[R-P] [Jorge Rachid] Los condenados de la tierra
Néstor Gorojovsky
nmgoro en gmail.com
Mar Dic 21 13:40:27 MST 2010
“LOS CONDENADOS DE LA TIERRA”
Un artículo de Jorge Rachid
“Donde existe una necesidad nace un derecho”
EVA PERON
El título refiere al libro de Franz Fanon, argelino, médico, siquiatra
que describió con precisión las conductas sociales y la expresión de
la violencia de los pueblos colonizados. Allí analizó las conductas de
los sectores desplazados en ese proceso, aquellos que no aceptaron las
leyes de los colonizadores, creando sus propios mecanismos de
subsistencia, estando fuera de la lógica de integración social que
pretendía el poder, elaborando esos sectores, sus propias pautas de
conductas, ajenos al funcionamiento del sistema dominante. Los
denominó Fannon con la categoría marxista de Lumpenes, refiriendo
aquellos sectores que por debajo socialmente del proletariado en el
planteo de Marx, generalmente marginales y desplazados, dedicaban sus
actividades generalmente hacia lo ilícito, incluso ejerciendo
violencia horizontal entre pares, la primer etapa de la violencia del
marginado.
En este sentido del análisis, para tratar de entender en nuestro país
los acontecimientos de sectores sociales que buscan visibilizarse,
podemos acudir al manejo del poder del panóptico de Michael Foucault
en su libro “Vigilar y Castigar”, que tiende al análisis certero de
las formas de opresión del poder político por sobre la población en
todas sus variantes. Sin dudas quienes visualizan al poder desde la
óptica de su propia realidad marginal, del desplazamiento social y
desde la humillación, es decir desde el lugar del “otro” tendrán una
imagen similar a la planteada en ambos casos, apareciendo en el
imaginario como el puño férreo del monstruo bíblico del Leviatan,
descripto por Thomas Hobbes, describiendo al Estado.
Imaginemos por un momento a aquellos sectores sociales, integrados con
trabajo estable y proyecto de vida hasta que entró a sangre y fuego el
sistema neoliberal como verdadera fuerza de ocupación,, siendo
expulsados en forma violenta por la lógica economicista neoliberal del
76 y luego del 90 que entre otras cosas planteaba que “achicar el
Estado es agrandar la Nación”, mientras millones de compatriotas eran
arrojados a las banquinas de la historia, invisibilizados por una
sociedad que aplaudía la convertibilidad y el viaje al exterior,
mientras destrozaba familias enteras y endeudaba al país en un
pensamiento mágico de modernidad supuestamente sin costo ni
sacrificios, de golpe con una decisión política aplaudida por los
factores de poder y elogiada por el mundo “civilizado”, mientras
condenaba a las mayorías populares argentinas a la pauperización
absoluta y el empobrecimiento.
Esa ruptura cultural, de la cultura del trabajo a la cultura de
subsistencia, dejó un legado a las nuevas generaciones, cuyo destino
lejos de aspirar a la movilidad social, lucharon por su sobrevivencia
del día a día, no como quisieron sino como pudieron, aún en el delito.
Fácil es la condena desde el adentro, desde “nosotros” que sólo
reconocemos en los “otros” todos los males sociales, desde un afuera
que no nos compromete como actores sino con mirada simplemente de
testigos de la historia. Juzgamos y estigmatizamos la pobreza asociada
al delito, no entendemos los códigos sociales de los sectores
marginales a nuestra sociedad, ni sus conductas, ni sus prioridades,
aún sus propios mecanismos de relacionamiento social, con sus pautas
de conducta, diferentes a la nuestras, por necesidad y también por
incomprensión.
Lo vivimos diariamente frente al dolor del abandono y la pobreza,
juzgamos y marcamos como forma de alejar de nosotros la
responsabilidad de situaciones que lastiman y duelen. Lo vemos con los
niños en situación de calle, con los migrantes hermanos
latinoamericanos, con quienes duermen en las veredas transitadas, con
quienes no hablamos, no cruzamos palabras ni miradas, queriendo no ver
la peor cara de nuestra sociedad. Lo primero que hacemos es clamar por
el gobierno y su solución como si ésta fuese mágica, o por exigir la
expulsión de los migrantes, en una suerte de discriminación que nunca
debió anidar en la sociedad argentina, mayoritariamente alineada con
la Patria Grande Latinoamericana.
Define la UNESCO desde Naciones Unidas, que los tiempos de
recuperación económica después de una crisis lleva una década, la
social y la cultural de arrasamiento de los valores identitarios como
el trabajo, la solidaridad, el compromiso, rehacer el destino común en
el país, lleva 30 años. Es mucho mas rápido destruir que construir un
sistema social solidario, integrar al imaginario común de los
argentinos que existe un camino a recorrer, que incluso la propiedad
privada tiene que tener un compromiso social que hasta la Iglesia
promueve, que sólo el amor y la comprensión pueden construir la
felicidad del pueblo, nunca el rencor social ni el desprecio por el
“otro”.
Debe ser duro para muchos sectores, vecinos, de nuestra comunidad,
convivir con sectores, también vecinos nuestros, con culturas propias
construídas por años de marginación e injusticia, que cuando se
expresan lo hacen desde sus necesidades, desde sus conceptos y de su
forma de vida, producto sobreviviente de un mundo hostil. En especial
los jóvenes que han convivido y crecido con padres sin trabajo, que
han debido sobrevivir en medio de la basura y sin esperanzas ni
proyecto de vida, después de haber sido sus mayores, obreros
calificados, con sueños para sus hijos, anhelos para su familia,
apostando a la movilidad social ascendente, con la historia cultural
que dejó el peronismo en el país, destruída en un instante por una
lógica socialmente criminal como el neoliberalismo. Esa fue la
invasión cultural en nuestro país, que no necesitó ejército invasor,
ni bandera ni banda, como no lo necesitaron los ingleses después de
las experiencias militares de invasión, abortadas en el siglo XlX,
pero pudieron sin embargo después, dominar nuestro país a través de
testaferros domesticados por décadas, hasta los procesos populares de
Rosas, Yrigoyen y Perón.
La penetración cultural y económica determinó los procesos políticos y
sociales que llevaron a la indigencia y a la pobreza a millones de
argentinos. No fue la vagancia ni el desánimo, ni la falat de
capacidad del hombre argentino, no fueron los sinverguenzas los que se
expulsó del cuerpo social, fueron trabajadores, los cabecitas negras
de Evita que fueron a engrosar las villas miserias llamadas
eufemísticamente “asentamientos”. Es mas, los sinverguenzas siguieron
gobernando hasta el 2001 y desencadenaron una crisis de la cual
tenemos poca memoria aún por haber descendido al infierno tan temido
de la disolución nacional, cuyas secuelas aún estamos reparando.
Recordar estos temas para reflexionar es un ejercicio doloroso por la
realidad cotidiana que nos toca vivir, en un país en crecimiento, con
ampliación del mercado del trabajo como pocas veces en la historia,
con una dinámica económica envidiable y con mejoramiento de los
indicadores sociales reconocidos en el país y en el ámbito
internacional. Sin embargo la realidad nos golpea desde lo que nos
falta avanzar, que es mucho aún por delante, con hipotecas sociales a
levantar en el tiempo y sin prestarse a los juegos del poder
económico, que siempre está dispuesto a ofrecer soluciones simples y
rápidas, casi mágicas que solemos comprar acelerada e
improvisadamente. No hay soluciones desde un Estado represor ni desde
un Mercado liberal como ordenadores sociales. Si las hay desde una
reflexión profunda en lo estratégico que permita definir un mecanismo
de reinserción social de justicia para todos los argentinos y los
hombres de buena voluntad que quieran habitar el suelo patrio.
Una reflexión final, quien no se siente parte, no está obligado, quien
ha sido marginado, desplazado, humillado, empujado junto a sus hijos,
termina en manos de los lúmpenes que hacen de la violencia un
ejercicio entre pares, atacan a los mas débiles, los explotan y los
estafan, aprovechando que son parte de ellos ejerciendo una violencia
horizontal, como la descripta por Fannon, hasta que logran canalizar
sus aspiraciones socialmente, con objetivos superiores al de la simple
subsistencia del día a día, en un proyecto de país que los contenga.
El gobierno solo no puede garantizar ese camino sino es un camino del
conjunto del pueblo argentino, con conciencia social y solidaridad
activa y militante que selle la reinserción social, repare el abismo
socialmente siniestro dejado por los casi treinta años de sometimiento
cultural, económico y social, desde 1976 hasta el 2003.
JORGE RACHID
CABA, 20/12/10
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Néstor Gorojovsky
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