[R-P] [Horacio González] Maradona y el carácter nacional.

Gustavo Battistoni gustavo.battistoni en gmail.com
Vie Jul 2 10:01:44 MDT 2010


SOCIEDAD › OPINION

Maradona y el carácter nacional


  	

 Por Horacio González *

El fútbol resiste bien su conversión en mercancía. Su planetarización
compulsiva no asfixia su enigmática sustancia lúdica. Los abusivos
primeros planos de los rostros de los jugadores en las transmisiones
desde Sudáfrica –de dolor, de exaltación, de bocas escupiendo– son
menos dramáticos que el barroquismo de las buenas jugadas, aun si
fueran tomadas en un plano general, aun si esos planos tomados desde
helicópteros o cámaras aéreas recordasen demasiado el pizarrón de
Zubeldía. Restando del fútbol todo lo que no tiene que ver con su
esquema libidinal-capitalista, queda indemne su último recurso a lo
irreductible del juego. La autonomía del fútbol son sus maniobras
coreográficas, sus ardides irrepetibles. La “jugada preparada” –una
contradicción en sus términos– se redime sólo si se inscribe en las
contingencias del ocasionalismo, los errores abismales o las
genialidades involuntarias. Estas se comentan por años, décadas, acaso
siglos, como el gol uruguayo en 1950 en el Maracaná o la palomita de
Aldo Pedro Poy. Son esas maniobras inesperadas la verdadera
contradanza del fútbol, las que cortan las series lineales con
quiebres repentinos que frustran una expectativa. Los fabricantes de
mitos empiezan a contarlos haciéndose los tontos, sólo por gusto, y
acaban instalando una leyenda.

Como todo juego, el fútbol implica sustancia y accidente, una relación
entre la fuerza que está mejor dotada y la manera en que el azar puede
vulnerarla. Es el don, la gratuidad postrera del fútbol, aunque lo
jueguen jugadores que son multimillonarios. Las burocracias,
instituciones y financiamientos del fútbol no poseen ningún don.
Administran con hombres taimados los estados de gracia del juego. Son
los Grondona, Blatter o Havelange, salidos de diversas profesiones, el
comercio, la abogacía, las finanzas. Son más duchos que los
diplomáticos de carrera; ya tienen integrado su papel de cancilleres
de un nuevo orden mundial. Se saben de memoria la lección de la Unesco
o de la FAO, fingen ser solidarios con los pobres del mundo y
comprenden profundamente que el atípico Maradona festeje tirándose con
su traje reluciente en el pasto humedecido. Antípoda y complemento de
esos jerarcas, Maradona es lo que las viejas antropologías amerindias
denominaron un trickster, es decir, un mediador jocoso, simpáticamente
burlador y tunante, entre las camadas tecnocráticas y las gentes
golpeadas, entre los instrumentos del poder y su desarreglo jovial o
licencioso. Esto es, entre la deseada redención popular y el pobre
sentimentalismo que siempre es el primer umbral de búsqueda para las
emociones más veraces.

Se equivocan los relatores del Mundial cuando dicen “somos Pipita
Higuaín, somos la Pulga Messi”. Falso comunitarismo. Gusto por los
nombres totémicos y las quiméricas identificaciones. Pero esta
compulsiva representación colectiva, como no se es gil ni aun leyendo
la Biblia, la aceptamos a regañadientes. Si hay gol no queremos perder
esa ilusión participativa y de hecho lanzamos nuestro grito ancestral,
que nunca nos parecerá impotente. ¡Cómo vamos a ser Maradona, señor
relator! ¡Usted juega con nuestros sentimientos porque sabe que
nosotros sabemos que toda representación es incompleta, fugaz e
ilusionista! ¡Y que por eso nos gusta! Una nación pende de ese hilo,
lo deseamos porque dura un segundo y después quedará entre los
pliegues oscuros de la memoria. En el sudario de las estadísticas.

No parece que en los deportes de la Antigüedad, pensemos en el
lanzamiento del disco o de la jabalina, se conserve la misma
dramaticidad que hay en el fútbol respecto de la frustración por casa
de la mayor destreza del otro. Frustración del vínculo moral pues las
destrezas no anuncian resultados y viceversa. El fútbol es el deporte
donde el triunfo de la lógica siempre conserva el sabor de lo ilógico.
Estar preparado para el infortunio, eso es el fútbol. Sabe más de
fútbol una conciencia inocentemente frustrada, que la mercadotecnia de
los clubes que exhiben su inerte vitrina de trofeos.

El fútbol mantiene una testaruda frescura a pesar de los sponsors, los
ejecutivos de la FIFA, los relatores deportivos y la avalancha de
lugares comunes que capturan cíclicamente a una porción importante de
la humanidad. ¿Cuál es la razón de que la redonda (“que no se mancha”)
pueda invocarse contra poderes mundiales impuros, “manchados”?
Maradona, caído y resurrecto, forjó una imagen virginal de la pelota.
Mala explicación de un fervor que sin embargo puede justificarse de
otra manera. La pelota es lo más equívoco que podría haber; tiene
consistencia de talismán y atiende al capricho de enojados demiurgos.
El carisma de la pelota obedece al infinito montaje de sus
estratagemas y malicias. Se llama “Dios” en el fútbol a una fuerza
innominada que vulnera la ley a la vista de millones de espectadores.
Maradona se persigna varias veces antes del partido, exceso que ningún
obispo cometería, porque la reiteración obsesiva del ritual ya es
magia; la cábala es el signo fecundador del fútbol, la certeza de que
siempre se está en manos de los dioses. El fútbol es el deporte de los
paganos que quieren inventar una nueva religión y ensayan todas las
liturgias a la vez, engolosinados.

Los héroes populares y nacionales generalmente son personajes astutos,
aunque a veces sólo se perciban sus sutilezas o estoicismos. El fútbol
festeja la simulación, aunque esté repleto de reglas; vive para el
amague, aunque oficialmente prefiere verse como una búsqueda de lo
apolíneo. No se atreve a gozar oficialmente de los oficios del pícaro.
Aunque basta ver el rostro serio de Maradona, dando indicaciones,
órdenes y gritos. Ese rostro desesperado enseguida se descompone para
mostrarse como un fauno burlón, buscando desafíos y rencillas
infinitas. Los últimos restos del honor, que abandonaron las
aristocracias, se refugian en la vida popular. Es el mismo honor de
las edades caballerescas, pero aquí recomienza su carrera con tono
pendenciero, plebeyo cien por cien. Debe aprender todavía a no
jactarse de las victorias y a perder sin retobarse.

En cada conferencia de prensa, Maradona muestra las diferentes etapas
de su aprendizaje. Histrión, hace de gallito sermoneador, pero se
muestra como autor de adoraciones profanas hasta el llanto. Los
cronistas deportivos y Maradona han impuesto la expresión “no
perdonar”. Si se cometen tales y cuales errores, el adversario no
perdona. O bien nosotros no los perdonamos. Vivir maradonianamente es
hacerlo dentro de una crónica donde no perdonamos y no se nos perdona,
pero donde decimos estas frases de sacristía como niños juguetones que
simulan ser generales ante una mesa de arena. En la era Maradona, el
fútbol es más que nunca una patria infantil con lenguaje de enfermería
y batalla: nos dañan, nos lastiman, los lastimamos, tenemos poder de
dañar. A la profecía se la llama “aviso”. “Avisó Argentina.” Los
eufemismos van desde esas quiromancias hasta el premoldeado lirismo,
deliberadamente sobrecargado, de aquel “barrilete cósmico”.

Ahora asistimos a una avalancha de razonamientos y advertencias sobre
la posible (peligrosa) traslación de las cuitas futbolísticas a las
lógicas de carácter económico, político o moral. Incluso, no se pierde
oportunidad de traducir el fútbol a pasiones literarias o filosóficas.
Sin embargo, el fútbol mantiene un núcleo irreductible a cualquier
equivalencia que le señale las consecuencias infortunadas de sus
estructuras económicas o los beneficios redentores de sus
desplazamientos hacia simbolismos artísticos. ¿Denunciar el armazón
capitalista y comunicacional que lo sostiene? Se hizo, y no hay caso.
¿Recordar a Albert Camus –que era arquero en las playas de Argel– como
intérprete de un juego que sería el basamento de cierta santidad
laica? Se hizo, y es lindo. Pero no convence del todo.

Ni capitalismo salvaje ni pedagogía de los hombres que aman
absurdamente su honor, el fútbol persiste gracias a que los verdaderos
merecimientos de una meritocracia deportiva pueden quedar frustrados
por la propia lógica inconsistente del juego. ¿Entonces no hay ley,
virtud ni progreso material en el fútbol? Sí, pero sólo al final de un
largo camino, donde a través de agotadores campeonatos el “mejor”
suele salir ganancioso. Pero el secreto del fútbol es la frustración
de la estadística, el tiempo mítico medido a través de la hechicería
de la “racha” y “el quiebre de la racha”.

Condescendiente, el fútbol permite las estadísticas, aliadas a la
razón. Necesarias enemigas del cabulero, las estadísticas son un falso
momento científico, a la espera de lo que sólo es presente vivo y
quebradizo. Eso que vive en los momentos sacrificiales: el
centroforward que muere al amanecer o la angustia del arquero frente
al tiro penal. Ni Maradona ni Marcelo Bielsa son estadistógrafos o
“psicólogos sociales” como un tal profesor Pellegrini que actúo alguna
vez en el fútbol argentino. Pero siendo trágico Maradona, vive la vida
del que simula seriedad hasta que sale el gozador paternalista; y
siendo argumentador estricto y taciturno, casi recordando las jergas
estructuralistas, Bielsa se hunde en sorprendentes ensimismamientos
trágicos.

En algún momento se escuchó a los partidarios de exorcizar los
correlatos nacionalistas en los encuentros internacionales, pedir que
no se canten los himnos nacionales de los equipos. ¿Se aliviaría así
el vínculo entre la selección nacional, la moneda nacional, la bandera
nacional y el drama nacional? No, el fútbol ya está destinado a ser
una representación colectiva con el hincha en su centro. El hincha es
el coreuta exánime capaz de una emboscada o de las últimas
manifestaciones de tribalismo lírico que pueden ofrecer las violentas
metrópolis contemporáneas. No hay hinchas sin himnos ni himnos sin
hinchas.

El Mundial engaña porque ahí los hinchas son Mick Jagger o Susana
Giménez, gerentes de marketing o dueños de estaciones de servicio. Son
ciudadanos acaudalados viendo fútbol y no mesnadas clientelares; tocan
esas tontas vuvuzelas y no se atreven a la aciaga jornada de honor
arrebatando los “trapos” al enemigo. El verdadero hincha no va a ver
los partidos, sino que se da el lujo de alentar de espaldas, tapado
por banderas –futuras mortajas intrascendentes– mientras combate con
los estandartes rivales. En el último confín, los hinchas viven la
cuestión totémica en serio, ni siquiera son buenos conversadores de
fútbol, como abundan en las clases profesionales, que hablan
futboleramente con sustentos historiográficos y atiborrada
información.

Estos sí son microetnólogos que encarnan el prestigio invertido de una
fusión con la plebe que pasa por nostálgicas idolatrías, Boyé, Varacka
o Bochini, recordando jugadas como sabios ante la piedra de la Roseta.
Sabemos que la del “carácter nacional” es una hipótesis viciada. Pero
el fútbol, con sus ídolos y sus sagrarios, esa pelota que dobla o no
dobla, que se mancha y se desmancha, nos deja creer que de tanto en
tanto hay una emoción colectiva. Es la honra remanente de los pueblos,
andrajo disponible en esta época perturbada, ensayando fórmulas de
efusión comunitaria junto a tecnocracias, agencias de publicidad y
calificadoras de riesgo. Nunca como ahora estamos tan en contacto con
ellas con la tranquilidad paradójica de ser tan diferentes a ellas.
Cuando decimos Maradona, no somos él, no lo queremos ser ni nadie
podría serlo, sino que sin proponérnoslo comenzamos a explorar en
nuestra propia incertidumbre el carácter de una época y de un país,
fatalidad que nos hace tan parecidos a lo que somos tan diferentes.

* Sociólogo. Director de la Biblioteca Nacional.



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