[R-P] CARTA ABIERTA - Declaración bicentenario
Cecilia Maria Alvarez
alvarezcecilia en elbolson.com
Vie Mayo 21 13:26:44 MDT 2010
Conmemoramos el Bicentenario de la Argentina sin recordar un pasado mítico
pero sabiendo que en los pliegues de su historia se acumulan las memorias y
los ensueños de un país para todos, de un país muchas veces extraviado en su
propio laberinto y otras aCARTA ABIERTA
Declaración del Bicentenario, que será leída mañana sábado 22 a las 11.00 en
la explanada de la Biblioteca Nacional.
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Declaración del Bicentenario
Conmemoramos el Bicentenario de la Argentina sin evocar un pasado mítico
pero sabiendo que en los pliegues de su historia persisten memorias de un
país para todos, muchas veces extraviado en su propio laberinto y otras
arrojado a los poderes de la injusticia. De un país que supo de apasionadas
escrituras libertarias y que guarda en sus fibras los nombres propios de los
hombres y las mujeres que buscaron construir, individual y colectivamente,
los trazos de otra patria. La que buscamos en los signos de esta época que
ofrece la posibilidad cierta y urgente de encontrarnos con lo mejor de las
tradiciones ancladas en los ideales de igualdad, libertad, justicia y
soberanía. Ése es el mayo que nos urge desde hace 200 años.
De la Argentina de las luchas emancipatorias quedan los rastros de los
esfuerzos políticos, de los trastrocamientos sociales, de la ruptura del
orden colonial, pero también la memoria de lo irresuelto, de las promesas no
realizadas, de lo popular sin redención. Es en los hilos de lo pendiente, en
la memoria de las voluntades, que pronunciamos el nombre de Argentina, en
este Bicentenario.
No lo hacemos en la Argentina del Centenario, ese espejo virtual que los
poderes actuales instalan en el lugar de Paraíso Perdido. En aquella
Argentina un futuro que se imaginaba dorado, sobre la base de los ganados y
las mieses, se proyectaba bajo la égida de un Estado excluyente, con las
mayorías silenciadas políticamente y con un mundo popular asolado por la
desdicha. El Centenario fue oropeles y visitantes extranjeros, tanto como
estado de sitio y lucha callejera. República para pocos y Ley de Residencia.
Un modelo de país agroexportador incapaz de proyectarse con autonomía del
Imperio Británico y de mirarse en otro espejo que no fuera el de un orden
internacional injusto. Jóvenes de clase alta incendiaron un circo plebeyo
para que no alterase un paseo tradicional. Esas fogatas prepararon la Semana
Trágica y los fusilamientos de la Patagonia, expresiones del odio
oligárquico que se descargaría cada vez que el pueblo defendía sus derechos.
No aceptamos volver a la Argentina de 1910. No podemos identificarnos con un
país de la desigualdad, el prejuicio y la exclusión. Ni con un país diseñado
desde la lógica de los intereses corporativos, que ha venido rapiñando lo
público y tratando de disolver lo mejor de las creaciones colectivas, que
dieron forma a sistemas de educación y salud equitativos. No es nuestra
tradición la que confunde “nación” con “raza” u origen geográfico ni la que
reivindicó como causa nacional la aniquilación de pueblos originarios y de
sus hombres y mujeres, la servidumbre y el despojo material y cultural, ni
estamos dispuestos a tolerar sus abiertas o embozadas formas de
persistencia. No queremos que se silencien las voces que desde el fondo de
nuestra travesía como nación se expresaron para avanzar hacia una sociedad
más igualitaria, ni convertirnos en espectadores que contemplan cómo unos
pocos se complacen en sus riquezas mientras los que producen los bienes
sociales son reprimidos, acallados o expulsados.
No queremos regresar a los fastos de ese Centenario que sigue persiguiendo
como una sombra espectral los sueños de emancipación, como lo hizo en el 30,
en el 55, en el 66 y en el 76. Nuestro Bicentenario busca reencontrarse con
los trazos que fueron dibujando los sueños de libertad e igualdad del primer
Mayo y que debieron sortear incontables dificultades y las peores
pesadillas. Somos ese país de sueños y de pesadillas. Se trata de recrear,
con nuestra fuerza imaginativa y con inventivas populares, la fuerza
emancipatoria del inicio, y las de las múltiples formas de resistencia que
en nuestro suelo fueron ejercidas desde la Conquista y la Colonización,
sabiéndonos parte de un destino común, entrelazado con el de los pueblos de
toda América Latina, sin los cuales no puede pensarse un presente ni un
futuro.
El Bicentenario es, fundamentalmente, una conmemoración de esas luchas
emancipatorias que en sus mejores momentos tenían menos un destino local que
una idea de lo americano. Que tiene su punto de inicio en la revolución de
los esclavos haitianos y se consolida recién en 1824. Cuando hoy América
Latina traza acuerdos y composiciones, cuando construye Unasur y afianza los
compromisos políticos y económicos, cuando procura un destino común, vuelve
a proyectarse sobre el fondo de la unidad anunciada en los primeros gritos
libertarios, y la Argentina a reencontrarse con el destino que soñó al
nacer.
Esta Argentina tiene en su corazón profundo una vida popular que ha sido
gravemente dañada y que es, así y todo, potente y creativa. El antiguo
pueblo del himno ha sido rehecho por dictaduras atroces, persecuciones
violentas, modificaciones profundas de la economía y el Estado, tecnologías
y lenguajes comunicacionales capaces de generar las condiciones para que un
sentido común amasado entre la dictadura y los años noventa, corroa las
fuerzas de nuestra vida social y cultural e inhiba el diálogo activo con el
pasado.
Ha sido reconfigurado y avasallado el pueblo. Y sin embargo, ha sido y es el
sustrato de las resistencias, la potencia creadora de nuevas formas de vida,
de lenguajes, de símbolos, de modos de encuentro, el horizonte de una real
autonomía simbólica y política de la nación. Ese pueblo tiene múltiples y
heterogéneos rostros políticos, se despliega en organizaciones diversas y en
experiencias no siempre concordantes. Los que aquí manifestamos lo hacemos
como parte de ese pueblo, como parte de las organizaciones en las que se
nuclea y se recrea.
Son los rostros de los trabajadores asalariados y sindicalizados, herederos
de los que un 17 de octubre del 45 le dieron forma a sus exigencias de
justicia y dignidad en una novedosa articulación política y que en mayo de
1969 hicieron temblar la ciudad de Córdoba. Son también los rostros
sufridos de los desocupados que intentan recuperar una trama social
devastada por el neoliberalismo y que en los noventa fueron el alma y el
cuerpo de las resistencias, esa parte de los incontables que hoy marchan en
pos de la equidad y el reconocimiento. Son los rostros de los activistas
sociales y de los creadores culturales. Son los rostros de las militancias
por los derechos humanos y de los pacientes articuladores de los barrios.
Son los rostros de los estudiantes que supieron arrojarse a las luchas
populares. Son los rostros de los empresarios comprometidos con ideales de
autonomía nacional y los de los profesores y maestros que trajinan
diariamente por la educación pública. Son los rostros de los migrantes
latinoamericanos que han elegido estas tierras para construir sus propios
sueños y de quienes dan testimonio de la expoliación a los pueblos
originarios y de la defensa de sus derechos. Y recuerdan que sólo una
América Latina de nuevas solidaridades podría alojar esas diferencias sin
diluirlas en el relativismo cultural ni trasvasarlas a persistentes
racismos. Son los rostros de la desdicha, del temor ante el peligro, de la
alegría por la reunión y la voluntad colectiva.
La conmemoración del Bicentenario no puede desligarse de la consideración de
ese pueblo que encuentra en estos días una remozada capacidad de
movilización callejera y reconocimiento público. El futuro de la Argentina
depende de la atenta vigilia popular, una vigilia hecha de alerta y
compromiso, de reacción frente al peligro y de entusiasmos compartidos.
Mucho se ha hecho en estos años del siglo XXI para restañar la vida popular
dañada. Todos deben saber -todas las dirigencias políticas y sociales- que
ningún retroceso es aceptable. Que este pueblo tiene compromisos profundos
con las transformaciones realizadas y las faltantes y que encontrará en la
memoria de sus luchas pasadas y en las necesidades del presente, la fuerza
para resistir cualquier intento de restauración conservadora. No hay vuelta
atrás que pueda resultarnos tolerable. No hay interrupción que consideremos
viable. La Argentina actual, capaz de enjuiciar los crímenes del pasado y
generar políticas de reparación para las desigualdades contemporáneas, no
puede ser suprimida por los agentes de la reacción.
Deben ser conjuradas las maniobras de quienes conspiran en las sombras y
agitan desde los espacios mediáticos. Pero también resguardar al país de la
corrosión de sus lenguajes y de una sensibilidad social, cultural y política
menguada en sus capacidades críticas y creativas, como de los
condicionamientos en los modos de vida y de pensamiento impuestos por las
culturas imperiales. Sabemos que no se sale indemne de las heridas
infringidas por los poderes de la dominación y que las diversas formas de la
injusticia, la humillación y la fragmentación marcaron a fuego el tejido
social. Pero también percibimos que algo poderoso vuelve a manifestarse en
la patria de todos. En la particular situación de América Latina en estos
inicios del siglo XXI, este pueblo, hecho de memoria y de presente, escrito
su cuerpo por las mil escrituras de la resistencia, las derrotas y los
sueños, tiene la potencia de realizar ese llamado ante los peligros y la
afirmación de su resistencia ante toda forma de la devastación.
El estado de este pueblo es, hoy, la vigilia: apuesta a la defensa de las
reparaciones alcanzadas y a la perseverante insistencia en lo pendiente. Si
es capaz de mirar al pasado de la nación e inspirarse en la épica
americanista de los revolucionarios de mayo, lo hará porque su realización
está en las señales del presente y en la apuesta al futuro. Tiene ante sí el
desafío de dar lugar a lo nuevo que surge y de contribuir a que se extiendan
y fortalezcan los modos en que los argentinos deciden vivir su libertad para
afianzar la de todos. Estamos convocando a un acto de emancipación, capaz no
sólo de enfrentar las trabas que interponen, ayer como hoy, los intereses
poderosos, sino de proponer nuevas soluciones imaginativas y nuevos
objetivos que estén a la altura de una sociedad enfrentada al desafío
acuciante de ser más equitativa. Y a través del ejercicio de la libertad, de
la participación y de la movilización, a llevar a cabo las grandes tareas
pendientes, particularmente las que conducen a enfrentar las desigualdades
sociales que persisten como una llaga que no se cierra –tareas cuyas señales
han sido dadas en estos últimos tiempos-. Un mayo de la equidad y de la
igualdad, un mayo en el que la riqueza sea mejor distribuida entre todos los
habitantes de esta tierra.
Por todo esto convocamos, con el entusiasmo y la pasión que emanan de
nuestra historia compartida, a emprender las transformaciones estructurales
y culturales que se necesitan para contrarrestar el saldo de décadas de
deterioro y desguace, y avanzar hacia nuevos modos de relación entre los
ciudadanos, la política y el Estado. Somos esos sueños y esas múltiples y
diversas experiencias sin las cuales no podríamos imaginar un futuro.
Conmemorar el Bicentenario implica tomar nota de lo nuevo y convocar lo
existente hacia una profundización de la democracia. Los hombres de Mayo
tuvieron ante sí la tarea de construir una nación despojada de la herencia
colonial. Lo hicieron en parte y la situación de América Latina exige la
continuidad de ese esfuerzo. Como para ellos antes, para nosotros hoy no hay
retroceso tolerable y sí un enorme desafío histórico: la construcción de una
sociedad emancipada y justa.
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