirlas, o exigirlas. Para los funcionarios e
intelectuales de esas sociedades, pero también para la masa de la
población, la certeza de la primavera sin hacer sacrificios humanos
era tan inconcebible como esperar una cosecha sin haber cuidado los
cultivos.

Después de Copérnico, claro, todo eso nos parece mera brujería y
encantamiento2. Pero esa mirada se desentiende de la función que tales
prácticas tenían en la sociedad azteca. Al fin de cuentas, la
experiencia empírica avalaba la eficacia del procedimiento.

En efecto (retengamos este hecho crucial), a cada invierno lo sucedía
una primavera: brotaba nuevamente la vegetación, germinaban los
cultivos, el ganado se reproducía y multiplicaba. Se satisfacían las
necesidades vitales de la masa de la población y, como era de desear,
hasta quedaba cierto excedente para sostener los lujos de los dueños
de las aguas, las tierras, el poder, y (porqué no) el saber ritual. La
relación entre la teoría y la práctica se cerraba en un círculo
maravilloso, y la hegemonía del sacerdocio sacrificador se fortalecía
a cada nuevo ciclo estacional.

Creemos haber avanzado mucho desde entonces, en el manejo de nuestra
relación con la Naturaleza. Pero la experiencia que está viviendo la
humanidad, y en particular la Argentina, permiten abrigar ciertas
dudas sobre el fundamento de tanta certeza autocomplaciente. Es más,
en cierto sentido hemos retrocedido.

Creemos que, liberada de la tiranía de los dioses sanguinarios,
nuestra relación con la Naturaleza y la satisfacción de las
necesidades vitales básicas de la humanidad se rige hoy por un "saber
científico". En algunos planos, es así. Pero no en otros, y en
particular en los que hacen a la actividad productiva cotidiana que es
la base de nuestra existencia material. Ese aspecto nada trivial de la
relación entre sociedad y naturaleza (y de la sociedad consigo misma)
no lo manejamos con mucha más cientificidad que el aportado por el
shamán sacrificial.

Los oficiantes de la nueva religión se desesperan por hacernos creer
que operan sobre bases científicas. Por cierto, no recurren a
inquietantes murmullos esotéricos al momento de tomar sus decisiones,
sino que se rigen por sólidos conocimientos matemáticos. ¿Pero son
esas fórmulas tan elegantes demasiado distintas de los conjuros
antiguos? La elegancia esconde el abandono de la empresa -crucial para
todos los grandes economistas desde Petty hasta Marx- de entender cuál
es la esencia humana que se oculta tras la apariencia del intercambio
mercantil abstracto, "natural". Y al abandonar esa empresa, se
abandona, justamente, toda posibilidad de cientificidad.

La aplicación práctica de la ciencia económica así jibarizada se
reduce a "administrar" entidades cuya genésis y estructura prefiere no
indagar. En este sentido, todo el encanto matemático formal puede
constituir -de hecho, tiende inexorablemente a constituir- la
expresión moderna del encantamiento ritual primitivo, y no la
comprensión más acabada de los fenómenos que se desea manejar. Queda
una cáscara vacía con apariencias de eficacia. Es decir, un conjuro.

Esto es particularmente notable en las versiones más dominantes del
pensamiento económico, las de la economía denominada "neoliberal,
monetarista, de Chicago, fondomonetarista, etc.", excesivamente
parecidas al saber sacerdotal que ponía la vida humana al servicio de
la satisfacción de entidades místicas cuya existencia se daba por
sentada. Es más: gracias a la práctica de esa forma de economía, se
ofrendan no unas pocas víctimas al año sino millones de víctimas al
día para propiciar la benevolencia de esas Grandes Potencias tan
ajenas a la voluntad humana como lo eran las de los aztecas.

El lugar de los cuchillos de obsidiana lo ocupan hoy las resoluciones,
leyes y ordenanzas de los ministros de Hacienda y Economía. Y a tal
punto es así que en situaciones de crisis (cuando la primavera tarda
en venir...), todo el poder se concentra en estos sujetos, como se ha
podido ver en la experiencia argentina de la última década.

Estos altos sacerdotes modernos -al igual que los antiguos- también
adquieren sus habilidades en extenuantes jornadas de aprendizaje
formal. Más extenuantes, si se quiere, porque deben aprender un oficio
sumamente misterioso: en efecto, las Grandes Potencias divinas ya no
representan cosas que se pueden ver, tocar, oír, amar o temer (el Sol,
las aguas, los vientos, o los fuegos brutales de los volcanes).
Aprehender los misterios de semejante fe tiene que ser más trabajoso
que hacerlo con los ritos de la fertilidad, y justifica seguramente el
pago de jugosas becas doctorales a quienes asumen la ardua faena en
los grandes centros ceremoniales de Harvard, Chicago o Yale...

La complejidad se acrecienta cuando vemos que "nuestras" Potencias
representan algo que, en el fondo, ninguno de los que las gestionan y
pretenden administrar sabe bien qué es: "los mercados", o su
equivalente geopolítico, la "globalización". Verdaderos nuevos dioses,
ocupan en el pensamiento económico en boga el lugar mistérico de los
grandes sedientos del mundo primitivo. Toda crítica a esta política
económica tropieza con un "No hay alternativa" que equivale, incluso
en lo formal, a la que hubiera podido dar un sacerdote azteca: "No
podemos arriesgarnos a que la primavera nos abandone".

¿Dónde queda, vista así, nuestra autosatisfacción "civilizada"? ¿Es
acaso un avance histórico el que la inhumana práctica del poder
sacerdotal ya no propicie Potencias Naturales visibles y palpables,
sino un conjunto abstracto de relaciones de intercambio (que no otra
cosa son "los mercados" o "la globalización") imbuído por nosotros de
voluntad y deseo tan irracionalmente como lo hacía el sacerdote azteca
con el ciclo anual de la vida? A quien esto escribe le parece que no.
Ignoro la postura del lector, pero sería bueno que estas líneas
abrieran un sendero de reflexión crítica sobre la práctica del
economista.

Porque para colmo, y aquí está lo más terrible de nuestra situación
actual, en la comparación los sacerdotes aztecas eran más eficaces que
nuestros economistas. Porque, como decíamos arriba, a cada invierno lo
seguía -efectivamente- una primavera.  El sacerdote contaba con esta
inapreciable justificación para continuar sus actividades. En cambio,
en nuestros tiempos, la práctica económica propiciada por los
organismos multilaterales de crédito y los países desarrollados, esa
religión atea pero no menos mística de la "libertad de los mercados" y
del libre flujo internacional de capitales (pero no de personas...),
no hace sino llevar al mundo -al menos al mundo periférico, pero
crecientemente también al mundo central- de tragedia en tragedia, de
fracaso en fracaso.

Décadas de práctica de la religión económica en boga han fracasado
sistemáticamente. Prometía -tal como el sacerdote azteca prometía la
primavera- prosperidad, bienestar, tranquilidad, oportunidades de
crecimiento personal. El sacerdote azteca "cumplía su promesa"  ¿Cómo
la cumple hoy su equivalente, el "economista neoliberal,
fondomonetarista, o como queramos llamarlo"?

Tras gozar de un poder que probablemente los aztecas hubieran
envidiado, en lugar de la primavera ha recrudecido el invierno.
Vivimos hoy, a una década larga de la dictadura internacional del
dinero y el FMI3, mucho peor que antes. Innombrables padecimientos de
todo tipo de entre los cuales destaco por su carácter elemental los
sanitarios, (desnutrición, raquitismo tuberculosis, SIDA,
esquizostomiasis...), vidas resecas y humilladas para la inmensa
mayoría de la población (en Ghana, otro fiel alumno del Fondo
Monetario y el Banco Mundial, la población de diversas zonas rurales
tiene que pagar peaje para hacer sus necesidades en un baño),
hecatombes financieras y cambiarias, arrasamiento sistemático de la
capacidad productiva de miles de millones de personas...

En fin, toda esa práctica se corona con verdaderos genocidios como el
de Rusia -donde el reemplazo del régimen socialista (aún en su
degradada versión soviética) por el régimen capitalista se traduce en
un descenso de la esperanza de vida y la consiguiente caída herodiana
de su población- y el que se está iniciando en la Argentina4.

He aquí un mínimo resumen del balance que, hasta la fecha, haría un
observador externo de nuestra sociedad, balance que sería mucho más
duro que el de los sacerdotes de la España medieval en debate con sus
pares mejicanos.

Ahora que poco a poco descienden, a los empujones de las rebeliones
populares, las empinadas escalinatas de sus torres asesinas, nuestros
sacerdotes neoliberales están tan satisfechos consigo mismos como el
sacerdote azteca, y con toda seguridad tranquilizan sus conciencias
diciéndose también que se hizo cuanto podía hacerse y ahora solamente
cabía esperar que los Dioses (los "mercados", la "globalización") nos
regalen, benevolentes y automáticos, una nueva primavera. Y es muy
probable que entre sus cavilaciones haya lugar para algo de
conmiseración por las víctimas del sacrificio del año siguiente.

Pero es mi impresión que ya las víctimas han esperado demasiado, que
no podemos seguir tolerando la "guerra florida", y que ha llegado el
momento de terminar de una buena vez con la dictadura de los
sacerdotes fondomonetaristas.  A no ser que deseemos terminar como la
otra gran civilización mistérica de América, la de los mayas:
asfixiados por la miseria creciente generada por nuestro sistema de
organización económica y social.


N O T A S

[1] Fraser, James George. La rama dorada. vs. ediciones. La lectura de
este trabajo, redactado entre 1890 y 1922, debería ser obligatoria
para todo aspirante a científico social, incluidos, en particular, los
economistas.

[2] El propio Copérnico, que de tonto no tenía un pelo, tuvo la
precaución de asegurarse un fallecimiento pacífico al exigir que sus
teorías solamente se publicaran en forma póstuma.

[3] En la Argentina esta dictadura se impuso con anterioridad: en
1976. En realidad, el esquema económico impuesto a la Argentina a
partir de ese golpe prefiguraba el destino de la humanidad, pero la
concentración en los aspectos coyunturales, en especial la lucha
contra la tortura y las desapariciones, ocultó el monstruo, mucho más
tremendo, que daba vida a semejante régimen.

Entre los pocos que percibieron que ninguno de los horrendos crímenes
perpetrados por los militares de la dictadura de Videla era tan
horrendo como los crímenes económicos, perpetrados por civiles al
amparo de ese terror se encontraba el periodista y militante político
peronista Rodolfo Walsh. Lo escribió en una "carta abierta" a la Junta
Militar. Al día siguiente, era asesinado. Hoy el General Videla está
preso, y su Ministro de Economía José Alfredo Martínez de Hoz -amigo y
socio de Rockefeller y Kissinger- dicta cátedras en la Universidad de
Buenos Aires.

De allí que presentar a la Argentina como el "alumno ejemplar que en
1991 se sometió a cuanto se le ordenara y en 2001 terminó destruido"
es favorecer al pensamiento fondomonetarista.  En rigor, a partir de
1976 la Argentina fue un inmenso campo de concentración donde -a veces
bajo condiciones dictatoriales, a veces bajo condiciones
"democráticas"- se aplicaron, pulieron y refinaron las herramientas de
la economía "globalizada".

[4] No es exagerado calificar de este modo el objetivo de los
economistas neoliberales o (fondo)monetaristas para la Argentina.  De
lo que se trata, entre otras cosas, es de castigar a esta población
rebelde que hizo trizas sus planes el 19 y 20 de diciembre de 2001.
Gracias a los condicionamientos del FMI y la sumisión de nuestros
gobernantes a esos condicionamientos, no pasa día sin que nos
enteremos, por ejemplo, de que algún anciano ha muerto porque,
capturados sus ahorros por los bancos, desmantelado el sistema de
salud pública y desatada la inflación, no ha podido pagar un
tratamiento médico, o de que hay maternidades donde la penuria
económica impide contar con desinfectantes, y los recién nacidos
--desnutridos hijos de madres desnutridas--mueren por docenas en un
solo día.

Ya los datos del Censo de Población argentino revelan en 2001 el
efecto pernicioso de las políticas económicas en curso: en un país con
menos de 15 habitantes por kilómetro cuadrado, la tasa de crecimiento
demográfico ha caído brutalmente durante la década neoliberal.  En
1985, y basándonos en datos que terminaban en 1980, habíamos predicho
tendencias equivalentes a las que se dieron posteriormente y que a su
vez preanunciaban este descenso de la tasa de crecimiento de la
población (Vapñarsky, César A.;  Gorojovsky, Néstor M.  El crecimiento
urbano en la Argentina. Buenos Aires, GEL, 1990).

No imaginábamos, en ese momento, cuán profundo sería el ataque a la
economía argentina que ya se estaba preparando, y en ese sentido las
predicciones de esos tiempos fueron superadas, por desgracia, por la
realidad.  Hoy, los diarios del país que supo ser "el granero del
mundo" dan cuenta de poblaciones que viven comiendo ratas, sapos y
caballos muertos...


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Néstor Gorojovsky
El texto principal de este correo puede no ser de mi autoría




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