[R-P] [Página 12] La Crisis Griega.

Gustavo Battistoni gustavo.battistoni en gmail.com
Dom Mayo 2 23:31:00 MDT 2010


EL MUNDO › TEMAS DE DEBATE: LA CRISIS GRIEGA Y SU IMPACTO GLOBAL

Tiembla el Partenón

Grecia está al borde del default y el recorte fiscal para tratar de
evitarlo provoca cada vez más resistencias. Los especialistas analizan
qué consecuencias genera un estallido para la Unión Europea.

  	

Producción: Tomás Lukin

debate en pagina12.com.ar

Un chivo expiatorio

Por Demián Dalle y Enrique Aschieri *

El talante de la información que corre afirma que el posible default
griego arrastraría a los mercados globales a un nuevo desastre. El
oráculo de Delfos no ahorra malos presagios, pero palpando el tamaño
muy menor de la economía griega y, en términos relativos, sus apocadas
acreencias en serio entredicho, no deja de sorprender cómo tan poco
podría hacer tanto daño.

El PIB griego sólo representa el 3,3 por ciento de la Unión Europea
(UE). Las deudas del país, pronosticadas impagables, duplican ese
guarismo. Entonces, con respecto al agregado monetario más amplio de
la UE –que incluye activos a realizarse a muy largo plazo– andaría más
o menos por la mitad. Grecia tiene 11 millones de habitantes, 6
millones de los cuales constituyen la Población Económicamente Activa,
2,66 por ciento de la UE, que tiene una PEA de 225 millones de
personas. Su sector público representa 40 por ciento del PBI y la
actividad principal es el turismo. La tasa de desempleo griega pasó
del 7,7 por ciento en 2008, al 9 por ciento en 2009 y su PIB cayó 2
por ciento. En 2009, Grecia exportó por 21 mil millones de dólares e
importó por 64 mil millones de dólares, arrojando un déficit total de
43 mil millones de dólares. Sus principales socios comerciales son
Alemania y Francia.

Frente a estas cifras casi insignificantes, ¿por qué tanto ditirambo
del Apocalipsis? Al contrario, si la crisis griega, gracias a los
dioses del Olimpo, se sorteara sin inconvenientes, ¿dejaría la
economía mundial de estar bajo asedio? No, claro que no. Y en la
respuesta a ese interrogante está la clave del asunto, que pone en
juego cuestiones políticas propias de la UE con las de Estados Unidos
y condicionan la salida.

Cualquier miembro de la UE se podría definir como un semipaís. Ni dejó
de serlo ni continúa siéndolo como antes. Entonces, para enfocar mejor
el análisis, se podría argumentar que, respetando algunas distancias,
su situación sería como la de alguna provincia argentina que
enfrentara la cesación de pagos. De ahí a que Alemania y Francia vayan
en auxilio sin más, media toda la problemática de no ser del todo pero
haber dejado de ser algo.

Las contradicciones, entonces, arrecian. Los electorados, remisos a
cualquier rescate, no sopesan el impacto sobre el euro. Tampoco que
ante una caída griega el nivel de actividad alemán y francés sufrirá,
por ser estos dos países los beneficiarios del déficit comercial de
Grecia. Además, si se ajusta, el desempleo griego será alto por un
tiempo, pero luego los trabajadores emigrarán hacia otro territorio de
la UE, al igual que el capital que pueda hacerlo a causa de los altos
impuestos. Se podría especular que en una de las salidas potenciales,
a Grecia le esperaría el porvenir de ser un territorio pobre en un
espacio rico, nada muy inédito si se considera cómo se localizó la
actividad económica en la acumulación a escala mundial de dos siglos a
esta parte.

El problema griego en sí es menor. Es un problema para sí y para los
otros –en particular, España, Italia, Portugal, Irlanda y quizá
Bélgica, con marcadas diferencias entre ellos– porque la crisis
iniciada en los Estados Unidos estropeó la economía global, incluida
la sicalíptica actuación de los grandes bancos estadounidenses,
responsables de que el endeudamiento griego descarriara.

Es normal que en una federación algún territorio derrape, tanto como
que los hermanos mayores lo rescaten y encuadren. Es anormal que se
expandan noticias donde se lo muestra como intratable. En las crisis
financieras, todo lo que sucede es que algunas personas pierden plata.
No acarrean problemas económicos, siempre y cuando no se lesione el
motor productivo para solucionarlas. Grecia necesita tasa y plazo. Y
la UE está en perfectas condiciones de darlas.

El punto es que al salvar a Grecia se salvan los bancos
estadounidenses y la UE no quiere pagar sin vueltas esa factura. Ni de
cerca ni de lejos está comprometida la integración europea. Lo que
está tallando es el equilibrio de poder UE-Estados Unidos. En el
ínterin, las aguas del Estigio, el Aqueronte y el Cocito se tiñeron de
toneladas de tinta de analistas que en Grecia buscan las musas para
hacer potable el ajuste fiscal en Estados Unidos –subir tasas de
interés, aumentar el desempleo– y también de los que se oponen a ello.
Por estos pagos, en tanto, los siempre listos se apuran a descalificar
la “irresponsabilidad” de allá para alentar el ajuste acá, no sea cosa
que tengan que pagar más impuestos. Grecia es un chivo expiatorio que
en sí misma no mueve el amperímetro. El caballo de Troya –esta vez
involuntario– ha vuelto a cabalgar.

* Economistas y coordinadores del Departamento de Comercio
Internacional de la SID-Capítulo Buenos Aires.

Castillo de naipes

Por Andrés Lazzarini *

La crisis por la que está atravesando la zona euro, y de la cual no
parece haber aún un camino de salida, puso en discusión el significado
de la integración europea. Una mirada en perspectiva histórica del
proceso de integración podría ayudar a comprender algunas de las
fallas originarias de la unión.

Los procesos de integración económica comprenden, esencialmente, tres
etapas. La primera es la mercantilista o de autarquía, donde cada país
desarrolla e integra sus mercados puertas adentro, cerrando
completamente cualquier tipo de vínculo internacional. El trabajo y el
capital circulan entre diversos sectores económicos dentro de los
límites territoriales de cada nación.

La segunda etapa es la del comercio internacional. Cada país encuentra
beneficioso –dado el conocimiento tecnológico– especializarse en las
actividades relativamente más productivas, concentrando en ellas sus
recursos nacionales, mientras que satisface con producción importada
parte de su demanda. David Ricardo demostró que el comercio
internacional sólo es posible cuando los precios internacionales
difieren de los costos nacionales, siempre que los trabajadores y
capitalistas (cuyo capital consiste en los salarios del trabajo) no
pueden competir a nivel mundial. En esta etapa, la división del
trabajo puertas adentro conduce a un aumento de la productividad
mundial respecto de la fase mercantilista.

La tercera es la integración supranacional. Tanto el trabajo como el
capital de un país pueden desplazarse hacia otro, de modo de
aprovechar las ventajas absolutas que el segundo goza sobre el
primero. David Ricardo no pudo prever cómo esta fase se hubiera
desarrollado completamente, pero fue capaz de imaginar un ejemplo de
integración mundial en la cual Portugal (el país, en el ejemplo, con
mayores ventajas absolutas en todos los sectores) atrae todo el
trabajo y capital, conduciendo a Inglaterra (con menores ventajas
absolutas) a la desindustrialización. En esta tercera fase se forma un
mercado interno supranacional y la productividad global aumenta con
respecto a la fase anterior.

La experiencia de la Unión Europea confirma esta caracterización del
proceso de integración. Inmediatamente después de la segunda posguerra
Europa había vuelto a la fase mercantilista, con una caída drástica en
el comercio internacional. Más tarde, con la ayuda del Plan Marshall y
la creación del Mercado Común (1957), pudo reestructurar sus
industrias y superar los niveles de productividad respecto de los
niveles de posguerra. Finalmente, la tercera etapa se abrió paso con
la firma del Acta Unica Europea (1986), que estableció la libre
circulación de mercancías, servicios, trabajo y capital, y con el
Tratado de Maastricht (1991), que estableció la unión económica y
condujo a la creación del euro.

Sin embargo, a casi diez años de la implementación del euro, los
problemas estructurales de los países más “débiles” (Grecia, España,
Portugal, Italia e Irlanda) indican que el mercado interno
supranacional está muy lejos de haberse completado. Asimismo, aún
persiste la divergencia en los niveles de competitividad en Europa.
Ahora bien, los problemas estructurales de la periferia europea son
anteriores a la firma del Tratado de Maastricht, y no un resultado
directo de la moneda única. En efecto, la implementación del euro
profundizó los problemas de fondo: según el Consenso de Bruselas, que
impone un “gobierno mínimo”, los países periféricos europeos deben
aumentar la productividad para atraer empresas multinacionales, y
lidiar, así, con la competencia de los “fuertes” ante la que se ven
expuestos por la imposición del euro. Para ello se hace indispensable
la atracción de capitales mediante altas tasas de interés.

Volviendo al ejemplo de Ricardo, una vía para evitar la
desindustrialización de Inglaterra podría haber sido la integración
con Portugal, en la cual ambos países pudieran crear y destinar fondos
supranacionales para el desarrollo regional, la cohesión social, el
aumento de la productividad y la nivelación de los costos laborales –
desafíos que implican una coordinación real de las políticas
económicas de los países miembro–. Sin embargo, en línea con la
ortodoxia económica corriente, las autoridades europeas apostaron con
pleno convencimiento a la dinamización de la libre circulación de las
“cuatro libertades” a través de la creación del euro a tasas de cambio
fijas, relegando a un segundo plano la coordinación de políticas para
el crecimiento y el empleo regionales (el Proceso de Lisboa, 2000,
quedó sólo en promesas incumplidas). Entonces el euro se convirtió en
un chaleco de fuerza para la economía de la UE, que profundiza
–políticas de ajuste mediante– los problemas estructurales de los más
débiles y las diferencias entre éstos y los fuertes de la región (como
Alemania y Francia).

El dilema que deberá afrontar la UE es: o Bruselas decide ensuciarse
las manos para encontrar una solución política institucional que
cimente las bases para una integración más solida y homogénea,
abandonando el monetarismo del BCE, o bien continúa creyendo que a
costa de más ajustes es posible sostener este castillo de naipes.
Tristemente, la discusión actual del salvataje financiero que el
Eurogrupo y el FMI negocian con Grecia muestra la decidida renuencia
que reina en Europa para discutir sus problemas de fondo en una
perspectiva distinta de la impuesta por la ortodoxia del pensamiento
económico dominante.

* Docente de la Universidad de Alicante, España.




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