[R-P] [Antonio Caballero] Ceguera voluntaria

Nestor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Jue Mayo 27 11:01:53 MDT 2010


[La guerra contra las drogas en Colombia sigue siendo un interminable
reguero de victorias de los narcotraficantes.

Esto es una tragedia para la masa de la población de ese país, pero no
para sus clases dominantes.

En toda semicolonia, basta seguir los hilos del principal producto de
exportación para saber dónde está el poder real.

En Colombia, el principal producto de exportación es clandestino.

Del mismo modo, como es lógico, opera el poder real. Clandestinamente.

La narcoeconomía crea un parapaís.

Y por lo tanto es doblemente significativo que un medio de prensa
legítimo ante el mismísimo "parapaís" narcoeconómico denuncie
públicamente que el mentado "problema fundamental" de Colombia no es, en
realidad, tal problema para el poder real.]

Gentileza Bob Weiss

Semana.com
25.05.2010
Ceguera voluntaria
/La guerra contra las drogas está perdida. Ante esta situación, que
salta a la vista, ¿qué proponen los candidatos presidenciales? Más de lo
mismo./
Antonio Caballero

El narcotráfico, es decir, el tráfico ilegal de drogas prohibidas por el
gobierno de los Estados Unidos, genera algunos de los más graves
problemas de Colombia; y los alimenta todos; y tiene influencia sobre
cada uno de los aspectos de la vida de los colombianos, en lo político,
en lo económico, en lo social, en lo cultural, en lo moral. Está en
todas partes: en las guerrillas y en las fuerzas del orden y en las
bandas paramilitares, en los bancos, y en los hoteles, en los clubes de
fútbol y en los criaderos de caballos de paso fino, en la guerra, en la
corrupción, en la lucha por la tierra, en la destrucción del medio
ambiente. Es probablemente (aunque, por ser ilegal, no se conocen las
cifras exactas, ni se miden) el principal proveedor de divisas del país;
y probablemente el más importante renglón de las exportaciones
colombianas hacia los Estados Unidos y la Unión Europea (aunque, por ser
ilegal, no figura en las cuentas de los Tratados de Libre Comercio
firmados con esos países. Ni siquiera se lo menciona. No quieren verlo).
También tiene aspectos benéficos, claro está. En la construcción, en la
ganadería (no solo la caballar), en la generación de empleo. Por ser
ilegal, nadie ha hecho el cálculo; pero ¿cuántos cientos de millares de
puestos de trabajo da el narcotráfico de un extremo a otro de la cadena?
Campesinos cocaleros, raspachines de esas cocinas que llaman
laboratorios, sicarios, guardaespaldas, pilotos de avioneta,
contabilistas, abogados, banqueros, putas prepago, galeristas de arte,
traficantes de armas. Empleos directos, sin contar los indirectos, como
pueden ser, digamos, los de guionistas de telenovelas, ni los que se
generan de rebote, por decirlo así, gracias a la lucha contra el
narcotráfico: policías, guardianes de prisión, abogados (otros, o los
mismos).
En estos cuarenta años, los gobiernos de Colombia lo han intentado todo
para acabar con lo que llaman ritualmente "el flagelo del narcotráfico":
el negocio ilegal en todos sus aspectos y manifestaciones, dañinas o
beneficiosas. Han hecho todo lo que les han ordenado los Estados Unidos,
y más. La guerra armada, la batalla jurídica, la extradición, la no
extradición, el "sometimiento a la justicia", las ejecuciones
extrajudiciales, la fumigación de cultivos, la sustitución de cultivos.
Millares de narcos han sido enviados a los Estados Unidos a responder
por crímenes mucho menos graves que los que tendrían que pagar aquí,
pero que no afectan los intereses directos del Imperio, ni le permiten
al Imperio incautar sus fortunas. Millares han sido detenidos (y algunos
incluso siguen presos). Millares han muerto. Una y otra vez se han
cambiado las leyes de la República, para ablandarlas o para
endurecerlas. El presidente Álvaro Uribe anda proponiendo ahora que el
delito de narcotráfico sea proclamado delito de lesa humanidad. En todo
ese proceso han corrido ríos de sangre: han sido asesinados dirigentes
políticos, policías, militares, periodistas, curas; y han sido
corrompidos otros dirigentes políticos, policías, militares,
periodistas, curas.
Y en fin de cuentas no ha pasado nada. El negocio sigue igual. Los
cultivos suben o bajan, de acuerdo con el interés publicitario del
momento. La exportación se sostiene, los precios se mantienen estables.
Los carteles se suceden los unos a los otros, y a los narcos muertos (o
retirados en los Estados Unidos tras negociar con la justicia) los
sustituyen narcos nuevos. La guerra está perdida y sigue perdiéndose.
Ante esa situación, que salta a la vista, ¿qué proponen los candidatos
presidenciales?
Más de lo mismo. Santos, Vargas, Noemí, ni siquiera cambian las palabras
del discurso. Para ellos es una sola la lucha contra "el terrorismo, las
bandas criminales o los grupos guerrilleros", llámense como se llamen, y
hay que "mantener la presión" sobre todos ellos. Petro se hace todavía
la ilusión -diez veces fallida- de que es posible negociar: "No
extraditaré narcos que colaboren con la justicia, abandonen el negocio y
devuelvan los bienes mal habidos", dice. Pardo, aunque habla de un
"nuevo enfoque", también se aferra a la vieja fantasía de la
"sustitución de cultivos", que choca frontalmente con la realidad
económica. Y Mockus va tan lejos como el propio Uribe: "Los Estados
Unidos -dice- son el principal socio de Colombia en la lucha contra las
drogas. Y necesitamos contar con la presencia en territorio colombiano
de naves, tripulaciones y contratistas norteamericanos" en las bases
militares cedidas por el gobierno de Uribe (y ofrecidas por el ministro
Santos) para seguir librando, y perdiendo, esa guerra perdida. Tan
perdida, que empieza a replanteársela hasta su principal promotor, que
es el gobierno de los Estados Unidos. Su 'zar antidrogas', Gil
Kerlikowske, acaba de exponerlo así:
—Hemos estado hablando de una guerra contra las drogas durante cuarenta
años. No creo que el público estadounidense haya visto un gran éxito.
Parece que los candidatos presidenciales colombianos sí lo han visto. Y
se empeñan en seguirlo viendo.





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