[R-P] Está interesante para debatirlo muchachos. Yo lo encontré interesante. Saludos a to' Horacio

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Lun Jul 5 17:46:14 MDT 2010


Alejandro Horowicz
La Iglesia Católica organiza la batalla opositora en el Senado

04-07-10 /  El debate por el derecho de las personas del mismo sexo a 
contraer matrimonio
no es teológico, sino estrictamente político

¿Qué diría Juan Domingo Perón del matrimonio gay? Imposible saberlo. Un 
elemento puede ayudarnos a esclarecer la cuestión: el General ya incluía en 
el año 72, entre sus interpretaciones políticas, la perspectiva ambiental, 
la cuestión ecológica. Nadie en la Argentina hacía tal cosa, ni en la 
izquierda ni en la derecha. Un bloque conservador ultramontano resistía todo 
cambio conceptual. Ni el matrimonio entre personas del mismo sexo, ni 
divorcio vincular, ni separación entre la Iglesia y el Estado. Todo debía 
ser como en 1853, y alterarlo equivalía -y todavía equivale- a traición a la 
patria. Es la patria del bronce patricio donde los hijos de inmigrantes, los 
pueblos originarios y los homosexuales, o no existen porque los 
exterminaron, o no debieran existir por ser una aberración de la naturaleza. 
Dicho taquigráficamente; sólo lo mismo, lo idéntico, lo que no se diferencia 
en ningún punto tiene derecho a la vida. Lo demás, todos los demás, en el 
mejor de los casos son tolerados, como la prostitución.
Una institución siempre procuró históricamente congelarlo todo: la Iglesia 
Católica. Si bien había logrado un curioso acuerdo con el primer 
peronismo -la educación religiosa en las escuelas públicas- terminó 
enfrentando al General, y finalmente lo excomulgó. La Iglesia que no 
excomulgó a Adolf Hitler expulsó de sus filas a Perón. Para el Vaticano el 
peronismo fue un enemigo histórico. No es poco mérito.
Recién con el viraje del Concilio Vaticano II -ese que Benedicto XVI redujo 
a casi nada, para dar cómoda cabida a la derecha del Concilio de Letrán- y 
la aparición de los sacerdotes obreros, los curas del Tercer Mundo, la 
deteriorada relación Iglesia peronismo muta. Claro que el 1 de julio de 
1974, Perón moría sin completar su peleado mandato. Electo pocos meses antes 
presidente de la República por tercera vez, único caso de nuestra 
estadística histórica, con el respaldo de la compacta mayoría, intentó un 
camino de relativa autonomía nacional sintetizado por las tres banderas de 
su movimiento: independencia económica, soberanía política y justicia 
social.
Fracasó, el proyecto fue abandonado.
El hombre que inauguró en 1945 un nuevo ciclo histórico, con la 
incorporación de la clase obrera a la república parlamentaria, moría sin 
lograr cambiar la inserción de la Argentina en el mercado mundial. María 
Estela Martínez de Perón, su viuda, abrió en cambio el curso que Carlos Saúl 
Menem completaría, en otras circunstancias, con idéntica voluntad histórica. 
Es decir, el gobierno más cipayo ejecutó, paso a paso, la política del 
Consenso de Washington. No es poco decir, si se piensa en el tendal de 
víctimas y en el estallido final.
Conviene no equivocarse: El mundo que tuvo a Perón como uno de sus 
protagonistas ya no existe. Ni el welfare state -del que el general fue 
expresión local- ni los llamados países del socialismo real -encabezados por 
la Unión Soviética- soportaron la ácida prueba de la historia. Un camino 
posible se cerró definitivamente en 1989, con la caída del Muro de Berlín, y 
un nuevo curso, orientado por los Estados Unidos, se abrió paso con la 
fuerza de la victoria. El mapa del mundo cambió a velocidad sorprendente, y 
China, la nación más populosa del globo, que en los siglos XIX y XX 
aparentemente no jugó un gran papel, se volvió la potencia emergente. La 
Argentina, en cambio, tras la muerte de Perón reinició un ciclo de 
decadencia cuyo punto cúlmine se registró el 19, 20 y 21 de diciembre de 
2001. Dos preguntas encabalgadas se nos presentan; ¿qué significa la figura 
de Perón a 36 años de su muerte? ¿y cómo afecta la práctica política actual?
Marquemos la cancha. Para los menores de 40 años el General sólo es una 
fotografía borrosa. Ni la naturaleza de su movimiento, ni el enfoque 
estratégico de su conceptualización política, generaron escuela. A tal punto 
que fue reducido a figura iconográfica. Esto es, queda bien disponer de su 
foto en algunos actos -ya Menem se ocupó de descolgarla durante su última 
campaña electoral- y sigue siendo discursivamente un punto de reagrupamiento 
interno. Todavía es una acusación fuerte sostener que el proyecto de Juan no 
es peronismo. Pero lo cierto es que para la compacta mayoría, el peronismo 
es o Menem o los Montoneros. Por tanto, si no se trata de seguidores de 
Menem (como en el caso actual) deben ser montoneros. La taxonomía no puede 
ser más simple y adquirió una suerte de versión universitaria: populismo. 
Eso sí, ya hay populismo en Venezuela, Brasil e incluso en los Estados 
Unidos. Una suerte de explicación omnipresente que borra las diferencias 
específicas y por tanto termina siendo una generalización poco operativa.
Para los mayores de 50 años, el General es una batalla perdida, una 
gigantesca frustración. No importa si fueron o no peronistas, ya que la 
lucha -dentro o fuera del peronismo- se saldó inmisericorde en 1975. Dos 
decretos inconstitucionales permitieron aplastar las organizaciones 
guerrilleras, primero, en Tucumán y luego en todo el país. En el 76 se 
desató la cacería de militantes, y de allí hasta el 2001 la sociedad 
argentina sufrió una suerte de lobotomía colectiva. De modo que la muerte 
del General fue una suerte de prólogo de una muerte más extendida; la 
capacidad de pensar críticamente la sociedad argentina, de transformarla, se 
perdió como horizonte compartido. Por eso, cada intento por restablecer la 
voluntad de no aceptar lo inaceptable resuena como intempestiva clarinada.
El General está muerto, y la posibilidad de su retorno, como parte del 
caudal de experiencias populares, depende de la aparición de un nuevo 
movimiento. Mientras tanto, derecha e izquierda se miden en el debate que se 
libra en el Senado. De un lado la Iglesia Católica que no vacila en jugarse 
entera, encabezando la oposición gorila que atraviesa transversalmente todas 
las fuerzas políticas, incluso las que sostienen al Gobierno, y del otro 
Cristina Fernández. Igual que en 1955, o en 1976, la coalición conservadora 
entiende que se discute en derredor del matrimonio gay. No se trata de un 
debate ideológico, sino de saber quién manda. Después de todo, leyendo un 
texto impreso por integrantes de la St Martin of the Fields, anglicanos 
británicos de Londres, queda claro que el Antiguo Testamento carece de 
modelo familiar único. No existe una sola cita del texto bíblico que remita 
a una familia vincular heterosexual, compuesta por la madre, el padre y los 
dos consabidos niñitos. Y en el Nuevo Testamento, Cristo llama a abandonar 
la familia para seguirlo. Este no es un debate teológico, sino uno 
estrictamente político. En el terreno textual, la postura de la Iglesia 
Católica resulta indefendible, pero  se apoya en los prejuicios más 
retrógrados que esparce sistemáticamente. La fobia contra los homosexuales 
de la Iglesia sólo es comparable a la cantidad de víctimas de abusos 
sexuales infantiles que continuamente aporta. Nadie lo ignora, ni siquiera 
los padres de los abusados, ni la prensa, pero eligen voluntariamente cerrar 
los ojos. Es el precio para que una pareja que se ama, cuya sexualidad no 
sigue el patrón católico, no pueda suscribir un contrato de partes -el 
casamiento no es mas que un contrato refrendado por el estado- y tenga que 
soportar las humillaciones y sevicias impuestas por el Santo Oficio.
Para la oposición derrotar al Gobierno en una cuestión de Estado, ésta no es 
una ley más, y contiene la posibilidad de enhebrar una política que 
transforme el partido del descontento en partido del próximo gobierno. Para 
el Gobierno se trata de otra batalla, y su resultado no está escrito en las 
estrellas 





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