[R-P] Infamia
Néstor Gorojovsky
nmgoro en gmail.com
Jue Dic 9 05:01:45 MST 2010
[En un turbio episodio, ayer murieron dos personas bajo balas que,
como mínimo, parecen haber contado con protección o pasividad
policial. Hoy, "La Nación" editorializa del modo que mostramos abajo.
Sin palabras.
Para Vladimiro Lenin, el Estado era, ante todo, el Ejército. Para La
Nación, es la policía.
Dos visiones del mundo, de los estados, y de los ejércitos...]
Editorial I
Sin policía no hay Estado
Es llamativa la pasividad con que se asiste al reiterado asesinato de
efectivos de las fuerzas policiales
Jueves 9 de diciembre de 2010
SI se hubiera dicho en el pasado que alguna vez la Argentina -la
Argentina de tiempos de paz, por así llamarlos- asistiría sin mayor
conmoción e indignación públicas a los asesinatos periódicos de
policías de que informa la prensa, la primera reacción, comprensiva de
cualquier otra, habría sido de estupor.
Las reacciones anestesiadas, con las cuales se observa la permanente
reiteración de aquellos graves sucesos, reflejan la desmedrada
plenitud del sistema institucional argentino y el estado de frágil
entereza de la moral colectiva. Ponen de relieve las fracturas que
neutralizan la capacidad de respuesta general ante hechos que desafían
lo esencial de la razón de ser del Estado, que es la protección de los
habitantes, tanto física como jurídica. Demuestran una alarmante
irresponsabilidad, compartida por los gobernantes y por la oposición,
que debería fiscalizar sus actos y no lo hace con el vigor que demanda
aquel cuadro de cosas, y por amplias franjas de la opinión pública que
dejan pasar, sin mayor registro recriminatorio, crímenes que
prenuncian la agudización de males que afectan a todos.
Frente a corrientes de moda, que erosionan el significado de las
fuerzas policiales y de seguridad, y tienden a paralizarlas en el
cometido de sus funciones, es hora de oponer los principios que han
justificado desde siempre en el mundo la necesidad de arbitrar medios
institucionales de defensa del orden interno y de los derechos
soberanos del país. Es curioso que aquellas corrientes hayan sido
muchas veces estimuladas por tendencias políticas comprometidas con la
memoria de aventureros internacionales y regímenes despóticos, como lo
fueron el de la Unión Soviética y la China de Mao y lo sigue siendo
hoy, con pobre trascendencia continental, al menos en comparación con
Venezuela, la vapuleada isla de la familia Castro.
Como si fuera escaso el virtual desarme moral en que se ha pretendido
colocar desde hace años a las fuerzas policiales -en particular, a las
policías Federal y de Buenos Aires-, es llamativa la pasividad con la
que se asiste al reiterado asesinato de sus efectivos.
A raíz del gravísimo intento de asalto de un camión blindado que
transportaba 20 millones de pesos, en el que murieron dos policías,
hubo quejas policiales por la pobreza del armamento de que se dispone
en relación con el arsenal utilizado por los delincuentes en episodios
como aquél. Ha llegado el momento de que se constituya una comisión
investigadora del Congreso de la Nación para que haga saber si ese
virtual estado de indefensión es de la importancia que se denuncia y
proponga las soluciones pertinentes. Una indagación más profunda debe
estar dirigida a responder si las fuerzas policiales se encuentran
respaldadas por el suficiente compromiso moral con ellas de la
dirigencia política argentina. También debe examinarse la conducta de
la Justicia y la laxitud de algunas normas legales.
Es frecuente tomar nota de quejas ciudadanas sobre la inacción de
policías respecto de delitos que se cometen bajo sus propias narices
en la vía pública. Es frecuente, también, que muchos ciudadanos
razonen que, si la policía no actúa con suficiente diligencia ante
hechos delictivos, es porque la abruma el riesgo de que sea ella
misma, y no los delincuentes, la que termine procesada, cuando no
entre rejas.
Según algunas estadísticas, los policías muertos en manos del hampa no
siempre se encontraban en servicios prestados a la institución a la
que pertenecen sino a empresas privadas de seguridad. No se alcanza a
comprender la seriedad de esa insinuación. Si hoy se desempeñan en el
territorio argentino mucho más de cien mil efectivos que revistan en
organizaciones privadas es porque el Estado ha defeccionado, de forma
alarmante, en la misión indelegable que debería cumplir a favor de la
seguridad pública e individual.
Al cabo de casi treinta años de democracia, los políticos deben
trazarse objetivos más claros y con ánimo más resuelto sobre el lugar
que corresponde dar en la sociedad a la policía. Poco o nada tienen
que inventar, porque está previsto en la Constitución y en las leyes
que de ella se derivan. Deberían mirarse a sí mismos y responder si
mucho de lo peor que se imputa, por ejemplo en el Gran Buenos Aires,
al accionar policial no lo ha sido como consecuencia de un siniestro
maridaje entre política provincial y local y policía.
La represión del delito es un acto indispensable del Estado, que para
eso está. Lo del "gatillo fácil", comprobado en lamentables episodios,
concluye siendo una frase efectista, hueca y por completo hipócrita si
de lo que se trata es de dejar a la ciudadanía a merced de la
delincuencia. Lo que la policía debe hacer ante el delito es actuar
con medios racionales, y no con cualquier medio, a fin de impedirlo o
repelerlo, y eso, en buena ley, se llama represión.
Un instinto último de preservación ha llevado siempre al final a las
sociedades a reaccionar de cualquier modo cuando toman conciencia de
que está en juego su propia existencia. En ese momento, el péndulo
tiende a saltar sin términos medios de un extremo a otro. Es lo que
debe evitarse con sabiduría. De igual modo que corresponde aventar la
absurda neutralidad con la cual se agravan, día tras día, las
manifestaciones de violencia y delito.
Agentes policiales y soldados, contados por miles, debieron ocupar
días atrás las favelas de Río de Janeiro, controladas por
narcotraficantes. Nadie dirá que el presidente Luiz Inacio Lula da
Silva es un dictadorzuelo de derechas porque ordenó la represión.
El penoso ejemplo de vastos sectores de la población dominados por el
narcoterrorismo constituye un cuadro que debería llamarnos la atención
sobre nuestro propio futuro. Droga y delito son acápites de un
fenómeno en peligroso aumento en la Argentina y se convierten en una
cuestión de defensa nacional.
Debemos estimular y exigirles la más competente preparación
profesional a las fuerzas policiales y de seguridad y a las Fuerzas
Armadas, además de rodearlas de la consideración ciudadana que se
merecen, comenzando por nuestro interés en la configuración de sus
cuadros y por los incentivos indispensables para esperar de ellos lo
mejor. De lo contrario seremos parte de una sociedad suicida.
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Néstor Gorojovsky
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