[R-P] [R.J.Brieba?] La silenciada proeza del cabo Baruzzo en Malvinas

Néstor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Lun Feb 22 04:41:44 MST 2010


[La autoría no está clara. En todo caso, R.J. Brieba se lo hizo llegar
al Pepe Muñoz Azpiri, a quien tenemos que agradecerle esta historia de
coraje militar argentino.

¿Chicos de la guerra?

Soldados sanmartinianos.

Pero claro, a quién le puede importar el "cabo Baruzzo", cuando se
puede congelar el patriotismo y el heroísmo en un lejano y broncíneo
"granadero Baigorria"...]

La silenciada proeza del cabo Baruzzo

De todos los suboficiales de Ejército que estuvieron en Malvinas, solo
dos recibieron la máxima distinción a que puede aspirar un hombre de
armas argentino: la Cruz al Heroico Valor en Combate.


Uno, el Sargento primero Mateo Sbert, muerto en el combate de Top Malo
House. El jefe de su sección, Capitán José Vercesi, se ha encargado de
que su historia se haya publicado en la revista “Soldados” y en
general tuviera cierta divulgación. (Aunque, claro, muy por debajo de
la que amerita a nivel nacional).

El otro, sigue siendo un perfecto desconocido, aún para muchos
estudiosos del tema Malvinas. Si uno quiere averiguar por qué le fue
conferido tan alto galardón, no se va a enterar ni googleándolo. Se
trata del cabo Roberto Baruzzo del Regimiento 12 de Infantería de
Mercedes. Y vaya si su historia, de ribetes cinematográficos, vale la
pena ser contada!

Tuve el honor de conocer a Baruzzo, oriundo del pueblo de Riachuelo,
Corrientes, en el 2009, cuando el Centro de Ex-Combatientes de esa
provincia me invitó a dar allí una charla. Descubrí a un hombre de
rostro aniñado, sin ínfula alguna, de perfil muy bajo, puro y
transparente hasta rayar en la ingenuidad.

Su unidad había sido ubicada primero en el Monte Kent, para después
ser enviada a Darwin. Pero una sección compuesta mayormente de
personal de cuadros, con Baruzzo incluido, se quedó en la zona, al
mando del teniente primero Gorriti.

En los días previos al ataque contra Monte London, los bombardeos
ingleses sobre esa área se habían intensificado. El mismo Baruzzo fue
herido en la mano por una esquirla. En una de las noches, el cabo oyó
gritos desgarradores. A pesar del cañoneo, salió de su pozo de zorro y
encontró a un soldado con la pierna destrozada por el fuego naval
enemigo. Sin titubear, dejó su fusil y cargó al herido hasta el puesto
de enfermería, tratando de evitar que se desangrara.

Lo peor aún estaba por venir.

En la noche del 10 al 11 de junio, estuve observando desde Puerto
Argentino el espectáculo fantasmagórico que ofrecía la ofensiva
británica. En medio de un estruendo ensordecedor, los montes aledaños
eran cruzados por una miríada de proyectiles trazantes e
intermitentemente iluminados por bengalas. Se me estremecía el alma de
imaginar que allí, en esos momentos, estaban matando y muriendo muchos
bravos soldados argentinos.

Allí, en medio del fragor, la sección de Baruzzo ya se había replegado
hacia el Monte Harriet, sobre el cual los ingleses estaban realizando
una acción envolvente. Varios grupos de soldados del 12 y del
Regimiento 4 quedaron aislados. El teniente primero Jorge Echeverría,
un oficial de Inteligencia de esta última unidad, los agrupa y
encabeza la resistencia, Baruzzo se suma a ellos y ve a al oficial
parapetado detrás de una roca, disparando su FAL.

Baruzzo despoja a uno de los caídos británicos de su visor nocturno.
“Ahora la diferencia en recursos ya no será tan despareja”, piensa.
Con el visor va ubicando las cabezas de los ingleses que asoman detrás
de las rocas, y tanto Baruzzo, como su jefe afinan la puntería. Los
soldados de Su Majestad, por su parte, los rocían de plomo e insultos.

Las trazantes pegan a centímetros del cuerpo del oficial, hasta que
finalmente este es herido en la pierna y cae en un claro, ya fuera de
la protección de la roca. Cuando Baruzzo se le quiere acercar, un
inglés surge de la oscuridad y le tira al cabo. Yerra el primer
disparo, aunque la bala pega muy cerca, pero antes de que pueda
efectuar el segundo, Echeverría, disparando desde el suelo, lo abate.
Otro inglés le tira a Echeverría, pero Baruzzo lo mata de un certero
disparo. Cerca de ellos, el conscripto Gorosito pelea como un león.
Los adversarios están a apenas siete u ocho metros uno del otro y sólo
pueden verse las siluetas en los breves momentos en que alguna bengala
ilumina la zona.

Echeverría está sangrando profusamente: tiene tres balazos en la
pierna. El joven cabo – de apenas 22 años – con el cordón de la
chaquetilla del oficial, le hace un torniquete en el muslo. La pierna
de Echeverría parece teñida de negro y también luce negra la nieve a
su alrededor. El teniente primero dice empero que no siente nada, solo
frío. Baruzzo trata de moverlo. Echeverría se levanta y empiezan a
caminar por un desfiladero, mientras a su alrededor siguen impactando
las trazantes. De repente, de atrás de un peñasco, entre la neblina y
las bengalas, surge la silueta de un inglés, quien dispara, y le da de
lleno a Echeverría. Baruzzo contesta el fuego y el atacante se
desploma muerto.

Esta vez Echeverría había sido herido en el hombro y el brazo: una
sola bala le causo dos orificios de entrada y dos de salida. El
teniente primero cae boca abajo y Baruzzo ve que le está brotando
sangre por el cuello. “Se me está desangrando!”, se desespera el cabo.

Aún hoy, el suboficial no puede hablar de su jefe sin emocionarse:

“El es uno de mis más grandes orgullos. Un hombre de un coraje
impresionante. Allí, con cinco heridas de bala, estaba íntegro, tenía
una tranquilidad increíble, una gran paz. Con total naturalidad, me
ordenó que yo me retirara, que lo dejara morir allí, que salvara mi
vida. Me eché a llorar. Como iba a hacer eso? Yo no soy de abandonar!
Y encima a este hombre, que era mi ejemplo de valentía! Tenía conmigo
intacta la petaquita de whisky que la superioridad nos había dado
junto a un cigarrillo; es que yo no bebo ni fumo. Y le di de tomar.
“Eso si que está bueno¨, me comentó. En cierto momento, no me hablaba
más, había perdido el conocimiento. La forma en que sangraba, era una
guarangada. Lo cubrí, lo agarré de la chaquetilla y empecé a
arrastrarlo”.

Súbitamente, Baruzzo se vio rodeado por una sección de Royal Marines
del Batallón 42. Sin amilanarse, desenvainó su cuchillo de combate,
pero uno de los ingleses con el caño de su fusil le pegó un ligero
golpe en la mano, como señalándole que ya todo había terminado.
Baruzzo, cubierto de pies a cabeza con la sangre de Echeverría, dejó
caer el arma, Y el mismo soldado enemigo lo abrazó con fuerza,
fraternalmente. “Eran unos señores”, me comenta el cabo.

Al amanecer, al ver que no tenía heridas graves, sus captores le
ordenaron que, con otros argentinos, se dedicara a recoger heridos y
muertos. “Yo personalmente junté 5 ó 6 cadáveres enemigos”, me cuenta
Baruzzo. “Pero en internet los ingleses dicen que en ese combate sólo
tuvieron una baja!”

Echeverría fue helitransportado por los británicos al buque hospital
“Uganda”, sobrevivió, recibió del Ejército Argentino la medalla al
Valor en Combate y hoy vive con su mujer y dos hijas en Tucumán (la
menor tenía dos añitos en el 82).

Baruzzo también tiene dos hijas, a las que bautizó Malvina Soledad y
Mariana Noemí, y vive en su Corrientes natal. En su pago chico ha
tenido un par de halagos que merecía: hay una calle con su nombre y
hasta le fue erigido un busto en vida. Pero aún así, nadie repara en
su existencia, ni conoce su proeza.

Poco después de la guerra, el 15 de noviembre del 82, Baruzzo recibió
una carta del teniente primero, donde este le agradece su “resolución
generosa y desinteresada, su sentido del deber hasta el final, cuando
otros pensaron en su seguridad personal. Toda esa valentía de los
“changos”, son suficiente motivo para encontrar a Dios y agradecerle
esos últimos momentos. Pero, así Él lo decidió, guardándome esta vida
que Usted supo alentar con sus auxilios”.

El oficial le cuenta que lo ha propuesto para la máxima condecoración
al valor y le manifiesta su “alegría de haber encontrado un joven
suboficial que definió el carácter y el temple de aquellos que forman
Nuestro Glorioso Ejercito, y de los cuales tanto necesitamos”.

Personalmente, Baruzzo volvió a encontrarse con Echeverría recién 24
años después de aquella terrible noche. Ambos lloraron, el oficial le
mostró sus heridas, dijo que el cabo había sido su ángel de la
guardia, y le regaló una plaquetita, con la inscripción: “Estos
últimos 24 años de mi vida testimonian tu valentía”. También le contó
que en el buque-hospital los médicos británicos dejaron que le
siguiera manando sangre un buen rato, para que así se lavara el
fósforo de las balas trazantes.

“You have very good soldiers” (“Usted tiene muy buenos soldados”), le
espetaron los militares ingleses al ensangrentado teniente primero.

Un reconocimiento que la sociedad argentina, en pleno, aún le debe a
Echeverría, a Baruzzo, a Gorosito, a Pinzos y a tantos otros callados
y acallados héroes de Malvinas.

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Néstor Gorojovsky
El texto principal de este correo puede no ser de mi autoría




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