[R-P] [José Pablo Feinmann] Los resistentes

Néstor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Lun Mar 22 08:04:38 MDT 2010


[Una válida recomendación, la de Feinmann. Quien, fiel a su costumbre,
niega la existencia de la Izquierda Nacional y el apoyo que, en la
medida de sus fuerzas, supo darle a la reacción espontánea del pueblo
argentino contra la Libertadora y sus herederos.]

FUENTE: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-142396-2010-03-21.html

Los resistentes
Por José Pablo Feinmann

Ahora son viejitos. O están viejitos. Porque serlo, no lo son. Aunque
vacilen al hablar o el Parkinson asome aquí y allá. Esta gente no
envejece. Protagonizó una de las luchas más puras de nuestra historia.
La hicieron al margen de la conducción de Perón. La hicieron desde el
corazón de las masas. No mataron a nadie. “Nosotros no matamos a
nadie.” Llevaron adelante una huelga ejemplar respaldada por todo un
barrio populoso y proletario: Mataderos. Hicieron, así, la Comuna de
Mataderos, pero hablada en el idioma del Buenos Aires obrero, de los
perseguidos por la “Libertadora”, de los que estaban dispuestos a no
ceder, a no humillarse, a seguir peleando. Si Alejandro Fernández
Mouján mostró en su film anterior, Pulqui, cómo era “la patria de la
felicidad”, en éste nos muestra la patria de la persecución y de la
resistencia a esa persecución. Los que toman la palabra son los
veteranos luchadores. Uno de ellos dice que la lucha que
protagonizaron (La Resistencia) “está oculta. No la quiere levantar
nadie”. Por supuesto: nadie tiene ni tuvo mucho interés en levantarla.
Si bien la Jotapé la reconoció siempre como antecedente, era sólo eso:
un comienzo, un balbuceo. Incluso en esa estrofa que le añade a la
Marcha Peronista está expresada la imposibilidad de entender el
germen, el núcleo esencial de la Resistencia: Ayer fue la Resistencia/
Hoy Montoneros y FAR/ Y mañana el pueblo entero/ en la lucha popular.
Error, grave error. ¿Cómo tantos podían vocear una consigna tan mal
construida? ¿Nadie se daba cuenta? La consigna debió ser: Y por
siempre el pueblo entero/ en la lucha popular. ¿Cómo el pueblo va a
estar recién mañana en una lucha que se define popular? ¿Cómo va a ser
popular una lucha que no tiene pueblo? Ahí está el iluminismo de la
vanguardia foquista. Ellos son el pueblo. El pueblo, todavía, no está
en la lucha que se hace en su nombre porque le falta, porque no está
preparado o no está organizado. Falso: si no está el pueblo, la lucha
no es popular. Podrá ser foquista, vanguardista, el germen de un
Vietnam, lo que se quiera. Pero no popular. (Vietnam fue popular
porque la lucha la hizo un ejército con una gran conducción y el apoyo
de todo un pueblo. No fue por azar que ganaran.)

Hubo, en las guerrillas latinoamericanas, un error fatal: creer que se
podía luchar en nombre del pueblo pero sin el pueblo. Los resistentes
de la Resistencia Peronista eran el pueblo. Por eso la continuidad que
marca la versión montonera de la marchita es errónea: Ayer fue la
Resistencia/ Hoy Montoneros y FAR. No es así. Montoneros y FAR no son
la continuidad de la Resistencia. La Resistencia estaba formada por
obreros. Las formaciones especiales (que Perón bautizo bien:
especiales, para una etapa especial de la lucha) no nucleaban obreros,
sino jóvenes de la mediana burguesía, educados, con lecturas, con
instrucción militar en Cuba y con la lucha armada como metodología
principal de la praxis. La Resistencia es anterior a la Revolución
Cubana. Nace –como bien dicen los militantes que filma Fernández
Mouján– el 16 de junio de 1955. Es decir, retornado a la queja que
estamos analizando (¿por qué nadie recuerda, nadie levanta a la
Resistencia Peronista?) tenemos una primera respuesta: la Tendencia
Revolucionaria del ’70 la levanta mal. Desde el foquismo, no desde las
masas. ¿Quién más pudo haberla levantado? ¿Perón? No: la Resistencia
fue la más importante acción de lucha del pueblo peronista, pero se
dio al margen de la conducción de Perón. Los viejitos de Fernández
Mouján son peronistas, pero no esperan ni carta de Perón, ni
comunicación telegráfica o telefónica ni el famoso casete del grabador
Geloso de la época. No esperan nada. No pueden esperar. Se han largado
a pelear por su cuenta. Incluso la dura condena que Perón arroja sobre
el levantamiento de Valle tiene ese raro tufillo: se hizo sin la orden
correspondiente, sin el visto bueno del Padre Eterno. Por eso fracasó.
Fue prematura. Claro: él no la había ordenado, ¿cómo no habría de ser
prematura? Los resistentes no pueden ser levantados por el líder
porque el líder no los condujo. La Resistencia tendría que haber sido
levantada por el Movimiento Obrero, pero, una vez derrotada, los
jerarcas de la conducción sindical se olvidan de la lucha y adhieren
al diálogo, a la conciliación, al pacto, a la negociación infinita. Se
acabó la lucha. Y no hay nadie más. Los comunistas –aunque
participaron– nunca se llevaron bien con los obreros peronistas. Los
radicales, ni hablar. Partido de clase media, siempre pacta con el
régimen antes de hablar con los obreros.

Por eso es tan valioso este film. Hay que verlo. (Se da en el Malba.
Hay que verlo pronto para que no baje. Si no, los resistentes van a
sufrir otra tristeza: haber tenido poco tiempo para que la gente los
conozca, para contar su apasionante historia.) Hay que escucharlos y
hay que mirarles las caras curtidas por los años y por las luchas que
protagonizaron. Son Eladio “Tate” Martínez, Enrique “Chiche” Pecorino,
Jorge Vázquez, Juan Carlos “El Negro” Cena, Rafael Cullen y Reynaldo
Mena. Ellos miran a la cámara y hablan. Y dicen muchas cosas
memorables: “¿Qué nos dio el peronismo? El coraje de discutirle a un
patrón. ¿Vos sabés lo que es discutirle a un patrón? ¿Lo que era eso
en 1946, 1947? Era increíble. Y nosotros lo hacíamos. Con el peronismo
habíamos aprendido que teníamos el derecho de hacerlo. Que el patrón
no era el mandamás al que había que tenerle miedo. No, era un tipo
como cualquier otro. Y nosotros le discutíamos. Si le pedíamos aumento
de sueldo, nos decía: ‘Andá a pedírselo a Perón’. Si queríamos
vacaciones, lo mismo: Perón, que te las dé él. Era una venganza. Los
habíamos ofendido. Porque el obrero –con el peronismo– empezó a tener
dignidad. ¡Empezó a ir a Mar del Plata! De pronto, los patrones que
paseaban cómodos y tranquilos por la Rambla nos vieron aparecer a los
negros ¡haciendo lo mismo! No lo podían creer. Iban a los cines del
centro. Al Gran Rex. O al Opera. Y de pronto se les sentaba un negro
al lado. Ahí les nació el odio. Si llevábamos una carretilla y la
teníamos que dejar 10 metros más allá pero sonaba el timbre del
mediodía, ¡a la mierda!, dejábamos la carretilla donde estaba.
Exactamente en el punto al que había arribado no bien llegó el timbre.
Algunos decían: ‘¡Negro hijo de puta! Llevá la carretilla ésa adonde
tiene que estar’. ‘Llevala vos. Yo trabajo hasta que suena el timbre.
Ahí, el tiempo es mío’. Nos odiaban. Por eso se vengaron tan
fieramente. El decreto 4161. Si decías Perón o Evita, si cantabas la
Marcha ibas en cana. ¡Y cómo picaneaban, hermano!” “Yo –dice otro–
salía con el escudito peronista en la solapa, pero lo daba vuelta para
que no se viera. A veces, un cana me bloqueba el paso. ‘¿Qué llevás
ahí?’ ‘¿Dónde?’ ‘¿Cómo dónde? En la solapa, atorrante. Dalo vuelta,
vamos.’ Yo lo daba vuelta y el cana veía el escudito. Me decía:
‘Boludo, te puedo meter en cana un mes o más por eso. Yo le sonreía.
Me le acercaba un cachito y le decía: ‘Dale, si vos también sos
peronista’. El cana se sonreía, pero como conteniéndose. Por fin,
decía: ‘Andate. Pero cuidate más. No te regalés. No todos son como
yo’.”

Las reuniones se hacían en las cocinas. Ahí se juntaban los morochos
de la Resistencia. Le decían la militancia de las cocinas. A uno no le
gustaba que le dijeran Negro. “¿Cómo Negro, carajo?” –decía–. “Yo soy
un morocho sudamericano.” Iban a bailar. A los clubes de barrio. A las
milongas. Las mujeres contra una pared. Los hombres, contra otra. A
las mujeres les decían “Teneme el chico”. Porque no tenían dónde dejar
a los pibes y eran madres solteras. Entonces, si algún morocho
sudamericano las cabeceaba para bailar, ellas le decían a la amiga que
tenían al lado: “Teneme el chico”. Eran todos laburantes. Todos tenían
que ver con algún gremio. El PC buscaba unírseles. Pero sus militantes
no querían cantar la Marchita. Ahí se armaba. Había canas jóvenes que
colaboraban. Toda la primera resistencia –hasta 1960– fue cerradamente
peronista. No hubo izquierda. Pero no porque fuera rechazada. Sino por
otro motivo: no se presentó. La izquierda era culta y discutía en
revistas –que los resistentes no podían conocer– si el peronismo había
sido un fenómeno nacional burgués, bonapartista o, sin más, fascista.
Por qué no había hecho la reforma agraria, por qué no había expropiado
a los Bemberg, por qué sólo fue un fenómeno distributivo y no
revolucionario. Entre tanto, los obreros ponían caños. Hacían
sabotajes. Eran sacados de sus casas. O los milicos entraban en las
villas.

No hubo ni habrá nada como la Resistencia Peronista. La hizo el coraje
y la lucidez de los auténticos obreros. No la condujo Perón. Ni
pensaron en la lucha armada, en matar a alguien. Se reunieron en las
cocinas y la huelga del frigorífico Lisandro de la Torre fue ejemplar.
La tuvieron que liquidar cruelmente con tanques Sherman y 2000
soldados. Bajo el Conintes de Frondizi. Pero nada podrá detener la
lucha de los desposeídos, de los condenados. No significa que van a
ganar. Eso nadie puede decirlo. Y ya se dijo demasiado. No. Significa
que van a seguir peleando. Porque un día –en plena lucha de la
Resistencia– apareció una pintada en un pequeño lugar que llevaba por
nombre Villa Manuelita. Y expresa el empecinamiento de los hombres por
pelear hasta el fin por eso que los hace –precisamente– hombres, su
libertad. La pintada decía: Los yankis, los rusos y las potencias
reconocen a la Libertadora. Villa Manuelita no.

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Néstor Gorojovsky
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