[R-P] Un retoño de Romero.

Gustavo Battistoni gustavo.battistoni en gmail.com
Mie Jun 16 11:46:28 MDT 2010


[Este Luis Alberto Romero es "inagotable".Nada menos que desde "La
Nación", hace un llamado a la reconstrucción del Estado, en particular
de la educación pública.Lo sorprendente de éste "sesudo" pensador, es
el "diagnostico" de que el actual gobierno sigue destruyendo el
patrimonio público, como en el Proceso Militar.Nada ha cambiado;sólo
su admirado Alfonsín intentó recuperar "la educación".
Según este "genio", los argentinos hemos perdido la utopía del
"Centenario";aquel Centenario oligárquico, lleno de represión y de un
país descentrado que miraba con admiración a Europa, y desprecio a
nuestros hermanos latinoamericanos.Los festejos del Bicentenario, con
millones de argentinos en la calle, y en unidad con nuestra América,
sólo le producen rechazo.Ni que hablar de su "olvido" sobre el hecho
de que si hubo un gobierno que defendió a la educación pública, ése
fue el de Juan Domingo Perón.
Este personajillo, que ni siquiera es un cipayo de nivel como su
padre-hay que recordar que, por lo menos, José Luis Romero
reivindicaba la figura de Manuel Ugarte- , es una referencia
ineludible en las carreras de historia de nuestro país.Demostración
clara de que la"colonización pedagógica" tiene una actualidad
palpitante.Mientras la Argentina sea una semicolonia, el mitrismo
seguirá haciendo estragos.]


Contra la corriente de una sociedad segmentada, educación
Hacer a los argentinos
Luis Alberto Romero
Para LA NACION
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Miércoles 16 de junio de 2010 | Publicado en edición impresa



Hacer a los argentinos

A fines del siglo XIX, el Estado argentino encaró una tarea
extremadamente compleja: hacer a los argentinos. Su instrumento
principal fue la escuela, y su éxito constituyó uno de los logros más
contundentes que la Argentina exhibió en su primer centenario. Cien
años después, la escuela deberá encarar un desafío similar: volver a
hacer a los argentinos. Pero ahora, y a diferencia de hace cien años,
deberá hacerlo en el contexto de una sociedad empobrecida y
segmentada, y con el débil respaldo de un Estado carcomido
interiormente y escaso de ideas y proyectos.

Desde las décadas finales del siglo XIX, la educación formó parte de
las prioridades del Estado. Era aquél un Estado en construcción,
dirigiendo una sociedad a la que la inmigración masiva estaba haciendo
de nuevo. Los dirigentes políticos vivieron la circunstancia
irrepetible de la "ingeniería social": poder llevar adelante, sin
fuertes oposiciones, un proyecto para la Nación, en el que la
educación tenía un papel fundamental.

En esa materia, se enfrentó con dos competidores. Uno era la Iglesia,
que por entonces no tenía fuerza institucional suficiente para ofrecer
una alternativa, aunque desde entonces se dedicó a construirla, y con
éxito. El otro eran las organizaciones de las colectividades
extranjeras, especialmente la italiana, preocupada por educar
italianamente a los hijos de los inmigrantes. No era un problema
menor, como mostró Lilia Ana Bertoni. La carta de triunfo del Estado
fue ofrecer un servicio educativo a todas luces excelente. Las
escuelas-palacio de fines de siglo, que aún subsisten, son uno de los
muchos ejemplos de esa preocupación. El Estado ganó la competencia con
amplitud.

¿Cuáles eran las tareas que el Estado asignaba a la educación en esa
sociedad en formación? Lo básico es bien conocido: la enseñanza sería
obligatoria, gratuita, común y laica. Se trataba de hacer un gran
esfuerzo para ofrecer a todos los niños la misma posibilidad de una
enseñanza excelente. Una enseñanza que los capacitara para
desarrollarse en una sociedad competitiva y que desarrollara en ellos
la valoración del esfuerzo y el trabajo y la confianza en el
reconocimiento del mérito. Una enseñanza en la que los exámenes eran
parte central del aprendizaje.

Pero había otra función: hacer a los argentinos. Los argentinos no
nacieron en 1810 ni se hicieron argentinos espontáneamente, sino por
obra del Estado educador. Hasta la segunda mitad del siglo XIX, el
problema se limitaba a integrar en una comunidad nacional imaginaria a
porteños, salteños o cuyanos. Pero desde entonces se complicó y
amplificó, con la llegada de las masas de piamonteses, calabreses y
napolitanos, gallegos, catalanes y andaluces, siriolibaneses,
montenegrinos, suecos, suizos... Hacer a los argentinos, a partir de
esa muchedumbre babélica, se convirtió en un problema central para el
Estado, que aceptó a regañadientes que los padres difícilmente se
nacionalizarían -tales fueron los atractivos términos de la oferta
inmigratoria-, pero apostó por los hijos y la escuela.

Allí, los hijos de los inmigrantes aprendieron la "lengua nacional",
la geografía nacional y, sobre todo, la historia nacional. Los hijos
de inmigrantes, que en su casa hablaban con sus padres y abuelos,
quizás en su lengua, sobre su pasado y sus tradiciones, aprendieron
que su historia en realidad comenzaba en 1810, que su héroe patrio era
San Martín, que personajes como Rivadavia, Rosas o Mitre eran parte de
su historia y de sus problemas. Se trataba, además, de una historia
moral, con un mensaje acerca de las instituciones y el valor de la
ley, apoyada por una sólida enseñanza del civismo. De modo que, además
de argentinos, se formaron ciudadanos, aptos para reclamar sus
derechos y ejercerlos. Un historiador se admira de la calidad de
semejante "invención" historiográfica y de la eficacia de su
transmisión. Un ciudadano empieza diciendo: así se hizo la Argentina.

El proyecto escolar fue parte del proceso más amplio, complejo y
espontáneo de construcción de una nueva sociedad, al que la educación
contribuyó a moldear. El resultado fue una sociedad caracterizada por
su capacidad para incorporar e integrar a los migrantes externos,
luego a los internos y finalmente a los de los países limítrofes. Lo
hizo en primer lugar asegurándoles trabajo y oportunidades. Como no
había tradiciones estamentales o de linaje, salvo en el estrecho
sector de las elites, lo que se construyó fue una sociedad básicamente
móvil, que a mediados del siglo XX había completado su
democratización. Muchas veces se ha subrayado que la Argentina fue un
país de clases medias, una singularidad en el contexto
hispanoamericano. La idea es correcta, pero no en términos estáticos
-una franja en una pirámide social-, sino como imagen de una sociedad
en la que los hijos normalmente estuvieron mejor que sus padres. La
educación fue uno de los principales instrumentos de ascenso y el
Estado puso al alcance de todos una educación excelente.

Si comparamos aquella Argentina con la actual, saltan a la vista dos
grandes diferencias. De la integración y movilidad social hemos pasado
a la polarización y la segmentación. Por su parte, el Estado ha
perdido su rumbo y su potencia, y ni puede ni sabe cómo modificar la
situación actual. Si bien este cambio se incubó a lo largo del siglo
XX, el gran quiebre se ha producido a mediados de la década de 1970.

A lo largo del siglo XX, el Estado desarrolló una relación ambigua e
impura con las grupos de intereses de la sociedad y terminó
convirtiéndose en un botín, disputado por corporaciones que habían
colonizado sus oficinas y ministerios. En el caso de la educación, la
principal es la Iglesia, que otrora tuvo la intención de convertir al
Estado en confesional, pero que desde mediados del siglo XX se
concentró en desarrollar su propio sistema educativo, financiado por
el Estado, cuyo crecimiento ha acompañado la declinación de la escuela
pública. La otra gran corporación son los gremios docentes, cuyos
modos de funcionamiento constituyen hoy un serio problema para la
escuela.

Pero además, desde 1975 hasta hoy -con la salvedad de los años de
Alfonsín, que al respecto fueron neutros-, distintas políticas, con
diferentes intenciones, coincidieron en un resultado común: desarmar
el Estado, sus agencias, su funcionariado, sus normas, su ética, su
capacidad de pensar. En la educación, esto se tradujo en el abandono
de la función directriz del Estado nacional y en la reducción de
recursos presupuestarios, clara señal de que la educación había dejado
de estar entre sus prioridades. Un caso típico fue el de la
transferencia de las escuelas y colegios a las provincias,
generalmente sin los recursos correspondientes.

A eso se agregó, en los años 90, la reforma educativa. Hubo en ella un
esfuerzo valioso de actualización de los contenidos, pero se le agregó
una reestructuración de los ciclos -la EGB, el polimodal- cuya
necesidad no era evidente y cuyos costos fueron altísimos. Se sostuvo
que era necesario un cimbronazo institucional para que cada docente
cambiara sus rutinas. Quizá sea así en otros contextos. Pero en la
Argentina de los años 90 lo que se hizo fue destruir lo que había sin
tener los medios de construir algo nuevo. Esa fue la contribución más
importante del Estado a la crisis de la escuela pública, a la que por
entonces decidió considerar la escuela de los pobres.

Con respecto a la sociedad, coexisten hoy tres mundos separados: una
minoría muy rica, un gran sector de pobres y otro gran sector de
clases medias, sobrevivientes de la vieja Argentina y tradicionales
animadoras del viejo proyecto educativo. Entre estas clases medias, un
sector muy amplio apreció tradicionalmente la calidad de la escuela
pública y sobre todo valoró su carácter común y su contribución a la
integración social y a la formación de ciudadanos. Su acelerado
deterioro, notable en las dos últimas décadas, llevó a la mayoría de
ellos a enviar a sus hijos a escuelas privadas; quizá no se
entusiasman con sus orientaciones culturales ni se ilusionan con su
nivel pedagógico, pero aprecian que al menos las clases se dictan.
Esta deserción de las clases medias ha hecho una contribución
importante a la crisis de la escuela pública, reservándola para
quienes no pueden pagar otra.

La gran novedad de la sociedad argentina es la formación de un mundo
de la pobreza. Al principio fue el resultado de la desocupación y la
retirada del Estado. Hoy es un mundo que tiene su propia lógica de
reproducción y que no se disolverá simplemente con mayor oferta de
empleo. En el mundo de la pobreza está desapareciendo la idea del
trabajo regular, con todo lo que implica en términos de organización
social, y la cultura del esfuerzo, el mérito y el logro ha perdido su
antigua significación. Por otra parte, es un mundo donde el Estado
legal tiene poca presencia, aunque la acción ilegal de sus agentes sea
importante. Una zona gris, en los términos de Javier Auyero, en donde
los términos de lo lícito y lo ilícito significan poco.

Finalmente, es un mundo de renovado movimiento migratorio, proveniente
de provincias argentinas y de países limítrofes. Un mundo babélico, de
comunidades étnicas con una cierta tendencia a la autorregulación.

Paradójicamente, la escuela es una de las partes del Estado que mejor
han resistido el vendaval destructor. Que hasta cierto punto conserva
su institucionalidad, su normativa, su personal, con una dosis de
calificación y de ética burocrática. De hecho, un Estado en retirada
les confía hoy a sus escuelas para pobres y a sus docentes la función
de la inclusión, de la contención. Le pide infinidad de cosas: que
alimente, que cuide de la salud, que se haga cargo de las situaciones
familiares y eventualmente que eduque. Ha habido, sobre todo en los
últimos diez años, una decisión de subordinar las prioridades
educativas a las de la inclusión y la contención, a costa de los
valores del saber y el aprendizaje, del mérito, el logro y hasta el
trabajo. Una buena función, sin duda, si sólo se trata de una
reproducción menos dolorosa y conflictiva del mundo de la pobreza.

Una transformación de ese mundo requiere otra política. Por cierto, la
escuela no puede resolver el problema de la pobreza, pero tiene una
función esencial en un proyecto más amplio. Implicaría para la escuela
un desafío no menor que el de 1900. Se trata de enseñar de modo tal
que los niños pobres quieran hacer el esfuerzo de modificar ese mundo.
Se trata de enseñar los saberes necesarios, que no son necesariamente
los más actuales. Se trata de recuperar uno que, de manera
sorprendente, la democracia ha radiado: la alfabetización
constitucional, la enseñanza de la ley. Pero lo decisivo está en las
prácticas, las actitudes y los valores. Hay que enseñar que ser alumno
es un trabajo. Que se aprende con esfuerzo. Que en la enseñanza hay
logros y hay méritos que deben ser reconocidos. Y también exigencias,
exámenes, estándares mínimos y promociones que no son automáticas.
Varias corrientes pedagógicas han sembrado sospechas sobre estas
palabras, pero con ellas se construyeron los buenos sistemas
educativos, en el capitalismo y en el socialismo.

Finalmente, se trata de volver a atraer a la escuela pública a las
clases medias que la han abandonado, ofreciéndoles otra vez una
enseñanza de tanta o más calidad que la escuela privada. Se trata de
integrar a ellos y a los pobres en un universo común. Contra la
corriente de una sociedad segmentada, se trata, otra vez, de hacer a
los argentinos. Es un desafío tan grande como el que enfrentó la
escuela de 1900 con los inmigrantes. Como entonces, es necesario en
cualquier proyecto para la Nación. Pero, por supuesto, no es
suficiente. © LA NACION

El autor es historiador del Conicet-Unsam




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