[R-P] [Enrique Lacolla] Provincialismo
Néstor Gorojovsky
nmgoro en gmail.com
Dom Mar 28 22:51:20 MDT 2010
[A las consideraciones de Enrique Lacolla, impecables, cabe agregar un
hecho significativo. La película que ganó el Oscar competía con
"Avatar", producto del marido de la Bygelow que también presenta una
extraordinaria factura técnica y una espectacularidad pocas veces
vista.
Toda la competencia entre ambos filmes se planteó como un asunto
familiar, pero hay algo más. Avatar, aunque con una ingenuidad
panteísta y bastante tributaria del mito del buen salvaje, tiene el
inmenso mérito de presentar los efectos de una invasión estadounidense
desde el punto de vista de los oprimidos. Menciona incluso el
provincialismo del pueblo estadounidense, cuando el personaje
principal, un soldado que "goes native", es decir se pasa al bando de
los invadidos, se pregunta incrédulo si "él es el malo de la
pelicula".
Otro elemento notable es que otro soldado invasor que defecciona es
una comandante de helicóptero de apellido y aspecto notoriamente
"latin" (es decir, latinoamericano). Que la Academia haya preferido,
abrumadoramente, una película como "Vivir al límite" en lugar de
"Avatar" es, en sí misma, la prueba más demoledora del provincialismo
a que hace referencia Lacolla.
Si es cierto que Dios ciega a los que quiere perder (es decir, impide
a aquellos que están condenados a la decadencia la visión de sus
propios límites) creemos que en este caso se le está yendo un poco la
mano.]
Provincialismo
Por Enrique Lacolla
El último premio Oscar fue para una película que comprime dos
características típicas de la cultura masiva estadounidense: su
sapiencia técnica y su autoencierro.
Los norteamericanos –o al menos su élite dirigente- han enfatizado
desde hace tiempo la naturaleza perversa del “Imperio del Mal”,
sambenito que han colgado a una serie de países que tienen la osadía
de desafiarlos y que concurrirían a sustentar las actividades de unas
organizaciones terroristas de indefinido perfil, pero vinculables
genéricamente al fundamentalismo islamista o al narcotráfico. Más allá
de las virutas de verdad que puedan rastrearse en este tipo de
argucias, todo esto no es sino la continuación de una línea argumental
que ha sido típica de Occidente a lo largo del proceso capitalista,
muy interesado en demonizar a sus propias víctimas. Los pueblos a los
que se reputa como incapaces de acceder al nivel de la modernidad
–cualquiera sea el nivel de su cultura- fueron definidos una y otra
vez como “bárbaros” susceptibles por lo tanto de ser civilizados,
reprimidos o liberados de las cadenas del atraso a través de cualquier
expediente,incluyendo la mano dura, la agresión militar, la
explotación, la ocupación y el coloniaje, cuando no se trató de su
exterminio puro y simple. A esa categorización de barbarie por cierto
no han escapado las naciones que, dentro del mismo sistema de valores
que caracteriza a la civilización capitalista, han intentado romper la
hegemonía ejercida por el bloque anglosajón. Que en estos casos la
invectiva haya estado en ocasiones justificada, como en el de la
Alemania nazi, no obsta para que quienes no se la quitan de la boca no
hayan cometido crímenes parecidos. Hasta el punto de que los fascismos
o el Imperio japonés han podido invocar con bastante razón, como
justificativo a sus acciones, una vocación emuladora de los maestros
que los habían precedido en el juego.
En el caso estadounidense esta arrogancia se complica con un
provincialismo que la torna doblemente peligrosa, en la medida que
clausura o reduce mucho el ángulo de visión de ese pueblo, desde
siempre halagado con el remoquete de “pueblo elegido” en búsqueda de
su “destino manifiesto”. Esta cerrazón se expresa en un complejo de
superioridad que lo torna insensible no sólo a las razones ajenas sino
incluso a los sufrimientos que los emprendimientos bélicos o
económicos estadounidenses provocan en otros pueblos, a la vez que
exacerba su sensibilidad ante cualquier retorno o venganza que esa
agresividad puede suscitar. Episodios sensacionales como el 11/S –para
no hablar de Pearl Harbor- son receptados como ataques inauditos
contra el hogar del Bien, determinando una voluntad de revancha que no
se para en nada y que puede servir, como está sucediendo en la
actualidad, para poner en práctica movidas estratégicas que van mucho
más allá de esos procedimientos de policía dirigidos a suprimir a unos
outlaws irreductibles, en el presente tocados con turbantes.
El cine ofrece un repertorio infinito de este tipo de lectura de la
realidad. El último Oscar brinda una muestra palpable de ello. Vivir
al límite, de Kathryn Bigelow, cuenta la experiencia de un
destacamento de ingenieros-zapadores que se dedican a desactivar las
bombas que la resistencia iraquí siembra por las calles de Bagdad un
año después de la ocupación norteamericana. La película está pensada
como un thriller antes que como un drama. La factura técnica del filme
es impecable, por cierto, el suspense de algunos pasajes está logrado
y el retrato de los soldados metidos en esa pesadilla tiene visos de
un realismo bastante aceptable, aunque tópico; pero todo se verifica
en el ámbito cerrado que propone la unidad, una escuadra de tres tipos
que día a día tienen que salir a desafiar la muerte. Los iraquíes son
sombras que se desplazan sobre el escenario o especímenes observados
como en vitrina, de acuerdo a un punto de vista desapegado de
cualquier comprensión simpática por esos individuos o, peor, imbuido
de un simplismo en el fondo bastante despectivo.
Se dirá que no tiene por qué ser de otro modo, que la directora ha
apuntado a lograr una visión desde el interior de una unidad militar
donde nadie se propone otro problema que el de la supervivencia. El
punto de vista escogido es el del soldado de a pie que, lejos de
plantearse dilemas éticos, vive fusionado en el esprit de corps y
enfrentado a fenómenos que lo exceden. Respecto a estos no desea tomar
otra actitud que la de hurtar el cuerpo al peligro aunque, en algún
caso, como sucede aquí, termine desarrollando una afición a este
similar a la adicción a la droga. Pero, ¿cuán legítimo puede resultar
este planteo cuando se trata de asuntos tan problemáticos como es la
agresión a un pueblo inocente de las culpas que se le habían endilgado
para promover el ataque contra él? ¿Hasta dónde se puede justificar
una mirada “ingenua” sobre una guerra actual de parte de unos
guionistas y de una directora que de ingenuos no tienen nada?
Homenajear a los soldados rasos que cumplen su deber sin mirar al
costado, ¿suprime el deber de los testigos de ese sacrificio en el
sentido de indagar de dónde proviene su misión y cuáles son los
efectos (eufemísticamente denominados “colaterales”) que ella
conlleva?
El relato crudo y nudo de la experiencia de la guerra es tal vez
justificable en sus protagonistas, cuando se ponen a describir sus
propias vivencias. De esa narración puede desprenderse a veces el
testimonio de un desgarramiento humano que se eleva por encima de la
declamación ideológica o los intereses de parte. Pero Kathryn Bigelow
y el corresponsal de guerra Mark Boal, que escribió la historia a
partir de sus propios recuerdos como periodista “embedded” en una
unidad dedicada a desactivar los “Ingenios Explosivos
Improvisados”(IED, por su sigla en inglés), no son testigos inocentes
de esos desarrollos. Saben o deberían saber de qué se trata, o al
menos preguntarse acerca del significado que subyace a ese caos.
Su película es, en cambio, un producto aceitado y elaborado con
maestría en muchos de sus pasajes, pero dirigido a halagar, en última
instancia, la autosatisfacción de la mayor parte de la opinión pública
norteamericana, que prefiere desentenderse de los motivos profundos
que determinan el peligroso expansionismo de su país y las
brutalidades que disemina sobre el mapa.
Voces cada vez más numerosas dentro del concierto de los países
desarrollados llaman continuamente a prestar atención al peligro que
supondrían los musulmanes. Mucho antes del 11 de Septiembre el
teorizador del choque de las civilizaciones, el desaparecido Samuel
Huntington, sentenciaba que “el verdadero problema de Occidente no era
el fundamentalismo islámico sino el Islam en cuanto tal”. Vivir al
límite no va a contribuir en nada a refutar esta inclinación a la
islamofobia. En un mundo invadido por la desinformación y el
simplismo, la visión propia del “uomo qualunque” –en este caso del
soldado “qualunque”- no sirve para otra cosa que para reconfirmar el
rumbo adoptado y para asumir la guerra infinita como un presente
infinito del que no se puede escapar.
Las interpretaciones son excelentes, la fotografía es de primera y el
montaje evita, a Dios gracias, ese ritmo epiléptico que caracteriza a
la generalidad de los filmes de acción acuñados en la estela de Bourne
y otros productos por el estilo. Pero estos atributos técnicos y
dramáticos no son suficientes: afuera queda un mundo que, aunque no
requiera de monsergas panfletarias o de exabruptos de hinchada
indignación moral, exige ser testimoniado.
www.enriquelacolla.com
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Néstor Gorojovsky
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