[R-P] Juan B.Justo y "La Nación".

Gustavo Battistoni gustavo.battistoni en gmail.com
Dom Mar 28 17:44:52 MDT 2010


[Reenvío un artículo que escribí sobre Juan B..Justo. Me lleva a esto
la insistencia de algunos escribas de "La Nación", como Pagni y
Natalio Botana, de que el "socialismo", debe "volver" a Juan B. Justo
y su "racionalidad" económica.La vuelta a Juan Bautista Justo, es un
tópico permanente, en el socialismo liberal, ya planteado por José
Luis Romero en los sesenta;y por Portantiero y José Arico, al comienzo
de la democracia.Como los "fantasmas", siguen "vivos y coleando",en
Beatriz Sarlo y compañía, hago llegar nuevamente mí artículo.]



Juan Bautista Justo



Juan B.Justo, nacido en 1865, de una familia de filiación mitrista,
con campos en Tapalqué, provincia de Buenos Aires, no fue un pensador
ni político original.Toda su producción fue siempre un remedo de lo
que habían dicho y escrito los socialistas europeos-en particular
Eduard Bernstein-, por los que sentía la devoción propia de un cipayo
ilustrado más preocupado por la última novedad, que por las
necesidades de nuestro pueblo trabajador en las olvidadas provincias
del norte argentino.
Su socialismo fue una imitación de los últimos manuales europeos, no
hay en toda su obra una sola idea original; su miopía intelectual fue
tan grande que siempre ha omitido referencias teóricas de América
latina; para él nuestra América criolla sólo le producía un profundo
rechazo.
En cuanto a la Argentina fueron las obras más cosmopolitas las únicas
que llamaron su atención de diletante ensoberbecido; mientras más
alejado de nuestro pueblo, mayor importancia le daba a su obra.
Creía que nuestro país debía ser como Francia o Alemania, o quizás
Australia; nunca creyó en nuestro destino latinoamericano, nuestro
continente se le presentaba como una naturaleza salvaje, a la que
había que hacer entrar a la historia universal, por medio de la
“civilización”.
De ahí la simpatía y aprobación que le produjo la anexión de Texas por
parte de los EEUU, que el veía como un triunfo de la civilización
sobre la barbarie.
Afirmaba en su libro “Teoría y práctica de la historia (cap. sobre “La
Guerra”: “¿Puede reprocharse a los europeos su penetración en África
porque se acompaña de crueldades?, ¿Pero vamos a reprocharnos el haber
quitado a los caciques indios el dominio de la Pampa?” Hermoso
socialista y luchador de la libertad resulta ser quien desprecia tan
abiertamente a los negros y a los indios; entendemos de donde
abrevaron los socialistas posteriores para atacar al peronismo y a la
chusma radical.
Lo mismo pensaba para nuestra historia, no le interesaba el futuro de
nuestros compatriotas si no se adecuaban a lo que él y los socialistas
denominaban la “civilización”, que significaba borrar todo lo propio,
tal como lo había planteado su maestro Domingo Faustino Sarmiento, en
el “Facundo”.
No comprendía cómo sí lo había hecho Alberdi, que el poderío de la
Argentina no estaba en improductiva Buenos Aires, a la que estaba
relacionada emocionalmente por su mitrismo, sino en las economías del
interior, que eran la fuente de la riqueza argentina.
El odio al gaucho, el desprecio al nativo que sentían los socialistas
no era más que la intelectualización con verborrea izquierdista del
odio de la “clase decente” de la ciudad de Buenos Aires, en contra de
nuestra población nativa; esa población que había dado su sangre en la
lucha por nuestra independencia, mientras Rivadavia le negaba su apoyo
al General San Martín.
Para los socialistas el pueblo siempre fue algo lejano, que había que
“civilizar”, y si este elegía gobiernos nacionales y populares, como
el del General Perón, estaban los bombardeos a la Plaza de Mayo y los
fusilamientos en José León Suárez, para poner las cosas en “orden”.
Si el pueblo no se sabía gobernar, pensaban los socialistas, debían
ser excluidos del poder. De ahí su apoyo a los gobiernos militares de
turno; no interesaba su contenido, lo único que le pedían estos
falsarios a los pretorianos era que fueran anti-peronistas, como en
1955 y en 1976.
El pensamiento de Justo fue la guía para la acción de los socialistas
a través de la historia, su anti-gauchismo, su amor por lo europeo en
detrimento de lo propio, es una marca constante en esta secta; más que
en las masas creía en élites ilustradas que tenían la misión de
“iluminar” a la chusma radical.
Dice Rodolfo Puiggrós, al respecto: “El método empleado por Justo
tenía de falso el traslado mecánico de tesis inducidas de las
experiencias de países industrialmente desarrollados a una Argentina
agro-exportadora en los comienzos de una industrialización que para
avanzar debía vencer la opresión de obstáculos externos e internos que
ellos no sufrían.
Nos daba como imagen de la futura Argentina la actualidad de las
naciones capitalistas más avanzadas en leyes sociales.
Enseñaba que nuestro porvenir estaba marcado por un determinismo que
le señalaba los caminos y metas de los partidos socialistas de los
Estados que vivían su propia revolución industrial. Su “Teoría y
práctica de la Historia”, se inspiró en la idea de que los pueblos
atrasados repetirían los procesos sociales de los países adelantados.
La teoría y la practica de la historia prueban, a la inversa, que lo
inferior no sale de su inferioridad limitándose a imitar (o a alcanzar
la altura de) lo superior, pues de ser así no habría progreso. (Las
izquierdas y el problema nacional – págs. 40-41).
Su labor parlamentaria fue ineficaz, presentó una enorme cantidad de
proyectos sin resultados prácticos; prefirió la soledad de los
soberbios, al acercamiento a los partidos populares, en particular al
Radical.
Justo fue un socialista agrarista en un país que necesitaba
industrias, librecambista en una nación que debía proteger su aparato
productivo de la competencia internacional, como habían hecho la
Alemania de Federico List, y los EE.UU. del economista Henry Charles
Carey.
Sostenía Justo: “Un partido librecambista debe congregar cuanto antes
a los capitalistas de la industria local. Ella no pide protección del
estado ni la necesita, pero no puede sufrir más tiempo sin protesta,
las leyes del proteccionismo.
Que haya en buena hora una industria argentina, pero no a costa del
debilitamiento de las principales fuentes de riqueza del país.
Con la ganadería se ha llegado hasta el punto de imponer derechos de
importación.” En una editorial de “La Vanguardia” , se decía sobre las
ventajas del librecambio: “Ya los trabajadores ingleses y alemanes,
más preparados económicamente, han entendido la necesidad de una
política tendiente a combatir este florecimiento artificial de
industrias, que condenadas a morir ante la libre concurrencia del
mercado universal, sólo son variables por el sacrificio de la gran
clase productora y consumidora.
Se han declarado partidarios del librecambio; que éste fuera a
desarrollar las formas capitalistas tiene la ventaja de abaratar
constantemente el producto y hacer más fácil la subsistencia de los
trabajadores.
Todo indica entre nosotros, por los resultados obtenidos por el
proteccionismo, que la adopción de una política análoga, no sería
desatinada, tanto más, que, hasta ahora, la clase trabajadora no tiene
nada que agradecer racionalmente, y todo que reclamar, de un sistema
cuya implantación ha tenido la virtud de hacer cada vez más extremadas
sus condiciones de vida”. (La Vanguardia-Algunas reflexiones sobre la
industria nacional) Si Alemania hubiera adoptado el librecambio, nunca
hubiera tenido una fuerte industria, como ha señalado Arturo
Jauretche, en su libro “Política y economía”; lo mismo hubiera
ocurrido con los Estados Unidos.
Su concepción era un retroceso no sólo con respecto a los planteos de
Marx con respecto a Irlanda, como bien lo relata Spilimbergo, sino que
era una vuelta atrás con las posiciones de los industrialistas
argentinos, como Alejandro Bunge o anteriormente Carlos Pellegrini.
No aprendió nada del debate entre los industrialistas como Vicente
Fidel López y Miguel Cané, y los partidarios del agrarismo como
Norberto de la Riestra, éste último abogado de los bancos ingleses en
el Río de la Plata.
Su discípulo de juventud Raúl Prebisch, le increpará su dogmatismo
librecambista, un verdadero suicidio para un país atrasado como la
Argentina.La mejor forma de seguir en el subdesarrollo, es comprar por
siempre productos manufacturados a cambio de productos agropecuarios;
además éste economista le criticará su criterio de que los obreros
cobren sus salarios en oro, lo que equivaldría a la dolarización en
esta época...
Hay que leer su libro “La Moneda”, para darse cuenta lo atado al
liberalismo que estaba Justo en materia económica. En esta obra de
1903 aboga por un monetarismo y librecambismo que asustaría al más
ortodoxo de los liberales. Por eso tanto Domingo Felipe Cavallo como
López Murphy, citaban a éste libro como una referencia para criticar a
los economistas nacionales, que creen en una Argentina desarrollada y
con justicia social.
Que los liberales hablen más que los socialistas de un libro, tendría
que hacerlos pensar sobre las doctrinas del “maestro”, y cuánto de
socialismo hay en su profusa obra.
Pero no sólo Justo fue un librecambista contumaz; su discípulo Esteban
Jiménez había afirmado en su libro “Acción socialista”: “Nada tan
importante y eficaz como el librecambio para cimentar la paz entre los
pueblos. Es de esperar que parta de América, la cual está en las
mejores condiciones para ello, el buen ejemplo.” (pág. 120) Abogó por
la restricción monetaria, en un país que creció al 6% acumulativo, de
1880 a 1914, caso único en la historia universal. Es parte de la
experiencia universal observar que los períodos de expansión
económica, siempre van acompañados de una emisión monetaria notable.
Sin expansión monetaria no hay crecimiento, es lo que abogaba Keynes
para crecer. Justo creía que el circulante tenía que ser restringido;
si los países capitalistas hubieran seguido la receta del “maestro”,
todavía no hubieran salido de la crisis del 30...
Algunos intelectuales, como Emilio Corbiere han afirmado que
posteriormente en el socialismo se corrigieron los errores más
groseros de Justo en materia económica, cosa que de la que descreemos
.El problema del “maestro”, es que estaba atiborrado de lecturas
europeas, desconociendo la realidad de nuestra América profunda.
Esta actitud de muchos intelectuales argentinos llevó a decir a don
Estanislao Zeballos que “si los libros europeos lo aconsejan y las
necesidades argentinas rechazan el consejo, quémense los libros y
primen nuestras necesidades” Los socialistas argentinos nunca
comprendieron los veneros profundos de nuestro pueblo. Le fue más
fácil unirse con la oligarquía contra los gobiernos populares, que
hacer una profunda autocrítica sobre su inveterado gorilismo.
El desdén de Justo por el criollaje es tal, que llega a proponer su
erradicación, actitud que también se da en su concepción con respecto
a los negros, de los que llega a afirmar en “Teoría y práctica de la
historia”, que no tienen posibilidades de existir en el mundo
civilizado.
Justo, como buen darwinista social que era, creía que el hombre blanco
debía regir los destinos del mundo; los negros y gauchos no tenía
lugar en su mundo perfecto De ahí al desprecio de sus discípulos
Repetto y Ghioldi por los “cabecitas negras”, que eran el pueblo de
carne y hueso, no el de los libros que los socialistas mal digerían.
Hoy por lo bajo, dicen que el kirchnerismo utiliza la demagogia y la
mentira para sostener su base popular, con lo que repiten su vieja
subestimación con respecto al pueblo argentino.
Han cambiado la piel, pero el gorilismo sigue intacto; Américo Ghioldi
sigue gobernando sus corazones (y bolsillos...).
En verdad el socialismo de Justo, fue más un instrumento para uso de
la clase media urbana y rural, que un partido de obreros y
trabajadores.
Salvo un núcleo reducido ligado a la dirección, los socialistas nunca
fueron fuertes en materia de proletarios comprometidos con la causa.
Los que como Adrián Patroni fueron verdaderamente obreros, fueron
desplazados por arribistas pequeño burgueses como Federico Pinedo, con
la aquiescencia del aparato que gobernaba el PS; Pinedo recordaría en
su vejez que Justo nunca dejó de pertenecer a la clase alta en sus
gustos y vestimenta.
Posteriormente socialistas proletarios valiosos como Joaquín Coca
recalaron en el Justicialismo, al darse cuenta que el PS era el ala
“izquierda” de la oligarquía.
En realidad, Justo creía más en un “capitalismo sano”, que en el
brumoso socialismo del que nunca dio claras definiciones.
Su famosa definición del socialismo como: “la lucha en defensa y por
la elevación del pueblo trabajador, el que guiado por la ciencia
tiende a una inteligente y libre sociedad basada en la propiedad
colectiva de los medios de producción”, no era para tomar en serio,
dado que el colectivismo fue siempre para los socialistas argentinos
una quimera.
El socialismo era una simple palabra; el contenido era el más crudo
capitalismo; si no me creen observen al socialismo chileno, que no ha
modificado en nada el legado del pinochetismo, encarnado por el
presidente Sebastián Piñera.
De ahí la critica de Justo a la Revolución Rusa, proceso que no
comprendió nunca. Indudablemente, el general Perón tenía una mirada
muy superior a este personaje, al afirmar que con la Revolución Rusa
se iniciaba la era de los pueblos, como bien lo destaca Jorge Abelardo
Ramos, en su libro “La era del Peronismo”.
Justo ha marcado una línea de incomprensión dentro del PS para con las
cosas de nuestro país, pero no fue el único que cometió error tras
error.Figuras subalternas, como Nicolás Repetto, o Norteamérico
Ghioldi incomprendieron lo nacional, tanto o más que el fundador y
líder del socialismo.Sólo Manuel Ugarte y tardíamente Enrique
Dickmann, llegaron a valorar los logros sociales de los movimientos
nacionales de la Argentina.
Existe un grupo de intelectuales anti-peronistas, que estuvieron
ligados a la catastrófica “Alianza” que han vuelto a reivindicar la
figura de Justo. Estos intelectuales caerán en los viejos errores de
los socialistas anteriores. El más reconocido de estos escritores, es
el fallecido Juan Carlos Portantiero; viejo militante comunista y
escriba del alfonsinismo, Portantiero ha redescubierto en su senectud
a Juan Bautista Justo.
En un pequeño libro, editado por el Fondo de Cultura Económica,
califica a Justo como el político e intelectual más importante de la
Argentina moderna; no sabemos realmente porque lo afirma, pero viendo
que el viejo gorila de la juventud no cambió nada, creemos que el
elogio viene por la raíz esencialmente antipopular del socialismo
argentino.
En el librito, Portantiero descalifica a los pensadores nacionales que
han marcado a fuego el pensamiento antinacional de Juan B. Justo, en
particular la figura de Juan José Hernández Arregui.
Para este señor, todos los que critican al fundador del socialismo
cipayo no merecen ninguna consideración; son retrógrados, enemigos del
progreso; colegimos de esta opinión que deben ser las minorías
ilustradas para el extinto Portantiero, quienes deben hacerse cargo de
la historia, y no el pueblo, que estaría incapacitado para
gobernar.Este cipayo cree que los nacionales somos un elemento
tangencial de la historia; una anomalía que se debe corregir...
A los Portantiero,a la señora Beatriz Sarlo,les decimos que nada puede
contra la decisión de las mayorías; por más que se disfracen de
“progresistas”, el ciudadano común les dará la espalda por
reaccionarios.
El doctor Justo y sus secuaces fueron,también, virulentos
antirradicales, en particular odiaban con particular saña a Hipólito
Yrigoyen, en quien veían la suma de todos los males.
Bien dice Rodolfo Puiggrós, al respecto, en “Las izquierdas y el
problema nacional”: “El desprecio de la espontaneidad de las masas
anula al dirigente político. Ese desprecio adoptó en los socialistas
la forma de una aristocrática crítica moral de las costumbres, los
hábitos y las preferencias de las muchedumbres argentinas, a las
cuales les oponían como paradigma los idealizados obreros alemanes,
franceses, anglosajones o escandinavos.
El socialismo era la Academia de Ciencias Sociales y políticas a la
que no tenía acceso la chusma vernácula. Los éxitos provisorios de los
discípulos de Justo en los comicios y en el Congreso no desviaron a
las masas populares de los caminos que abrieron, partiendo de su
espontaneidad, primero el yrigoyenismo y luego el peronismo. Y su
insistencia en combatir esos movimientos naturales del pueblo
argentino ha terminado por disgregarlos y esterilizarlos
políticamente”. (pág. 39) Afirmaba Justo, en 1895: “Roquistas,
alemistas, mitristas e yrigoyenistas son todos lo mismo, pues pelean
entre ellos por apetitos de mando, por motivos de odio o de simpatía
personal, por ambiciones mezquinas e inconfesables, no por un programa
o una idea”.
Es decir, para este personaje no había diferencia entre los que venían
a cambiar la democracia argentina, y los viejos partidos de la rosca
oligárquica; para estos sectarios todos los que no pertenecían a su
cofradía eran dignos de vituperio; roza el escándalo la concepción de
minoría que tenían...
Cuando se referían despectivamente a la política criolla, pensaban en
los radicales a quienes comparaban con la oligarquía. Afirma, con su
agudeza habitual Jorge Enea Spilimbergo: “Al equiparar el radicalismo
con las fuerzas de la oligarquía, Justo separaba a su partido y a la
clase obrera de Buenos Aires, en la medida en que lograba influirla,
del caudaloso movimiento popular. En esta aberración está el secreto
de la estrechez municipal del socialismo argentino, cuyas victorias se
circunscribían a la Capital de la República.
Así como el socialismo europeizante renunciaba a todo programa de
defensa económica, se desentendía olímpicamente de las
reivindicaciones democráticas generales”.
Dice el fundador del socialismo antinacional: ”Yrigoyenistas y
antirigoyenistas, quieren más o menos lo mismo, y se trata de saber
quienes van a administrar el producto de los impuestos, quiénes van a
administrar los dineros públicos. En esto tienen que ser excluyentes,
porque no podrían manejarlos unos y otros a la vez”. ("El
Socialismo..." -t.1 Pág. 129) No es casualidad que de ésta agrupación
saliera el furibundo grupo de los socialistas independientes que
llegaron a ser los autores intelectuales de la “década infame”.
Estos, desde su periódico “Libertad”, organizaron la más furiosa
campaña contra el segundo gobierno de Yrigoyen, superando incluso a
los ultraderechistas de la “Nueva República”.
Este odio llegó a ser tal que después de una investigación del Dr.
Justo, contra el Ministro de Hacienda radical Domingo Salaberry, éste
último, producto de las injurias cometidas contra él, se suicidó. Vale
agregar que no se pudieron comprobar ninguna de las calumnias
socialistas, contra esta noble persona.
Lo que nos demuestra que la calumnia y la falsa denuncia no son
patrimonio de los socialistas actuales, sino que tiene una larga
tradición en el partido y en su fundador.Son especialistas en mirar la
paja en el ojo ajeno, sino que nos expliquen que pasó con la
cooperativa El Hogar Obrero, y las permanentes irregularidades durante
la gestión de Hermes Juan Binner.
Los "socialistas"  dicen que los nacionales queremos perpetuarnos en
el poder, pero la realidad dice que el Dr. Justo, fue durante más de
30 años el dirigente más importante del partido, y cuando alguien como
Alfredo Palacios quiso discutir ese liderazgo, fue expulsado del
partido socialista. Justo jamás admitió diferencias internas
importantes, que discutieran su liderazgo.
Lo mismo podríamos decir de la cerrada estructura del PS actual. Donde
nadie puede penetrar si no es de la troika gobernante, sin un
“padrino”.
En resumen, el fantasma de Juan Bautista Justo sigue oprimiendo como
una pesadilla sobre el cerebro de los principales referentes del
Partido Socialista .De ahí su sectarismo y su permanente incomprensión
de la cuestión nacional, y de los gobiernos nacionales y populares.

Bibliografía:

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Puiggrós, Rodolfo. "Historia critica de los partidos políticos" -Ed.
Galerna-2006
Ramos, Jorge Abelardo." La era del Peronismo". Ed. Mar Dulce.
Rodríguez Braun, Carlos. “Origenes del socialismo liberal. El caso
Juan B. Justo". IUDEM – 2000
Reinoso, Roberto. "La Vanguardia -selección de textos 1894 -1955". CEAL -1985.
Enea Spilimbergo, Jorge. "Juan B. Justo y el socialismo cipayo". Ed.
Octubre. 1974.




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