[R-P] Política: nuevo cambio de domicilio. Por Carlos Girotti
eliana gabay
egabay62 en gmail.com
Mar Mar 9 05:33:00 MST 2010
CITANDO LA FUENTE,EL MATERIAL DE ESTA LISTA ES DE LIBRE REPRODUCCIÓN
[Excelente reflexión sobre la política y la judicialización por parte
de la derecha de la misma. Saludos. Eliana]
Política: nuevo cambio de domicilio
08-03-2010
Carlos Girotti
Nunca como ahora la penalización de la política ha sido utilizada como
sinónimo de hacer política. Hubo antecedentes –que hasta resulta
ocioso enumerar– pero jamás se había asistido a una situación
semejante. Para las derechas autóctonas la sede judicial es poco menos
que el domicilio registrado de la política y esto, de tanto que es
machacado, suena creíble para muchos. Pero no lo es. Se trata de puro
contrabando ideológico.
La relativa facilidad con la que el kirchnerismo se asentó como un
novedoso y atrayente fenómeno político puede explicarse, precisamente,
porque desde sus inicios supo reinstalar en la sociedad la noción de
que la política era la condición del cambio. Y no se trataba de
cualquier sociedad ni de cualquier cambio. La sociedad argentina, para
mayo de 2003, sabía más de contarse las costillas, de desconfiar de
todo y de todos, que de balbucear siquiera una mínima dimensión del
futuro.
Todos se tenían que ir. No debía quedar ni uno solo. Pero nadie sabía
mucho más que eso. En semejante contexto, la política aparecía como
una sustancia tóxica capaz de contaminar todo lo que entrara en
contacto con ella. Hasta quienes con denuedo habían resistido al
neoliberalismo y habían alcanzado altas cotas de legitimidad social
renunciaban a la disputa institucional por suponerla una trampa del
sistema. Sin embargo, Kirchner consiguió dibujar una línea del
horizonte. Aquella sociedad, sometida al más terrible de los
descréditos, esto es, compelida a negarse una y otra vez la
posibilidad de un mañana, avizoró, de repente, que no todo era lo
mismo.
Que un tipo, absolutamente ignoto para la mayoría y apenas avalado por
el 22% de los votos, le ordenara al jefe del Ejército que descolgara
el cuadro de Videla, el genocida, significó un corte. Ya nada sería
igual de ahí en adelante. Se trataba de un gesto inequívoco, símbolo
de esa voluntad mayoritaria que había permanecido soterrada por
montañas de puntos finales, indultos, leyes Banelco, helicópteros en
fuga, pesificaciones asimétricas, piqueteros fusilados y toda esa
trama ominosa que logró hacer de la política un insulto. En la orden
breve, terminante, que el entonces presidente Kirchner le diera al
militar subordinado, no había mucho de eso que el más ramplón de los
sentidos comunes le atribuye a lo mágico. No, lo que había era todo un
sustrato material previo a ese instante infinitesimal de la historia
que, acaso por su inesperada irrupción, logra que luego la historia se
escriba con mayúscula.
Desde luego que allí no había mago, ni conejos ni galera. Néstor
Kirchner había comprendido –antes y mejor que nadie– que si restituía
la noción de la política justo donde ésta había sido descompuesta y
agusanada; que si aquello que por décadas había sido negado, como
fruto del pretendido buen hacer de la política, ahora era afirmado
como negación de esa mala política que, en definitiva, si su “proceda,
general” se conjugaba con el mismo tiempo verbal de las miles de
manifestaciones, luchas y marchas flacas que lo precedían, lograría
que la política fuese sinónimo de cambio. Y lo logró, pero no porque
se valiera de un golpe de suerte ni de un abracadabra recóndito y
secreto. Consiguió que el lugar natural de la política fuese el de
toda aspiración y deseo de cambiar la realidad porque, justamente, la
puso en acto contra un casi ridículo símbolo de su negación: el
retrato anacrónico de un genocida.
Bajar el cuadro significó subir la política, elevarla a la altura a la
que la habían querido tantos manifestantes anónimos, tozudos
resistentes en caminos, ferrocarriles privatizados, hospitales y
escuelas municipalizados, fábricas cerradas por sus propios dueños.
Con aquel gesto reparador, Kirchner se identificó con los deseos
aherrojados de millones de sus compatriotas y, al hacerlo, les acercó
el futuro, porque, como ellos, se hacía cargo de disputar también el
pasado.
A lo largo de los últimos siete años el domicilio natural de la
política –aun considerando todos los errores cometidos durante ambos
mandatos constitucionales– ha sido ese, el del cambio. Tan fuerte ha
resultado esta impronta en lo institucional, tan avasalladores sus
efectos sobre las prácticas habituales de la política, que las
oposiciones de derechas no han encontrado mejor argumento para
destituir esta experiencia que la de someter a juicio a la política
misma. No les importa que la mayoría parlamentaria que invocan sea
ficticia ni que lo que la amalgama como conjunto sea la voluntad
compartida de asociarse para destituir.
Lo único que a estas expresiones de las derechas les interesa es que,
al unísono, pueden cambiarle el domicilio a la política porque el que
tiene es muy peligroso. Si consiguen que el ámbito natural de la
política sea el que queda en la avenida Comodoro Py y no en la cabeza
y en el corazón de millones de hombres y mujeres del pueblo, entonces
habrán alcanzado su cometido. Hasta se permiten declarar que habrán de
ser firmes sostenedores del mandato constitucional de la Presidenta;
la sostendrán hasta el final, dicen, y quizás cumplan con ello porque
no tienen más remedio (¿alguien podría pensar que en la Argentina
sucederá todo como en Honduras, así, sin mayores consecuencias?).
Pero, en verdad, lo único que las atrae y las mantiene unidas bajo la
misma bandera de tibias y calavera es mudarle el domicilio a la
política. Están ante una oportunidad histórica porque el Gobierno,
lejos de arredrarse, insiste y persiste en darles pelea allí donde las
derechas se han hecho fuertes, o sea, en la danza y contradanza de
decretos, designaciones, impugnaciones, estatutos, reglamentos,
mociones de orden o de privilegio. En ese espacio de los intríngulis
normativos, de las disposiciones ininteligibles para quien va a
comprar todos los días los comestibles, manda los pibes a la escuela,
compra los medicamentos a los viejos, viaja al centro desde el
suburbio y vive pendiente de que el patrón no lo tenga en la mira, en
ese espacio, pues, la vida cotidiana, anónima e incontable, no entra.
Al contrario: es repelida. Como la política misma que, en tanto
sinónimo de cambio, debe ser penalizada y, por lo tanto, discutida en
los tribunales, que es donde se administran las penas. Todas las
penas.
Ahora, como en los inicios de la presidencia de Néstor Kirchner, la
posibilidad de hacer que la política sea, inequívocamente, sinónimo de
cambio, pasa por volver a practicarla en el lugar donde más lo temen
las derechas ya que ahí se muestran en toda su fragilidad: en el
protagonismo directo de la gente de a pie. Ese lugar, verdadero
domicilio del futuro, de lo deseado, de lo que se anhela aun en el
minuto final, no debería quedar subordinado a ninguna táctica
pasajera, por más exitosa y segura que pudiera parecer. Más aún: lo
único que aquí es seguro es que sin una movilización activa, que
retorne la política a su hábitat natural, a la calle, al ágora, a la
asamblea y a la marcha codo a codo, no hay otro horizonte que el de la
regresión.
Todavía, esta es una tarea propia de lo que la vigencia del
kirchnerismo representa para su opuesto: el miedo ancestral de las
clases dominantes a perder su dominio. Pero, para eso, el kirchnerismo
debe poder estar a la altura de las circunstancias y salir a cielo
abierto, como aquella vez del cuadro del genocida o aquella otra de la
recuperación de la ESMA para la memoria histórica del pueblo.
(*) Sociólogo, Conicet.
FUENTE: http://www.elargentino.com/nota-80923-Politica-nuevo-cambio-de-domicilio.html
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