[R-P] Colombia, país de delfines políticos
Néstor Gorojovsky
nmgoro en gmail.com
Dom Feb 14 11:31:29 MST 2010
Gentileza Roberto Blanco
Fuente: http://www.semana.com/noticias-nacion/pais-delfines/134935.aspx
[Lo que más molesta en la oposición destituyente de la Argentina es su
doble vara de medir. Odian el “nepotismo” kirchnerista, que solo se
limitó hasta ahora a un recambio en la Casa Rosada entre dos
militantes que, además, forman una pareja, y que, como puede verse en
los hechos, tenían iguales méritos para ocupar la Presidencia. Pero
aman, en cambio, la “democracia” colombiana, donde media docena de
familias se entregan mutuamente la Presidencia desde hace siglo y
medio.
El hecho de que aparezcan “caras nuevas” en la política está, por lo
general, asociado a la resolución de viejas antinomias y el inicio de
etapas nuevas, revolucionarias por lo general (pero a veces
contrarrevolucionarias también), en la vida de un país. Cuando todo se
arrastra en una larguísima indefinición, cuando no se resuelven las
contradicciones antagónicas y la guerra de clases se abomba en un Mar
de los Sargazos progresivo, las caras tampoco se renuevan.]
País de delfines
/En las elecciones de marzo y mayo ya está en juego la estirpe de seis
presidentes y uno de los mártires del siglo XX./
PORTADA
Las próximas elecciones demuestran que en Colombia es muy útil tener
un ancestro ilustre.
Sábado 13 Febrero 2010
<Epígrafes de fotografías, que en este formato no se pueden mostrar>
Rodrigo Lara Bonilla fue ministro de Justicia y murió en 1984 a manos
de sicarios de Pablo Escobar. Tuvo cuatro hijos y dos heredaron su
vena política. Rodrigo Lara Restrepo (arriba), es senador de Cambio
Radical, y Rodrigo Lara Sánchez (abajo), candidato al Senado por el
movimiento Compromiso Ciudadano.
Julio César Turbay Ayala fue presidente de Colombia de 1978 a 1982.
Murió en 2005. Su hijo mayor, Julio César Turbay Quintero, es el
actual Contralor General de la República.
Fuad Char es un empresario barranquillero, dueño de la cadena de
tiendas Olímpica, pero el país lo ha conocido más como gobernador del
Atlántico y senador. Su hijo Alejandro Char también ha ocupado la
Gobernación y desde 2008 es el alcalde de Barranquilla.
Las dinastías también se dan en Estados Unidos. Los Clinton y los Bush
controlaron la política de ese país por 20 años.
George H. Bush (padre) fue elegido presidente en 1988. En 1992 perdió
frente a Bill Clinton. Y éste a su vez le devolvió el trono a los Bush
en 2000, a George W. (hijo). En 2008, la esposa de Clinton, Hillary,
estuvo muy cerca de la Casa Blanca. Aunque no pudo contra el carisma
de Barack Obama, hizo historia y ahora es su secretaria de Estado.
Lo más parecido que tiene Estados Unidos a la realeza es la familia
Kennedy. Tres de los nueve hijos de Joseph y Rose Kennedy hicieron
historia. John fue presidente entre 1960 y 1963; Robert siguió sus
pasos políticos y fue senador demócrata y Ted, el menor, fue senador
durante 46 años y sólo abandonó su curul en 2009.
Alberto Fujimori fue presidente de Perú desde 1990 hasta 2000. Ahora
está en la cárcel por violación de derechos humanos y fraude. Su hija
Keiko es senadora y tiene chance de ganar las elecciones
presidenciales de 2011.
El general Ómar Torrijos fue dictador de Panamá de 1968 a 1978 y se le
recuerda por negociar los tratados del Canal con Estados Unidos. Su
hijo Martín fue presidente de 2004 a 2009.
<Fin de epígrafes>
Hasta hace poco en Colombia se pensaba que la democracia hereditaria
era un rasgo del ADN político del país. Eso no es del todo cierto. En
muchos países del mundo existen familias que construyen verdaderas
dinastías a punta de votos. Pero lo que sí es particular del caso
colombiano es el entusiasmo con el que se practica. Y tal vez nunca
antes como en las elecciones que se aproximan.
En las jornadas de marzo y mayo se pondrá en juego la estirpe de seis
presidentes que han gobernado a Colombia en los últimos 75 años. Lo
que puede ser considerado un verdadero récord. Hasta ahora, esa marca
sólo la igualaba las elecciones de 1974, cuando se dio el caso
excepcional y tal vez irrepetible de que los únicos tres candidatos a
la Presidencia eran todos hijos de ex presidentes: Alfonso López
Michelsen, Álvaro Gómez Hurtado y María Eugenia Rojas.
En las elecciones de este año son más los nietos que los hijos de ex
presidentes los que han puesto sus nombres a consideración de los
electores. Germán Vargas, nieto de Carlos Lleras, y Juan Manuel
Santos, sobrino-nieto de Eduardo Santos, van a disputar la
Presidencia. Felipe Zuleta, nieto de Alberto Lleras, e Iván Moreno,
nieto del general Gustavo Rojas Pinilla, buscan una curul en el
Senado. Y en la Cámara de Representantes intenta repetir Simón, el
hijo de César Gaviria, y se estrena Miguel Gómez, nieto de Laureano,
quien también heredará los votos de su papá, el hoy senador Enrique.
Pero esos no son los únicos delfines en las agitadas aguas de la
política. También están los hijos de personajes políticos a los que la
mafia les acabó a balazos una fulgurante carrera política. Es el caso
de Juan Manuel Galán, hijo de Luis Carlos, que encabeza la lista del
Partido Liberal para el Senado, y de los dos Rodrigo Lara, hijos del
ex ministro del mismo nombre, que disputan sendas curules para el
Senado, uno en la lista de Cambio Radical y el otro en la lista de
Compromiso Ciudadano, el movimiento de Sergio Fajardo. Y también está
Iván Cepeda, hijo de Manuel, el senador de izquierda asesinado, que
decidió lanzarse en estas elecciones a la piscina de la política en el
Polo Democrático.
Eso sin contar con los herederos que ocupan hoy cargos públicos. El
hijo de Julio César Turbay, que lleva su mismo nombre, es el contralor
general, y su nieta es hoy asesora del Ministerio de Comunicaciones y
está en la baraja de favoritas para ocupar el cargo de ministra. El
nieto del general Rojas Pinilla, Samuel, es alcalde de Bogotá, y la
hija de Virgilio Barco, Carolina, es embajadora en Washington.
Pero esa es sólo la fotografía de Bogotá. Si se abre el lente a todo
el país se ve una tupida telaraña de árboles genealógicos en los que,
sin importar si son de sangre azul o roja, los hijos de los políticos
heredan poder, maquinarias o votos. En Barranquilla, el alcalde es de
la dinastía Char. En el Valle, el gobernador es hijo del ex senador
Carlos Herney Abadía y el alcalde es hijo del desaparecido jefe de la
guerrilla del M-19 Iván Marino Ospina. Y en las listas al Congreso hay
hijos de decenas de ex congresistas y ex ministros: los Holguín del
Valle, los Guerra de Sucre y de Antioquia, los Garavito de Risaralda,
los Yepes de Caldas, los Curi de Bolívar, por mencionar sólo unos
cuantos.
La tradición del delfinazgo está tan arraigada en Colombia, que hasta
se convirtió en argumento central para una novela. El mordaz crítico
político Álvaro Salom Becerra, en su obra El Delfín, creó un
personaje, Clímaco Arzayuz, que era una síntesis de esa faceta de la
realidad nacional.
Las dinastías
Que los votos se transmitan por la cadena genética no es un fenómeno
nuevo en Colombia. Más bien ha sido la nota común en los 200 años de
su historia republicana. De los 28 presidentes que tuvo el país en el
siglo pasado (sin contar la junta militar), nueve, es decir la tercera
parte, tenían vínculo de consanguinidad con algún antecesor en el
cargo, y cuatro más (Eduardo Santos, Laureano Gómez, Gustavo Rojas y
Julio César Turbay) dieron pie al comienzo de nuevas dinastías que aún
hoy no se resignan a no repetir en la Casa de Nariño.
La monarquía del voto en Colombia se ha personificado en seis
familias, los Ospina y los Mallarino, con tres presidentes cada una; y
los López, los Pastrana, los Mosquera y los Lleras, con dos cada una.
El fenómeno, como ya se dijo, tampoco es un atributo exclusivo de la
política colombiana. India, por ejemplo, es todo un paradigma de la
democracia hereditaria. Jawaharlal Nehru ganó las primeras elecciones
después de la independencia (1947) y desde entonces el linaje de su
familia se ha mantenido en el epicentro del poder. Su hija Indira
Gandhi fue elegida dos veces primera ministra. El hijo de ésta, Rajiv,
fue el séptimo primer ministro. Y la viuda de este, Sonia, ocupó el
cargo en 2004. Ahora nadie duda de que el heredero Rahul Gandhi, hijo
de Rajiv y Sonia, volverá al trono.
Estados Unidos, que se considera la cuna de la democracia moderna,
tampoco es una excepción. La dinastía de los Kennedy ha tenido un
papel protagónico en el ámbito político y los Bush no se quedan atrás.
Los dos presidentes George son, respectivamente, hijo y nieto de
Prescot, un polémico senador de la primera mitad del siglo pasado. Una
sola cifra lo dice todo: de los 43 presidentes de Estados Unidos,
cuatro son hijos de presidentes, lo cual quiere decir que el 10 por
ciento de los mandatarios han sido delfines.
Y en Latinoamérica también cunden los ejemplos. En Costa Rica y Chile,
José María Figueres y Eduardo Frei abrieron el camino para que sus
hijos, con idénticos nombres, llegaran también a la Presidencia. En
Panamá, el general Ómar Torrijos hizo lo propio con Martín, quien
acaba de dejar la Presidencia en el istmo. A otros delfines, como al
mexicano Cuauhtémoc Cárdenas, hijo de Lázaro, no les ha ido tan bien,
pues sólo les ha alcanzado el legado para ser senador y alcalde. Y
Keiko, la hija de Alberto Fujimori, medirá la pureza de su sangre
electoral en las próximas elecciones.
El hecho de que la democracia hereditaria sea común y siga estando en
boga en muchos países no quiere decir que no sea una práctica que
tiene muchos siglos. Desde la Edad Media, y durante varios siglos, el
poder y las tierras se heredaban por el simple hecho de nacer en el
seno de la familia real. De hecho, la palabra 'delfín' viene desde
entonces. Se acuñó hace 800 años y era el título nobiliario que les
daban a los príncipes herederos al trono de lo que hoy es Francia. La
religión ayudó también a consolidar ese estado de cosas y también lo
hizo la ciencia. Todavía en el siglo XIX, por ejemplo, el científico
británico Sir Francis Galton, que gozaba de prestigio por ser primo de
Charles Darwin, llegó a la conclusión de que "la habilidad del
estadista es ampliamente transmitida o heredada".
Lo que llama la atención es que esa institución del 'delfín' haya
sobrevivido hasta hoy. Y sobre todo, que exista después de cambios tan
radicales en los sistemas políticos de Occidente, como los provocados
por las revoluciones Francesa y Rusa, que revirtieron el statu quo
donde las dinastías se heredaban el poder de manera autocrática. Y
después de que la genética, contrario a lo dicho por Galton, ha
demostrado que el liderazgo no se hereda sino que se adquiere
Hoy muchas dinastías han sobrevivido en la política por la vía de la
democracia. Los nombres y apellidos de hombres que marcaron la vida
pública terminan beneficiando a los herederos que quieren seguirles
los pasos. Hay una transferencia de la credibilidad y el buen nombre a
los descendientes en un mundo donde la política está totalmente
desprestigiada. En Colombia, por ejemplo, es evidente que los delfines
no son simples convidados de piedra a los que se les invita para que
con su nombre le den algo de glamour al partido. El caso del Partido
Liberal, por ejemplo, es revelador. El Senado lo encabeza un delfín,
Juan Manuel Galán; el número dos de la lista es otro delfín, Felipe
Zuleta, y la lista de la Cámara la lidera uno más, Simón Gaviria.
Contrario a lo que se podría pensar, los puestos privilegiados de los
delfines, en algunos casos, responden a una lógica electoral debido a
que son personas que impactan en la opinión. En particular, el
apellido Galán se ha convertido en una marca que simboliza valentía y
transparencia y por lo tanto ha demostrado ser un hit en el mercadeo
político. Faltó poco para que dos delfines de esa dinastía encabezaran
dos de las más poderosas listas al Senado. Carlos Fernando Galán, que
salió elegido como el concejal de Bogotá con más alta votación de la
historia reciente, estuvo a punto de encabezar la lista al Senado de
Cambio Radical. Y su hermano Juan Manuel se ganó la cabeza del
liberal, gracias a que hace cuatro años en su primera incursión
electoral sacó 64.000 votos y duplicó en votos a la combativa y
reconocida ministra que lideraba la lista.
Pero ¿por qué siguen siendo tan atractivos los delfines? Una posible
respuesta es que ante la pérdida de crédito de la política en
Colombia, un apellido tatuado en la memoria de la Nación inspira más
confianza en un pueblo escéptico frente al cinismo de sus gobernantes.
En los tarjetones de este año parece haber una relación inversamente
proporcional entre el número de candidatos de opinión y el número de
delfines. Es decir, este año, ante la ausencia de figuras fuertes
entre los llamados candidatos de opinión, que se han espantado por los
escándalos de los últimos años del Congreso, parecen brillar los
herederos de las dinastías políticas.
Hay que tener en cuenta que el hecho de que todos sean parte de la
monarquía de las urnas no los hace iguales. Hay delfines de delfines.
Algunos heredan el carisma, otros la maquinaria y otros la ambición.
Luis Carlos Galán, por ejemplo, no alcanzó a llegar a la Presidencia.
No les heredó a sus hijos poder, sino la grandeza de su lucha contra
las mafias. El mártir es sin duda la figura más potente para
catapultar a las futuras generaciones en la vida pública. "Nosotros no
heredamos poder, ni maquinaria... pero heredamos el cariño de la
gente", explica Carlos Fernando Galán.
Pero no todo es color de rosa. Para Simón Gaviria la experiencia ha
sido distinta. Él suele decir que de su papá en política ha heredado
sobre todo enemigos. Hace unos días llegó a su oficina un dirigente
sindical para hablar sobre el proyecto de ley sobre derechos de los
pacientes y luego de que le ofreció su apoyo le dio el puntillazo:
"con esta norma, doctor Simón, usted va a solucionar muchas de las
embarradas que hizo su papá con la Ley 100". ¿Qué tanto incidió la
figura de Laureano Gómez para que su hijo Álvaro no pudiera ganar en
ninguno de sus tres intentos por la Presidencia?
La historia del país ha demostrado que se puede heredar apellido,
nexos y a veces poder, pero eso no hace que el delfín gane
automáticamente una elección. Tal vez lo de ser 'delfín' es algo más
simple. Y tiene que ver con que así como el hijo del panadero aprende
todos los secretos del oficio de su padre, también es cierto que para
el ejercicio del poder tiene una ventaja Simón Gaviria, que jugó
carritos en la Casa de Nariño mientras su papá discutía los pormenores
de la Asamblea Constituyente, o Carlos Fernando Galán, que recorría a
los 8 años todas la plazas públicas del país y se aprendía los
discursos de su papá de memoria. Y, como en cualquier otro oficio, un
apellido famoso ayuda, pero definitivamente no es suficiente.
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Néstor Gorojovsky
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