[R-P] [BolPress] ¡Otra vez los bolivianos!

Pat H.A. desdemilibertad01 en yahoo.com.ar
Sab Mayo 22 17:43:09 MDT 2010


Gentileza Iván Dávalos
***********************

A propósito del texto: “Mariano Moreno y el Capitalismo de Estado”, de Andrés Soliz Rada

¡Otra vez los bolivianos!
Néstor Gorojovsky

Permítasenos empezar por tres párrafos apodícticos. Luego se irá viendo hacia dónde nos llevan. Uno. La consolidación definitiva de la unidad sudamericana, escalón inmediato de la reunificación nacional de la Patria Grande, depende la fusión de los movimientos nacionales argentino y brasileño, pero su perdurable posibilidad depende del destino de Bolivia.
Dos. No hay reunificación sin industrialización. Pero a su vez esa industrialización depende de la existencia de un nexo boliviano entre el Pacífico y el Atlántico. "Boliviano" es, más que nunca, sinónimo de "Bolivariano", y ello en un sentido infinitamente más profundo que el ya profundo que adquiere en la sigla ALBA.

Tres. Bolivia es la pieza organizadora y la sutura estructural entre el Cono Sur, la Sudamérica Andina y la Amazonia. Una estrategia de unificación americana debe consolidar definitivamente la sutura transformándola en una potencia industrial continental, para lo cual el territorio boliviano, amén de la centralidad geopolítica, cuenta con todos los elementos requeridos, entre los cuales ocupa el primer lugar la laboriosa productividad y creatividad de sus habitantes.
Buscando sustento teórico a estas afirmaciones tan taxativas, me he topado con compatriotas del amado Alto Perú que me han enriquecido al modo habitual en que los bolivianos nos enriquecen a los argentinos: casi sin pedir nada a cambio, con silenciosa y amable cortesía, enseñándonos a trabajar dura y enjundiosamente con miras que parecen inalcanzables solo porque, cuando pensamos nuestro destino histórico, padecemos de miopía infusa. Vaya alguien a negar que el imperialismo opera ocupando nuestros cerebros...
Fue en el curso de ese trabajo que tuve por vez primera trato personal con Andrés Soliz Rada, quien por supuesto era para mí, como para toda la generación de jóvenes militantes que nos incorporamos a la Izquierda Nacional después del Cordobazo, una especie de héroe homérico en el corazón altiplánico del Sur. Tras conversar el asunto, Andrés me hizo una recomendación particularmente valiosa: que leyera el libro de Gabriel René Moreno sobre el Alto Perú de los últimos días de colonia española.
Al leerlo, descubrí que más que un texto era un cimiento ineludible. Muchas de sus páginas deberían ser de lectura obligatoria en la República Argentina. Puede verse allí que nada hubo de casual en el hecho de que tanto el Presidente de la Junta de Buenos Aires como el Secretario de ese "Primer Gobierno Patrio", como la conocemos, fueran altoperuanos o tuvieran íntimos lazos con la tierra de Túpac Katari.
A Mariano Moreno se lo conoce, en la historia argentina, como el autor del "Plan de Operaciones" o la "Representación de los Hacendados". Mero defensor judicial del interés librecambista, según la interesada opinión mitrista que apoya su figura en la “Representación…”, aparece como un gran político jacobino, de ambición revolucionaria y vuelo continental, cuando se lo observa a través del “Plan…” (que, a diferencia de la anterior, fue una comunicación secreta trazando las líneas maestras de una política de Estado). Pero aún esta visión, tras leer el libro de Gabriel René Moreno, termina quedando corta.
Visto desde allí, el Plan de Operaciones no surge de una adaptación directa de las corrientes profundas del mejor liberalismo nacional y patriótico de España a las condiciones del Río de la Plata. No arriba a la barrosa aldehuela llena de ínfulas por el puerto epónimo, sino por el camino real. No viene en la bodega de ningún barco de ultramar sino en el interior de una carreta que atravesó los interminables llanos argentinos, aportando a Buenos Aires carga que antes había bajado la Quebrada a lomo de mula.
El Plan es, cuando se lo mira a través de René Moreno, un producto boliviano, más específicamente de Charcas. En la Argentina se minimiza adrede el peso de la Universidad de Chuquisaca, y en especial de la Academia Carolina, en la formación de la generación revolucionaria de 1810. Pero ese peso es abrumador. Todo el pensamiento político de Moreno, que fragua en el Plan, está forjado en esa casa de altos estudios. Moreno hasta vino casado desde el Alto Perú, dato que la historiografía del Plata considera menor pero, ciertamente, no lo era para él. Su relación con lo que hoy se conoce como Bolivia era por lo menos tan intensa como la del Presidente de la Junta, el altoperuano de Tupiza Cornelio Saavedra.
Y ambos, si uno se inspira en ese libro de René Moreno que Andrés Soliz alguna vez me ha recomendado, compartían el recelo altoperuano por la ciudad puerto y la caterva de contrabandistas (futuro azote disgregador del Virreinato tras la Emancipación) que constituían su "gente decente". La Corona, en Madrid, había planeado, no sin sabiduría conservadora, que en caso de producirse una invasión el Virrey debía retroceder hasta Córdoba para encontrar mayor fervor nacional que en el vanidoso lodazal abierto a los mares. La Corte desconfiaba de la actitud de esa ciudad (en rigor, de su clase alta) ante una eventual agresión británica, y por eso. También desconfiaban los altoperuanos entre los cuales se formó Mariano Moreno. El extraordinario regalo que recibirá del Alto Perú el Cabildo de Buenos Aires tras reconquistar la ciudad es tan producto de la admiración como de la agradable sorpresa ante una acción militar de la que se dudaba mucho en
 las provincias arribeñas.
Es que Buenos Aires -y en esto se equivocaban tanto la Corona como los sectores acomodados del Alto Perú, acostumbrados a la ceguera en cuanto al pueblo humilde donde anida el verdadero sentimiento de Patria- tenía algo más que mercachifles, coimeros y contrabandistas, esa raza maldita que encuentra en el árbol familiar de los Martínez de Hoz su más perfecto prontuario. Había en la ciudad una masa popular que sostenía los mismos sentimientos de Patria Grande del interior que se expresaba en el Alto Perú. Y compartía sus intereses estratégicos. Fue esa masa la que, levantada en armas inicialmente por un funcionario colonial como Liniers, conformó la base de acción de la Reconquista primero y de la Emancipación, después, ya bajo la inspiración jacobina liderada por Moreno y sus lugartenientes de acción: French, Berutti, y en especial Castelli. Y el Plan, ese plan cuya dimensión desmenuza magníficamente Andrés en este texto, es ante todo
 un plan nacional amén de revolucionario.
Un plan revolucionario de operaciones, efectivamente, pero que representa en cierto modo -y esto es lo que se deduce cuando se termina de leer el texto de René Moreno- la propuesta altoperuana para las provincias del Sur. Tensando un poco, pero muy poco, el sentido de las palabras, podemos decir los argentinos que la Revolución de Mayo, de alguna manera, fue un golpe de mano altoperuano en el Puerto de Buenos Aires, un intento de ese núcleo dinámico del Virreynato por asegurar que la cipayería portuaria y contrabandista se mantuviera alejada del poder. La victoria final del contragolpe porteñista fue, en el fondo, la derrota más dura del campo americano. Y de esa derrota seguimos tratando, todos, de levantarnos.
Solo en ese contexto se puede evaluar seriamente la importancia de este texto de Andrés Soliz Rada. Andrés nos presenta el "Mariano moreno boliviano" que es, por eso mismo, el más americano y más argentino de los Morenos posibles. Su énfasis en la constitución de Estados nacionales como camino exclusivo para la liberación y reunificación de los latinoamericanos tiene múltiple valor. Los morenistas que condujeron las expediciones revolucionarias al Alto Perú (Soliz presenta en su inmensa magnitud la figura de Castelli) entendían perfectamente la relación entre su lucha y la de las poblaciones indígenas aplastadas de la actual Bolivia.
Oportunísimo es el rescate que hace Andrés Soliz del verdadero sentido de esa relación, en tiempos en los que se tiende a descartar muchas veces la raíz hispanocriolla y popular de nuestra América para sustituirla por ideologías "indigenistas" que meten a los revolucionarios morenistas en la misma bolsa de los encomenderos y dueños de minas, enemigos comunes del indio boliviano. Y al hacerlo rinde un enorme servicio a la causa nacional americana.
Porque si Bolivia es la pieza de integración geopolítica del Norte y del Sur de Sudamérica, entonces está en interés de todos impedir su pulverización "plurinacional". El texto de Soliz Rada, en el cual vibran algunos de los temas cruciales de la actualidad política de Bolivia, ofrece una alternativa a cierta concepción del país a menudo estrecha, en el fondo tribalista y hasta heredera de las tesis iluministas del buen salvaje, plena de peligros desde su comprometido punto de vista. La necesaria reivindicación e incluso exaltación de la condición humana, la dignidad personal, la diversidad cultural, el derecho político y la integración social plena de los bolivianos de raíz aborigen pasan como lo demuestra Andrés en estas páginas dedicadas al Mariano Moreno que brota de Chuquisaca, por la fusión nacional de todos los bolivianos, cualesquiera sean sus orígenes.
La igualdad en la nación común es condición previa y fundante de la diversidad. Y la igualdad solo es concebible entendiendo la cuestión nacional boliviana -como lo hicieron los verdaderos creadores de un Alto Perú moderno, esos guerrilleros jacobinos que dieron su vida por ella- como igualdad superadora, nueva creación que eche raíces hacia el futuro y no trate de encontrarlas (estéril tarea, en el mejor de los casos) en un pasado muchas veces mítico.
Andrés Soliz recuerda a los olvidadizos que esa fusión ya estaba presente en las luchas de la Emancipación. Allí combatían en igualdad todos los hijos del Alto Perú y las diferencias de casta se iban diluyendo. El solvente era nada menos que su propia sangre, mezclada pertinazmente en infinidad de combates contra ese "vil invasor" de que habla la Marcha Patriótica sudamericana (devenida luego Himno Argentino). Y la matriz era el pensamiento revolucionario e igualitario que las tropas enviadas por Mariano Moreno devolvían (no imponían) al Alto Perú.
De esta visión altoperuana de Mariano Moreno que nos da Andrés Soliz, además, se desprende, aunque no explícitamente, la visión contrapuesta: el congelamiento opresivo de la estructura social de la recién nacida República Bolívar a manos de los mismos encomenderos que, hasta el minuto anterior a la liberación por Sucre, habían echado su suerte en el carro de los absolutistas (antimorenistas). Y de ese congelamiento, no de otro lado, brotan todas las infamias y exacciones que han sufrido los indígenas bolivianos. Incluida la de su aislamiento físico, social y político, que en nombre del respeto a sus particularidades les niega justamente el derecho a la nación.
Hoy como en tiempos de Mariano Moreno, el gran hijo de Chuquisaca, la reconstrucción de América Latina exige la consolidación del Estado boliviano y no su debilitamiento. Juana Azurduy, Padilla, Murillo, el Moto Méndez, Warnes, Muñecas, Monteagudo, Arenales, el mismísimo Güemes, son tan hijos de Bolivia como de la Argentina. Lo eran también los indios del Oriente boliviano que, a la muerte del general Arenales (que ni siquiera era americano, porque había nacido en España), se repartieron como reliquias sus restos para venerarlas cada uno en su población.
Reivindicar esa historia es el inmenso mérito de este escrito de Andrés Soliz. En sus páginas, Mariano Moreno asume la figura de un verdadero producto del Alto Perú, con toda la carga de radicalismo social y pasión nacional que brotaba de las hirvientes calderas universitarias que dieron vida a lo mejor de la Generación de Mayo.
Reiteramos entonces: ¡Otra vez los bolivianos, esta vez a través de Soliz Rada, nos enseñan a defender la Patria Grande!


      




Más información sobre la lista de distribución Reconquista-Popular