[R-P] Una apología de Sanz y del Bingo

Néstor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Sab Jun 12 02:08:44 MDT 2010


[Hará un par de semanas, conversando con otros compañeros, decíamos
que Sanz veía el incremento en las ventas de entradas para Bingo y de
estupefacientes, pero no veía que todo lo demás también había
aumentado.

Este escrito de "Zona Sur" es particularmente bueno, en la misma línea
pero mucho más claro, directo, audaz, concreto y... revolucionario. Me
recuerda las formidables líneas del Colorado Ramos sobre el peronismo
y la proliferación de mujeres rubias en la Argentina morocha de los
cincuenta.]

Gentileza de Gabriel Fagiani

08/06/2010

Apología de Sanz y del Bingo
por Zona Sur

Como saben todos, el senador de la UCR, Ernesto Sanz, declaró hace
unas semanas que “Por la Asignación Universal por Hijo aumentaron el
consumo de droga y el juego”.

Ante esas declaraciones del más rancio conservadurismo, el progresismo
mentolado salió a negar esos dichos y los comparó con los míticos
asados con piso de parqué.

Pero hay que admitir que las palabras de un senador nacional merecen
cierto crédito y que la respuesta requiere ajustes.

Habría que empezar por decir que los Sanz, como muchos radicales, como
muchos conservadores, tienen un dogma: la ayuda social debe llegar, si
y sólo si, el pobre tiene hambre.

Los conservadores te aceptan –de buena gana– que la mano del Estado
llegue para aliviar a un famélico. Por eso, les copaba el plan de
difusión de la milanesa de soja, la producción de supersopa, y te
bancan los comedores populares. Hasta le pueden dar buena prensa y
todo.

Porque, desde su concepción, el pobre sólo se interesa en sus bajos
instintos. Y ellos los autorizan a calmar sólo uno: la necesidad de
alimentación.

Los demás deseos son catalogados por el discurso conservador como
vulgares “vicios”. La lengua coloquial expone esta ideología: si en
negro necesita descansar, es por “vago”. Si quiere divertirse de
noche, “le gusta la joda”. Si el negro quiere lo que para otros es
“recreación”, es porque le gusta “la timba” y “el alcohol”.

Esa es la mirada del conservador. Y el progresismo acepta esa lógica,
a veces por culpa, a veces por maniqueos, y otras veces por la
necesidad de apoyar una medida. Como en este caso.


Pero el eje es que: para los conservadores, el pobre sólo tiene
“hambre” de comida y no necesita “nutrirse” de los otros
"ingredientes" que constituyen la vida social.

Con esa reducción como base, parten todas sus perspectivas políticas.
A lo sumo, te aceptan que necesitan educación (para que se comporten,
claro, y sepan gastar).

Por eso, frente a los dichos de Sanz, en Verboamérica manifestamos:
puede ser. Puede ser que los pobres se gasten la plata en “cosas
indebidas”, según la ideología de Sanz.

A decir verdad, la gente, cuando tiene un piso básico, se permite
ciertos lapsus de felicidad y cae en las múltiples tentaciones y
–digamos, sinceramente– comienza a gastar en "pelotudeses", en
elementos no centrales para subsistencia material.

Acá repetimos una frase de Jauretche ante el desborde de consumo
popular peronista:

    De la carencia de recursos para las cosas elementales, pasaba éste
a una abundancia que no estaba en relación con sus hábitos de consumo
—o mejor dicho de no consumo—: fue el apogeo de la venta de discos.
Pañuelos de seda, perfumes baratos, diversiones, del gasto superfluo
en una palabra, y del ausentismo frecuente en el trabajo, que
desapareció cuando los hábitos de consumo y las necesidades del nuevo
nivel de vida se aprendieron en la única forma que se aprenden: por su
ejercicio.

Lejos de los niveles de ingresos y el impacto de legislación laboral
del I Peronismo, los dichos Sanz se inscribe en esa lógica.

Los no-consumidores, por obra y gracia de la asignación universal, de
pronto, pueden.

En eso radica la sorpresa de Sanz cuando dice: “Desde el momento en
que se implementó el Programa de Asignación Universal por Hijo, los
datos marcan que lo que se venía gastando en juego y en droga ha
tenido un crecimiento. No lo veo yo, lo ven los analistas”.

Si sus analistas pudieron medir el alza del consumo de la droga habría
que felicitarlos porque, a priori, parece difícil. En cambio, medir el
aumento de la concurrencia a los Bingos parece más simple.

En ese punto hay algo que: no comprenden ni el progresismo mentolado
ni los conservadores rancios.

Los Bingos son, a muchos barrios, lo que a la Recoleta es su centro
cultural: un ámbito de dudoso buen gusto, pero, que de todas formas,
favorece la circulación y exhibición cultural. O, tal vez, la mejor
comparación sería con los megarecitales gratis en el Rosedal, porque
bingos brindan una salida barata que combina excitación,
entretenimiento, encuentro con sus semejantes, comida y alcohol a bajo
costo.

Los galanes con canas, las señoras que no pierden las esperanzas, los
jubilados alegres –muchos de los cuales, votaron a quien tenían que
votar en 2007– eligen darse cita ahí, en esos salones con humo,
alfombras con estrellas y bajo las luces de “insert coint” y no en el
Abasto durante el Bafici. Además de jugarse unos pesos, se juntan ahí
para mamarse, apretar y mirar al imitador de Antonio Solís, aunque
muchos prefieran a los que replican a Sabina y a Milanes.

Obviamente, los bingos no son instituciones de beneficencia sino son
un oscuro negocio gestado en tiempos del duhaldismo. Pero los
recitales en el Rosedal –todavía hoy– son un gran curro de los sushi
boys. Alguna vez, Perón definió al Prode como “el impuesto a los
zonzos” y uno podría decir lo mismo de los Bingos. Pero hace tiempo
que dejé de pensar que cuando “la masa” hace algo, lo hace por idiota.

Terminada la perorata sobre los bingos, volvamos a Sanz.

Con su anteojera, él y los otros conservadores se quejan cuando las
ayudas del Estado no son gastadas en alimentos.

A eso, habría que responder que no todas las madres y padres,
inscriptos en la asignación universal, se ven imposibilitados de
brindar las proteínas necesarias para garantizar normal crecimiento de
sus hijos.

Por ejemplo, una pareja de empleados en negro puede acceder al plan
sin tener que estar pasando HAMBRE. Justamente, un mérito de la actual
gestión que nadie se puede adjudicar por pudor es que, hace 8 años, en
muchas barriadas se había extinguido el olor a guiso y las cocinas
habían sido retiradas de las casillas: dolorosa realidad del fin de la
convertibilidad.

Entonces, un radical-conservador te diría: “¡si no tienen hambre, no
hay que darle plata!”

Y él hay que responderle: Si, hay que dársela igual porque tienen
“hambre” de otras cosas.

Los mismos analistas que le informaron a Sanz sobre el aumento de la
venta de drogas y de la asistencia a los bingos, le podrían haber
comentado sobre otros fenómeno conurbanenses: el alza en la venta de
muebles de pino y la asistencia a los cines de los hipermercados.

Gracias a la asignación universal de ingreso por hijo --por primera
vez-- algunos pueden dormir en cama propia y otros pueden ir en
familia al cine. ¡Bienvenidos!


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Néstor Gorojovsky
El texto principal de este correo puede no ser de mi autoría




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