[R-P] [Julio Bárbaro] La resaca

Nestor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Lun Mayo 31 12:36:39 MDT 2010


LA RESACA
Por Julio Bárbaro

Todo fue asombro, la realidad superó los cálculos de los interesados en 
estudiarla, algo rompió de pronto los rígidos moldes de los supuestos 
expertos hasta el punto de que los que intentaron medir las 
consecuencias fueron sobrepasados por el espacio de las desmesuras.
El gobierno mostró su mejor talento para transitar la realidad y, en 
alguna medida, esa capacidad de ejecución lo salvó de explicar el 
excesivo número de sus enojos. Macri cumplió con creces sus expectativas 
al imprimirle su sello de eficiencia al teatro que muchos imaginaban 
imposible de recuperar. La Iglesia se mostró homogénea como para 
explicar que no cambia de opinión por la distancia o los templos. Las 
provincias dijeron su presente con solvencia.
Por encima de la capacidad de las minorías, un pueblo feliz recorrió 
Buenos Aires con sobriedad, con sus hijos en brazos para que recordaran 
los fastos, un pueblo que hacía tiempo no salía a la calle con esa 
intensidad.
Unos pocos huyeron a sus barrios privados para dejarles la ciudad a 
tantos que habitan los barrios reales del esfuerzo. Así, volvió a ocupar 
su ámbito la marea humana de los que disfrutan de ser masa, de los que 
están gozosos de sentirse pueblo. Conmovía verlos transitar paseos y 
eventos, ocupando todos los espacios que uno pudiera recorrer.
Si la minoría, que es la clase dirigente, estaba dividida y fracturada, 
abajo, entre los que habitan la patria que cumplía sus años, nada se 
imponía más allá del abrazo.
Los medios de comunicación reflejan todos el asombro por la cantidad, 
quizás importe insistir en el enorme valor de su calidad.
Allí estaba ese pueblo que no estuvo cerca en el nacimiento y sin duda 
marcó con su ausencia el Centenario, ese pueblo que ni siquiera tenía 
derecho a votar cuando los que se sentían dueños del destino colectivo 
imaginaban un futuro glorioso.
Con los doscientos años, el festejo les correspondió a las mayorías, 
silenciosas a veces, y se comprobó que sólo con ellas presentes se tiene 
derecho a mencionar lo colectivo.
Y las dos miradas, aquellos que conciben con Paretto que “la historia es 
un cementerio de elites” y la otra, la de los que pensamos que en el 
seno del pueblo se encuentra el verdadero sentido de la historia.
La presencia de otros presidentes latinoamericanos y la sensación de que 
todo era una fiesta ante el silencio agobiado de aquellos que soñaban 
otros rumbos plagados de inversores y de esclavos y un pobre debate que 
ponía rostro meditativo cuando apenas arañaba la realidad.
Ausente de la sociedad, la batalla política se resguardó en algunos 
recovecos y las viejas posiciones derrotadas se refugiaron en la 
evocación de glorias pasadas, en aquel Centenario donde todavía se veían 
como dueñas de una sociedad que necesitaba ordenar a los de abajo, 
imponerles un proyecto y su poder.
En esta fiesta, los visitantes superaban las pasiones de cualquier arco 
ideológico, las masas ocupaban las calles como manera existencial de 
cuestionar el lugar de remotas minorías ilustradas. Era la Hora de los 
Pueblos que ayer previera el viejo General, la hora del continente donde 
ya no queda espacio para soñar otro destino que el unido al de los hermanos.
El gobierno puso bastante leña para este fuego del amor a la patria en 
su aniversario, y la gente, el pueblo puso indudablemente mucho más.
Solemos seleccionar recuerdos según la mirada de las pasiones: los 
viejos fundadores estuvieron presentes pero el aluvión contemporáneo se 
impuso por su peso y su apasionada vocación de justicia.
Desde el folklore a la ópera tuvieron cada uno su más digno escenario, 
millares de padres con sus hijos en brazos intentaban que conservaran 
esas imágenes y esas voces para ser coherentes en el mañana de la patria.
Fueron tantos los enamorados que ocuparon las calles que la camarilla de 
quejosos por la gloria no alcanzada se obligaron a hacer respetuoso 
silencio.
En este aniversario, no se advirtió ni  la sombra de ese ayer doloroso 
de las largas colas en los consulados, de aquel entonces donde fuimos 
una prueba del saqueo que diez años más tarde haría temblar el 
equilibrio del poder universal. El amor de los humildes a su tierra 
disolvió para siempre aquella vieja y decadente voluntad de ser colonia.
Ya vendrán encuestadores a medir el mañana electoral, que en esta 
dimensión de lo sucedido poco importa en definitiva.
Los doscientos años fueron el festejo de un pueblo seguro de sí mismo y 
de ser el propietario de su propio destino. Y eso sí, merece festejarse.
Podríamos evocar aquellas sabias palabras de despedida, “llevo en mis 
oídos la más maravillosa de las músicas que es la voz de mi pueblo”.
El 25 el pueblo habló.





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