[R-P] [Natalio R. Botana] Guerra de poder

Néstor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Jue Mar 4 03:18:04 MST 2010


[Si no fuera vomitivo sería gracioso. Culpar al campo nacional de
haber desatado la "guerra" en una "concepción militarizada de la
política", después de las clarísimas y racistas declaraciones que
pulularon durante el conflicto de la 125 (que pasará a la historia
como el momento de la Maculada Concepción de Estos Días) es el colmo
de la desfachatez. Lo que tenemos ahora es un poder parlamentario
surgido del sitio y asedio a los centros urbanos, sostenido por un
alza de precios insidioso, perverso y profundamente político,
deslenguado y desmelenado en sus aspiraciones parlamentaristas y sus
declaraciones insultantes. Eso, no lo provocó el campo nacional. Eso,
está en la genética íntima de quienes todavía hoy esgrimen el que
Ramos llamara "puntero sangriento" de Domingo Faustino Sarmiento. En
el campo gorila. Pero vale la pena la nota, porque marca hasta qué
punto el campo oligárquico-imperialista se toma las cosas en serio...]

Fuente: http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1239416&origen=NLTitu

/Una concepción militarizada de la política/
Guerra de poder
Natalio R. Botana
Para LA NACION
Noticias de Opinión
Jueves 4 de marzo de 2010


Se trata de una guerra absurda, de una radicalización de los
conflictos que surgen de la división de poderes, impulsados por una
concepción militarizada de la política. Esta es la primera impresión
que arroja la sesión en que la presidenta en ejercicio inauguró las
sesiones ordinarias del Congreso. Para más datos, en el año del
Bicentenario.

La grave cuestión que nos interpela tiene varios aspectos. El primero
es político. Asistimos al crepúsculo de una hegemonía centrada en el
Poder Ejecutivo y en el uso arbitrario de la legislación por decreto.
Es un ocaso atravesado por tormentas porque la hegemonía gubernamental
resiste arriar sus banderas y embiste contra un mundo, fabricado por
los mismos gobernantes, en el que habitan toda clase de fantasmas
destituyentes.

Deberíamos preguntarnos, entonces, dónde radica esa fuerza
destituyente que inspira en los gobernantes los peores presagios. En
realidad, a la luz del último DNU que repite el mismo desaguisado del
anterior, el destituyente principal, de los muchos que pululan por el
país, es el propio Gobierno.

Este escenario, donde cunden la sorpresa y el menosprecio al juego
normal de pesos y contrapesos, termina favoreciendo las actitudes
extremas. En una democracia respetuosa del gobierno republicano
florece un régimen moderado cuyos protagonistas superan, con
negociaciones y consensos, el fragor natural del conflicto. En una
democracia dominada por impulsos hegemónicos, como la que padecemos en
la actualidad, la rígida separación entre amigos y enemigos realimenta
el estilo del "todo o nada" y hace más estrecho el ámbito negociador.
Lo que vale, en suma, son los dictados del poder y, en orden
simétrico, el rechazo absoluto. Por eso los partidos moderados, en
cuyas virtudes debería descansar el fiel de la balanza, sufren el
acoso de estas fuerzas cruzadas.

Si bien el responsable número uno de este estado de cosas es el poder
que se despliega desde Olivos, es preciso subrayar que no es, como a
menudo se dice, un poder solitario. Más bien, las ventajas derivadas
de la renovación por mitades de la Cámara de Diputados y por tercios
del Senado otorgan al oficialismo un ejército de reserva en el
Congreso (sus propios legisladores) que se acrecienta gracias al
carácter heterogéneo de las diferentes oposiciones.

La oposición, bueno es insistir, no se conjuga entre nosotros en
singular sino en plural. A partir de esta semana -y en adelante-
viviremos, pues, tiempos decisivos, en los cuales se sabrá si las
oposiciones se unen en una estrategia mínima de defensa institucional
o si, de lo contrario, seguirán abriendo fisuras en sus filas por las
cuales se infiltren las tácticas de captación del oficialismo. Salvo
prueba en contrario, hoy el oficialismo tiene más disciplina interna
que las oposiciones.

Para las oposiciones, éste es el desafío mayor. El oficialismo
responde a un esquema pretoriano; las oposiciones a una estructura
mucho más horizontal. Y en este trance, cuando las ventajas y
desventajas son tan estrechas en el Congreso, una primera minoría
aguerrida y fiel en su dependencia del Poder Ejecutivo conserva una
capacidad de maniobra para nada desdeñable.

Decimos esto para recalcar de nuevo el papel fundamental que hoy atañe
al Congreso. Si por un lado el Congreso debería poner a punto esa
estrategia de defensa institucional, por otro ese comportamiento
podría agotarse en ausencia de una política legislativa,
presupuestaria y fiscal, susceptible de reparar las graves
distorsiones que el propio Gobierno ha generado. Esta frenética
producción de DNU, a primera vista autoritaria, es en rigor síntoma de
debilidad. Mientras la inflación muestra sus dientes, en materia
fiscal el Gobierno ha comenzado a desnudarse: hay déficit, no hay
financiamiento externo y las cajas con las cuales alimentar el reparto
unitario de los recursos se están agotando.

El DNU del lunes es, por consiguiente, un acto desesperado para
mantener la línea de navegación del proyecto hegemónico. Sin esos
recursos extraídos del Banco Central gracias a la prontitud de dóciles
funcionarios, y ante el riesgo inminente de que las cuentas no
cierren, habría que reorientar la política económica y, con ello,
iniciar un replanteo en profundidad de todo el esquema de dominación
de estos últimos siete años.

Obviamente, esto no es lo que el Gobierno quiere. En su lugar se
aferra a la presunta tabla de salvación de las reservas del Banco
Central para mantener el timón y, de paso, seguir guerreando. ¿Es
éste, acaso, el escenario que nos merecemos? No parece que la
Argentina haya logrado salir del pantano de unas tradiciones públicas
condenadas a la crisis. La combinación de hegemonía política con una
economía cerrada y centralizante, sin garantías jurídicas para la
inversión y sin sustentabilidad fiscal en el mediano y largo plazo,
produce estos nudos críticos que se repiten a lo largo de las décadas.
¿Quién podrá desatarlos? Por ahora, esa empresa colectiva radica en un
Congreso dividido, en una estructura porosa a los cantos de sirena de
dádivas y prebendas. Pero es el único camino en el cual los
representantes tendrán que hacer de la necesidad virtud.

Por lo que se ha visto, ese recorrido está plagado de trampas. Desde
el 28 de junio pasado, cualquier intento de encarar una negociación
constructiva entre el oficialismo y las oposiciones (o alguna de
ellas) fue sistemáticamente torpedeado desde palacio. Queda en pie,
como hemos dicho, la posibilidad de que las oposiciones logren trazar
una línea defensiva que opere como dique ante el atropello. Pero de lo
defensivo a lo constructivo (por ejemplo, en lo atinente a las
reformas fiscales en el marco del federalismo) hay un pasaje que
requiere algún acuerdo con el oficialismo. De lo contrario, aunque las
oposiciones pacten y aprueben leyes de reforma, éstas sufrirán el veto
del Poder Ejecutivo.

Así se va marcando el terreno belicoso sin que, hasta el momento, se
adviertan signos de distensión. El arte de distender no es para nada
sencillo, porque requiere convertir las pasiones destituyentes en un
ánimo instituyente, dispuesto a levantar la mirada para legislar sobre
un conjunto de materias pendientes, cada vez más urgentes de
resolución. Semejante cometido no se resuelve con apelaciones a pactos
generales, como si estuviéramos al borde de una nueva etapa fundadora
de la democracia. Se resuelve, más bien, legislando en el fragor del
combate y apostando a favor de una razón pública que debería ir
formándose paso a paso, ladrillo sobre ladrillo.

En estos contratiempos entre un Ejecutivo hegemónico y un Congreso
ávido de protagonismo se rechaza la democracia entendida como un
régimen de cargos temporarios. Los gobernantes con vocación hegemónica
la conciben como un régimen de apropiación permanente de los cargos de
autoridad. Por este motivo, no les importa legar una buena herencia,
sino consumir lo que en su momento arbitrariamente se dispone. Otra
cara de la guerra: si los que vienen después de nosotros son los
enemigos, ¿para qué echar bases fiscales sólidas para el futuro?

Sepamos comprender entonces los riesgos que afrontamos, pero sepamos
también que la habilidad legislativa para elaborar consensos es la
piedra de toque de un futuro que la incomprensible política argentina
se empeña en sustraer.

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Néstor Gorojovsky
El texto principal de este correo puede no ser de mi autoría




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