[R-P] Jitrik se olvida ni más ni menos que de Aristóteles

maría Sola mariadelsola en gmail.com
Sab Jul 10 17:19:15 MDT 2010


En la nota de P12 de Noe Jitrik , en un tiro por elevación contra
CARTA ABIERTA el amigo  se olvida ni más ni menos que de Aristóteles¡¡
maestro de Alejandro de Macedonia quien se cargó en pocos años a  los
dos grandes Imperios teocráticos y acabó con el mundo antiguo.Fue el
primero que en vez de levantar un templo sobre las ruinas de los
vencidos levantó una biblioteca.
También se olvida de García Linera.
Va la nota




Tres veces estuvo Platón en Siracusa, reino de Sicilia. La primera
invitado por el tirano Dionisio, llamado “el Viejo”, las otras dos por
su hijo, Dionisio “el Joven”.
Su prestigio había trascendido Atenas y, por ese motivo, queriendo
sacar provecho de sus enseñanzas, ambos reyes lo quisieron junto a
ellos, ansiosos de extraer el jugo de su saber para mejor gobernar a
sus díscolos y desdichados pueblos.
Acaso ignorante de lo que eran, acaso halagado en su vanidad, acaso
disconforme con sus paisanos, Platón, pese a su capacidad de juicio,
aceptó las respectivas invitaciones con pésimos resultados.
Como de pronto se le ocurrió hablar mal de la tiranía, el primer
Dionisio lo apresó y lo puso en venta como esclavo; a duras penas
salió del aprieto y lo sorprendente es que se prestó dos veces más,
estimulado por la posibilidad de proveer de ideas a su admirador, ya
no el viejo sino el joven.
Por fin regresó, desengañado sin duda de su poder de convencimiento,
fundó en Atenas la famosa Academia y es como si se hubiera dicho
“filósofo a tu filosofía, el poder es ingrato y cruel y creer que se
le pueden infundir ideas sabias, de bien, es una pura ilusión”.
Creo que éste es uno de los primeros episodios de las tortuosas
relaciones entre intelectuales y poder, aunque quizás haya habido
otros antes –por supuesto hubo muchos después–, y del fracaso de lo
que modernamente se conoce como “entrismo”, esa teoría, o más bien
pretensión teórica, según la cual el intelectual le sopla en el oído
al político, mandatario o candidato, con el benéfico fin de hacerle
tomar las mejores decisiones, o sea esas que él cree que son las
mejores según su sabiduría y experiencia y a las cuales el político no
se ha ni siquiera asomado.
El triste final de esa creencia es previsible, el mandatario se aburre
del zumbido y manda al diablo al que estaba convencido de que le
hacían caso porque era un intelectual.
Y si bien a Platón le fue mal, peor la pasó Séneca.
Según recuerda José Ferrater Mora en su Diccionario de Filosofía,
poseedor de un sólido sistema de pensamiento, de alcance sobre todo
moral, fue convocado como maestro del joven e impetuoso Calígula y
luego de Nerón: debe haber pensado que sus ideas ordenarían la vida
disoluta del Imperio, pero Nerón no opinaba lo mismo y le ordenó que
se suicidara, orden que cumplió, estoico como era.
Otro fracaso de la ilusión intelectual: o bien Séneca no sabía lo que
había pasado con Platón, o supuso que a él no le ocurriría lo mismo, o
descansó en la vieja y siempre renovada fantasía de que quien piensa o
tiene ideas es tan obviamente superior al hombre del poder que éste no
tendría más remedio que, deslumbrado, ceder a su influjo y portarse
bien.
Y si así le fue a Platón, ¿les irá mejor a quienes ahora, renunciando
a lo que saben y pueden hacer, se dejan arrastrar por esa remota
ilusión?
Maquiavelo fue más astuto y por eso tuvo más suerte: no intentó
dirigir al “Príncipe”, sino que lo observó y sacó de ello conclusiones
que orientaron a otros príncipes, contemporáneos y sucesivos, sin
ponerlos incómodos, o sea sin pretender dirigirlos. Su idea acerca de
que en la naturaleza hay “jefes” y “subordinados” no podía sino
acarrearle el aplauso de los jefes: los subordinados no tenían mayor
opinión.
Un contraejemplo interesante es el de Spinoza: supo permanecer en su
rincón filosofando y puliendo cristales, aunque ciertos poderosos
habrían querido tenerlo a su lado para, según la tradición, usarlo y
luego venderlo como esclavo, o bien guardarlo de por vida en una
mazmorra, o bien arrojarlo lisa y llanamente al basurero. O terminar
por hacerle algún homenaje, después de muerto sin duda, como para
mostrar que el poder respeta al intelectual. Y ponerle su nombre a una
calle.
También le pasó a Voltaire: se le debe haber escapado una broma y
Federico de Prusia lo mandó de regreso a su casa, casi sin agradecerle
los buenos momentos que habían pasado juntos y que le habían hecho
creer al filósofo que sus luces iluminaban al no tan tosco monarca.
Y así siguiendo, la lista es interminable de grandes nombres, cuanto
no lo será de pequeños y olvidados que tal vez sirvieron un poco
alguna vez, pero creyendo que eran el cerebro de esas manos que
construían o destruían, según la fuerza o la arbitrariedad o, más
claramente aún, el juego de fuerzas que les habían permitido hacerse
del poder.
Si mal no recuerdo, para componer su vibrante Petróleo y política, el
entonces dinámico Arturo Frondizi recurrió a algunos sólidos
pensadores de izquierda que pusieron todo lo que sabían y querían y ya
se ve lo que pasó en la práctica con lo que el libro, lleno de ideas,
preconizaba.
En un plano de mera astucia, aunque no tan alejado de las mencionadas
ilusiones de intelectuales, se registran infortunados episodios de esa
penosa situación en el curso del atormentado siglo XX.
Heidegger –nos cuenta su biógrafo Rüdiger Safranski– creyó que podía
proporcionar coherencia y rigor al incipiente nacionalsocialismo: no
advirtió que a la teoría nazi le bastaban tres o cuatro rudimentarias
ideas para progresar y que no necesitaba de complicaciones
posfenomenológicas y metafísicas; en todo caso Hitler dejó de lado el
“ser” y se quedó con la “nada”, ya se sabe lo que fue. Entró en el
partido, se disfrazó para congraciarse con los SS y, por fin, vencido
por la sofocante histeria hitleriana, se recluyó en un rincón de la
Selva Negra para salvar el pellejo, no se sabe si salvó el alma.
Cosa parecida ocurrió, aunque más calladamente, con José Ortega y
Gasset, quien, según su biógrafo Gregorio Morán, quiso ser el pensador
del franquismo con tan poca suerte que al primitivo Franco, que había
hecho todo para exterminar a los rojos, desdeñó la brillante teoría de
la “razón vital”, que había hecho famosa el filósofo y se quedó con
las groseras consignas de Primo de Rivera, más útiles para hacer lo
suyo.
¿Y qué decir de los políticos-intelectuales?
Muchos casos se han visto de personas formadas en las izquierdas más
radicales que, hartos de pensar y analizar y tener siempre razón sin
por ello lograr la adhesión de las clases a las que han intentado
interpretar y favorecer, se pasan al enemigo –cosa que los
intelectuales de derecha no tienen por qué hacer porque ellos mismos
son el enemigo– con la idea de infundirle ideas, convencerlo acerca de
lo que debe hacer para hacer mejor lo que se propone y que vendría a
ser no lo que el enemigo quiere sino lo que ellos quieren, en suma
transformarlo desde adentro, un adentro que si algo sabe hacer es
poner en movimiento su sistema inmunológico.
Un camino se les abre a los entristas: asimilarse al cuerpo político
al que quisieron cambiar y desaparecer como entristas o, cansados otra
vez de un ímprobo e inútil esfuerzo, regresar a un redil que ya no los
acepta porque todo ha cambiado y esa teoría vuelve a mostrar su
debilidad o su exceso de confianza en las propias habilidades para
reconducir un movimiento político cuyo sentido o cuya singularidad
nace en otras cunas.
Hay muchos ejemplos: invocarlo sería sólo a los efectos de ilustrar
este razonamiento de modo que prescindo.
Sólo recupero una imagen, lejana en el tiempo pero viva en su
estridencia: la del intelectual imaginado por Elia Kazan en ¡Viva
Zapata!; sombrío y razonador, el personaje, que sigue al iluminado
caudillo a sol y sombra, le sopla al oído lo que debe hacer aunque
contraríe, muchas veces, lo que dictan el instinto y la naturaleza.
Simplificación, sin duda, de una relación histórica, en la que hay
ecos de la presencia de John Reed junto a Pancho Villa y a las
ilusiones que él y otros intelectuales norteamericanos se hicieron
cuando el caudillo hacía, a su vez, historia.
Todo eso es lejano pero ilustrativo y excepcional, pero más frecuente
es lo que ocurrió muchísimas veces con gente formada en las diversas
izquierdas, y que todo le debía a ellas, que “entra” en el socialismo
centrista y reformista, el libro de Isidoro Gilbert, La FEDE, presenta
una lista bastante impresionante de personas bien instaladas en las
estructuras del sistema que pasaron por la organización de la juventud
comunista, o con ex guerrilleros que “entran” en los populismos
seguramente con la sana intención de incidir, basados en sus valiosas
experiencias, tanto en el lenguaje como en la línea o, incluso, se
hacen funcionarios, elegidos o designados, poco importa, pero siempre
razonadores, porque siempre razonaron, acerca del sentido de la
historia al que ellos se habían acercado a veces con riesgo de la
vida, aunque dicho sentido esté instalado, por el momento desde luego,
en las residencias del poder o del privilegio.




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