[R-P] [Tito Cossa] Otro día de furia.
Gustavo Battistoni
gustavo.battistoni en gmail.com
Dom Feb 7 11:29:10 MST 2010
[Excepcional]
BASADO EN HECHOS REALES
Otro día de furia
Por Roberto “Tito” Cossa
El juez cerró el expediente, se quitó los anteojos y dijo:
–Les conviene arreglar.
El abogado, nuestro abogado, hizo un gesto como diciendo “yo se los
dije”. Miré a Bernardo. Me pareció que yo estaba en mejores
condiciones para negociar.
–Señor juez. El chico era un colaborador. Se acercó a nosotros
diciendo que le gustaba el teatro, que quería aprender. Le tirábamos
unos pesos...
–En el expediente no está claro. Hay datos que indican una relación de
dependencia. Y como ustedes saben, en caso de duda, la Justicia decide
a favor del trabajador.
–¡Qué trabajador! –explotó Bernardo.
Le pegué una patadita en el tobillo por debajo de la mesa. E insistí.
–Señor juez... Somos una sociedad sin fines de lucro, destinada a la
divulgación del autor argentino. Ninguno de nosotros recibe un peso...
hasta nos pagamos el café que consumimos.
Me pareció que no lograba conmoverlo.
–La Legislatura de la ciudad nos destacó como espacio de interés
cultural, se nos reconoce internacionalmente, en noviembre cumplimos
80 años de existencia, somos el primer teatro independiente de América
latina...
Ni parpadeó. Es más, me di cuenta de que empezábamos a fastidiarlo.
–El chico arregla por 18.000 pesos. La demanda es por 35.000 más las
costas. Les conviene. Es un buen arreglo.
Cuando salimos del juzgado ya era de noche, garuaba y hacía mucho
frío. Nos detuvimos por un instante en la vereda.
–¡Dieciocho mil pesos...! –me quejé.
–Tres puestas en escena –calculó Bernardo.
Bernardo y el abogado se metieron en un taxi. Yo estaba cerca de casa
y preferí caminar, a pesar del frío y la garúa. Levanté la solapa del
sobretodo, crucé la bufanda hasta los ojos y me calé la gorra hasta
las orejas.
No podía sacarme de la cabeza al pendejo que con cara angelical y
gestos tímidos decía que se sentía feliz de estar en el teatro.
Recordé el día en que me trajo unas carillas. Quería escribir cine.
Nos reunimos dos o tres veces. Escuchaba extasiado mis opiniones. Se
le humedecían los ojos y decía gracias, mil gracias.
Justicia de mierda, me dije, como si fuera un descubrimiento. ¿Cómo
trata a una entidad sin fines de lucro, generosa, como si fuera la
Coca-Cola? ¿Por qué iguala el despido injusto de un trabajador con las
mañas de un lumpen que traiciona la buena fe de la gente?
Llegué a Callao y me detuve para esperar el cambio de luz del
semáforo, cuando de pronto apareció él. Lo primero fue la voz. Una voz
rasposa, irritada.
–¡Dame guita!
Volví la cabeza y estaba ahí, a medio metro de mí. No tenía quince
años. Vestía una remerita sin mangas, desteñida, unos vaqueros
tajeados y unas zapatillas destartaladas. Metí la mano en el bolsillo
y saqué una moneda.
–¡¿Qué me das?! ¡Dame guita en serio!
Avanzó la mano izquierda hacia mí. Algo relucía entre sus dedos. Un
cuchillo o una faca. No dijo “esto es un asalto”, pero de eso se
trataba. Dudé un instante. Me tomé un tiempo para observarlo. Temblaba
y el rostro parecía el de un adulto cargado de rencor. Estaba drogado
hasta las pestañas. Comprendí que debía salir de esa situación cuanto
antes. Busqué en uno de los bolsillos y extraje unos billetes con la
idea de darle diez pesos y terminar de una vez por todas. Actuó con
rapidez. Me manoteó los cuatro o cinco billetes que tenía y salió
corriendo a mis espaldas.
No me volví para mirarlo. Quedé plantado en esa esquina, como una
estatua. Me sentí humillado, violado. Me llevó un tiempo reaccionar.
Hasta que decidí irme a casa.
No podía abrir la puerta. La mano me temblaba y me costó embocar la
cerradura. Pegué un portazo y lo primero que hice fue ir hacia la
heladera. Necesitaba un trago. Estaba cargado de odio. Coloqué dos o
tres cubitos en un vaso y decidí abrir la botella de Chivas que tenía
guardada para alguna ocasión especial. Bebí sin respirar. Después del
segundo vaso sentí que me calmaba.
Puse en marcha la calefacción, ocupé mi sillón del living y encendí el
plasma. En la pantalla un alienígena millonario mostraba unos zapatos
que le habían costado mil dólares y un reloj de cinco mil. La gente lo
celebraba y le pedía autógrafos. Una mujer dijo que lo amaba. Cambié
de canal. Aparecían mujeres casi desnudas que se contoneaban y tipos
que lanzaban risotadas impúdicas. Y otro canal y más gente que se reía
y decía que se sentía feliz. Y otro canal. No podía concentrarme.
Hasta que en la pantalla apareció un periodista a quien conocí durante
un viaje a Cuba. Era un tipo brillante. Viajaba invitado por una
entidad de apoyo a la Revolución Cubana que lo consideraba un aliado.
Compartimos varias trasnoches y me gustaba escuchar cómo analizaba,
más allá de sus problemas, los logros de la Revolución. Me acordé de
aquel viaje y le presté atención. Con expresión adusta advertía que el
país marchaba hacia el caos y que la única salida era volver a
privatizar las jubilaciones y Aerolíneas. Que de esa manera vendrían
los capitales internacionales. Volví a recordar al periodista de
aquellos tiempos y me pregunté cómo había cambiado tanto. Hace un
tiempo alguien me dijo que estaba cobrando cien mil pesos por mes.
Apagué el televisor y me fui a la cama. Me costó dormirme. No me podía
sacar de la cabeza al chorrito. ¡Pendejo hijo de puta! Me robó. Me
humilló. Me violó. Recordé la imagen: zaparrastroso, drogado,
temblequeante. ¿Por qué temblaba? ¿Por el frío o por el miedo?
¿Qué debí hacer? ¿Enfrentarlo? No me hubiera animado. ¿Gritar al
ladrón cuando salió corriendo? Hubiera sido trasladarles a otros lo
que yo debería haber hecho. ¿Hacer la denuncia policial? ¿Para qué?
El whisky había hecho lo suyo y me quedé dormido.
¿Qué debiste hacer con el pibe chorro?
Pedirle perdón.
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