[R-P] Texto de Carlos Real de Azúa sobre Luis H. Vignolo Montecoral (12 de julio de 1927 - 21 de julio de 2010)
Luis Vignolo
lvignolo en gmail.com
Vie Jul 23 20:46:45 MDT 2010
Mi padre falleció el miércoles pasado, 21 de julio de 2010. Sobre él
escribió Carlos Real de Azúa hace 46 años lo siguiente, como
introducción al ensayo "Montevideo, sociedad del desamparo" que se
incluyó en la Antología del Ensayo Uruguayo Contemporáneo, editada por
la Universidad de la República.
La mayor parte de los textos y ensayos de mi padre son posteriores a
ese que escribió en su juventud para la revista de la Federación de
Estudiantes Universitarios del Uruguay, llamada "Tribuna
Universitaria", donde también se publicó el texto de Methol que luego
sería el primer libro de Tucho.
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Carlos Real de Azúa,
ANTOLOGÍA DEL ENSAYO URUGUAYO CONTEMPORÁNEO, Tomo II.
Departamento de Publicaciones de la Universidad de la República,
Montevideo, Uruguay, 1964, pp. 620-623.
Luis H. Vignolo (1927)
Muy corta es la obra publicada de Luis H. Vignolo, uno de los ejemplos
nacionales de cómo el trajín periodístico diario absorbe muchos de los talentos
mejores. Un ejemplo, también, de sociedades que parecen planeadas para trabar
el ejercicio de toda posibilidad individual realmente distinguida. Pero como el
derecho a una antología no tiene por qué ganarse, como se ganan ciertas
cátedras, mediante la mera acumulación de trabajos casi siempre irrelevantes,
aquí será considerado Vignolo sin más que un ensayo en el memorable nº 6-7 de
TRIBUNA UNIVERSITARIA, otro, “Reencuentro con la tradición española en la
pintura de Torres García”, en la REVISTA DE LA FACULTAD DE
ARQUITECTURA (nº 2, 1960), un manojo de correspondencias sobre política
argentina en EL PAÍS, alguna nota en NEXO y unos pocos editoriales en la
excelente y desaparecida revista REPORTER.
Pocos títulos, en verdad, pero que bastan para que sea legítimo
concederle a Vignolo una importancia (o mejor: una significación) mucho
mayor que la de tantas nulidades orondas y prolíficas que hormiguean en
nuestra vida cultural.
Como la de Cuadro, que salió del socialismo, como la de Ares, que se
originó en el comunismo, como la de Luis Pedro Bonavita y la de Methol, que
provienen del nacionalismo, toda la trayectoria de la inteligencia de Vignolo,
originario del anarquismo y de la militancia en F. E. U. U., podría condensarse
en una apasionada voluntad de llegar a las raíces nacionales y populares del
área rioplatense, de entrar en contacto vivencial con nuestra realidad, de
repensar después, identificado con ellas y sin las muletillas de ninguna
ideología, las formas político-sociales más coherentes, más funcionales que
nuestro ente hispanoamericano exija, que reclame la altura histórica en que le
toca afirmarse y sobrevivir.
Dicho esto y marcados estos contactos, parecería ocioso señalar que la
ensayística de Vignolo testimonia la inclinación hacia el enjuiciamiento crítico
de lo que el país es, común a todas las últimas generaciones. También la actitud
displicente o irreverente, pero siempre negativa, ante las vigencias de un
Uruguay senil y desesperadamente maquillado; también la conciencia de la
caducidad de todas las estructuras político-sociales fundadas sobre las pautas
del racionalismo individualista; también el enfoque revisionista de nuestra
historia, y la importancia fundamental atribuida a ciertas realidades y valores:
la “forma nacional”, la Tradición, la comunidad; también la preocupación por
otros: el desarraigo, la soledad, las relaciones y recíprocas
influencias del campo
y la ciudad.
En toda esta temática (e incluso en el lenguaje) la obra de Vignolo
presenta claros contactos que el lector de estas páginas deberá estar ya,
atendido a lo anterior, en condición de señalar.
En el texto seleccionado se ve como Vignolo renhebra el hilo de nuestra
historia por la ojiva significante de la subsistencia y la pérdida de una
“comunidad” en la acepción que le da a este concepto la sociología de Tönnies
(véase noticia sobre W. Lockhart), es decir, un ámbito social urdido por cálidos
vínculos emocionales unificadores, trascendiendo en mucho el bilateralismo de
lo contractual y el sentido puramente utilitario y racional de la
convivencia. El
hábil juego de inferencias e interpretaciones luce en especial en la
refisonomización de la generación del 900 como la que añora el mundo
comunitario perdido; es posible ver, sin embargo, la debilidad de una exégesis
que sólo toma en cuenta a Sánchez y a Herrera y Reissig y deja al margen todo
el resto. Lo mismo se puede decir del anarquismo como nostalgia de la
comunidad si se atiende (aun aceptando que una cosa es la “racionalización” y
otra el “impulso”) a sus fundamentos ideológicos europeo autonomistas y
racionalistas. El “motivo” de la ligazón de la insubordinación paisana que se
expidió en las guerras civiles promovidas por el blanquismo partidario y los
arrestos revolucionarios del movimiento obrero (o, como lo dijo Vivian Trías: de
Martín Fierro a los sindicatos) es un testimonio valioso de la voluntad de las
nuevas promociones con conciencia política de fundar las consignas de la
acción actual en la más entrañable tradición criolla.
Se dijo que Vignolo prescindía de ideologías cerradas, conclusivas y es
cierto. Pero esto no significa que su originario fondo anárquico no se marque en
el trozo recogido (y en las páginas que lo deberían complementar), con su
hostilidad al estatismo, su ideal de un país “a la medida del hombre”, el valor
supremo otorgado a una comunidad que encuadre hombres libres en la
igualdad, el trabajo y la fraternidad cordial.
No en forma demasiado acentuada pero sí suficiente “Montevideo, la
sociedad del desamparo” testimonia la peculiarísima, brillante y muy peligrosa
capacidad de Vignolo para formular leyes en base a pocos ejemplos, para
interpretar o reinterpretar los hechos más rutinariamente categorizados y
restituirles o dotarles de una significación que parecía demasiado trabajoso
concederles. Esto tiene sus riesgos, acaba de decirse, y habrá que volver sobre
ello al hablar de su amigo, afín y vecino de volumen Alberto Methol Ferré. Pero
hay que decir ahora que una excesiva capacidad imaginativa, una desmesurada
combustión ideadora, cuando ellas se aplican a la especulación política, pueden
parar en un verdadero barroquismo de posibilidades, muy ameno pero
eventualmente fútil. La historia y el presente se hacen una realidad
esotérica, en
las que tan pocos deciden como pocos pueden penetrar, mientras la “inmensa
mayoría” sigue unos sonsonetes, unas creencias que nada han de pesar. Contra
cierto determinismo plúmbeo, que supone que “nada” puede variarse, se
levanta un culto de la contingencia sobre el que “todo” varía. En nombre de la
capacidad de “invención”, de la fecunda fantasía, se supone que de un día para
otro lo negro puede hacerse blanco y el león cordero y los ideales, planes,
antecedentes, pasiones, adhesiones no contar para nada y todo poder ser jugado
en un divertido ajedrez entre unos pocos, sin riesgos, resentimientos,
recuerdos.
Esto —hay que apurarse a decirlo— es donde un pensamiento de tal tipo
puede llevar, no donde el suyo a Vignolo lo lleva. Pero si en algo, o
en bastante,
sus características lo alcanzan, ello puede ser una de las causas que han hecho
de él uno de los meditadores políticos más sensibles de su generación a todo
fenómeno nuevo, a todo evento que rompa esquemas u opiniones
preconcebidas. Tal puede ocurrir, si se revisan sus páginas demasiado escasas,
con las realidades supervinientes de la lucha interimperialista mundial. Tal con
las transformaciones económicas y sociales internas del neo-capitalismo
(redistribución de la estratificación de clases, entre otras). Tal con la
ambigüedad esencial de los “planes de ayuda” y todas sus nominaciones y
variantes (dar salida a los remanentes de capital; voluntad neocolonialista;
exorcismos contra transformaciones sustanciales; “auxilios” remuneratorios;
servidumbre política; móviles de una estrategia planetaria y “propaganda”
eficaz pero —también— reconocimiento de una opinión pública mundial que
ya no es fácil de engañar; resignación a límites objetivos en los coeficientes
preestablecidos de explotación económica; necesidad de redistribuir en algo los
beneficios del aparato productivo; intimidación más que real ante la irrupción
de centenares de millones de hombres a la superficie de la historia; concesiones
efectivas arrancadas por la necesidad de subsistencia nacional en la
amenazadora bipolaridad de poder del mundo y en la pugna por
desequilibrarla; auténtico idealismo moral en muchos de los planeadores;
desplazamiento de la movilización internacional desde los grupos directamente
económicos a los núcleos representativos de una concepción más arbitral del
interés nacional). Ambigüedad, dígase de nuevo, a la que la decisión perspicaz,
unitaria, tenaz, de verdaderos “estados nacionales” podrá dotar de un sentido
positivo y contener en su rampante, relamida capacidad de corrupción.
También ha hablado mucho Vignolo de “nasserismo” y a su experiencia de
atento observador del remolino porteño debe este rubro de sus intereses. Pero si
eso importa es porque también lo ha hecho capaz de advertir la equivocacidad
de una serie de movimientos para los que la izquierda clásica tenía siempre un
rótulo consabido y “a priori”, por más que se hayan revelado en zonas decisivas
del mundo (a veces muy afines a nuestro continente), alentadoras etapas de la
emancipación nacional y anticolonial, de la lucha contra oligarquías,
estructuras
económicas arcaicas y castas políticas superfluas.
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