[R-P] [Horacio González] El año 2015

Néstor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Mar Ago 31 06:32:08 MDT 2010


[]A veces me cuesta entenderlo a Horacio González. No esta vez. Esta
vez, hasta yo lo entiendo. Y suscribo prácticamente todo lo que dice.

Por ejemplo: "la conducción central del régimen militar argentino
instaló la maquinaria de terror pero la combinó con un discurso
público de restauración del orden hablado con palabras solicitadas del
diccionario de la república y las libertades. A muchos grupos
empresarios y a muchos argentinos con responsabilidades culturales y
sociales se les hizo fácil aceptar este acertijo insensato, primero,
porque conocían esas palabras tranquilizadoras y, segundo, porque los
ayudaban a no mirar demasiado hacia una realidad de pesadilla, /de la
que podían sacar partido sin tanta mala conciencia/, pues se vivía un
régimen doble y entrelazado. En un segmento se mantenía la ley, y en
otro, débiles tabiques amortiguaban la voz del torturado, aunque la
situación incluía que algunos gritos se filtraran para decir sin
decir. ¿Qué sugerían? Que las leyes del tráfico económico y la
identidad de las personas eran nominales. No eran leyes ni
identidades, eran la traducción normativa de aquellos gritos
provenientes de la mazmorra."

[La bastardilla es mía]

Y todo esto antecedido de la clásica cita de Carlos Marx sobre la
sangre y el lodo que manan de los poros del capitalismo recién nacido.
Que no es, como mucho quebrado pretende, una observación fría y
desapasionada de científico social, sino una necesaria indicación del
carácter profundo del monstruo que ha tenido que crear la humanidad
para sacarse a sí misma del torpor preindustrial. O sea: esa frase
lejos de ser un desvío descriptivo es un recordatorio de cuán urgente
es eliminar a ese monstruo. No sé si Fidel tiene razón en su
apocalíptica visión de la guerra nuclear para el 10 de setiembre, pero
no es éste el menor de los precios que la humanidad va a pagar si la
bestia sigue suelta.

Pecunia non olet. "El dinero no hiede", le decía un emperador romano a
su hijo, escandalizado porque había implantado un impuesto al uso de
las letrinas públicas. Pero el capital es otra cosa: el dinero
convertido en capital es una condensación de relaciones sociales, y en
ese sentido mantiene en su propia existencia la marca de su origen. El
empresariado argentino no ha pasado por el Proceso sin quedar marcado
en el alma. Cada fortuna argentina importante, hoy, ha incorporado
inequívocamente una dimensión tenebrosa de la que no hay modo que se
libere.]

Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-152281-2010-08-31.html

OPINION
El año 2015
Por Horacio González *

El actual gobierno aspira, como se sabe, a otro mandato surgido de las
urnas. Si lo logra, en el año 2015 se habrá cumplido un ciclo
histórico extenso. A falta de mejor nombre, se lo conocerá como el
ciclo “kirchnerista”, aunque los historiadores podrán ensayar
denominaciones más desapegadas del idioma con que se expresa el fragor
político. Pero me detengo ahora en un problema que considero
importante. Lo llamaré el problema de la autorreflexión sobre el
merecimiento. Aguardar favorablemente otro período constitucional del
mismo signo político que los dos anteriores (muchos lo esperan, otros
quedan demudados ante esa no inverosímil posibilidad: variados
pronósticos ya están circulando) no puede ser un pensamiento simple.
Quien lo postule debe acceder a una revisión de su propia conciencia
cívica respecto de merecimientos, calidades y proyectos. Es evidente
que el ciclo entero que así se cumpliría reclamará exigencias mayores
en términos de reflexión histórica; no podría ser producto de un mero
continuismo ni el resultado de una operación electoral afortunada.

Admitamos que una continuidad, como dije, “del mismo signo”, es un
episodio de dimensiones enormes y desafiantes. No puede ser mera
continuidad sino disposición a encarar temas, estilos y designaciones
nuevas para el conjunto de los actos necesarios para abrir una etapa
nueva. En primer lugar, debe estabilizarse nuevamente el juicio sobre
el pasado. La disputa sobre Papel Prensa ilustra lo que queremos
decir. Proponerlo como de “interés público” lo hace un tema semejante
al de la discusión sobre los tributos fiscales sobre la renta
agropecuaria, las condiciones de la explotación minera y la cuestión
de los medios de comunicación. Pero tiene la propiedad de ser una
tribuna de enjuiciamiento sobre el inmediato pasado, que nunca parece
cicatrizar. En efecto, en los años ’70 convivían varios despliegues
antagónicos de “acumulación” económica y política. Sin embargo, vuelve
la discusión sobre esos años –discusión que es la misma y es otra–,
porque no habrá sociedad argentina si no se realiza la cura real del
pasado.

No es fácil pensar otra época en nuestro país donde existiese un
banquero como Graiver, joven, aventurero, definido por un estilo de
riesgo que sin duda debía fundarse en una mirada muy descarnada sobre
el origen de las fortunas (aunque esto sea la esencia recóndita de
todo poder financiero). Tal como en el origen real del capitalismo:
“con lodo y sangre en sus poros”. Parecía ser indistinto si la
acumulación capitalista provenía del corazón oscuro del régimen o de
las operaciones expropiatorias revolucionarias. Estas, si eran
presentadas en nombre de la creación de poderes alternativos, también
podían verse como réplica rebelde del origen real de las estructuras
dominantes, que en su pasado remoto solían guardar la memoria difusa
de un audaz golpe de mano.

En esos años de profunda ilegalidad, el poder revolucionario tomaba no
pocos elementos del orden económico reinante, así como los militares,
en su sueño demencial también fundado en la ilegalidad y en el uso del
Estado al mismo tiempo, tomaron elementos del proceder insurgente. No
eran moralmente iguales estos dos poderes, como lo demuestra el hecho
de que uno de ellos generalizó una matanza en las tinieblas del
Estado, tornándolo a éste clandestino. Como ahora viene a demostrarse,
de las tantas encrucijadas existentes, Graiver representaba una de
ellas, porque podía ser el banquero de todos, mostrando la ilegalidad
profunda de la época. Los militares de aquel tiempo de tinieblas
juzgaron que la relación entre Montoneros, la banca Graiver y las
nuevas hipótesis de “acumulación primitiva” de un renovado capitalismo
financiero debía resolverse por la coacción, por el cerrojo de miedo
que imponían sobre la sociedad y fraguando la alucinada imagen de las
desapariciones como “secreto que todos sabían”.

El secreto del Estado clandestino lo sabía el Estado visible, y el
secreto de la sociedad de torturadores lo sabía la sociedad real en
las entrelíneas de su facultad de sospechar. Eran conocimientos
subterráneos, metáforas ocultas de cualquier conversación trivial. Con
esos ingredientes coactivos que permitían caminar por la calle pero
que mantenían sus partículas atemorizantes en el interior del habla
real, se ejercía la gran trama expropiatoria. Era la confiscación
general de bienes en todos los planos de actividad –empresas y
personas–, cuya metodología en la mayoría de los casos reposaba en la
ley de fuga, en los vuelos de la muerte o en los campos de
concentración en cuarteles, comisarías o destartalados predios del
Estado. Y en otros, de la prisión anterior o posterior a los hechos,
como coreografía de la cesión de bienes y contratos de traspaso de
propiedades.

El caso Graiver, como siempre se sospechó y siempre se dijo en
sordina, es parte de la cifra entera de la historia nacional
contemporánea. Excede y refuta lo que los escuetos tribunos de la
oposición, los editorialistas de los diarios involucrados y el propio
fiscal Strassera dicen ver en este episodio: un caso de impostura
gubernamental, una malversación de los derechos humanos al lanzarlos
hacia una nueva torsión confiscatoria, una arbitraria conversión en
ilegales de hechos que mostraban su prístina legalidad. Agregan una
consabida letanía: control de medios, atentado a la libertad de
expresión, inseguridad jurídica. ¿Acaso no era una familia vinculada a
las finanzas vendiendo sus propiedades por un comprensible traspié
económico? No, era mucho menos y mucho más que eso. Mucho menos: el
Estado al que como financista Graiver quería aliarse aunque con otro
estilo de acumulación venía en 1976 a cobrar sus libras de carne.
Mucho más: el poder militar-empresarial-comunicacional quería
construir otro Estado sobre la ruina de pactos anteriores, un nuevo
orden estatal y financiero exorcizando con sangre al grupo Montoneros,
que también era mucho más que una organización armada, pues
interpelaba al conjunto de los estamentos productivos, religiosos y
militares de la nación.

Por lo tanto, los actos reales del actual gobierno exceden cualquier
astucia que pudiera haber en torno de la invocación de los temas de
derechos humanos para finalidades no intrínsecas a ellos. Son actos de
historiografía aplicada. Son una entrada efectiva al reino de la
libertad de expresión, que es la que indaga el interior de los
lenguajes sociales sin pretender encontrarlos prefabricados. Por
supuesto, ahora pudiera haberse preferido silenciar este tema
específico de la empresa de papel, porque incluso la sociedad
argentina estaba preparada para ello. Nadie lo reclamaba, luego de
largos años donde la Justicia avanzó no poco y de manera muchas veces
excepcional. ¿Para qué más? Pero ya no se trata tanto de la justicia
sino de la historia, cuyo conocimiento profundo es finalmente la forma
superior de la justicia. No en todos los casos, pero sí en casos
extremos como éste, una familia es una forma equivalente al drama
histórico en su conjunto. Por eso se escinden en escribanías y por
medio de papeleríos tribunalicios.

Como los Labdácidas de Sófocles, los Graiver son una estructura
familiar que fue acosada por el Estado, que perteneció a la conciencia
implícita de una época turbada y llega a este momento actual en busca
de su verdad, como tantas otras familias, habiendo atravesado estos
años con distintas readaptaciones y diversos grados de aceptación de
los nombres políticos más sombríos que diera la política nacional. El
Estado, si busca reconstruirse como parte de la sociedad y de la
memoria pública (que no necesariamente sanciona pero busca instituir
sus verdades), debe dar el paso fundamental del esclarecimiento de la
historia. Alemania, en los años ’80, aún discutía las
responsabilidades y conceptos profundos que habían llevado al nazismo.

Ocurre lo mismo entre nosotros, con las diferencias que quieran
establecerse, principalmente una: la conducción central del régimen
militar argentino instaló la maquinaria de terror pero la combinó con
un discurso público de restauración del orden hablado con palabras
solicitadas del diccionario de la república y las libertades. A muchos
grupos empresarios y a muchos argentinos con responsabilidades
culturales y sociales se les hizo fácil aceptar este acertijo
insensato, primero, porque conocían esas palabras tranquilizadoras y,
segundo, porque los ayudaban a no mirar demasiado hacia una realidad
de pesadilla, de la que podían sacar partido sin tanta mala
conciencia, pues se vivía un régimen doble y entrelazado. En un
segmento se mantenía la ley, y en otro, débiles tabiques amortiguaban
la voz del torturado, aunque la situación incluía que algunos gritos
se filtraran para decir sin decir. ¿Qué sugerían? Que las leyes del
tráfico económico y la identidad de las personas eran nominales. No
eran leyes ni identidades, eran la traducción normativa de aquellos
gritos provenientes de la mazmorra.

Ahora está ante la Justicia y el Parlamento este núcleo trágico de la
historia nacional. Pero principalmente está frente a la conciencia
pública. Entonces: por parte del gobierno que desató el nudo de esta
discusión, aspirar a completar ante la consideración popular y
constitucional cuatro años más de mandato, supone acrecentadas
responsabilidades en cuanto a este tema y a tantos más. Es preciso
asumirlas y darles el contenido de ideas que amplíen la frontera del
compromiso genuino con los grandes cambios.

El Frente que se propone debe obtener más especificaciones
conceptuales: se dice “trabajadores, clase media, empresarios”. Deben
refinarse estos conceptos e incluso personalizarse, mencionar cómo las
instituciones de cada sector se cortan o se constituyen. Deben
insinuarse valoraciones de tales instituciones y de su historia, y
debe mencionarse la región cultural habitada por distintas corrientes
intelectuales y morales, que deben también especificarse. Deben darse
respuestas más comprensivas y originales a las discusiones en ciernes,
poniéndose en discusión pública los grandes esquemas bajo los cuales
se realiza hoy la minería, tanto como se discutió y sigue discutiendo
la naturaleza y distribución de la renta agraria. El equilibrio de
transferencias remunerativas entre el capital y el trabajo, desde
luego, no debe ser una categoría de equilibrio suficiente sino el paso
necesario hacia un nuevo dinamismo social, que lleve directamente a
discutir el reino de las tecnologías y la ciencia, su responsabilidad
en la creación de riqueza y conocimiento al margen de corporaciones y
tecnocracias. La idea tradicional de “cultura del trabajo” debe dar
paso a la potenciación de todas las formas nuevas y modalidades
emancipadas del trabajo: material, simbólico, manual e intelectual.

Un gobierno con una realidad de minoría o empate parlamentario no debe
ser minoritario en el acto de tomar las fuerzas de la historia en sus
manos. Estas son las fuerzas de la libertad colectiva, de la pedagogía
de masas y del esclarecimiento de su propio pensamiento, en términos
de renunciar al uso de la coacción estatal, de dejar que reinen las
pulsiones del argumento persuasivo, dirigido en especial a quienes lo
atacan o consideran que no posee legitimidad para hablar de historia,
memoria y derechos humanos. Pero en estos casos hablan los actos. Es
cierto que en cuerda simultánea debe hablar el habla, deben hablar las
palabras. Muchas ya se han dicho. Lo que quiero decir es que hay un
tramo exigente que aún deberá recorrerse. El de mostrar, en un gran
ejercicio de reflexión y autocrítica, que el período advenidero,
elecciones mediante, deberá ser fruto del merecimiento, esto es, de
mayores autoexigencias y compromisos crecientemente sutiles. Por un
lado, merece quién interpreta mejor el pasado y lo transborda a otras
dimensiones en las que juzga situaciones ya vividas, cancela los
atavismos y renueva la esperanza. Por otro lado, merecer es algo a ser
creado, es el único sector de la vida en que en el momento de la
cosecha no actúa el pasado ni somos fruto de meros legados.

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Néstor Gorojovsky
El texto principal de este correo puede no ser de mi autoría




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