[R-P] [Horacio González] Describiendo al grupo A.

Gustavo Battistoni gustavo.battistoni en gmail.com
Lun Mar 22 23:30:32 MDT 2010


  [" –¿qué hace allí un Giustiniani encadenado, rebotando contra los
arrecifes?– los llamamos a que se desembaracen de la tela de araña
inasible que los sujeta, esa impalpable pero estruendosa maraña
serpenteante, casi una inocencia de manual académico, pero en verdad
grado cero de la brutalidad institucional: el glutinoso Grupo A."

Giustiniani hace lo de siempre.Gorilismo.Votó la ley "Banelco", la
reducción de salarios de un 13 %, durante el gobierno de la
"Alianza";contra la 125.¿Por qué cierto progresismo goza del beneficio
de la duda, mientras que ser "peronista federal"  es ser
"corrupto"?¿Giustiniani es mejor que Roxana Latorre?
Tengo mis dudas, y a los hechos me remito...]

EL PAIS › OPINION
Describiendo al Grupo A


  	

 Por Horacio González *

Ciertas entidades políticas son muy ensordecedoras aunque no tienen
nombre, no poseen siglas ni banderines. O bien, tienen un nombre
insípido, volátil, intrascendente. Como pertenecen al espíritu de la
época, parecen casi inexistentes. Son etéreas, aceptan ser denominadas
por esquemas rápidos, descripciones de apariencia casual. Para darse
nombre se inspiran en situaciones momentáneas, el lugar en que se
reunieron por primera vez, una calle, un día, una palabra casual
apenas borroneada, lo primero que se tiene a mano. Grupo Esmeralda,
Grupo Talcahuano, Grupo de los 20, Grupo de los 8. Las contingencias
del nombre, un mero préstamo del abecedario, del nomenclador urbano,
de la aritmética, de la numerología, no obsta para que algunos de
ellos hayan perdurado más allá de la urgencia de su nacimiento ni que
su destino histórico haya sido en su momento pertinente.

El grupo A fue el nombre de urgencia que recibió hace un par de meses
una escueta mayoría parlamentaria. Según parece, inspirada en el
rápido espíritu catalogador de la diputada Bullrich. Posee la aparente
inocencia de una distribución espacial parlamentaria. Las mayorías y
minorías se otorgan nombre, a veces con esas mismas palabras que
surgen del vocabulario técnico parlamentario. Otras veces se buscan
nociones topológicas que se convierten en alusiones ideológicas:
recordemos “la montaña” que, según es fama, eran los diputados de la
convención francesa ubicados en la parte de arriba del recinto
parlamentario. Izquierda y derecha, como se sabe, fueron nociones
espaciales que luego la historia cargó de contenido.

Una imaginación administrativa necesitada de denominaciones no
comprometedoras divulgó el nombre de cierto Grupo A, esas nuevas
mayorías parlamentarias operando el día específico de apertura de la
Cámara baja. Se dirá que no existe ahora tal grupo A, que no encaja
dentro de las tradiciones y prácticas parlamentarias, que han sido
superadas las circunstancias de su surgimiento y que cada sector
parlamentario reasume ahora su nombre. Pero no es así, el Grupo A –tal
cual, con su nombre inocente, nombre de mercería, de juego escolar– es
una fuerte malla coercitiva, una razón de época invisible pero
tiránica, un armazón que domina conciencias a la distancia, desde un
no-lugar. Pero, en verdad, es un tejido cultural poderoso, traduce
intereses sociales que son más homogéneos que lo que se piensa, aunque
las divergencias ideológicas son más visibles de lo que a veces se
percibe. No obstante, por encima de todo, con el fácil pretexto de una
mal explicada hipótesis republicanista y moralizante, expresan una
alianza cultural fundada en un impreciso malestar social que es una
disconformidad difusa, ni ilegítima ni incomprensible, pero terreno de
operaciones de un estado mayor clasista de las derechas recicladas en
medio de graves culturas mediáticas y sus taumaturgos de turno.

El Grupo A actuó en el tribunal atroz que se levantó contra Marcó del
Pont, en las reivindicaciones videlistas de Duhalde, en la presunta
alianza de Carrió y Solá, en la vendetta sobradora de alterar las
proporciones de las comisiones del Senado, en el reaccionarismo
encubierto de los despreciativos chistes de laboratorio de Luis Juez,
en la creencia de que proseguir la tarea de citar judicialmente a los
represores de antaño serían “jugadas del Gobierno”. Actúa también el
“grupo A” en los editoriales en comandita de los grandes medios de
comunicación, en el sarcasmo vertiginoso de los movileros, en el
ocasional diálogo en un taxi, en los anónimos comentarios de la prensa
digital, en los libros de ocasión con investigaciones inquisitoriales,
en los melosos salmos de muchos presentadores de televisión. No es
omnisciente ni excelsamente ubicuo. Pero es una realidad social en
parte artificial y en parte fundada en oscuras corrientes emocionales
de la sociedad, que nadie debe eximirse de examinar acudiendo a la
imaginación política y el siempre válido estremecimiento intelectual.

En su concisión simultánea de realidad y entelequia, “grupo A” es el
nombre de fantasía con el cual se persignan los usufructuarios de una
extraña hegemonía cultural –el “enigma argentino”– que goza de sus
penumbras pero origina un vocerío estentóreo, la ronca lengua de los
sacristanes del poder real. Tiene muchas ramificaciones y sectores,
estilos personales y rencillas internas, juega con izquierdas y
derechas. Vive quizás de la ilusión de que en otro momento podrán
recuperar lo que fue la identidad de cada uno o lo que cada uno
imaginó para sí. ¿Cuándo? Concluida la misión común que un marginal
maestro de ceremonias del suburbio definió como “sacarse de encima al
loco”. Entonces todos volverían a sus casilleros. El crítico por
derecha volvería a sus casamatas visibles tanto como el crítico de
izquierda retomaría sus recoletas tribunas. Pero son derechas e
izquierdas sobredeterminadas por el espectral “grupo A”. No son
libres, no son emancipadas, son prisioneras de los dictámenes de la
fuerza sin nombre, sin neologismo ni cucarda, son los oprimidos por el
embrujo del Grupo A, ese cuerpo sin órganos.

Claro que en cualquiera de esas denominaciones hay hombres y mujeres
dignos, que siguen actuando por ideas y saben ver con lucidez la
enorme fuerza abusiva que se ha forjado, esgrimiendo intereses oscuros
–es cierto que muchas veces se muestran a la luz–, aprovechando
errores de las políticas públicas, incluso la de las más progresistas.
Todos somos responsables de nuestras opciones, pero también del
derecho a preguntar: ¿es más cómodo ese invisible hilo conductor que
desemboca en una obstinada derecha irascible que sumergirse en el
arduo laberinto del que puede resurgir una sólida política popular?
Cierto, el ágora comunicacional y estratégica del grupo A no deja de
tener sutiles publicistas (aunque enceguecidos de odio, a veces
refinado, a veces grotesco) y aceptan asombrosamente recrear su propia
“ala izquierda” a la que escuchan con fingido interés. Total, es la
izquierda del Grupo A, arrastrada como furgón quisquilloso de una
época ya definida como la del fin de los derechos humanos. Estos
estarían destinados en los cálculos futuros de los miembros
espectrales del G-A, a ser un nomenclador administrativo soportable y
no como lo son hoy, una tribuna de recomposición del pasado, de
reflexión sobre las injusticias producidas por sanguinarias máquinas
insociales y un concilio social de reparación por medio de
meditaciones siempre abiertas sobre la condición humana. En el
monolingüismo de esa letra A, ¿caben realmente las añejas creencias
emancipatorias?

No es fácil nombrar y descifrar este entresijo de la Argentina
contemporánea que lleva a crear un nombre operativo que es en verdad
un nonombre. Sin embargo, el grupo A falla. Ya ha fallado. Pero su voz
de socavón, retrasos y cerrazones está aliada a los grandes poderes de
la época, los taumaturgos del pánico colectivo, de la teoría bursátil
de la existencia, el subibaja refinadamente cruel de los valores de la
vida. Para que no prosperen, faltan pedagogías innovadoras, palabras
revisitadas, nuevos conceptos, esto es, la reconstrucción de la vieja
alianza entre hechos y palabras. Muchos ciudadanos que son portadores
de un itinerario de demócratas genuinos, ligados a las
transformaciones del país, comprensiblemente molestos por demoras,
desvíos o errores, han permitido que confisque sus pensamientos esa
letra A del nomenclador de los operadores de miedo y el
desmantelamiento cívico. ¿Vale más la pena estar en el cinturón de la
Gorgona con su ristra de serpientes, aunque haya momentáneos
lucimientos, que en el lugar contradictorio y doloroso donde aún se
halla la posibilidad de proseguir viejas tareas libertarias?

Es que en los del grupo que ha articulado la letra A debe percibirse
que, en nombre de la república, atentan contra ella; en nombre de la
democracia, la debilitan; en nombre del procedimiento, lo convierten
en bizantinos pretextos; en nombre de la ética pública, la transforman
en una amenaza al anfiteatro donde se revelan las vidas que surgen del
hangar moral de la historia.

Muchos quisieran evadirse de la fuerza fantasmal del Grupo A o no
atinan a identificar el origen retrógrado de su imán, esos refinados
hilos que teje una época en la que se escuchan los cánticos que
preparan el gigantesco retroceso. A ellos nos dirigimos. Lo actuado
por este gobierno y cualquier otro debe ser objeto de crítica y éstas
deben tener audibilidad legítima. No debe existir gobierno que no
desee esas críticas. En verdad, un gobierno es y debe ser algo que
vive inmerso en ellas. Pero a quienes el Grupo A los arrastra con sus
cabellos de Medusa –¿qué hace allí un Giustiniani encadenado,
rebotando contra los arrecifes?– los llamamos a que se desembaracen de
la tela de araña inasible que los sujeta, esa impalpable pero
estruendosa maraña serpenteante, casi una inocencia de manual
académico, pero en verdad grado cero de la brutalidad institucional:
el glutinoso Grupo A. La arenga o la conversación de los hombres
dignos, justamente insatisfechos, puede y debe estar en otros lados.

* Sociólogo, director de la Biblioteca Nacional.




Más información sobre la lista de distribución Reconquista-Popular